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Escenas medievales de caza en torno a Jerez.
De montería con Don Alfonso el Onceno.




Como todos los años, cada vez que salimos al campo en plena temporada de caza y escuchamos en los lugares más intrincados de nuestros montes los disparos de escopeta de los cazadores, volvemos a recordar que las sierras y bosques, los parajes montañosos y los espacios forestales están habitados por especies singulares que ahora se incluyen genéricamente bajo el nombre de “caza mayor”. Cabra montés, venado, corzo, gamo, muflón o jabalí, son las más relevantes de cuantas podemos encontrar en los parajes naturales y en los cotos de la geografía gaditana.

Desde la más remota antigüedad queda constancia de que en las tierras de la provincia de Cádiz la caza fue una actividad de gran importancia. En muchas de las pinturas rupestres de las cuevas y abrigos de las sierras del sur, pueden verse representaciones de animales y escenas relacionadas con la caza como sucede, por citar sólo algunas, en las cuevas del Ciervo o de Bacinete (Los Barrios), en la Cueva de las Palomas o en la de Atlanterra (Tarifa) y, especialmente, en la Cueva del Tajo de las Figuras en Benalup-Casas Viejas. De todo ello el lector interesado podrá encontrar magníficas imágenes en los trabajos desarrollados por Lothar Bergmann y sus colaboradores de los que hemos tomado la ilustración correspondiente a esta cueva (1).

Escenas medievales de caza en nuestras campiñas y montes.



Los testimonios escritos más sobresalientes sobre la caza en nuestra zona corresponden a los siglos medievales, teniéndose ya constancia de la importancia de las actividades cinegéticas en nuestro territorio durante la época andalusí. Tal como señala el profesor Abellán, la zona era un excelente lugar para la caza de aves, tanto es así que “…una laguna al sur de Jerez era conocida como “La laguna de las Aves”, identificándose este espacio con la actual Laguna de Medina (2). Otro testimonio citado por este autor lo ofrece Ibn Hayyan, quien recoge de las crónicas de al-Razi que el emir “Abd al Rahman II solía venir a Sidonia a cazar grullas” aves que, por cierto, ya no frecuentan en gran número nuestros humedales (3). Abellán apunta también otra referencia de la misma fuente donde se pone de manifiesto como “…el emir Abdarrhman b. Alhakam salió a cazar grullas, de lo que gustaba mucho, tras regresar de una lejana campaña que había hecho, y alargó su partida de caza, según costumbre que tenía, de modo que a veces llegaba a la cora de Sidonia o a Cádiz y otros lugares más lejos, pero esta vez se excedió, siendo época de invierno y temporada de grullas, hasta el punto de desazonarse sus compañeros, a los que causo fastidio” (4). Es muy probable que este segundo humedal pudiera ser la antigua laguna de La Janda.

Como ninguna otra fuente medieval, la Crónica de D. Alfonso el Onceno, recoge esta pasión de los poderosos por la caza y la especial predilección de este rey por su práctica. El historiador local Fray Esteban Rallón, tomando referencias de esta Crónica, nos recuerda en su Historia de Jerez que en 1342, cuando el rey Alfonso XI se dirige a cercar Algeciras “…hecha la masa del ejército, salió de nuestra ciudad a 5 de julio de este año, e hizo su primer alojamiento de la otra banda del Guadalete y el día siguiente descansó junto a la Laguna de Medina, dónde se embarcó en una laguna y fue a tirar a los cisnes, que había muchos en ella” (5). El interés por la caza y los “cazaderos” de nuestro entorno se vuelve a poner de manifiesto cuando el mismo rey, en 1349, se dirige hacia el sur con un poderoso ejército para tratar de poner cerco a Gibraltar, deteniéndose de nuevo en un lugar ya conocido para él, la Laguna de Medina, “a tirar a los cisnes como la vez pasada” (6).



Entre los numerosos testimonios sobre la caza en otros lugares próximos, mencionaremos como los Ponce de León, Duques de Arcos, utilizaban también la Sierra de Cádiz como cazadero, en especial los montes de Benamahoma en los que, en el siglo XV, se tiene constancia de la presencia de osos, amén de jabalíes, lobos, corzos y venados, por citar sólo las especies más relevantes. De entre todos ellos, como nos recuerdan los hermanos De Las Cuevas, las piezas más codiciadas eran los “puercos” o jabalíes a los que se cazaba con la ayuda de perros “…lebreles, o alanos en traíllas, luchan con los jabalíes, “como si fuesen dos hombres de armas”. Por muy lejos que queden los monteros conocen, en el silencio de la noche, que los lebreles se han agarrado a las orejas… Acudían, entonces y mataban a los jabalíes, hundiéndoles una daga en el corazón”. Las aficiones venatorias de los duques de Arcos en “el bosque de Benamahoma”, les llevará a construir un palacete o residencia de caza que dará lugar, con el paso del tiempo a la actual población de El Bosque (7).

