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S.O.S.: La torre de Melgarejo se desploma.




Cuando nos referimos al patrimonio histórico o monumental de Jerez, por regla general, tendemos a pensar en clave urbana, limitando así los elementos que integran nuestro rico legado a aquellos edificios, iglesias, monumentos, o jardines históricos que podemos admirar en la ciudad. Junto a ellos, conviene recordar que entre los Bienes Catalogados de nuestro municipio aparecen otros muchos que se encuentran dispersos en distintos rincones de las campiñas. Una parte de ellos están amparados bajo el régimen de protección de Bien de Interés Cultural (B.I.C.), constituyendo en muchos casos un referente de primer orden en el paisaje en el que se enclavan y al que se encuentran vinculados por razones históricas y culturales.

De monumentos… y ruinas

Como es de suponer, la lucha por evitar la ruina y el mantenimiento y conservación de estos “monumentos” es asunto complejo. Como ejemplos positivos y de que se pueden dar pasos hacia la puesta en valor del patrimonio, en los últimos años se han venido realizando en distintos rincones de la provincia, tanto por la iniciativa pública como por parte de propietarios privados, obras de consolidación y de restauración de castillos, lienzos o torres. De la misma manera, se han potenciado o facilitado las visitas a las personas interesadas… Recordemos a modo de ejemplo los casos de Zahara y Olvera, la apertura del castillo de Arcos a visitas concertadas o el más conocido de la Torre de Matrera en Villamartín cuya restauración, no exenta de polémica, recibió numerosos premios internacionales.

Por citar ejemplos más cercanos a nuestra ciudad, así lo han entendido también los propietarios del castillo de Gigonza que desde hace ya un tiempo vienen organizando visitas concertadas a esta antigua fortaleza. Sus dependencias fueron también notable casa de baños en los pasados siglos y, poco a poco, se están mejorando para poner en valor ese importante elemento patrimonial de la campiña que, no en balde, pasa por ser uno de los castillos mejor conservados y de mayor interés de nuestro alfoz. Destacable es también el esfuerzo de bodegas Fundador, que han incluido la visita a la Torre de Macharnudo en una singular propuesta turística que combina el disfrutar de los mejores paisajes de viñedo del marco de Jerez, la degustación de los excelentes caldos de su bodega y los atractivos históricos de este enclave de la campiña.

En el otro lado de la balanza contemplamos, con más pena que gloria las torres, atalayas y castillos repartidos por el territorio, incluidos todos ellos en la categoría de “monumento” y que, salvo meritorias excepciones, se encuentran seriamente amenazados y algunos de ellos se caen, literalmente, a pedazos ante la pasividad de todos, ignorando que algunos de esos elementos podrían ser un atractivo turístico y cultural importante y un complemento a otras iniciativas de desarrollo rural.

Así, nadie se ocupa de que la vegetación no termine por arruinar el viejo castillo de Berroquejo, levantado en el reinado de Alfonso X, como el de Torrestrella o el de Peña Arpada, para el control de la frontera, al que las higueras y acebuches que crecen entre sus muros acabaran por destruir. El torreón del Cerro del Castillo, en Torrecera, muestra ya desplomado uno de sus lienzos sin que lleguen nunca las obras de consolidación o rehabilitación que reclama a gritos. Enclavado en la finca Torrecera, que recibe numerosas visitas a su magnífica bodega donde se elaboran los afamados vinos Entrechuelos o Alhocén, podría ser un complemento cultural e histórico extraordinario (¡ya quisieran muchas bodegas tener un castillo en sus viñedos!) que debieran sopesar sus propietarios, para intentar salvar así lo que queda de esta torre vigía almohade, antes de que desaparezca definitivamente.

La Torre de Melgarejo se desploma.

