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Un paseo de Arcos a Gibalbín.
Por carreteras secundarias al encuentro de la historia y los paisajes.

A nuestro amigo Francisco Jordi Páez, entusiasta de la historia.



La carretera que desde Gibalbín conduce a Arcos atraviesa por cerros de suaves laderas en los que abundan los viñedos y las “tierras de pan sembrar”, grandes extensiones dedicadas a los cultivos de secano. Se trata de una apacible y poco transitada vía secundaria, de trazado ondulado y sinuoso que sigue en muchos de sus tramos el antiguo Camino de Lebrija a Arcos de la Frontera por La Bernala, una vía pecuaria que deja a uno y otro lado las tierras de renombrados cortijos. En nuestra salida de hoy la vamos a recorrer sin prisas, recreándonos en sus paisajes y sus pequeñas historias. ¿Nos acompañan?

Entre los viñedos de Gibalbín.

Nuestro itinerario arranca junto a las últimas casas de Gibalbín, construidas desde mediados del siglo pasado en los márgenes de la antigua Cañada de Espera, convertida hoy en su primer tramo en la carretera que une Gibalbín con Espera y Las Cabezas de San Juan. Frente a la venta La Choza y poco antes de llegar a la venta de Gibalbín, sale a la derecha esta vía secundaria que tras 13 km de recorrido nos llevará hasta Arcos (CA 5101).

Tras subir una pequeña cuesta en las que el camino está escoltado por adelfas, nos adentramos en las tierras del pago Cuartillo de La Plata, donde prosperan nuevos plantíos de olivos y en las que destacan los viñedos de Barbadillo, cuyos lagares y bodegas se levantan en lo alto del cerro a la derecha de la carretera. De estas cepas proceden los conocidos y afamados vinos de esta importante firma bodeguera entre los que sobresalen el renombrado Castillo de San Diego (el blanco más vendido del país) y el tinto Gibalbin, que lleva el nombre de estos parajes por todos los lugares de España.

Frente a estas instalaciones, al otro lado de la carretera, se encuentra el caserío del cortijo de La Bernala. Este curioso topónimo, presente ya en los primeros tiempos de la ocupación castellana de estas tierras en el siglo XIII, da nombre a los parajes de este rincón de nuestro término. Antaño formaron parte de una dehesa arrebatada por el concejo jerezano al arcense en los primeros años del siglo XIV, junto a las de la Cespedosa y las Navas de Cabrahígo, próxima está última también a Gibalbín (1).



Los litigios por la posesión de estos parajes se mantuvieron durante los siglos siguientes, decantándose finalmente su posesión, como la de las dehesas de Berlanga y El Abadín por la ciudad de Jerez. A decir del historiador arcense Pedro de Gamaza (1640), el nombre de estas tierras procede de Garci Bernal, uno de los cincuenta caballeros que se cuentan entre los primeros pobladores de Arcos, a quien en el repartimiento de su alfoz se le adjudicó un “donadío de tierras de labor de pan, que hoy conserva su nombre en la campiña… y llaman la Cañada de la Bernala” (2).



Tras una pronunciada bajada, la carretera cruza el modesto arroyo de la Cepera, tributario del Salado de Espera, dejando a la izquierda unos llamativos mogotes rocosos, testigos de una antigua cantera de yeso. Entre monótonas laderas con cultivos de cereales y girasol, asciende después por las lomas del cortijo de Granadillas (o Granadillo), cuyo caserío y almacenes quedan a la izquierda del camino. De este cortijo se tienen ya noticias desde comienzos del siglo XVI, siendo mencionado en el testamento del vicario arcense Juan González de Gamaza. Posteriormente perteneció al convento de las Concepcionistas de la Encarnación de Arcos, siendo a finales del XVII dehesa baldía de aprovechamiento común para los vecinos de Arcos (3).

Por Sanlucarejo y San Rafael.



Apenas dos km adelante, una hilera de adelfas a la izquierda del camino nos anuncia el carril que asciende hasta el cortijo de Sanlucarejo, situado en lo alto de un pequeño promontorio, en el extremo sur de Sierra de Gamaza. Frente a él, al otro lado de la carretera, el caserío del cortijo de San Rafael se divisa dominando un cerro.