Entre los siglos XIII y XV, buena parte de los montes y espacios forestales de la provincia quedarán como “tierra de frontera”, de modo que, como acertadamente han señalado Cueto Álvarez de Sotomayor y Sánchez García “…la provincia quedará dividida por un eje NE-SW, espacio de “tierra de nadie” consecuencia del hecho fronterizo entre dos ámbitos diferentes “castellano e islámico. En la mayor parte de nuestra geografía se produjo una coincidencia entre frontera natural y frontera política, al coincidir esta última con las zonas de contacto entre las tierras bajas y las áreas montañosas.” Ello provocará la lógica despoblación parcial de buena parte del campo que traerá consigo la aparición de grandes espacios vacíos en las zonas interiores y montañosas. De acuerdo con estos autores “…como consecuencia de este despoblamiento, durante el siglo XIII se produce un notable retroceso de los cultivos en beneficio de la vegetación espontánea… Con el avance del bosque y el matorral se produce una expansión de la fauna salvaje propia del territorio, entre las que estacan especies como el oso, el jabalí, los cérvidos (ciervo y corzo) y el lobo” (8).

De caza con don Alonso el Onceno por los montes de Jerez.

Para conocer el estado de nuestros bosques y montes en los siglos en los que fuimos “tierra de frontera”, existe una fuente de excepcional interés: el Libro de la Montería. Atribuido a Alfonso XI y escrito entre 1340 y 1350, es un testimonio de primer orden sobre la riqueza cinegética de las sierras gaditanas, haciendo especial hincapié en los montes del sur de la provincia. De su lectura, se deduce la presencia en las áreas montañosas próximas a Jerez de especies tan significativas como el oso (extinguido en el siglo XVI), jabalíes, corzos y venados o el lobo, cuyos últimos ejemplares en la provincia se cazaron en los Montes de Jerez hace casi un siglo (9). Por citar sólo algunos de estos interesantes pasajes contenidos en esa monumental obra, traemos aquí el que recoge las referencias a una parte de los términos de Arcos y de Tempul, sobre la que el lector interesado podrá encontrar más información en los trabajos de los profesores Pérez Cebada y Martín Gutiérrez:


El monte de Dos Hermanas es bueno de puerco en verano; la Foz de Guillena es buen monte de puerco en verano; el Bodonal de Gil Gómez es buen monte de puerco en verano; el Labadín es buen monte de puerco en verano; Atrera es buen monte de puerco en verano; la Xara de Algar es buen monte de osso et de puerco en verano. E es la bozería en cabo de la Foz, que no passe contra la Sierra de las Cabras, e porque es el monte grande, ha menester, que estén monteros con canes para renovar e para que dessennen, que digan a que parte quiere ir el venado. E son las armadas en la ladera del Alcornocal” (10).


El texto no puede ser más explícito y rico en información y, aunque han pasado casi siete siglos desde que fue escrito, reconocemos en él los escenarios en los que se llevaban a cabo estas monterías medievales. Para la caza del jabalí (“puerco”) ahí estaba ya, con ese mismo nombre, la Sierra de Dos Hermanas, con sus cumbres calizas gemelas a las que debe su nombre, cubiertas con una densa vegetación, como pueden verse ahora, antes de que la cantera que se explota en su base termine por desfigurar su hermosa silueta.

La Foz de Guillena es el nombre con el que en los documentos medievales se conoce a la Angostura del Majaceite (11), lugar en el que se levanta la presa de Guadalcacín. Esta estrecha hoz (“foz”), que forma el cauce del río a los pies de Sierra Valleja conformaba un embudo natural muy apto para las monterías y para canalizar las piezas de caza mayor hacia la estrecha angostura del río, donde a comienzos del siglo XX se construiría el primer pantano de la provincia.