Con todo, uno de los casos más preocupantes es el de la conocida Torre de Melgarejo, tan cercana a la ciudad y visible para quienes transitan por la autovía Jerez-Arcos. A buen seguro, en las últimas semanas, muchos de los viajeros habrán podido observar con tristeza como su esquina de poniente se está desplomando. Una parte de los muros se ha venido, literalmente, al suelo, dejando a la vista la bóveda de cañón de una de las salas del antiguo castillo. Si a comienzos de agosto podía observarse un pequeño desprendimiento de bloques en el hueco de lo que fue una ventana, a día de hoy, tal como muestran las fotografías que adjuntamos, la esquina de los muros se ha arruinado formando un considerable cono de derrubios apreciable desde la carretera. Como se aprecia desde el exterior, las techumbres colindantes con los muros amenazan también con arruinarse a juzgar por los grandes bloques de piedra sueltos que se aprecian sobre la bóveda de una de las salas laterales, que ha quedado al descubierto.



La proximidad al Circuito de Velocidad y a importantes vías de comunicación y establecimientos hosteleros siempre nos hizo creer que, en un corto o medio plazo, la vieja torre y sus dependencias se recuperarían para el turismo o la hostelería tras ser consolidada y restaurada, pudiendo integrarse así en distintas iniciativas de desarrollo rural, habida cuenta de que constituye un elemento histórico y arquitectónico de gran interés.



Estos días, sin embargo, sólo albergamos malos augurios al contemplar el inexorable y rápido avance de la ruina y el desplome de los muros y techumbres. Una ruina que hay que parar cuanto antes, desde la propiedad de la Torre antes que nada y, si fuera preciso, con las pertinentes ayudas públicas también para que no termine por perderse definitivamente.



Quienes quieran conocer la historia de la Torre de Melgarejo y la curiosa leyenda que tiene asociada pueden consultar el siguiente enlace:

https://www.entornoajerez.com/2014/01/una-leyenda-para-un-castillo-en-la.html

El Castillo de Berroquejo.
Un sobreviviente de las luchas de frontera.




A mitad de camino entre Jerez y Medina, la autopista -y la antigua carretera, reutilizada como vía de servicio- ciñe los pies de un mogote de roca caliza sobre el que se alzan, resistiendo el paso de los siglos, las ruinas del Castillo de Berroquejo. Conocido también, como del Berrueco o Barrueco, poco queda ya de este enclave medieval levantado en un lugar estratégico por el que atravesaban los caminos que desde tiempo inmemorial enlazaban el norte y el sur de la provincia, las tierras del Estrecho con las campiñas. Junto al cerro del castillo, aún discurre la vía pecuaria conocida como Cañada de Lomopardo o Medina que unía esta última poblacíón con el río Guadalete pasando también por El Mojo y la Laguna de Medina.

El topónimo de Berroquejo o Berrueco hace referencia a un “peñasco elevado que tiene semejanza con un gran hito o mojón” y que se presenta aislado sobre las tierras que lo rodean, tal como sucede con el montículo en el que se levanta el castillo.



Es nombre muy común en la geografía española y en la provincia de Cádiz encontramos también otros “berruecos”, como el cerro que se encuentra entre Medina y Chiclana, en el que se explotó una gran cantera, o el Peñón del Berrueco, en las proximidades del Mojón de la Víbora, entre Ubrique y Cortes, que es una referencia en el paisaje serrano y, como los citados, está constituido por un mogote calizo que emerge aislado en el terreno circundante.



El paraje del castillo de Berroquejo está situado en las proximidades de otros lugares que han sido también escenario de episodios singulares de nuestra historia como Fuente Rey, La Matanza, La Matanzuela, el Cerro de la Mezquita… Por sus cercanías discurría el acueducto romano de Tempul a Cádiz, que atravesaba tierras cercanas en uno de sus tramos menos conocido: el comprendido entre Las Piletas, El Pedroso y los Llanos de Guerra.

Una construcción mudéjar.



El Castillo de Berroquejo, “presenta la fisonomía de una típica construcción militar cristiana de tipo mudéjar de época alfonsí y su atribución principal era la de controlar las razzias que… realizaban tanto los benimerines del rey de Fez, como los más cercanos ejércitos del reino nazarí de Granada” (1).