Antaño, las tierras de Sanlucarejo formaron parte del vecino San Rafael, del que se escindió, señalando como dato curioso que a mediados del XIX figuraba entre las propiedades del jerezano Patricio Garvey (4). En sus proximidades, junto al antiguo camino de Espera, tiene un magnífico manantial, la fuente de Sanlucarejo. Esta surgencia se alimenta por el acuífero que se desarrolla en las areniscas que constituyen Sierra Gamaza, siendo canalizadas sus aguas a un pilar abrevadero, siempre rebosante aún en los meses más duros del estío.

A los pies del cortijo, junto a la carretera que se dirige a Bornos, los restos de una necrópolis hispanovisigoda, son testigos de la antigua ocupación de este rincón de la campiña. Entre diciembre de 1991 y febrero de 1992, con motivo de unas obras de ampliación de la carretera que une Bornos con Mesas de Santiago (actualmente cortada), se realizó una excavación arqueológica de urgencia en las proximidades del cruce cercano al cortijo de Sanlucarejo, que dio como resultado el hallazgo de 35 tumbas. Del denominado “tipo bañera”, las tumbas estaban excavadas en un afloramiento rocoso de arenisca visible desde la carretera y cubiertas con lajas de piedra. Las fechas de ocupación de la necrópolis podrían abracar los siglos VI-VIII d.C. (5).

La necrópolis se encuentra en un importante cruce de caminos (cañada de Arcos a Lebrija, Cañada de Jerez a Bornos por Mesas de Santiago y Colada de Sierra de Gamaza). Por la dispersión geográfica de los yacimientos de la zona y por la situación junto a los caminos, puede suponerse que esta vía sería usada desde, al menos, época romana (6).

De este enclave ya se tenían noticias desde finales de los 60 por los hallazgos junto al colindante cortijo de San Rafael de un tesorillo de monedas, así como por un estudio publicado por Luis de Mora Figueroa en 1981. En él se daba cuenta de los materiales cerámicos (vasijas, anforitas, jarritas) y metálicos (hebillas cruciformes y de placa rígida, puntas de lanza, apliques, zarcillos…) procedentes de ese lugar que se encontraban en distintas colecciones particulares a las que el autor tuvo acceso (7).





Frente a Sanlucarejo, al otro lado de la carretera, destaca en lo alto de un cerro el caserío del cortijo de San Rafael al que pertenecen también los tres pabellones de viviendas de trabajadores que se observan a media ladera, junto al carril de acceso. Hasta el último tercio del siglo XIX San Rafael era conocido como Cortijo Gamaza, por la proximidad de la sierra del mismo nombre a cuyos pies se extienden esta finca. En las tierras de San Rafael, existió una villa romana de época imperial que pudo perdurar en el bajo imperio y en los siglos posteriores (8). Como se ha dicho, en 1969 se halló aquí un tesorillo de 28 monedas romanas de oro, depositado inicialmente en el Museo Arqueológico de Cádiz, del que paso al MAN, donde se encuentra. Las monedas son de finales del siglo IV d.C., correspondientes a la época de los emperadores Honorio y Arcadio (9).

San Rafael, prototipo de los antiguos cortijos de secano de la campiña, ya es mencionado por Madoz (1848), quien lo cita en el camino de Jerez a Bornos, entre el cortijo de El Palomar y las huertas y el Pilar de Gamaza, como se conocía ya a la fuente del actual cortijo de Sanlucarejo (10). Como construcción singular, conserva unos curiosos graneros, con rampas de acceso para carros al piso superior que se cuentan entre los pocos ejemplos de este tipo que han llegado hasta nuestros días. No es de extrañar que por sus especiales características y con tanta historia a sus espaldas, San Rafael saltara también a las páginas de la literatura de la mano de la hermosa novela “Historia de una finca”, obra de José y Jesús de las Cuevas ambientada en este cortijo de la campiña arcense y publicada en 1958 (11). De ella se ha escrito que “…aun con la reserva de tratarse de una obra de ficción, aporta una pormenorizada y fidedigna visión del tránsito de los modos de producción a las fórmulas modernas” (12). Como apunta acertadamente Ramón Clavijo, la novela es la historia de los profundos cambios que vivió la finca “que va pasando de los tinahones de bueyes iluminados con candiles de aceite y las cobras de yeguas en las trillas, a las cosechadoras y los tractores. Pero el horizonte siempre es el mismo, la tierra, mientras todo lo demás seres y formas de vida se van transformando” (13).

