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S.O.S. por el muro de la Huerta de La Cartuja




En diferentes ocasiones nos hemos ocupado en estas páginas de “entornoajerez” del patrimonio cultural disperso en la campiña que se encuentra en mal estado o “amenazado” por su deterioro y/o abandono. Hace algo más de dos años provocó un gran revuelo en los medios de comunicación locales y nacionales el desplome de uno de los ángulos de los muros de la Torre de Melgarejo y la posterior colocación de las chapas de galvanizado que provocó también una alarma social y “cultural” por el claro referente identitario que tiene esta fortaleza para los habitantes de la barriada rural de Torremelgarejo.



Hoy queremos también encender todas las alarmas ante el reciente desplome de una parte de los muros de las Huerta de la Cartuja. Muros cargados de historia que ya presentaban un lamentable estado fruto del abandono que han venido sufriendo desde hace décadas. Si el río con sus crecidas ha venido socavando algunos de sus tramos, la falta de cuidados y de las necesarias reparaciones, han dejado en manos del paso del tiempo que esta singular obra se vaya arruinando poco a poco.



Sin embargo NO PODEMO PERMITIR QUE SE PIERDA y que su ruina vaya a más, reclamando que las grandes inversiones que se han venido acometiendo por parte del Estado en La Cartuja, contemplen también algunos fondos para este emblemático muro e impidan que su desplome continúe.

En estos meses en los que se ha venido hablando del proyecto de Sendero Fluvial por el Guadalete, conviene recordar que uno de sus tramos pasaba justamente junto a este muro de la Huerta del Monasterio, un elemento patrimonial valioso que añadía a este tramo del sendero un importante aliciente.



Por esta y otras razones, su conservación y consolidación se hace ya urgentemente necesaria. Antes de que se acabe perdiendo definitivamente.



Un resplandor en la noche.
Con Zurbarán por las riberas del Guadalete en el Sotillo.


Como muchos lectores saben, la Cartuja de Jerez tuvo entre sus numerosos tesoros artísticos diferentes obras del insigne Francisco de Zurbarán, uno de los maestros de la pintura española del Siglo de Oro.

Es conocido que, tras la desamortización de Mendizábal en 1836, se dispersaron los bienes del monasterio y en especial sus cuadros y esculturas, encontrándose hoy repartidos por algunos de los museos más importantes del mundo. Buena parte de las tablas y lienzos que el célebre pintor de Fuente de Cantos realizó para la cartuja jerezana, se conservan en la actualidad en el Museo Provincial de Cádiz, mientras que cuatro de sus cuadros se exhiben en el Museo de Grenoble y en el polaco de Poznan lo hace la Virgen del Rosario, una pintura de grandes dimensiones.

Junto a todos ellos, el titulado “La batalla de Jerez”, la que fuera la pieza central del retablo de la Cartuja, es el que por muchas razones se considera una de sus obras más lograda, pudiendo admirarse hoy en el Metropolitan Museum of Art de New York. De este famoso cuadro y de su vinculación con la historia de la Cartuja y con un célebre episodio bélico ocurrido a mediados del siglo XIV a orillas del Guadalete, vamos a ocuparnos en las siguientes líneas.

Con Zurbarán por las orillas del Guadalete en El Sotillo.

En 1638, cuando Francisco de Zurbarán recibe el encargo del Monasterio de Santa María de la Defensión para pintar un retablo destinado a su altar mayor, así como otros cuadros para distintas dependencias, cuenta con 40 años de edad y es ya un reconocido maestro. Tras una estancia en Madrid en la que visita a su amigo Diego Velázquez y se relaciona con los pintores italianos que trabajan en la corte, comenzará a abandonar el tenebrismo de sus comienzos, ganado sus cuadros en claridad con tonos menos contrastados. Reconocido con el título de "Pintor del Rey", vuelve a Llerena donde tiene su taller en el que trabaja también, junto al encargo de la Cartuja jerezana, en otros cuadros de motivos religiosos para el mercado americano.