Aunque carecemos de datos sobre la fecha de su construcción, ésta habría que situarla en torno al último cuarto del siglo XIII, tiempos de gran inestabilidad en la región. Conviene tener



en cuenta que este espacio central de la provincia de Cádiz fue tierra de frontera hasta bien entrado el siglo XIV, por lo que el enclave de Berroquejo debió jugar un papel importante en la estrategia defensiva de los castellanos, junto a otras fortalezas cercanas como las de Torrestrella (denominada también en algunas fuentes como del Berrueco), Alcalá de los Gazules y Medina. Todas ellas pertenecían, por donación real, a la Orden de Santa María de España u Orden de la Estrella, fundada por Alfonso X el Sabio en 1270 para la defensa naval de la corona de Castilla, si bien tendría una corta duración al integrarse sus miembros en la Orden de Santiago en 1280.



El castillo de Berroquejo conectaba visualmente con los citados, así como con otros hitos relevantes en el entorno próximo como el cerro de El Mojo y la Sierrezuela, estando vinculado también, posiblemente, al control de las vías de comunicación cercanas.

Hoy día, las ruinas del castillo despuntan entre lo acebuches y lentiscos que cubren la falda del cerro y casi ocultan el torreón y algunos de los lienzos de la cerca que aún se mantienen en pie coronando el peñasco. Esta pequeña elevación de roca caliza de edad jurásica, constituye una auténtica ventana tectónica (2), rodeada de materiales margosos y yesíferos.

La naturaleza rocosa del cerro ha permitido la sólida cimentación de la pequeña fortaleza y le ha proporcionado también las especiales condiciones de inaccesibilidad gracias a la verticalidad de los paredones naturales de roca. Debido a ello, sólo a través de profundas y estrechas grietas escondidas entre la vegetación, que se nos antojan secretas entradas, se puede hoy llegar hasta la torre con grandes dificultades.



Desde sus cercanías, el viajero puede observar –pese a la ruina del edificio- buena parte de su fisonomía. En lo más alto del promontorio destaca la torre de planta cuadrada y en sus laderas, a un nivel inferior, se aprecia parte de la cerca que rodeaba la fortaleza, con algunos lienzos construidos, al igual que la torre, con bloques y sillaretes de piedra caliza entre la que se intercalan a veces hiladas de ladrillos.



Las esquinas están protegidas con sillares de mayores proporciones y, en algunos casos, parecen haber sido “restauradas” con ladrillos para reforzar los ángulos de la torre y de la pequeña muralla que circundaba la peña y que aún se conserva en distintos puntos de su perímetro y, especialmente, en sus caras sur y oeste.



Una vez en el interior de la torre cuadrada, cuya techumbre se ha desplomado, podremos observar un hueco, a modo de ventana, enmarcado en un arco de ladrillo. En las esquinas de los muros de la torre se aprecian los arranques de las bóvedas y, en algunas de ellas puede



adivinarse los restos de lo que pudo haber sido una trompa, así como los de la antigua cubierta abovedada que estuvo sostenida por arcos de ladrillo cruzados, de los que se aprecia su traza.


Desde la torre, por los huecos abiertos en sus muros, obtendremos magníficas vistas de los alrededores y al observar los amplios horizontes que se aprecian hacia los cuatro puntos cardinales o el control visual que se obtiene sobre las vías de comunicación actuales, entenderemos el papel estratégico que debió jugar el castillo de Berroquejo en el pasado. En medio de las ruinas, llama la atención la vegetación que cubre los muros y las piedras, entre las que abundan las lustrosas matas de acanto, cuyas hojas fueron inmortalizadas en las columnas corintias.



A los pies del castillo, entre la maraña impenetrable que forman las copas de los acebuches, es fácil encontrar las piedras que un día debieron formar parte de sus muros así como restos cerámicos de época medieval. Algo más lejos, en la vía pecuaria que conduce hasta el peñasco, se aprecian montones de piedras que debieron pertenecer a construcciones medievales o tal vez más antiguas, a juzgar por los restos cerámicos de época romana que aparecen entre ellos.


La historia en torno a Berroquejo.