Aún en la actualidad se mantiene el topónimo de Cañada del Puerto de Guillen que da nombre a una vía pecuaria que une los llanos de El Sotillo con la carretera que desde San José del Valle lleva hasta Guadalcacín II, a la altura de la Hacienda La Presa. Este paraje, como el anterior, de sierras abruptas próximas a un cauce fluvial, reúne los requisitos para albergar grandes mamíferos.

De más difícil ubicación es el Bodonal de Gil Gómez al que algunos autores sitúan en el entorno de Arcos o incluso en Montegil (12). Conviene recordar que la voz “bodonal” hace alusión a un terreno encenagado o a un espacio encharcado cubierto de espadañas u otras plantas palustres (13), por lo que este espacio debió situarse, a nuestro entender, en las cercanías de las vegas de Elvira, en las proximidades de El Mimbral, de la Junta de los Ríos o en otros rincones de tierras llanas y encharcables entre los términos de Tempul y Arcos cercanas al Guadalete o al Guadalcazacín o Majaceite, al igual que los otros montes y lugares a los que se hace alusión en este capítulo del Libro de la Monterías. Tal es el caso, por ejemplo, del monte de Labadín, que se corresponde con el actual paraje de El Abadín, próximo a la Junta de los Ríos, donde estuvo ubicada la aldea medieval del mismo nombre y donde aún se conserva una amplia zona cubierta de monte bajo (14).



El monte de Atrera, aún mantiene su nombre en las Dehesas de Atrera, un hermoso y agreste territorio poblado de bosques de encinas, quejigos y alcornoques que comparten los cortijos Atrera de Alcornocosa y Atrera de Santa María.



Enclavados en el Parque Natural de los Alcornocales, estos montes en los que aún hoy se cobran piezas de caza mayor, están situados entre la carretera de El Bosque-Algar y el pantano de los Hurones. La Xara de Algar no es otra que la Jara o “bosque” de Algar (15) que todavía podemos reconocer en los montes que rodean esta población, terrenos abruptos donde no faltan las masas forestales y el matorral del monte mediterráneo denso y bien conservado donde en los siglos medievales hallaban cobijo el jabalí y el oso. El cabo de la Foz se corresponde con la actual Boca de la Foz, estrecho desfiladero entre las sierras de La Sal y de Las Cabras, también citada en el Libro de la Montería. Este último paraje es donde se describe la escena que nos hace transportarnos a la Edad Media y donde se desvelan las estrategias usadas para la caza del venado.

Y es que, tras su lectura, resulta fácil imaginarse a los monteros en el cabo de la Foz, en la entrada de la garganta de Boca de la Foz, con sus canes, lebreles y alanos, dando voces para



conducir a los venados al lugar adecuado y evitar que se internaran en el denso alcornocal de las sierras cercanas. Eran las “armadas”, filas de cazadores que con sus gritos (“bozería”) y la ayuda de sus perros, espantaban a los ciervos, a los corzos y a los jabalíes, para conducirlos a la entrada de la garganta, como si de un gigantesco embudo natural se tratara, donde les aguardaban lanceros y ballesteros.

Escenas medievales de caza, en esos mismos parajes, en torno a Jerez, donde siete siglos después aún se conservan los mismos topónimos y los mismos montes poblados de corzos, venados y jabalíes (sólo en algunos cotos), aunque ya no quede en ellos más que el recuerdo de los osos y lobos que antaño vivieron en estos parajes.