Dejando atrás San Rafael y Sanlucarejo, pasamos ahora por el cruce con la que en otros tiempos se denominara “carretera agrícola”, que unía Bornos con Mesas de Santiago y que hoy se encuentra cortada. Junto al cartel que lo indica podemos asomarnos a ver el antiguo pozo de San Rafael (construido en 1959) que surte con sus aguas un pilar-abrevadero para el ganado de la finca.



Por la fuente del Jadramil.

Continuando en dirección a Arcos, la carretera cruza durante tres km por monótonos campos sembrados de cereal o girasol. Junto a sus arcenes, una orla de palmitos nos recuerda que sigue el trazado de la antigua cañada de Arcos a Lebrija, que en algunos lugares conserva aún su anchura tradicional. Pasamos entre las tierras de Las Valderas y, algo más adelante, de El Jadramil (o Jaramil). Antes de llegar a este cortijo, cuyo caserío queda a la derecha sobre una pequeña loma, un bosquete de eucaliptos nos marca la entrada de una antigua cantera de arenisca calcárea que se explota



en estos parajes, el mismo material rocoso que conforma la cercana Sierra de Gamaza y la Peña de Arcos. A su interés geológico hay que sumar el histórico, como recuerdan los hermanos De Las Cuevas en su monografía sobre Arcos, donde mencionaban los hallazgos realizados por Mancheño y otros en la Colada del Jadramil (14). Mas recientemente, excavaciones de urgencia en estas canteras permitieron conocer que en estos parajes del Jadramil, tan cargados de historia, se emplazaba un asentamiento de la Edad del Cobre (o Calcolítico), fechado entre finales del tercer milenio y comienzos del segundo milenio antes de nuestra era. Aparecieron aquí estructuras subterráneas (pozos y silos), de características similares a las puestas a la luz en las canteras de El Trobal, próximas a Nueva Jarilla. Junto a estas estructuras funerarias prehistóricas se encontraron también enterramientos de época romana. Para un mayor conocimiento de este interesante yacimiento remitimos al lector a los trabajos de María Lazarich González (15).

Pero volvamos de nuevo a la arenisca y al paisaje. Esta roca, también conocida como “caliza tosca” o calcarenita, formada en el Mioceno superior, tiene naturaleza porosa y permite la filtración de las aguas de lluvia y escorrentía hasta niveles inferiores.



Aparecen aquí materiales menos permeables (margas gris-azuladas o de color crema), que retienen el agua y favorecen, en los puntos donde se dan las condiciones geológicas adecuadas, la aparición de fuentes y manantiales (16).

Uno de estos puntos es la conocida Fuente de Jadramil (o Jaramil) que encontramos en un prado, a la derecha de la carretera en dirección Arcos, pasada la entrada del cortijo, en un paraje en el que antaño abundaban las chumberas, hoy destruidas por una imparable plaga. El manantial ha sido encauzado hasta una pequeña construcción con bóveda de ladrillo, que guarda un pequeño depósito de agua desde el que se alimenta un curioso pilar. De forma rectangular, estrecho y muy alargado, el pilar permite que beban en él simultáneamente un buen número de cabezas de ganado. No en balde se emplaza en un antiguo descansadero de la vía pecuaria. Su fuente mana durante todo el año y sólo se agota en ocasiones excepcionales habiendo sido usada tradicionalmente para el abastecimiento ganadero, aunque en tiempos pasados también se utilizaban sus aguas para beber. A las orillas del reguero que forman las aguas que salen de su caño, nunca faltan los típicos berros que muchos vecinos recogen.



Dejando atrás la fuente del Jadramil, nuestra ruta pasa ahora junto a La Mancheña, que queda a la izquierda, poco antes del cruzar el puente sobre el arroyo Salado de Espera, tributario del Guadalete al que se une en las proximidades de la Junta de los Ríos. Este modesto curso fluvial, escoltado aquí por cañas y tarajes, tiene sin embargo violentas crecidas que cortan la carretera en numerosas ocasiones. Desde aquí, el camino inicia un pequeño repecho que deja a la izquierda una singular construcción, el Cortijo de San Pedro, construido en 1929 como indican los azulejos de su fachada, en la que destaca una curiosa puerta de entrada, con un tejado elevado sobre la línea de cubiertas de las demás dependencias. Conocido también como Rancho de Beltrán, el cortijo estuvo en otro tiempo dedicado a la cría caballar. Frente a la entrada, un curioso pilar nos da pistas de ello (17).



