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Humedales en torno a Jerez (y 3).
Un recorrido por las lagunas salobres, marismas y balsas.




Para terminar este recorrido que iniciamos hace dos semanas por la geografía de los humedales en torno a Jerez, vamos a ocuparnos hoy de las pequeñas lagunas salobres, así como de las zonas de marismas cercanas a la ciudad. Junto a ellas mencionaremos también algunas de las balsas y pantanetas que en las últimas décadas se han construido en toda la campiña y que, pese a ser “humedales artificiales”, se han ido naturalizando progresivamente.

Las pequeñas lagunas salobres.



Entre las más conocidas destaca la de Las Salinillas junto a Estella del Marqués. Ubicada en los llanos de La Catalana, esta pequeña laguna se encuentra junto al Arroyo Salado, permaneciendo su lámina de agua durante casi todo el año. En los meses del estío puede verse desde la carretera que une Estella con Lomopardo, en una hondonada entre viñedos, la capa blanca de la sal que cubre su cubeta. Estas pequeñas lagunas saladas -como los arroyos “salados” que proliferan por toda nuestra geografía- están repartidas por muchos rincones de la campiña y delatan, incluso con sus nombres, la peculiar característica de sus aguas. Por señalar sólo algunos otros parajes donde también podemos encontrarlas, mencionaremos la que puede observarse junto al Arroyo del Zorro, al inicio de la carretera del Calvario, a mano izquierda.



En los meses de verano, cuando el agua se evapora, nos muestra su fondo blanquecino, cubierto por una delgada capa de sal que delata la naturaleza salobre de sus aguas. Este rincón entre viñas, conocido también como el de Estella con el nombre de Las Salinillas, es quizás uno de los más representativos de los que pueden visitarse en los alrededores de Jerez. Otra zona donde se forman pequeñas lagunas estacionales con presencia de la vegetación propia de terrenos ricos en sal, las encontramos junto a la Cañada del Amarguillo, en las proximidades del cortijo El Barroso, en la zona de Puerto Escondido, o a los pies de las Viñas de La Polanca y La Constancia. Las Salinillas de Jédula, junto al cortijo de Vicos, la Cañada de Morales, en las proximidades de Cuartillo, las hondonadas de Salto al Cielo, el Rincón de La Tapa, o la Cañada




del Carrillo
muy cerca del cortijode Espanta Rodrigo, son otros tantos lugares donde podremos ver pequeñas lagunas estacionales de carácter salobre. Todas ellas tienen en común que la naturaleza del suelo sobre el que se asientan, o las laderas que forma parte de su cuenca de recepción, están constituidas por materiales de edad triásica, de carácter margoso, ricos en yesos y sales que confieren a las aguas su especial característica.

Las albinas.

De gran interés son también las pequeñas lagunas o charcas que se forman en los parajes montanos del



sector oriental del término de Jerez. Enclavada en el parque Natural de los Alcornocales, la zona de los Montes de Propios y el conjunto de pequeñas sierras colindantes, en las que predominan los suelos silíceos, guarda celosamente entre sus bosques de quejigos y alcornoques pequeños reductos aguanosos, de gran importancia para la vida animal. Aunque hay también algunas balsas y represas artificiales, nos referimos aquí a las