Como pieza central del retablo solicitado, nuestro pintor concibe un lienzo de grandes dimensiones (335 x 191 cm) en el que representa al óleo un motivo basado en una antigua leyenda. Con el título de “La batalla entre moros y cristianos en El Sotillo” (o también la “La Batalla de Jerez” o “La batalla del Sotillo”), el cuadro recrea un enfrentamiento bélico enmarcado en las luchas de frontera que tiene como trasfondo un hecho histórico sucedido a orillas del Guadalete, en un paraje conocido como El Sotillo en el que se había edificado el monasterio.

La pintura nos ofrece una escena nocturna, planteada con un claro y original carácter narrativo, en la que Zurbarán demuestra su maestría en el tratamiento de la luz (1). En medio de la noche, en primer plano, un soldado –que nos recuerda a los personajes del Cuadro de las lanzas de Velázquez- muestra al espectador lo que sucede en el fondo. Entre las arboledas que crecen junto al río, se desarrolla una reñida batalla.



Jinetes a caballo, portando lanzas y escudos, combaten duramente. Los cristianos -con cascos, petos y armaduras- luchan contra los moros -con turbantes- que aguardaban escondidos entre las espesuras de los sotos del Guadalete, al amparo de la oscuridad, para sorprender en una emboscada a los jerezanos que han salido en su busca. Sin embargo, el paraje se ha iluminado de pronto gracias a una milagrosa intervención de la Virgen, que ocupa la parte superior del cuadro, proyectando su luz dorada sobre las riberas del río. Los enemigos que esperaban al acecho han sido descubiertos y vencidos. Para perpetuar el recuerdo de esta batalla se construye allí una ermita, que aparece en el centro de la escena.

La Batalla de Jerez” fue pensada inicialmente, como se ha dicho, para ocupar el centro del primer cuerpo del retablo del altar mayor de la iglesia de La Cartuja, si bien parece ser que aún en época de Zurbarán, éste sufrió modificaciones siendo trasladados algunos lienzos a otras dependencias del monasterio. Entre ellos este que nos ocupa, -que fue sustituido por una escultura- así como otra pintura de idénticas dimensiones y formato, La Virgen del Rosario (2).

De ello da cuenta Antonio Ponz, quien visita el Monasterio en 1791 y deja escrito que “… en dos retablitos del Coro de los Legos, hay dos excelentes pinturas del citado Zurbarán, y de su mano son igualmente dos grandes cuadros puestos en las paredes de este recinto: el uno representa á Nuestra Señora con el Niño Dios, y a diferentes Monges de rodillas, en el otro está Nuestra Señora como auxiliando á los Xerezanos en una batalla que ganaron a los moros en estos contornos, en la qual pendieron al Régulo Aben-faha, que lo enviaron en presente a Alfonso XI, todavía niño. Á dicha pintura llaman de la Defensión” (3).

Una pintura con trasfondo histórico.

Como se ha dicho, Zurbarán debió ser informado por los cartujos de la leyenda de la aparición milagrosa de la Virgen de la Defensión en El Sotillo, lo que serviría de inspiración para la obra más emblemática del retablo. ¿Qué trasfondo histórico había en aquella historia de intervenciones sobrenaturales a favor de los cristianos?

Para acercarnos a los orígenes de la leyenda, conviene recordar que a la muerte de Alfonso XI y durante el reinado de los primeros monarcas de la dinastía Tras támara, los conflictos sucesorios y las luchas nobiliarias “impidieron de forma efectiva continuar con la política de Reconquista” y, de alguna manera, la frontera se mostró más vulnerable (4). Por esta razón, las campiñas y sierras jerezanas, situadas en un espacio inseguro, fueron a lo largo del último tercio del siglo XIV el escenario de no pocos enfrentamientos entre musulmanes y cristianos.