Para saber más:
(1) Una excelente selección de pinturas rupestres de las cuevas y abrigos de la provincia de Cádiz y en especial de las que representan escenas de caza, puede verse en la web Arte Sureño: el arte rupestre del extremo sur de la península Ibérica. Disponible en el enlace: http://www.arte-sur.com/index.htm. De esta página hemos las imágenes de la cueva del Tajo de las Figuras.
(2) Abellán Pérez, J.: Poblamiento y administración provincial en al-Andalus. La cora de Sidonia”. Ed. Sarriá, Málaga, 2004. pp. 141.
(3) Ibidem, p. 141
(4) Abellán Pérez, J.: Poblamiento…, ob. cit., pp.141-142
(5) Rallón, Esteban.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. II, p. 72.
(6) Ibidem, p. 85
(7) De las Cuevas José y Jesús.: El Bosque. Diputación de Cádiz. 1979. pp. 11-12.
(8) Cueto Álvarez de Sotomayor. M y Sánchez García, J.M.: Cádiz. Descripción e Historia de sus masas forestales. En “Segundo Inventario Forestal 1986-1995. Cádiz”. Ministerio de Medio Ambiente. 1997, pp.: 45-46. De este segundo autor, se recomienda también la serie de tres artículos: Sánchez García, J.M.: Caza mayor en la provincia de Cádiz. Diario de Jerez, 26,28 y 29 de diciembre de 1999.
(9) García Lázaro A. y J.: Los últimos lobos de nuestros montes, http://www.entornoajerez.com/, 25 de febrero de 2009. Disponible en el siguiente enlace: http://www.entornoajerez.com/2009/02/los-ultimos-lobos-de-nuestros-montes.html. De gran interés es también el reportaje de la revista Mundo Gráfico de 14/01/1914, sobre la caza del último lobo en la provincia de Cádiz.
(10) Pérez Cebada, J.D. (2009): Regulación cinegética y extinción de especies. Jerez, siglos XV-XIX. En Revista de Historia de Jerez nº 14-15, 2008/2009. pp. 211-212.
(11) Valverde, J.A.: Anotaciones a Libro de la Montería del Rey Alfonso XI, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 2010, p. 1174. En esta excelente obra, donde se analiza toda la toponimia contenida en el Libro de la Montería, se identifica la Foz de Guillena con el cortijo de Illena, junto al Guijo y al Salado en Arcos, de lo que discrepamos toda vez que está suficientemente documentada en numerosas fuentes la identificación de este lugar con la Angostura del Majaceite. Al respecto puede verse, por ejemplo, Martín Gutiérrez, E.:Los paisajes de la frontera de Arcos a finales del siglo XIII”, en González Jiménez M. y Sánchez Saus, R. (coord.), Arcos y el nacimiento de la frontera andaluza (1264-1330), Ed. UCA, Ed. USE y Ayto. de Arcos, 2016, p. 179.
(12) Valverde, J.A.: Anotaciones…, ob. cit., p. 1174.
(13) Casado de Otaola S. y Montes del Olmo C.: Guía de lagos y humedales de España. J.M. Reyero Editor. Madrid, 1995, p. 245.
(14) Martín Gutiérrez, E.:Los paisajes… ob. cit., pp. 190-191.
(15) Ibidem, p. 194.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Flora y fauna, Parajes naturales, Paisajes con historia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 31/12/2017

De cabras y ovejas.
Un recorrido por la toponimia y los paisajes de la campiña.




Entre los diferentes atractivos que han contribuido a hacer grande la Feria de Jerez uno de ellos ha sido la exposición y mercado de ganados que anualmente se celebra por estas fechas. Si bien es cierto que perdió su esplendor de antaño, todavía sigue siendo una de las más nombradas ferias ganaderas de nuestra comunidad. Aunque por tradición ha sido la ganadería caballar la que por excelencia se ha vinculado más a la campiña jerezana, el ganado vacuno ha destacado también, desde hace siglos, por su gran número de cabezas y por su peso específico en la economía de la zona. Junto a estos dos grandes sectores de nuestra cabaña ganadera no podemos olvidar la notable contribución que el ganado ovino y caprino han tenido en nuestro entorno rural a lo largo de los siglos.



Por señalar algunos datos que ayuden a valorar esta cuestión recordaremos que, en 1491, según el historiador Bartolomé Gutiérrez, “se supo por declaraciones de los conocedores, el número de ganado que entonces había en esta Ciudad y son estos: 17.840 vacas, 1.662 yeguas, 28.592 ovejas, 3.850 cabras, 4.390 puercos” (1).

En las centurias siguientes estas cifras se vieron incrementadas notablemente por el incremento de la actividad ganadera en nuestras campiñas y sierras. Así, a mediados del siglo XVIII (1754), la ciudad cuenta con 43.352 cabezas de ganado lanar y 21.382 de ganado cabrío (2). En esa misma época, en las respuestas al Catastro de Ensenada (1755), se estima que la rentabilidad obtenida por cada “cabeza de cría por cavrito queso y leche en ocho reales y medio de útil al año”, la décima parte de lo que renta una yegua que da una cría útil al año (3). Además de los grandes terratenientes que en sus propiedades agropecuarias contaban con un importante número de cabezas de ganado menor, algunos conventos eran los mayores poseedores de ganado lanar y caprino. Sirvan como ejemplo algunos datos que indican que, en 1755, La Cartuja declaraba entre sus propiedades 1.734 ovejas y 990 cabras, mientras que el convento de Santo Domingo poseía 1.035 ovejas. Los Jesuitas contaban también con una importante cabaña, que en 1767 ascendía a 2.016 ovejas. Apenas 60 años después, en 1817, La Cartuja había incrementado sus rebaños a 1.882 ovejas y 1.185 cabras (4).