charcas naturales, de apenas unos centenares de metros cuadrados, conocidas con el nombre de albinas. Este hidrónimo, como nos recuerda el diccionario de la RAE, se aplica también a los “esteros y lagunas que se forman con las aguas del mar en las tierras bajas que están inmediatas a él”, así como a la “sal que queda en estas lagunas” que confiere ese color blanco o “albino” a su superficie cuando el agua se evapora. Sin embargo, en los parajes serranos, se conoce también con el nombre de “albinas”, a las pequeñas zonas encharcadas que se concentran en las vaguadas de las vegas y en los llanos que se abren en el bosque, cuyo suelo arcilloso actúa como base impermeable que permite la acumulación de agua. Situadas en la mayoría de los casos al pie de la falda de un monte, “estas pequeñas hondonadas recogen las aguas de escorrentía, o aquellas que se desbordan desde algún nacimiento cercano. Denominadas genéricamente vallicares,... pueden funcionar eficazmente debido a la importante concentración de arcilla que impermeabiliza el terreno. Cuando la concentración es alta y la pluviosidad abundante, el agua se acumula. De esta manera se forma una charca, casi siempre somera y de contorno irregular, que se mantendrá durante varios meses del año, para, finalmente, desaparecer por evaporación o lento drenaje” (1). Mientras persiste el agua, estas zonas de prados encharcados son impracticables para el ganado. Sin embargo, cuando el agua desaparece, “de su superficie brota un pasto blanquecino. Debido a esta peculiaridad es por lo que en el lugar se conozca al vallicar con el nombre de albina”. Si en los esteros era la capa blanca de sal que quedaba en las charcas la que justificaba el nombre de “albinas”, en la sierra, son las flores blancas y el pasto blanquecino de gramíneas (vallico) que brota en estas praderas encharcadizas, el que bautiza a estas pequeñas lagunas de aguas someras que se forman durante el invierno y la primavera. Por citar solamente algunas, mencionaremos la charca de El Picacho, al pie de este monte, o la de La Jarda. También son conocidas otras charcas artificiales como la de “Los Establos”, y “La Presilla”. Esta última se alimenta de las aguas de los arroyos de La Gallina y de El Parral. La conocida como “Laguna de Las Moreras”, recoge el agua de varios torrentes que corren por las laderas de Montenegro y está flanqueda por hermosos fresnos.



La Albina de Las Flores, evoca ya en su nombre un hermoso paraje. La laguna del Quejigal es sin duda nuestra preferida por encontrarse en un paraje idílico, en medio de un bosque mixto de alcornoques y quejigos a los pies de los imponentes Tajos del Sol.

Por las marismas de Jerez.



Si de la campiña fuimos a la sierra, de los Montes de Propios volvemos ahora hasta las cercanías del Guadalquivir y de la Bahía de Cádiz, al extremo más occidental del término municipal para visitar, en este rápido recorrido geográfico, las zonas de marismas que se extienden en torno a Jerez. Junto a la desembocadura y el estuario del Guadalete, encontramos los amplios horizontes marismeños de La Tapa, Doña Blanca, Cetina, Vega de



los Pérez
, Las Aletas… donde las tierras de Puerto Real, El Puerto de Santa María y Jerez se confunden. Más al norte, lindando ya con Lebrija y Trebujena, los humedales son aquí los conocidos caños y esteros, inmensas láminas de agua por las que el mar penetra, a través del Guadalquivir, hasta los pies del cerro de Las Mesas de Asta, donde hace ya más de dos mil años, los antiguos pobladores pescaban y navegaban por estos brazos de agua



salada. Las marismas son nombradas aquí con los topónimos de los lugares que bañan. Hablamos así de las marismas de Mesas de Asta, de las de Rajaldabas, Morabita, Maritata, Tabajete, Bujón, Capita… Hermosos nombres que conforman una geografía de humedales de gran valor ecológico y paisajístico. Entre ellas sobresalen las marismas de Casablanca, próximas a la localidad de El Cuervo y al cortijo del mismo nombre, que por sus rasgos sobresalientes, fueron incorporadas en 2008 al inventario de Humedales de Andalucía.



Balsas y pantanetas: los nuevos “humedales artificiales”.



Y para terminar este recorrido, no queremos dejar de mencionar los que podríamos denominar como “humedales artificiales”.

Incluimos aquí esos espacios que deben su origen a la inundación de lechos de canteras y graveras abandonadas o a la construcción de pequeños embalses para regar los secanos de la campiña transformados ya en hermosos viñedos y olivares.

Casi un centenar de estos enclaves húmedos aparecen repartidos por todos los rincones de nuestros campos, algunos de los cuales se han “naturalizado” y, funcionalmente, actúan casi como pequeñas lagunas siendo refugio de no pocas especies animales (2). En las orillas del Río Guadalete encontramos algunos de estos nuevos humedales que, de manera permanente o estacional, se han formado al inundarse los lechos de antiguas graveras. Es el caso de las “lagunas” de los Caños de Aduzar o de las Villas, que ocupan el seno de dos meandros en los llanos de Las Villas y Las Quinientas y, al encontrarse en conexión con el río, conservan durante todo el año su lámina de agua acogiendo una variada avifauna.