Aunque éstos no llegaron a romper el equilibrio en la zona por no ser de gran trascendencia, quedaron recogidos por los historiadores locales quienes, en algunos casos, elevaron a la categoría de batallas épicas lo que no fueron sino pequeñas escaramuzas o refriegas de poca relevancia.

Este es el caso, por ejemplo, de las batallas de Gigonza (1371) y Vallehermoso (1372).

En la primera, las tropas de Jerez combatieron y vencieron en las cercanías de la Torre de Gigonza a “los moros de Ronda y del Estrecho, que favorecidos de todo el Reino de Granada hacían muchas entradas en nuestro término… Fue esta batalla tan durable que les cogió la noche peleando, trayendo más de mil cautivos” (5). En Vallehermoso, los jerezanos hicieron frente y derrotaron a las huestes del “moro Zaide”, alcaide de Ximena, quien “juntó 400 caballeros y muchos peones; y con esta tropa se vino a los campos de Medina, donde hizo grandes daños robando gentes, ganados y víveres… y se entraron por los xerezanos terrenos para hacer lo mismo” (6). Junto a las anteriores -y por su importancia posterior en la historiografía jerezana- hay que destacar la conocida como Batalla del Sotillo, (1370), cuyo desenlace tendría implicación indirecta en la fundación del monasterio de La Cartuja.


La batalla del Sotillo.



Este enfrentamiento fronterizo tuvo lugar en un paraje cercano a la confluencia del Arroyo Salado con el río Guadalete a escasos 4 km de la ciudad. En las alamedas del río se escondieron durante la noche “un grupo de soldados musulmanes y según cuenta la leyenda piadosa, gracias a la intervención de la Virgen se hizo la luz y las tropas cristianas pudieron ver a sus enemigos”. En este mismo lugar se levantaría, apenas un siglo después el monasterio de La Cartuja que, en recuerdo al suceso milagroso que tuvo lugar en este paraje, tomaría la advocación de Santa María de la Defensión (7).



Como es de suponer, este hecho de armas ha sido ensalzado y elevado a la categoría de épico en la historiografía tradicional jerezana. Así lo describe, a mediados del XVII, Esteban Rallón, que sitúa la historia en los días en los que el rey Pedro I (El Cruel) veía ya peligrar su reinado en las luchas con su hermano Enrique: “Los moros andaban victoriosos y les pareció que era fácil acometer a nuestras fronteras. Marcharon hacia Xerez, que salió con aviso de que un grande escuadrón de moros de Ronda, Gibraltar y Ximena, les corrían sus campos. Llegaron a donde hoy es el convento de Cartuja a cuyo sitio llamaron los antiguos El Sotillo, entre cuyas matas estaban escondidos muchos moros, para dar en los cristianos, al paso malo del Salado, que estaba sin la puentecilla que hoy tiene. Peligro de que los libró Nuestra Señora, descubriéndose a todos en una nube refulgente, cuyos resplandores descubrieron los moros emboscados y cautivaron gran número, por lo cual, reconoció Xerez a tal favor, labró en el mismo sitio una ermita y le dio por nombre Nuestra Señora de la Defensión” (8).

Esta versión, con pequeñas variaciones, fue repetida por muchos autores quienes atribuían la victoria cristiana en aquella escaramuza a la milagrosa intervención de la virgen. Pedro de Madrazo, quien sitúa este episodio bélico erróneamente en el reinado de Alfonso X, lo describe en términos similares “…habiendo salido los de Jerez contra los moros que talaban sus campos, estos les tenían dispuesta una celada en una gran mata de olivares llamada el Sotillo, donde hoy se eleva la Cartuja. Los cristianos, al llegar de noche al paraje de la emboscada, fueron favorecidos por una luz sobrenatural y repentina que les descubrió el lugar donde estaban ocultos los infieles, y cayendo sobre ellos los pusieron en completa derrota. Acercándose luego al paraje de donde salía la gran claridad, vieron una imagen de la Virgen” (9).