A mediados del siglo XIX (1846) la cabaña jerezana había disminuido notablemente con respecto al siglo anterior, hasta casi la mitad de ejemplares contándose entonces con 23.935 cabezas de ovino y 12.554 de caprino tal como recogen los datos estadísticos del Diccionario Geográfico de Madoz (5). Por terminar este rápido recorrido, ya en nuestros días, a comienzos del siglo XX (2003), los censos de ovino y caprino han seguido esta línea de descenso en el número de cabezas con 19.563 y 11.352 respectivamente, apenas el 10% de la cabaña provincial (6).

Recién iniciada esta Feria de tantas evocaciones ganaderas, queremos invitarles a un paseo por el término municipal para rastrear en los parajes de nuestro entorno, esa geografía del ganado lanar y caprino que descubrimos de la mano de la toponimia y de la historia. ¿Nos acompañan?

Ovejas y carneros.



Aprovechando las abundantes zonas de pastos de la campiña y la sierra, los rebaños de ovejas se extendían por todos los rincones del término. Muchos de ellos, al igual que sucedía con los hatos de cabras, utilizaban para proveerse de alimento la extensa red de vías pecuarias y descansaderos que se extendían por el vasto alfoz jerezano, por los baldíos y tierras incultas, los bordes marismeños y las orillas de los ríos y arroyos. Con todo, los grandes propietarios contaban en muchas ocasiones con parcelas acotadas en sus tierras para pastos del ganado a los que reservaban algún haza menos apta para el cultivo o, como en el caso de las dehesas serranas, con espacios propios para estos fines: los majadales.

Pese a la permanencia en el tiempo de un importante número de cabezas de ganado ovino, la geografía no guarda muchos recuerdos de su presencia, aunque aún es posible hallar en la toponimia algunas referencias a ovejas, carneros y borregos.



Uno de los más conocidos es el de la dehesa de La Cabeza de las Ovejas (Obejas en los textos antiguos) un rincón de la sierra colindante con los cortijos de Garcisobaco y Rogitanillo, muy próximo también al de Picado del que lo separa actualmente una de las colas del embalse de Guadalcacín donde desagua el Arroyo del Caballo. Este paraje, rico en arbolado (quejigos, alcornoques, algarrobos, acebuches…) y con abundantes pastos, gozaba de la proximidad del mencionado arroyo que se unía al Majaceite a los pies del cerro (cabeza) de las Ovejas. Hoy las aguas del embalse bañan sus laderas. Los viajeros que desde Tempul se dirigen al Puerto de Gáliz, dejaran esta dehesa a la derecha, apenas cruzado el Viaducto del Sapo, pudiendo llegar hasta ella por el desvío señalizado que se dirige a Garcisobaco.

El lugar fue una encrucijada de caminos en cuyas cercanías confluían el que desde Alcalá de los Gazules se dirigía a Algar con la cañada de Jerez a Ubrique, la Cañada de Rogitán y la que conducía al Puerto de Gáliz, por la que se trazaría a comienzos del siglo XX la carretera de Jerez a Cortes que aún guarda los restos del antiguo Ventorrillo del Sapo. No es de extrañar por ello que en las faldas del cerro y sus alrededores nunca faltaran los rebaños y que la pasada del Majaceite, que conducía hasta la Cabeza de las Ovejas llevase el nombre de Tornomerino (o Tornomerinos) en alusión al meandro donde se ubicaba y, posiblemente a los carneros (7). Hay constancia de que ya en el s. XVI, esta dehesa se incluía entre los echos, o montes dedicados a prados y a pastos, que el Concejo jerezano repartía entre los ganaderos, especialmente para la cría de ganado vacuno, figurando en 1519 entre sus arrendatarios Hernando Riquel, Hernando de Santiago o Cristóbal García Ximón (8).