Aunque algunos autores sostienen que la Torre de Berroquejo fue uno de los lugares donde sufrió prisión Doña Blanca de Borbón, junto al Castillo de Medina, el Alcázar de Jerez y la torre de Sidueña, no existe constancia documental firme de dicha opinión (3). De lo que no cabe duda es que El Berroquejo era paso obligado en los itinerarios entre Jerez y Algeciras, por lo que no es de extrañar que buena parte de las idas y venidas de los ejércitos musulmanes y cristianos tomaran estos caminos, siendo estos parajes, en cuyas proximidades existían fuentes y manantiales, un lugar ideal de reposo y descanso. Así sucede, por ejemplo, con Alfonso XI, quien hasta en cinco ocasiones partió de Sevilla hacia las tierras de Tarifa y Algeciras y quien, al menos en una de ellas, descansa con sus tropas en El Berroquejo, pasando otras tres veces más por este lugar y sus alrededores. En 1340, cuando el rey emprende su segunda expedición para intentar conquistar las tierras del Estrecho, planta sus tiendas durante tres días junto al Guadalete, en espera de reunir sus tropas que acuden desde distintos puntos del territorio, mientras se abastece para la empresa militar que pretendía. El 25 de octubre harán las huestes un alto en Berroquejo, un lugar con agua (Fuente Rey) y abundantes pastos en sus alrededores como para permitir la acampada (4). Así recoge este episodio la Crónica de D. Alfonso el Onceno: “…Et otro día partieron luego dende, et fueron posar los reyes con sus huestes cerca de Medina Sidonia, dó dicen el Berrueco: et otro día fueron á un arroyo que dicen Barbate” (5). El Poema de Alfonso el Onceno (1348), confirma igualmente el paso del rey por este lugar, camino del sur: “Por El Berrueco pasaron /con sus pendones aína / a mano ezquierda dexaron / el castiello de Medina” (6). Una vez más, se utiliza también el nombre de Berrueco o Barrueco para referirse a este castillo.

Las condiciones especiales que estos parajes al abrigo de la torre del Berroquejo, reunían para la agricultura y la ganadería, no pasaron desapercibidas para la nobleza jerezana, deseosa de roturar nuevas tierras con las que engrandecer sus haciendas. Así, en el último cuarto del siglo XV, nos recuerda el historiador Fray Esteban Rallón que “… por este tiempo hizo merced el rey a Martín de Vera, hijo del valiente alcaide de Jimena Pedro de Vera, del castillo y casa del Berrueco de Medina y de cien caballerías de tierra en su contorno. Presentó esta gracia en el cabildo y la ciudad se opuso a ello, como perniciosa a sus vecinos” (5).

Y no es de extrañar la reacción del concejo jerezano ante la gran superficie entregada por Enrique IV a Martín Gómez de Vera (equivalente a 2.640 hectáreas). Por más que su padre hubiese prestado importante servicios a la corona y ganase luego la isla de Gran Canaria para los Reyes Católicos, las quejas del cabildo lograron que finalmente se “rebajara” la donación



a 20 caballerías (unas 528 hectáreas) en 1478, pese a que dos años antes, Pedro de Vera había logrado para su hijo la confirmación de la merced de Enrique IV. Con todo, lo que queda claro es que el castillo de Berroquejo y las tierras circundantes pasaron a manos de Vera para que, como señalaba la primera concesión real, “... podades labrar, en dicho Berrueco e Torre, qualesquier hedeficios que quisieredes e por bien touieredes; e a fortalecer la dicha Torre en la forma e manera que quisieredes, para lo cual vos do licencia por la presente". (8) Tal vez, las reparaciones que se aprecian en algunos paredones de la cerca o en las esquinas de la torre, reforzadas con ladrillo, puedan corresponder a esta época en las que la familia de Pedro de Vera se hace cargo del castillo. Sea como fuere, en los siglos siguientes, alejado ya para siempre el peligro de las invasiones meriníes, la pequeña fortaleza de Berroquejo perdió su valor defensivo y se fue arruinando poco a poco. En el “Mapa Geográfico de los Términos de Xerez de la Frontera, Tempul y despoblados y pueblos confinantes” (1787), obra de Tomás López, uno de los primeros que se traza sobre este territorio, figura la torre de Berroquejo con esta leyenda: “Barrueco castillo antiguo” (9).