Nuestro camino llega a su fin y, al poco, damos ya con el desvío para la autovía Jerez-Arcos y los accesos a esta población, fin de nuestro camino y del recorrido por esta olvidada carretera secundaria tan cargada de paisajes y de historia.

Para saber más:
(1) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes para una Historia de Arcos de la Frontera. Edición de María José Richarte García. Servicio de Publicaciones de la UCA y Excmo. Ayto. de Arcos. 2002. Vol. I. pg. 150.
(2) Pérez Regordán, M.: Nomenclátor de Arcos de la Frontera. El Campo. Consejería de Cultura, Junta de Andalucía, 199. Pg. 76.
(3) Ibidem, 180
(4) Ibidem, 302-303
(5) Martí Solano, J.: Excavación arqueológica de urgencia en la necrópolis hispanovisigoda de "Sanlucarejo". Arcos de la Frontera. Cádiz, Anuario Arqueológico de Andalucía, 1991, III Actividades de Urgencia, pp. 29-36. El emplazamiento se describe en p. 29 y siguiente. Ver también Carta Arqueológica del término municipal de Arcos de la frontera, 2009, Vol. III (1), p. 133-146
(6) Martí Solano, J.: Op. Cit. p. 35
(7) Mora-Figueroa, L. de:La necrópolis hispanovisigoda de Sanlucarejo (Arcos de la Frontera, Cádiz)”. Estudios de Historia y Arqueología medievales, 1, pp. 63-76. Universidad de Cádiz, 1981, Cádiz.
(8) Carta Arqueológica…, Op. Cit., p. 315-320.
(9) Pérez Regordán, M.: Op. cit. p. 302;
(10) Madoz, P.: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. “Cádiz”. Edición facsímil, 1986, p. 83.
(11) De las Cuevas, J. y J.: Historia de una finca, Jerez Industrial, 1958.
(12) VV.AA.: Cortijos, haciendas y lagares. Arquitectura de las grandes explotaciones agrarias en Andalucía. Provincia de Cádiz. Junta de Andalucía. C. de Obras Públicas y Transportes. 2002, p.; 318)
(13) Clavijo Provencio, R.:Historia de una finca”, Diario de Jerez, 12 de abril de 2008. También se dan las referencias de este libro al Cortijo de San Rafael en Pérez Regordán, M.: Op. cit. p. 302;
(14) De las Cuevas José y Jesús.: Arcos de la Frontera. Diputación de Cádiz. 1985. pp. 24 y 50.
(15) Lazarich González, María. (2003): El Jadramil (Arcos de la Frontera). Estudio arqueológico de un asentamiento agrícola en la campiña gaditana. Ayuntamiento de Arcos de la Frontera. Cádiz. 496 pp.
(16) Mapa Geológico de España. Hoja 1.062. Paterna de Rivera. Instituto Geológico y Minero de España. 1987. pg. 18-20
(17) VV.AA.: Cortijos… Op. Cit. p. 465.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Carreteras secundarias, En torno a Arcos, Fuentes, manantiales y pozos, Paisajes con historia, Rutas e itinerarios.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 1/07/2018

Con nombre de mujer
Topónimos femeninos en la campiña de Jerez (1)




Hoy 8 de marzo, como todos los años en esta fecha, se celebra el Día Internacional de la Mujer. Establecido en 1977 por la Asamblea General de la ONU, se pretende conmemorar con este día “la lucha de la mujer por su participación, en pie de igualdad con el hombre, en la sociedad y en su desarrollo íntegro como persona”. Como aún estamos muy lejos de alcanzar este noble objetivo de la igualdad, es necesario que días



como estos sirvan para llamar la atención del largo camino que nos queda por recorrer para conseguirlo.

Desde estas páginas, dedicadas al conocimiento de nuestro entorno, queremos sumarnos modestamente a esta conmemoración subrayando el olvido que en la historia de nuestra ciudad han tenido las mujeres. Como apunta acertadamente Isabel Allende, “la historia la escriben los hombres” y



aunque las mujeres hayan jugado el papel más determinante en el progreso y en el avance de los pueblos, quedan injustamente invisibilizadas.