Junto al río están también el Tarajal de El Portal, o las zonas encharcadas (en épocas de lluvia) de Berlanguilla, el Albardén, Lomopardo o Las Veguetillas, por citar sólo algunas, ocupando todas ellas los lechos de antiguas graveras que no fueron restauradas adecuadamente.



Entre los embalses de uso agrícola presentes en todos los rincones de la campiña, destaca el de Jarilla-Jareta. Esta pantaneta, visible desde la carretera que de La Torre de Melgarejo conduce a Gibalbín, se encuentra incluida en el PGMOU dentro de los espacios “naturales” calificados como Unidades de Alto Interés Paisajístico y Ambiental. Y es que en la práctica, actúa funcionalmente como un humedal natural, donde no faltan las típicas especies de aves propias de estos enclaves. En el cinturón perilagunar crecen también carrizos y eneas, tarajes y juncos e incluso una pequeña olmeda que da al lugar el aspecto de un auténtico humedal. Muy próxima a la anterior, al otro lado de la carretera se ubica en el cortijo de Jara otra laguna que ocupa el foso de una antigua cantera y con la que se riegan los olivares de la finca. La de Jara guarda grandes similitudes con la



Laguna del Cuadrejón, pequeño humedal naturalizado en el lecho de la que fuera una explotación de arenisca. Próxima a Nueva Jarilla y a la autopista de Sevilla, está rodeada de un cinturón de vegetación palustre donde destacan los tarajes.



Entre las pantanetas de mayor superficie de la campiña se encuentran la de Fuente Rey, situada entre el cortijo del mismo nombre y el de Campanero, visible desde la Autovía de Medina, y la del cortijo de Torrecera. Esta última, represa en una hondonada al pie del cerro del Castillo, entre la Bodega Entrechuelos y el caserío del cortijo, las aguas de escorrentía de varios arroyos que son utilizadas para el regadío de viñedos y olivares. Esta misma finca posee un segundo embalse de menores proporciones en el Arroyo de los Fosos. De medianas dimensiones es también el ubicado en el cortijo de la Torre de Pedro Díaz, que recoge las aguas de los arroyos del Cotero y Los Nacimientillos y constituye un punto húmedo de gran interés a mitad de camino entre Gibalbín y los llanos de Caulina, en cuyas arboledas halla refugio una interesante comunidad de aves. La pantaneta del cortijo de Los Ballesteros retiene las aguas del Arroyo del Chivo.



El embalse del Gato, en las proximidades del Circuito de Velocidad y del campo de golf de Montecastillo, es uno de los mayores, represando las aguas del conocido Arroyo del Gato que viene desde el cortijo de Alcántara y Cuartillos.



Otros de estos pequeños embalses son el del arroyo de las Cruces, junto al Cortesano; el de La Greduela, que recoge las escasas aguas del arroyo de Morales en la finca de Salto al Cielo; el de Chipipe, junto al cortijo del mismo nombre; el del Pellejero, en el Cortijo de la Sierra, junto a Romanina; el de Los Comuneros, próximo a la laguna del Tejón o el del cortijo Doñana, en las proximidades de la Junta de los Ríos. De gran encanto eran también las pequeñas lagunetas del centro ecuestre Los Lagos, junto a la laguna de Medina, que hoy presentan un estado de dejadez en las instalaciones de sus orillas. Si como señalábamos en las anteriores entradas, la desaparición de antiguas lagunas fue un hecho durante los “años duros” del desarrollismo, también es cierto que estos nuevos enclaves húmedos “artificiales” han adquirido ya una relativa importancia como hábitat para muchas especies de aves y, con sus limitaciones, suponen ya una contribución importante en el paisaje de la campiña.