Por su estratégico emplazamiento, este lugar continuó siendo un hito en las rutas medievales y de la edad moderna. Así lo demuestra, por ejemplo, la descripción del itinerario ente Medina y Jerez que encontramos en una “guía” de “Caminos y Pueblos de Andalucía. Siglo XVIII” fechada en 1744. En ella, al describir el camino, partiendo de Medina, se indica que “Saliendo… por el barrio de San Juan de Dios, se toma el camino Real seguido por olivares y viñas que hay a un lado y otro hasta una torre llamada el Barrueco, donde poco más allá entra el término de Xerez, cuya torre queda a la izquierda” (10).



Y aún hoy, pese al acoso de autopistas y carreteras, al cerco al que le han sometido los vallados y líneas de alta tensión que lo rodean, pese a los zarpazos en el paisaje de una cercana cantera, pese a todo y a todos… el Castillo de Berroquejo, declarado B.I.C. en 1985, sigue sobre su peñasco calizo reclamando la atención del viajero, casi arruinado sí, pero en pie. Igual que un sobreviviente que vuelve de la guerra.

Localización del Castillo de Berroquejo.


Ver El Castillo de Berroquejo en un mapa más grande

Para saber más:
(1) Ruiz Serrano F. y Rodríguez Andrade F.J.: Berroquejo. Un lugar, una fortaleza, una referencia en el paisaje interior de la Bahía de Cádiz. http://torrestrella.blogspot.com.es/2007/05/berroquejo-un-lugar-una-fortaleza-una.html
(2) Mapa Geológico de España. Hoja 1.062. Paterna de Rivera. Instituto Geológico y Minero de España. 1987. p 17
(3) Antón Solé, P. y Orozco Acuaviva, A.: Historia medieval de Cádiz y su provincia a través de sus castillos.I.E.G.-Diputación Provincial, Cádiz, 1976. pp.248-250
(4) López Fernández, M.: De Laguna de Tollos al Campo de Gibraltar: la vía mas frecuentada por Alfonso XI. Euphoros, 2004, nº 7. pp.: 35-48.
(5) Crónica de D. Alfonso el Onceno, Cap. CCLI, p. 438, 10-15. Edición de F. Cerdá y Rico, 1787.
(6) Martínez Ortega, Ricardo.: El poema de Alfonso Onceno y la documentación latina y castellana. Acerca de su toponimia. Revista de Filología Románica, 1998, nº 15, pg. 311.
(7) E. RALLÓN, Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, 4 vols, edición de E. MARTÍN y A. MARÍN. Jerez de la Frontera, 1997, vol II p. 390.
(8) Martín Gutiérez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edada media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004. Pgs 116-117
(9) “Mapa Geográfico de los Términos de Xerez de la Frontera, Tempul y despoblados y pueblos confinantes”. Dedicado al Excmo. Señor Conde de Florida-Blanca. Caballero de la Real Orden de Carlos III. Consejero de Estado de S.M., su primer Secretario de Estado y del Despacho... Por los Cabildos Eclesiástico y Secular de dicha Ciudad y por mano del Ilmo. Señor Baylio Don Francisco Zarzana, Mariscal de Campo de los Reales Exercitos.” “Don Tomás López, Geógrafo y Pensionista de S.M., compuso é hizo grabar este mapa, en Madrid á 4 de Noviembre de 1787." Agradecemos a F. Zuleta Alejandro que nos haya facilitado una copia de la versión editada a imprenta del mapa de Tomás López, y que laboriosamente ha digitalizado.
(10) Jurado Sánchez, J.: Caminos y pueblos de Andalucía (s. XVIII). Ed. Andaluzas Unidas S.A. 1989. pg. 132. Recoge copia de un Manuscrito Anónimo de la Biblioteca Nacional.


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Otros enlaces que pueden interesarte: Patrimonio en el mundo rural, Paisajes con historia, Mapas en torno a Jerez.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 20/04/2014


Un recorrido por las torres y castillos en torno a Jerez




Durante los siglos medievales nuestro territorio fue un espacio fronterizo, escenario de numerosos enfrentamientos entre cristianos y musulmanes. No es de extrañar por ello que unos y otros construyeran castillos y fortalezas, torres y atalayas repartidas por la campiña y las serranías en torno a Jerez, algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días. Los orígenes, funciones y tipología constructiva de cada una de ellas son muy variados pero, en líneas generales, obedecen a un propósito defensivo y de control del territorio, estando ubicadas en puntos estratégicos (sierras, cerros sobresalientes, peñones rocosos) desde los que se divisa un amplio horizonte y desde los que, en muchos casos, se tiene contacto visual con otras torres y fortalezas.