El historiador Manuel de Bertemati, atribuye este suceso a Abu Zeid alcaide de Jimena, “el 'moro Zaide'” de las crónicas cristianas. Protagonista de otras incursiones en las campiñas fronterizas en las que talaba las huertas y olivares, robaba ganados y cautivaba campesinos, Zaide era, a decir de Bertemati un “verdadero bandido, rara vez presentaba sus huestes en abierta lid frente al enemigo: su habilidad consistía en ofender sin ser ofendido; robaba, mataba, cautivaba y huía á uña de caballo. De la célebre emboscada del Sotillo en 1368, cuando ya el rey D. Pedro hacía sus últimos esfuerzos por salvar la corona y la vida, quedó memoria en la ermita de Nuestra Señora de la Defensión, hoy ex monasterio de la Cartuja, levantada en el sitio mismo del combate por la piedad de los que milagrosamente se salvaron de aquella pérfida acechanza". Nuestro historiador, hombre ilustrado y miembro de la Real Sociedad Económica Xerezana, de la que era su secretario, omite en su relato la intervención milagrosa de la Virgen, tratando tal vez con ello de dar una explicación “racional” a aquel suceso que en los siglos anteriores se tenía por sobrenatural. Así lo cuenta: “Escondidos entre los jarales que allí abundaban, cerca del vado del río, esperaron los moros á los xerezanos al espirar la tarde de un nebuloso día; pero el cielo, que se despejó de improviso, dando paso á los purpúreos rayos del sol poniente, iluminó senderos y matorrales, dejando descubiertos á los enemigos que, sin tener tiempo para levantarse y embestir, fueron alanceados y cautivados en gran número" (10).

La Ermita de la Defensión.



La historiografía local recuerda que para conmemorar aquella “batalla”, la ciudad mando levantar entre las alamedas de El Sotillo, donde habían tenido lugar los hechos, una ermita como exvoto a la Virgen, a cuya intervención en “defensión de los cristianos”, atribuían los jerezanos la victoria sobre los moros (11).

Como apunta Madrazo la ermita “con el título de Nuestra Señora de la Defensión, y la imagen de la Madre de Dios pintada en ella para memoria del suceso, en medio de una nube resplandeciente con los moros y caballeros jerezanos al pie, duró largos siglos atrayendo hasta nuestros días el devoto y numeroso concurso de los fieles del país, entre los cuales aún se conserva fresca memoria de los beneficios debidos a Nuestra Señora. La ermita, transformada en pequeña iglesia aneja al monasterio, quedó en cierto modo exenta, con una puerta al campo para que pudiera ser frecuentada sin ofensa para la clausura” (12).



Heredera de esta ermita, que aparece también representada simbólicamente en la parte central del cuadro de Zurbarán junto a los sotos del río, es la que hoy se conoce como Capilla de los Caminantes. Se accede a ella tras atravesar la fachada principal que da acceso al atrio. Situada junto a la antigua Hospedería del monasterio, en cuyo patio destaca una escultura de mármol de San Bruno obra de Pedro Laboria (1761), la capilla "es una construcción de mediados del siglo XVIII levantada sobre la primitiva ermita de Nuestra Señora de la Defensión... Su estructura actual presenta una sola nave y atrio de arcos de medio punto sobre columnas de mármol" (13).

En el porche de la capilla, a ambos lados de su puerta de acceso pueden verse sendos paneles cerámicos sobre la Virgen de la Merced y sobre la historia del Monasterio. En este último se recuerda también la Batalla del Sotillo.

Nos gusta acercarnos a La Cartuja y recorrer despacio el gran patio que se abre ante la fachada de la Iglesia, haciendo un alto en la Capilla de los Caminantes, siempre abierta, o pasear por los jardines de acceso al monasterio y detenernos después en la vieja Cruz de la Defensión. Y luego, cuando cae la tarde, antes de abandonar este lugar, nos gusta sobre todo asomarnos a la antigua huerta de la Cartuja, flanqueada por las alamedas del Guadalete, en las riberas del Sotillo, donde tuvo lugar aquel enfrentamiento ente moros y cristianos que recreara Zurbarán en “La Batalla de Jerez” y que ya para siempre imaginamos tal y como él la pintó.