De lo concurrido de este paraje da también cuenta Madoz, quien a mediados del XIX menciona entre las ermitas rurales que se localizan en el término de Jerez (Mimbral, Aina, Salto al Cielo, la de carmelitas descalzos del Valle…) “la titulada La Cabeza de las Obejas, en la dehesa así conocida” (9). Esta modesta ermita había sido levantada casi un siglo antes, en 1769 por Teodoro Joseph de Roy, rico hacendado asentado en Cádiz donde se dedicaba al comercio con Holanda (10). Propietario de la dehesa de la “Caveza de las Ovejas”, había dirigido una carta al Cabildo jerezano solicitando sembrar dos aranzadas en terrenos baldíos para, con sus beneficios, pagar los gastos ocasionados por la construcción de un oratorio en el que se decía la misa todos los festivos para los pobres y enfermos que acudían a tomar las aguas a las fuentes medicinales que tanto en este paraje, como en el colindante de Garcisobaco, existían (11).

Más constancia queda en la toponimia de los carneros, los machos de las ovejas, denominados también en muchos rincones como moruecos, carneros merinos o merinos.



Así, en algunos cortijos y dehesas se apartaba para ellos un espacio propio que ha quedado reflejado en el antiguo nombre de parajes como el Majadal del Carnero, -majadal es lugar de pasto- en las laderas de la dehesa de Los Ballesteros, en Los Llanos del Valle; o en el de Haza de los Carneros, tierras reservadas frente a las casas del cortijo de El Herrador, a la derecha de la autovía de Sanlúcar.

El Haza del Carnero, perteneciente al cortijo de Casarejos, se situaba frente a su entrada, colindante con la carretera de Trebujena y el antiguo camino de Sanlúcar que hoy sirve de acceso al aeródromo. Este rincón lindaba con la antigua marisma de Santiago, terreno inculto que servían de pasto al ganado.

También en el cortijo de La Torre de Pedro Díaz se conserva el nombre de Haza del Carnero para designar un espacio que, antaño, se reservaba para el pasto de las ovejas y carneros a orillas del arroyo de Las Salinillas.

Los corderos están también representados en el Boquete del Borrego, un estrecho paso entre las laderas de la Dehesa de la Alcaría, próximo al estribo derecho de la presa de los Hurones.



Relativos también al ganado ovino son los topónimos referidos a “merino”. El ganado merino, considerada una de nuestras razas autóctonas (12) incluye a ovejas y carneros, así como a los moruecos, carneros reproductores. Tampoco hay que descartar la posible vinculación de estos nombres con la figura del “merino”, cuidador del ganado y de sus pastos. Junto a la ya mencionada Pasada de Tornomerino, situada en el río Majaceite a los pies de La Cabeza de las Ovejas, y hoy cubierta bajo las aguas del embalse de Guadalcacín, hay que citar la Loma del Merino, entre las dehesas serranas de la Alcaría y Garganta Millán, en las cercanías del Charco de los Hurones… y del Puerto del Lobo. Junto a ella se alza el Peñón del Merino (o de Merino), un paraje colindante con el término de Ubrique, frente a la fortaleza de Cardela de la que la separa el valle del Majaceite.

Junto a la carne y la leche, uno de los principales aprovechamientos de las ovejas es la lana. En La Barca de la Florida, aguas abajo de la Pasada, nos lo recuerda aún la Vega del Lanero, entre el Guadalete y la carretera de El Torno.

Cabras y cabreros.



El ganado caprino y la cabra montés (o cabra hispánica), que en estado salvaje está presente en nuestras sierras, han dejado también su huella en la toponimia.

Uno de los casos más conocidos es el de la Sierra de las Cabras que se encuentra en las cercanías de san José del Valle, al este de la población. Esta sierra caliza, con una altitud máxima de 682 m, forma un gran lomo rocoso de casi 9 km de longitud que se orienta de norte a sur. Separada de la Sierra de la Sal por la garganta conocida como Boca de la Foz, compone con ella un gran semicírculo montañoso que deja en su interior el singular paraje de los Llanos del Valle. En su extremo norte, a los pies de la sierra, afloran los manantiales de Tempul cuyas aguas fueron canalizadas por los romanos hace veinte siglos hasta Cádiz, a través de un famoso acueducto del que todavía se conservan vestigios. Aunque su cumbre forma una gran planicie, con una altitud media de 650 m, la Sierra de las Cabras conserva en sus laderas y vertientes, numerosos rincones donde aflora la roca caliza en parajes abruptos de difícil acceso y en los que crece una frondosa vegetación. Estas circunstancias han favorecido la presencia desde antiguo de la cabra montés, cuya abundancia pudo dar nombre a la sierra. En todo caso, también desde los siglos medievales, estos parajes lo han sido de uso ganadero, contando con la presencia en sus dehesas de vacas y toros y, en especial, de ovejas y cabras.