El historiador Bartolomé Gutiérrez señala en relación a su disposición espacial, y al papel que desempeñaban en la defensa de la ciudad estas construcciones militares, que “…son puestas en tal disposición que se ven unas a otras; y estas y las de la costa, que pertenecen a otras poblaciones (como las de tierra adentro) eran atalayas para enemigos, avisándose de unas a otras con los hachos encendidos; de modo que en corto espacio de tiempo, se noticiaban las novedades que ocurrían en toda la costa y su comarca; distinguiendo la urgencia según el modo de la señal con ahumadas o con luces y otras diferencias”. (1)



Para comunicar posibles amenazas, los castillos, atalayas y torres de almenara se valían de fuegos y ahumadas, permitiendo así la conexión de puntos distantes del alfoz, incluidas las zonas costeras, con la ciudad. En nuestro “recorrido” de hoy nos proponemos visitar aquellas de las que se conserva algún vestigio, así como otras de cuya existencia se guarda memoria en las fuentes documentales.

Torres en la campiña.



De entre las levantadas en época islámica, destaca la de Torrecera, una torre vigía construida en tapial y levantada por los almohades, probablemente en las primeras décadas del s. XIIII. La torre, que aún mantiene en pie tres de sus muros, está ubicada en el Cerro del Castillo, una pequeña elevación visible desde grandes distancias, en conexión visual con la ciudad y con Medina Sidonia. Desde su altura domina un amplio espacio de la vega baja del Guadalete así como el valle del arroyo Salado de Paterna, vía de comunicación natural con Alcalá y la zona sur de la provincia. Esta ruta fue seguida, entre otros, por Alfonso XI y su ejército en 1333 para la toma de Gibraltar.

De esta misma época puede ser también la cerca, también de tapial, que rodea la torre ubicada en las cumbres de la Sierra de Gibalbín, si bien los restos que se conservan de este torreón, reconstruido en distintos momentos, son de época cristiana. En sus lienzos, todavía pueden observarse grandes sillares procedentes de la ciudad romana que se levantó en las cumbres y las



faldas de esta sierra junto al cercano cortijo de La Mazmorra, de los que aún se aprecian las ruinas de distintas construcciones. A los pies de esta sierra aún se conservan también vestigios de otra antigua torre vigía: la Torre de la Hinojosa o de Pedro Díaz. Integrados en el actual



cortijo de La Torre de Pedro Díaz, aún pueden apreciarse los sillares y muros e tapial de la que fuera una sólida torres que despunta entre el caserío que la rodea.

También de época andalusí, como la anterior, fue la torre de Mesas de Asta, fabricada con tapiales y de cuya existencia hay constancia desde el siglo XIII hasta bien entrado el s. XVIII, aunque en la actualidad nada se conserva de ella. Esta torre debió estar en conexión con la que se alzaba en Los Alíjares, ubicada en un cerro que domina el antiguo camino de Sanlúcar y cuya base forma hoy parte de las construcciones del actual cortijo de Alíjar. Algo parecido sucede con la Torre de Macharnudo, también de origen medieval, que hoy vemos completamente remozada formando parte de las dependencias de la viña El Majuelo. Esta torre, levantada sobre un cerro que domina un gran territorio, enlaza visualmente con las de Gibalbín, Mesas de Asta, Alíjar y Espartinas, permitiendo el control de un amplio territorio.

Castillos y fortalezas.