Para saber más:
(1) Sánchez Quevedo, M.I.: Zurbarán, Ediciones Akal, 2000, p.31
(2) Ibídem, p. 33
(3) Ponz, A.: Viage de España. Tomo XVII, Carta VI. Madrid, 1792, p. 278.
(4) Martín Gutiérrez, E. y Marín Rodríguez, J.A.: “Tercera parte. La época Cristiana” (1264-1492), en Caro Cancela, D. (Coord.): Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval. Tomo 1, Diputación de Cádiz, 1999, p.269
(5) Gutiérrez, B.: Historia del estado presente y antiguo de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, Jerez 1886, Ed. facsímil de 1989, L. II, p. 234.
(6) Ibídem, p. 235
(7) Romero Bejarano, M.: De los orígenes a Pilar Sánchez. Breve Historia de Jerez. Ediciones Remedios,9, 2009, pp. 30-31.
(8) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. II, p. 120.
(9) Madrazo, P.: Sevilla y Cádiz, Barcelona, 1884, pp. 581-582.
(10) Bertemati y Troncoso, M.: Discurso sobre las historias y los historiadores de Xerez de la Frontera: dirigido a la Real Sociedad Económica Xerezana en noviembre de 1863, Imprenta del Guadalete, Jerez, 1883 p. 162.
(11) Pomar Rodil, P.J. y Mariscal Rodríguez, M.A.: Jerez: guía artística y monumental, Sílex Ediciones, 2004, p. 226
(12) Madrazo, P.: Sevilla y Cádiz… p. 582.
(13) Pomar Rodil, P.J. y Mariscal Rodríguez, M.A.: Jerez: guía artística… p. 229


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Otras entradas relacionadas: Paisajes con historia, El paisaje y su gente

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 28/05/2017

Con Antonio Ponz en el patio de La Cartuja.
Una visita en 1791 con noticia de unos curiosos árboles.




Entre los numerosos viajeros ilustrados que visitaron Jerez, destaca sin duda Antonio Ponz Piquer (1). Nacido en 1725, nuestro personaje cursó estudios de Filosofía y Teología, sintiendo también gran atracción por el conocimiento de las lenguas extranjeras y la Historia y, especialmente, por el dibujo y la pintura. Tras una estancia en Italia, regresa a Madrid en 1765, coincidiendo con la expulsión de los jesuitas, siendo comisionado por Campomanes -ministro de Carlos III- al objeto de que estudiase las pinturas existentes en los colegios que la Compañía de Jesús había tenido en Andalucía, con el fin de seleccionar las más relevantes para su exposición en la Academia de San Fernando.

Junto a los informes sobre el patrimonio artístico y monumental que motivaron sus primeros viajes, Ponz realizará numerosas anotaciones de los más variados aspectos. De esta manera, incluye en sus escritos otras observaciones de carácter urbanístico, social y económico de las ciudades y pueblos que visita, así como numerosas referencias a las costumbres populares, la industria, la agricultura o las fuentes de riqueza de los distintos territorios que recorre. De todas estas cuestiones dará cuenta en su magna obra titulada “Viage de España o Cartas en que se da noticia de las cosas más apreciables, y dignas de saberse, que hay en ella”. Sus 17 tomos, publicados entre 1772 y 1794, aportan valiosos datos para conocer con gran detalle la España del último tercio del siglo XVIII.

Antonio Ponz, los árboles y Jerez.



Entre las regiones que Ponz visitó con mayor detenimiento destaca Andalucía, a la que dedicó el tomo IX de su “Viage de España” publicado en 1780 y, más adelante, los tomos XVI, XVII y XVIII, fruto de sus recorridos por nuestra tierra entre 1789 y 1791. Aunque el último de ellos está dedicado en una buena parte a la provincia de Cádiz y aparecen menciones a Jerez, es el tomo XVII el que incluye los textos relativos a las visitas que realiza a nuestra ciudad.