Para saber más:
(1) VV.AA.: Guía de los Montes de Propios de Jerez de la Frontera. Biblioteca de Urbanismo y Cultura. Ayuntamiento de Jerez, 1989. Págs. 105-107.
(2) Atlas Hidrogeológico de la provincia de Cádiz. Diputación Provincial de Cádiz. 1985.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar en Lagunas y Humedales, Toponimia, Rutas e itinerarios, Parajes Naturales, Humedales en torno a Jerez (1). Un recorrido por las principales lagunas cercanas a la ciudad. y Las lagunas “perdidas”. Humedales en torno a Jerez (2).

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 14/02/2016

Por el antiguo Camino de Lebrija (2).
En tierras de Espartinas, Capita y Morabita.


Continuación de la entrada anterior.

Siguiendo nuestra ruta por el antiguo Camino de Lebrija (hoy carretera de Morabita) y tras cruzar el Arroyo de Zarpa, el camino inicia un ligero ascenso discurriendo entre el Cerro de Oria (64 m) a la derecha, y el de Espartinas (118 m) a la izquierda. Este vértice es el punto más alto de una suave colina que junto a la Loma de la Compañía, se extiende en dirección N-S y separa las marismas de Asta de los paisajes ondulados del pago de Ducha. Estas tierras lo fueron en otros tiempos de olivar, conservándose en distintos cortijos, como el de Espartinas, torres de contrapeso que atestiguan la presencia de antiguas molinos de aceite. En nuestros días crecen sobre ellas cultivos de secano y algunos viñedos, aunque lo que más llama la atención en las laderas de estos cerros, son las profundas zanjas y cárcavas labradas por la erosión de las aguas llovedizas.



El viajero se deja llevar por el camino entre sembrados monótonos que conforman un “paisaje minimalista” de singular belleza. Al poco, a la izquierda, unas hileras de adelfas que ascienden por la ladera, delatan el carril que conduce a la finca Berango, cuyo caserío se asienta en la parte más elevada de esta loma. Se trata de una antigua casa de viña dedicada hoy día, preferentemente, a los cultivos de secano y a la ganadería equina (1). En la actualidad la finca alberga una prestigiosa ganadería de caballos hispano-árabes, una de las continuadoras del ya centenario hierro del marqués de Casa Domecq.

Dejando atrás Berango, el camino nos muestra a la derecha una extensa hondonada en la que adivinamos los restos de una gran construcción. Se trata del paraje conocido como los Llanos del Sastre donde divisamos las ruinas del cortijo de La Vicaría, que fuera en otro tiempo un sólido caserón labrado en sillares de arenisca del que aún resisten en pie sus muros. En esta misma dirección se nos muestran los cerros del pago de Ducha, sobre los que despunta, en la lejanía, el caserío y las naves de bodega de la Viña del Diablo. A la izquierda de la carretera, las laderas de la Loma de Espartinas muestran en su suelo arcilloso las cicatrices de la erosión. Para frenar sus efectos se han construido en muchos lugares gaviones, pequeños muros de piedras contenidas en malla de alambre que, a modo de diques, retienen las tierras arrastradas por las escorrentías que en ocasiones han llegado a cortar el paso por este camino.

Algo más adelante, también a la izquierda, una cancela nos señala el acceso a la Viña La Alamedilla y al caserío del Cortijo de Espartinas, que no vemos desde la carretera por estar situado al otro lado de la loma, frente a Mesas de Asta. Este privilegiado emplazamiento, desde el que se domina buena parte del entorno circundante desde las marismas de Asta y del Guadalquivir, hasta los Llanos de Caulina, ha hecho del cerro de Espartinas un enclave habitado desde muy antiguo. La cercanía de Asta Regia y el paso por estos parajes de un ramal de la Vía Augusta, como nos recuerda el profesor J. Montero Vítores (2), explican la existencia de villas romanas en estos parajes de Espartinas (3), topónimo que puede derivar, posiblemente, del nombre de un antiguo propietario: Spartus o Spartarius (4). En tierras del cortijo de Espartinas se encontró una estela funeraria de Baebius Hilarus, a quien Cesar Pemán identifica con un rico labrador al que hace referencia Marcial en sus Epigramas (5).