En el punto más alejado del extenso alfoz jerezano se levantaba el Castillo de Tempul a cuyos pies se encontraba una aldea que, con la fortaleza y sus términos, fueron puestos por Alfonso XI bajo la jurisdicción directa del concejo jerezano en el siglo XIV. El castillo, jugó un importante papel en la época



medieval y aún en la actualidad se conservan los restos de algunos muros y el arranque de una de sus torres. Su emplazamiento, en un lugar muy próximo al copioso manantial, era de gran importancia estratégica en las luchas de frontera. La fortaleza, encaramada sobre un peñasco de roca ofítica, era de acceso muy difícil, controlándose desde este punto el paso natural del río



Majaceite, que corre a sus pies, y las comunicaciones con la Serranía. Hay que recordar que hasta la toma de Jimena y posteriormente de Cardela y de las demás fortalezas de la Serranía de Grazalema, bien entrado el siglo XV, el sector más oriental de los términos de Jerez fueron una frontera inestable con el reino nazarí de Granada, por lo que el Castillo de Tempul jugó un papel estratégico en la defensa del alfoz jerezano.



Entre los castillos medievales mejor conservados en la actualidad en el entorno rural de la campiña destaca el de Gigonza. Ubicado en las faldas de la Sierra del Valle, aún se mantienen en pie sus recios torreones y su cerca almenada. En su entorno existió una aldea medieval y



durante el siglo XIX y el primer tercio del XX acogió también un establecimiento balneario que se aprovechaban de sus manantiales de aguas sulfurosas. Desde Gigonza existe conexión visual con Torrecera, así como con los castillos de Arcos y Medina controlándose también las vías de comunicación entre ambas poblaciones.

Tras la conquista de Jerez por Alfonso X, se levantarán otras fortalezas y torres para el control de la zona de frontera y la defensa del territorio y se aprovecharán y reforzarán algunas de las ya existentes. De época cristiana es ya la Torre de Sidueña, posteriormente conocida como Castillo de Doña Blanca, ubicada a los pies de la Sierra de San Cristóbal, sobre el antiguo emplazamiento de la Shidûna andalusí, en una colina que domina el estuario del Guadalete, bajo la que se encuentran también los restos de un enclave fenicio presente aquí desde la primera mitad del siglo VIII a.C. La Torre ocupaba un lugar estratégico en el camino que unía Jerez y el Puerto de Santa María, siendo construida entre los siglos XIV y XV. Utilizada también como ermita, debió ejercer un papel de control sobre las embarcaciones que remontaban el Guadalete, navegable entonces hasta La Corta. Esta torre, conservada en la actualidad y recientemente restaurada, debió estar en conexión con la existente en las cumbres de la Sierra de San Cristóbal, ya desaparecida. Esta última, por su privilegiado enclave entre Jerez y el mar, jugó un papel fundamental para dar aviso a la ciudad de las amenazas procedentes de la costa al enlazar visualmente con la Torre de la Atalaya (también conocida como de la “Vela”, del Reloj” y del “Concejo”, adosada a la Iglesia de San Dionisio. Del valor estratégico de la desaparecida torre de San Cristóbal da cuenta Fray Esteban Rallón en su Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera, al referirse a ella como “…el castillo y atalaya, árbitro del océano y de la tierra, índice de la paz y de la guerra que con sus fuegos y albarradas avisa a nuestra ciudad y su comarca de lo uno y lo otro”. (2)



Torres en los caminos de la sierra.

En el camino de Arcos, dominando los Llanos de Caulina y los accesos a la Sierra se levanta la Torre de Melgarejo. Hasta mediados del XIX, estuvo rodeada de un recinto murado (parcialmente destruido y muy reformado) y en los siglos medievales llegó a contar con dependencias subterráneas y foso. Esta torre, que fue construida probablemente en el s. XV, formaba parte del sistema defensivo y de alerta de la ciudad en los siglos medievales y desde ella se enlazaba visualmente con la mayoría de las situadas en el sector norte del alfoz jerezano. Fernán Caballero, en su novela Lucas Garcia (1852), nos aporta una curiosa descripción de la torre y de sus leyendas.



Situado al sur del Guadalete, el Castilllo de Berroquejo controlaba los caminos hacia Medina y Vejer, siendo su ubicación de gran valor estratégico al ser este territorio el paso obligado para las rutas que unían el Estrecho con las campiñas. Emplazado sobre un peñasco calizo de difícil acceso, en un paraje cercano a Fuente Rey, aún hoy se conserva parte de su cerca y los muros de una de sus torres, desde la que se mantiene contacto visual con los castillos de Medina y Torre Estrella. El castillo Berroquejo es nombrado en las Crónicas de Alfonso XI y durante el primer tercio del siglo XIV verá acampar las tropas castellanas a sus pies en varias de las expediciones militares hacia Tarifa, Algeciras y Gibraltar.