A título anecdótico, la toponimia de nuestro entorno también conserva otras referencias a las cabras, donde están presentes nombres tan curiosos como la antigua Hacienda Cabra Coja, junto al camino de la Fuente de Pedro Díaz, en terrenos hoy absorbidos por el crecimiento urbano próximos al Parque del Retiro y al Club Nazaret. Con parecido nombre, el paraje de Cabras Cojas bautiza a un rincón de la campiña cercano a la presa de Guadalcacín, en el lugar conocido como Puerto de Guillén, junto a la Hacienda la Presa, por el que pasan los viajeros que desde San José del Valle se dirigen al embalse. Llamativo es también el nombre de Haza de Rebañacabras (o de Rebaño Cabras), situada frente a la entrada del cortijo del Olivillo, en la carretera del Barroso o del Calvario, un lugar destinado en tiempos pasados a pastos para el ganado (13).

Como no podía ser de otra manera, cabreros y cabrerizas están también presentes en la toponimia de nuestros montes y sierras, como en los casos del Barranco de la cabreriza, en la Dehesa de la Fantasía, junto al arroyo de los Charcones o Bañuelos, tributario de Pasada Blanca; o el del Canuto de los cabreros, en la Dehesa del Toronjil, junto a la Piedra de la Novia, donde confluyen también las lindes de las dehesas del Cándalo y Benahú, lugares cercanos todos a la carretera que desde el Puerto de Gáliz nos lleva al Mojón de la Víbora, en los confines del término. Más cerca de la ciudad, junto a la Cañada del Calderín y la antigua Trocha de Rota está el haza de Los Cabreros en tierras que fueron del cortijo de Santo Domingo.



Desde las faldas de Gibalbín, en las proximidades del cortijo de la Mazmorra, el arroyo del Chivo baja a la campiña hasta unirse al salado de Caulina en las cercanías de la antigua estación de El Rizo, después de pasar junto a los cortijos de La Torrecilla y Ballesteros, cruzando la Cañada de Espera. Las tierras que atraviesa guardan muchas historias y su nombre nos transporta a otros tiempos en los que, estos campos dedicados hoy a cultivos de cereales y olivos, estuvieron poblados de monte bajo y dedicados a la ganadería.

Pastores, Majadas y Majadales.

Junto a las ovejas y cabras no podían faltar los pastores. Aunque las referencias toponímicas a esta figura pueden hacer alusión también a cuidadores de vacas, toros o cerdos, en la mayoría de los casos apuntan a quienes se ocupan de cabras y ovejas al contar aquellos con otras denominaciones más explícitas (vaqueros, toreros o porqueros) también presentes en distintos lugares de nuestro término y que dan nombre a otros tantos parajes vinculados con la ganadería.

Así, en la dehesa del Abanto, junto al Marrufo se encuentra el Puerto de los Pastores y en la zona de los Montes de Propios se nombraban también otros parajes con los topónimos de Los Pastorillos de Nave, -en la vereda del Quejigal paralela al arroyo del Astillero, entre la dehesa del charco de los Hurones y la de Jardilla- y Los Pastorillos de Mora, en la misma zona, pero en La Jardilla. Entre ambos parajes, como si de una amenaza clara para las ovejas se tratase, se alza la Loma del Lobo y algo más lejos el Canuto el Lobo.



Directamente relacionadas con el ganado ovino y caprino están también las majadas. Emplazadas junto a las vías pecuarias de mayor importancia, eran los lugares donde se recogían de noche los rebaños y donde se albergaban los pastores. Este era el caso de dehesa de Las Majadillas, que da también nombre a un cortijo situado en la carretera de Cortes, entre Cuartillos y La Guareña y que en su día se encontraba a orillas de la Cañada Real de la Sierra. A no mucha distancia encontramos la antigua dehesa de Majada Alta cuyas tierras están en buena parte ocupadas por el parque forestal de Las Aguilillas, en las proximidades de Estella del Marqués y que también estuvieron cruzadas por la citada cañada. En el extremo norte del término, y alejado de ambas dehesas se encuentra la dehesa de Majada Vieja, enclavada en la Sierra de Gibalbín entre los cortijos de La Sierra y de La Torre de Pedro Díaz, junto a la antigua Cañada de Casinas que unía la Sierra de Gibalbín con el Guadalete (14).