En los siglos medievales, el cerro de Espartinas jugó también un papel importante en el control del territorio al ser uno de los de mayor altitud de los que se situaban en las cercanías de la ciudad. Como nos recuerda el profesor Emilio Martín, “la cabeza de Espartina, formaba parte de la relación que el concejo realizó en 1459 en la que se señalaban los puntos y atalayas principales de su sistema defensivo” (6).

Este autor apunta también que las Ordenanzas Municipales del 1450, dedicadas a la guerra prestan gran importancia al mantenimiento de estas atalayas que, como Espartinas son fundamentales para alertar a la ciudad de posibles peligros: “Yten, que se de orden como en el tienpo que ouiere rebato, todos los ganados e los omes que estouieren en el campo, lo sepan por almenara o ahumadas fechas en los lugares do puedan ser vistas. E que luego que por ellos fueren vistas, dexen todas las fasiendas e se vengan a la çibdad… E para esto aya omes deputados e tengan cargo de faser las dichas almenaras e ahumadas cada uno en su lugar çierto, cada que les fuere mandado. E que tenga cargo los que primero vieren las dichas almenaras e ahumadas de llamar e apellidar a los otros çercanos dellos que no las vieren. E los que este cargo tosieren, porque mejor lo fagan, sean quitos de otros seuicios. E los lugares donde las tales personas deuen estar, son estos: en san Cristóual, en la Cabeça del Real, en la Torre de Diego Dias, en la Cabeça de Esprynas, en el Torrejón de asta, en el Cabeça de Macharnudo” (7).



Desde Espartinas, el camino inicia un suave descenso entre viñedos y tierras de labor cruzando el arroyo Blanquillo, que viene por la derecha desde las faldas de Montegil y Montegilillo buscando las hondonadas y tierras bajas que en otros tiempos ocupaban las Marismas del Bujón. A través de un caño de drenaje, cuyo arranque observamos a la izquierda de la carretera, se canalizan hasta el Guadalquivir las aguas que antes se estancaban en estos parajes. Sin embargo, nada evita que en los años lluviosos los aguazales cubran las tierras llanas del Bujón recordando que siempre lo fueron de marismas.

Junto al camino, que discurre ahora entre sembrados, queda la entrada al Rancho del Moral, a la izquierda, como nos lo indica un azulejo visible en el puentecillo que sobre el caño del Bujón, cruza el carril que da acceso a las estancias de la finca. Algo más adelante, a la derecha, una senda flanqueada por olmos, conduce a la casa del Hinojal, en las faldas del cerro de Montegilillo.



Continuando por estos rincones, pasamos ahora por las tierras del Cortijo El Bujón, cuyo acceso delatan los grandes eucaliptos que escoltan el camino que nos lleva hasta el caserío que divisamos muy cerca, a la izquierda.



Entre lomas sembradas de cereal en las que no crece ni un sólo arbusto, la carretera avanza adaptándose a las suaves ondulaciones del terreno. Son paisajes casi desnudos, solitarios, hermosos….

Tras un suave ascenso llegamos a un pequeño collado, el Puerto de Capita, donde la carretera da un brusco giro de 90 grados. Una señal nos indica que podemos enlazar con la carretera Jerez-Sevilla, pasando por el cortijo de Casablanca. Dejamos este desvío para otra ocasión y continuamos recto, en dirección norte, por la pista sin asfaltar, pero en buen estado, que nos conduce hacia las marismas y que sigue la traza del antiguo Camino de Lebrija.

Una parada en el cortijo de Capita y la alquería andalusí de Šarāna.



Desde el cruce divisamos ya, a la izquierda del camino, el caserío del cortijo de Capita a cuya entrada llegamos cuando hemos recorrido algo más de un kilómetro de pista. Nos detenemos un momento frente a la puerta de acceso a este cortijo, al que se llega por la Cañada de Capita (8), un carril flanqueado por olmos y moreras que se prolonga hasta el vecino de Mojón Blanco y por el que también puede llegarse, cruzando el caño de El Bujón, al de Monasterejos y a Trebujena.