Junto a los anteriores, se tiene también noticia de otras fortalezas y atalayas, ya desaparecidas. Una de las más referidas en la historiografía jerezana es la Torre de Santiago de Fé o de Efé (como escribe B. Gutiérrez) que se alzaba en el paraje de Las Mesas de Santiago, junto al camino de Bornos, en el emplazamiento que hoy ocupa el Cortijo de las Mesas de Santiago, donde hubo también una aldea medieval. Desde esta torre se enlazaba visualmente con las de Torremelgarejo, Gibalbín y Torre de Pedro Díaz, y se controlaban también los caminos de Bornos, Espera y el que se dirigía a Alocaz y las Cabezas por Gibalbín.

La Torre del Sotillo estuvo ubicada en el paraje de este nombre, junto al Río Guadalete en el lugar que actualmente ocupa la Cartuja, levantada probablemente sobre alguna de las pequeñas elevaciones próximas al río y desde las que se controlaba el paso natural conocido como “vado de Medina”. La Torre de Martín Dávila, de la que no se conservan restos, estuvo también próxima a otro vado del río. Se tiene constancia documental de otras atalayas ubicadas en La Suara, La Jarda, las Mesas de Soto Gordo (junto a Algar), Espartinas…

En el Cerro de la Torre, pequeña elevación que domina el valle del Arroyo Salado de Paterna, frente al Cortijo de Los Arquillos, se conservan también restos de una antigua torre y de otra más en el citado cortijo. En ambos casos, nada tienen que ver estas construcciones con instalaciones militares o de control del territorio, sino que están asociadas al acueducto romano del Tempul.

El profesor Emilio Martín Gutiérrez nos recuerda que las Ordenanzas Municipales de 1450 dedicadas a la guerra, prestan gran importancia al mantenimiento de estas atalayas: “Yten, que se de orden como en el tienpo que ouiere rebato, todos los ganados e los omes que estouieren en el campo, lo sepan por almenara o ahumadas fechas en los lugares do puedan ser vistas. E que luego que por ellos fueren vistas, dexen todas las fasiendas e se vengan a la çibdad… E para esto aya omes deputados e tengan cargo de faser las dichas almenaras e ahumadas cada uno en su lugar çierto, cada que les fuere mandado. E que tenga cargo los que primero vieren las dichas almenaras e ahumadas de llamar e apellidar a los otros çercanos dellos que no las vieren. E los que este cargo tosieren, porque mejor lo fagan, sean quitos de otros seuicios. E los lugares donde las tales personas deuen estar, son estos: en san Cristóual, en la Cabeça del Real, en la Torre de Diego Dias, en la Cabeça de Esprynas, en el Torrejón de asta, en el Cabeça de Macharnudo”. (3)



El rico legado histórico y cultural que suponen las torres y castillos repartidos por la campiña corre serio peligro de terminar por desaparecer si no se plantean intervenciones de consolidación, restauración y puesta en valor de los elementos más relevantes..Con independencia de las distintas figuras de protección de algunos de los castillos y torres mencionados, todos ellos están incluidos en la declaración genérica que, desde el año 1949, se extiende a todos los elementos defensivos como castillos, murallas, torreones. Lamentablemente, el inexorable paso del tiempo y la falta de actuación de los propietarios y de las administraciones, nos viene a recordar que para frenar el deterioro de nuestro patrimonio, hacen falta algo más que normas.


Ver mapa más grande

Para saber más:
- (1)- GUTIÉRREZ, B.: Coord.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera. Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. I, pg. 31..
- (2) - RALLÓN, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación. Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pg. 2.
- (3)- MARTÍN GUTIÉRREZ, E. Y MARÍN RODRÍGUEZ J.A.: “La época cristiana (1264-1492)" en CARO CANCELA, Diego (coord.), Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval, I, Cádiz, 1999, p. 282-283.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 23/11/2013

 
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