Como buen ilustrado, además de su interés por el arte y la cultura, muestra una gran preocupación por el fomento de la agricultura y el arbolado, encontrándose a lo largo de toda su obra numerosas referencias a la necesidad de plantar árboles y a “… los males que experimentamos por su falta”.



No es de extrañar por ello que cuando en 1791 -un año antes de su muerte- visita la ciudad, nuestro viajero ilustrado ponga el acento también en estas cuestiones. Ya en el camino desde Sevilla a Jerez, da muestras de este interés y al describir el trayecto hasta el cortijo de Torres de Alocaz, donde pernocta, apunta que “… el territorio es excelente para cosechas de granos, pero desnudo de arboledas á lo regular”. Desde Alocaz continúa camino hacia El Cuervo, anotando también que ”… se alcanzan á ver los Pueblos de los Palacios, y Las Cabezas, interpuestas grandes llanuras, la mayor parte de ellas peladas de árboles”. (2)



A su llegada a Jerez, junto a las descripción general de la ciudad, de sus calles y edificios de interés, o a los comentarios sobre su patrimonio artístico, la agricultura o las bodegas (de lo que nos ocuparemos detenidamente en otra ocasión)… Ponz comienza dando noticias de las arboledas que flanquean los accesos a la ciudad o de los árboles de calles y alamedas que en “…las entradas del lado de Utrera y del Puerto de Santa María, el corregidor José Eguiluz ha ordenado plantar”. Con respecto a la primera, viniendo de Sevilla, Ponz se recrea en la descripción: “Esta entrada de Xeréz de la Frontera se las puede apostar á las de cualquiera otro Pueblo por hermoso que sea, y juntamente es un paseo delicioso para los vecinos de la Ciudad, con asientos y verjas en ámbos lados, y entre huertas, arboledas de palmas, granados, naranjales, y otros árboles de clima suave. Aunque dichas verjas son al presente de madera dada en verde, entre pilares de fábrica, puede creerse que más adelante se vayan haciendo de hierro, según veo que piensan estos Señores Xerezanos, y su zelosísimo Corregidor, quien tuvo el encargo de dirigir este famoso camino nuevo desde una legua ántes de Xeréz hasta Cádiz. El expresado paseo y entrada tiene de largo cerca de mil pasos, con alguna elevación respecto al resto de la campiña, cultivada de dilatadísimos viñedos, de los quales y de su precioso producto hablaré luego. Empieza el paseo por una plaza circular y continúa lo demás á modo de galería hasta la Ciudad” (3).

Esta descripción de Ponz de la entrada de Sevilla, coincide en buena medida con otras que se realizaron en el siglo XIX y aún, con las imágenes del antiguo Paseo de Capuchinos de comienzos del XX que han llegado hasta nosotros.



En el monasterio de La Cartuja ante unos curiosos árboles.

Como no podía ser de otra manera, Ponz visita el monasterio de la Cartuja ofreciendo una detallada descripción de sus riquezas artísticas y monumentales de las que da cuenta en la Carta VI, Tomo XVII de su Viage de España.

En este relato hay también sitio para su interés y curiosidad por los árboles que encuentra en el camino, donde le llaman la atención



las “piteras”, las populares pitas o agaves que se nos muestran en muchos grabados del siglo XIX sobre la Cartuja: "No era cosa de marchar de aquí sin hacer una estación en la celebre cartuja, distante poco más de media legua de la ciudad, a su lado de Oriente, hasta donde se va por camino algo hondo pero frondosísimo por ambos lados de árboles y piteras, y lo mismo son otras entradas de la ciudad que llaman callejones, y en



algunos trechos lo parecen”
(4). Ponz describe el antiguo acceso desde Jerez a la Cartuja, que transcurría en parte por la actual Hijuela de Pinosolete. Eran los conocidos “callejones”, estrechos caminos entre los campos, con sus orillas flanqueadas por los árboles que les daban un aspecto umbroso y cerrado, como de galería cubierta por las copas de álamos, olmos y frutales.