Estos parajes que rodean al cerro de Capita, situados en los límites septentrionales del término municipal de Jerez y colindantes con los de Lebrija y Trebujena, guardan memoria de asentamientos humanos desde la más remota antigüedad. El de Capita es también conocido como cortijo de Arana (9). Este segundo nombre ha “fosilizado” la huella de anteriores denominaciones de este enclave que puede tener su origen, según A. Tovar, en un “topónimo latino relacionado con Sacran y con un poblamiento romano, en concreto con el fundus Sacranensis” (10), un asentamiento rural que, de localizarse en este lugar, estaba situado a medio camino entre Asta Regia y Nabrissa, ciudades a las que tal vez pudo estar ligado.

Este enclave debió alcanzar mayor relevancia durante la dominación árabe. Como señala el arabista M. A. Borrego Soto, las primeras referencias a la alquería musulmana de Šarāna (Jarana) aparecen en el siglo XII (Ibn Bassām), siendo origen del linaje jerezano de los Banū l-Murjī, algunos de cuyos miembros que desempeñaron un papel de mediana importancia en la historia política y literaria de al-Andalus entre los siglos XI y XIII (11). Esta alquería es también citada en la obra de Ibn Sa'id al Magribí (s. XIII), donde se menciona “que es una de las aldeas de la ciudad de Jerez y está adornada con la biografía del visir-secretario Abu Bark Muhamad b. Abd al-Aziz” (Muerto en 536/1141-42) (12).

Aunque algunos autores proponen para la ubicación de Šarāna, el emplazamiento del actual Barrio Jarana, próximo a Puerto Real (13), existen ya algunos testimonios arqueológicos que apoyan la idea de que esta aldea se encontraba junto al Camino de Lebrija. Así parece deducirse de los trabajos de prospección superficial realizados por técnicos del Museo Arqueológico de Jerez (14), que detectaron en estos parajes restos de una alquería musulmana que bien pudiera corresponderse con la aldea de Xarana que aparece en las fuentes medievales y que se cita en el amojonamiento efectuado en 1274 por el hijo de Alfonso X, Alfonso Hernández. En este documento se asignan a Jerez las aldeas de Xarana e Grannina, en los límites entre Jerez y Lebrija, y en él se menciona que la alquería de Xarana está junto a la carrera que va de Jerez a Lebrixa (15). El Cortijo de Arana se encuentra entre los treinta donadíos del alfoz jerezano concedidos por Alfonso X a diversas instituciones y particulares. Sea como fuere, la toponimia (Arana- Xarana- Šarāna- Sacran) parece también reforzar lo que la arqueología y la geografía ya apuntan: que los parajes de Capita y Mojón Blanco, junto al Camino de Lebrija están cargados de historia.

Hacia las marismas de Casablanca y La Morabita.



Dejando atrás el cortijo de Capita, el camino inicia un suave ascenso y al llegar a un puertecillo el horizonte nos muestra, detrás de las lomas, el caserío de Lebrija en el que despuntan las torres de sus iglesias. Se encaja la pista ahora entre los cerros de Capita y Mojón Blanco y tras un prolongado descenso, el paisaje se abre en las amplias llanadas que en los años lluviosos vemos cubiertas por una inmensa lámina de agua dando lugar a las marismas de Casablanca, a la derecha y de Capita, a la izquierda.

Nos detenemos junto al puentecillo que cruza el caño para admirar el singular paisaje de la marisma. Hacia la derecha, destaca una imponente construcción: el nuevo silo de El Cuervo que, en los meses de invierno, parece un singular navío que surcara el inmenso aguazal que se forma en los bajos de Casablanca. En el horizonte, encaramado en las lomas, se adivina el casco urbano de El Cuervo y la omnipresente silueta de Gibalbín, dominando estos parajes desde la altura. Es curioso observar como en el mapa de F. Coello (1868) se denomina a esta marisma con el nombre de Caño de Romanina. El Plano Parcelario del Término de Jerez de 1904, obra del topógrafo agrimensor A. López Cepero, denomina a estos terrenos bajos y encharcadizos inmediatos al Camino de Lebrija con el nombre de Marismas de La Morabita.