Los majadales, lugares de pasto para ovejas y cabras, abundan también en los cortijos y dehesas de nuestras sierras. Próximo a la ciudad se encontraba El Majadal, frente al cortijo de Carrizosa al que pertenecía en el cruce de la Cañada ancha y la carretera de Sevilla, en terrenos que hoy ocupan la Ciudad del Transporte.

Entre la sierra de las Cabras y Los Llanos del Valle se encuentran el Majadal de Blandillana (entre las Dehesa de los Caños y de Los Dornajos) el Majadal de los Calceteros (Dehesa de los Ballesteros) y el ya mencionado Majadal de Los Carneros en esta última dehesa. El Majadal del Arenoso se sitúa en el cortijo de La Atalaya, sobre el Majaceite, el Majadal Alto en Rogitán, el del Algarrobo en la dehesa del Hatillo Viejo, lindando con las tierras de Alcalá de los Gazules y las del cortijo de Pajaretillo, y el de Carreño en San José del Valle, en las proximidades del Boquete.

Por último, y a modo de anécdota, aún se conserva en Alijar, en unas tierras cercanas al cortijo donde hoy se levantan los aerogeneradores, el Haza mostrenco, destinada al ganado sin dueño conocido o perdido. Aunque muchos de estos espacios han sido en la actualidad destinados a cultivos, sus nombres nos desvelan sus antiguos usos y nos recuerdan los tiempos en los que la ganadería menor tuvo un peso importante en la campiña. Ese que parece recobrar a juzgar por el buen número de rebaños que desde hace unos años vuelven a verse en muchos lugares en torno a Jerez.



Para saber más:
(1) Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, (Jerez, 1886. Edición facsimilar de 1989, Vol. II, p. 281.
(2) Parada y Barreto, D.I.: Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera, Imprenta del Guadalete, 1878, Edición Facsímil, Extramuros, 2007, p. LXXXIV.
(3) Orellana González, C.:El Catastro de Ensenada en Jerez de la Frontera” Colección de Monografías nº 2. Revista de Historia de Jerez nº 8, 2002, p. 16.
(4) López Martínez A.L.:Una élite rural. Los grandes ganaderos andaluces, siglos XIV-XX”, Hispania, LXV/3, núm. 221 (2005) 1023-104, p. 1038.
(5) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986, p. 250.
(6) Consejo Económico y Social de Jerez.: Jerez, Economía y Sociedad 2003, p. 40-41, donde se ofrecen datos facilitados por la Delegación provincial de Cádiz de la Consejería de Agricultura y Pesca de la Junta de Andalucía
(7) El topónimo de Pasada de Tornomerino ha desaparecido ya de los mapas topográficos al estar bajo las aguas del embalse de Guadalcacín el paraje que bautizaba. Puede, no obstante, verse su antiguo emplazamiento en la Hoja 1063 de Algar de la primera edición del Mapa Topográfico, 1917, del I.G.N.
(8) Martín Gutiérrez, E.: Paisajes, ganadería y medio ambiente en las comarcas gaditanas. Siglos XIII al XVI. Monografías Historia y Arte, UCA-UEX, 2015, p. 157 y 165
(9) Diccionario Geográfico… Obra citada, p. 45.
(10) Crespo solana, A.: El comercio marítimo entre Ámsterdam y Cádiz (1713-1778), Banco de España-Servicio de Estudios, Estudios de Historia Económica nº 40, 2000, p. 75.
(11) AMJF, AC, 7 agosto de 1769, fº 496v. Agradecemos a nuestro amigo, el Dr. D. Juan Salguero Triviño, el habernos facilitado esta información.
(12) VV.AA.: La ganadería Andaluza en el siglo XXI. Vol. I, Patrimonio ganadero andaluz, Junta de Andalucía, Consejería de Agricultura y Pesca, P. 257 y siguientes.
(13) Clasificación de las Vías Pecuarias Término municipal de Jerez 1948, Ayto. de Jerez.
(14) García Lázaro, J. y A.: Curiosos topónimos en torno a Jerez: lo pequeño es hermoso, Diario de Jerez, 11 de marzo de 2018.





Fotografía facilitada por Pedro Oteo Barranco

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Toponimia, Paisajes con historia, El Paisaje y su gente, El medio y sus productos

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 13/05/2018

 
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