Al llegar a la Cartuja, se ocupa también de describir los árboles de sus claustros, patios y alrededores: "El monasterio está rodeado de olivares y otras arboledas, con porción de huertas y nuevos plantíos que tienen por su lado de mediodía, entre el río Guadalete y dicho Monasterio…"

Sin embargo, un árbol le llama la atención por su rareza y su curiosidad de hombre ilustrado le hará después averiguar datos sobre él: “…En el primer patio del monasterio encontré algunos árboles que jamás había oído nombrar, y los llaman agriones, conocidos acaso la primera vez en Motril, de donde vino la simiente.

Crece mucho esta planta en el término de ocho años, y es de excelente madera. Echa una flor de cinco hojas muy parecida al jazmín, con su cáliz en medio: la fruta es como una avellana chica de cinco ángulos, y en cada uno hay una simientita negra muy parecida a las de las manzanas: la hoja del árbol es semejante a la del fresno. Con dichas frutillas, que son durísimas se hacen cuentas de rosarios. Este árbol convendría de infinito multiplicarlo, particularmente por estas tierras
" (5).



Este curioso árbol es sin duda el cinamomo (Melia azedarach), también conocido como melia o agraz, especie que nuestro viajero ilustrado no había visto en ninguno de sus anteriores viajes por España y Europa y que ahora, en 1791, a sus 66 años se encuentra en el patio de La Cartuja. El “agrión” era, a buen seguro toda una rareza.

Originario del sur y este de Asia, se cultiva España desde el siglo XVI y ya en 1762 lo cita el célebre botánico José Quer, si bien no será hasta el siglo XIX cuando se utilice como especie ornamental en calles y plazas. En nuestra ciudad fue especie habitual en buena parte de los jardines y paseos y aún puede ser visto en numerosos puntos (Bda. España, La Constancia, La Granja, Ronda Este…).

Las observaciones de Ponz sobre esta especie son muy acertadas tanto en la descripción de las flores como en lo referentes a las hojas, que encuentra muy parecidas a las del fresno (Fraxinus sp.). No en balde el nombre genérico de “melia” (derivado del nombre griego del fresno) fue dado por Linneo en razón de la semejanza de sus hojas con las de dicho árbol. Pero sin duda, lo que más llama la atención de Antonio Ponz son las “frutillas”, durísimas “con las que se hacen cuentas de rosario”.



No le falta razón a nuestro ilustrado y en Francia se conoce al cinamomo como “árbol de los rosarios”. Los huesos de sus frutos carnosos (pequeñas drupas globosas) tienen un estrecho conducto entre sus lóbulos soldados que posibilitan el engarce para hacer cuentas de rosario.

En el invierno, cuando las copas de las melias pierden su espeso follaje y se desnudan, los frutos, que se agrupan en racimos compactos persistentes y muy llamativos, adquieren una tonalidad amarilla, proporcionando a estos árboles una estampa inconfundible.

No es extraño que llamaran la atención de D. Antonio Ponz en aquella visita que hiciera a nuestra Cartuja a finales del siglo XVIII. Aunque sólo fuera en homenaje a este viajero ilustrado, bien pudiera plantarse un hermosa melia en los jardines de acceso al monasterio. Ahí queda nuestra propuesta.

Para saber más:
(1) Clavijo Provencio, R.: Jerez y los viajeros del XIX. B.U.C. Jerez, 1989
(2) Ponz, A.: Viage de España. Tomo XVII, Carta V. Madrid, 1792, p. 244
(3) Ponz, op. cit., pp. 245-246.
(4) Ponz, Ponz, A.: Viage de España. Tomo XVII, Carta VI. Madrid, 1792, pp. 274
(5) Ponz, op. cit., pp. 282-283


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 03/04/2016

 
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