El curioso topónimo de “morabita”, del que ya nos hemos ocupado en otra ocasión y que da nombre a este rincón, puede estar vinculado con la ubicación en estos parajes de un “morabito”, una especie de ermita o pequeño convento habitado por musulmanes piadosos que, por lo general se situaban en despoblados. Laureano Aguilar, en su estudio sobre el Jerez Islámico, se refiere también a este topónimo apuntando que puede hacer referencia “…a la existencia de un ribat o morabito, precisamente sobre el posible trazado de la antigua vía romana. Estos morabitos, en palabras de Torres Balbás, “… eran conventos fortificados que jalonaban costas y fronteras y habitaban musulmanes devotos dedicados a expediciones militares y a prácticas ascéticas; servían al mismo tempo de puestos de vigilancia” (16).



En la soledad de los espacios abiertos de las marismas de Capita y Casablanca, de los amplios horizontes de las antiguas marismas de La Morabita, terminamos nuestro recorrido que retomaremos en otra ocasión, en su tramo final, hasta Lebrija. Un camino milenario al que tanto nos gusta volver para reencontrarnos con estos paisajes singulares de nuestro entorno y nuestra historia.


Para saber más:
(1) VV.AA.: Cortijos, haciendas y lagares. Arquitectura de las grandes explotaciones agrarias en Andalucía. Provincia de Cádiz. Junta de Andalucía. Consejería de Obras Públicas y transportes, 2002. Pg. 258.
(2) Montero Vítores, J.:Los caminos de la Vía Augusta en torno a Ceret”. Suplemento digital de la Revista de Historia de Jerez, 2012, CEHJ.
(3) Padilla Monge, A.: La transferencia del poder de Gades a Asido. Su estudio a través de la perspectiva social. Habis, 21, 1990, pg. 249.
(4) Martín Gutiérrez, E.: La identidad rural de Jerez de la Frontera. Territorio y poblamiento durante la Baja Edad Media. S. de Publicaciones de la Universidad d Cádiz., 2003, Pg. 96
(5) González Rodríguez, R. y Ruiz Mata, D.: “Prehistoria e Historia Antigua de Jerez”, en D. Caro Cancela (coord.), Historia de Jerez de la Frontera I. De los orígenes a la época medieval, Cádiz, 1999, pg. 169.
(6) Martín Gutiérrrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004. Pg 141.
(7) Martín Gutiérrrez, E. y Marín Rodríguez J.A.: “La época cristiana (1264-1492) en CARO CANCELA, Diego (coord.), Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval, I, Cádiz, 1999, p. 282-283.
(8) Clasificación de las Vías Pecuarias Término municipal de Jerez 1948. Ayto. de Jerez. En este documento también se mencionan, junto a Capita, los pozos de “Arana”.
(9) Véase a tal respecto el Mapa del IGN Hoja 1034, Lebrija, edición de 1918. También la obra citada en (1), pg. 159.
(10) Citado por Martín Gutiérrez, E.:Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, HID, 30 (2003), 257-300. Pag. 263.
(11) Borrego Soto, M. A.: “La alquería de Jarana y los Banu l-Murji”, en Al-Andalus Magreb: Estudios árabes e islámicos, nº 12, 2005, págs. 19-38
(12) Abellán Pérez, J.: El Cádiz Islámico a Través de sus Textos, 2ª ed., Cádiz, 2005. págs. 74-75. Versión de F.N. Velázquez Basanta.
(13) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004, pg. 68.
(14) Aguilar Moya L.: “Jerez islámico”, en Caro Cancela D. (coord.), Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval, I, Cádiz, 1999, p. 242. Véase también Martín Gutiérrez, E.: La identidad rural… Págs. 76-77
(15) Martín Gutiérrez, E.: La identidad rural…, pg. 96. Aguilar Moya L.: “Jerez islámico” …, pg. 242.
(16) Aguilar Moya, L.:Jerez Islámico”…, pg. 245.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otros enlaces que pueden interesarte: Carreteras secundarias, Paisajes con historia, El Paisaje y su gente, Rutas e itinerarios y Por el antiguo Camino de Lebrija (1). Al encuentro de los paisajes y la historia por la carretera de Morabita..

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 30/11/2014

 
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