Basta fijarnos en nuestra historiografía local para comprobar las escasas referencias que nos han llegado de la segura contribución de las mujeres en la historia de nuestra ciudad. Así, por ejemplo, Parada y Barreto, en su conocido libro Hombres Ilustres de la ciudad de Jerez



de la Frontera
, uno de los primeros que estudia los jerezanos que por algún motivo ocuparon un lugar destacado en la historia local, menciona sólo a 5 mujeres entre los 289 personajes que describe, desde la dominación árabe hasta 1875. Se trata de Sor Rita de Cazares, Francisca Trujillo abadesa del monasterio de Ntra. Sra. de Gracia, la beata Inés de Medina y las fundadoras de sendos beaterios Ana Díaz y Antonia Tirado, todas ellas,


como vemos relacionadas con lo religioso (1). Hace medio siglo el profesor Fedriani Fuentes, en su Jerezanos insignes (1967), incluía en su selección 259 nombres entre los que sólo aparecen 9 mujeres, las mencionadas anteriormente más las benefactoras Juana de Dios Lacoste, Carmen Núñez de Villavicencio, Micaela Parada y Elena del Páramo (2). Antonio Mariscal Trujillo actualizó y completó recientemente estos estudios en su libro Jerezanos para la Historia. Siglos XIX y XX (2011) resaltando a 177 personajes entre los que encontramos 9 mujeres: Pilar Aranda, Carmen Carriedo, Lola Flores, J. de Dios Lacoste, Francisca Méndez, M. del Carmen Requejo, Josefa de los Reyes, Isabel Ruiz y Mª A. de Jesús Tirado (3). Otra pista de la escasa presencia femenina en nuestra historia local nos la aporta José Ruiz Mata en su libro Mil años de escritores y libros en Jerez (del año 1000 a 1999), donde se incluye 377 referencias de las que sólo 14 corresponden a mujeres y 12 de ellas del siglo XX (4). Ante datos como estos cabe preguntarse: ¿dónde queda entonces la memoria de tantas mujeres anónimas que contribuyeron con su dedicación y trabajo a escribir las pequeñas historias cotidianas de la que está hecha, en suma, la Historia de nuestra ciudad?

Para responder aunque sólo sea mínimamente a esta pregunta, hemos querido rendir un sencillo homenaje a muchas de aquellas mujeres olvidadas por los libros de las que si hemos encontrado modestas referencias en los paisajes en torno a Jerez, en muchos rincones de nuestra campiña, en parajes poco conocidos del término, en los nombres de pagos de viñas, de lomas y cerros, de casas y



cortijos, de cañadas, coladas e hijuelas, de pozos, fuentes y arroyos… La toponimia ha sido, afortunadamente, más generosa con las mujeres que las historias locales y para dar tan sólo una muestra de ello les proponemos hoy un itinerario por aquellos lugares que guardan la memoria de nombres femeninos. ¿Nos acompañan?

Doña Benita, La Suara, La Catalana...

El de Doña Benita es uno de los topónimos más antiguos de nuestro término y da nombre a un rincón de la campiña ubicado en las proximidades de la dehesa de la Matanza y de la barriada rural del Mojo. Se llega hasta él a través de la Cañada de la Cuesta del Infierno que une este último enclave con Torrecera, pasando por los Entrechuelos.



Estas tierras se reparten hoy entre los cortijos de Doña Benita la Alta y Doña Benita la Baja, estando dedicadas a cultivos de secano y olivar y en las que se enclava un gran parque eólico con la misma denominación. Este antropónimo da también nombre a un arroyo salado y a unas antiguas salinas, conocidas también como “de Fortuna” o “de la Matanza”.

El profesor Emilio Martín Gutiérrez ha investigado el origen de este antropónimo en el repartimiento urbano realizado tras la incorporación de la ciudad a la corona de Castilla. Así consta que “Domingo Minno” y su mujer “donna Benita”, recibieron casas en la collación de San Dionisio y heredaron “cavallería”; es decir, el “heredamiento correspondiente a un
caballero”. Conviene recordar que en el Libro del Repartimiento figuran también otras cinco mujeres con el nombre de “donna Benita” por lo que, en cualquier caso, la denominación con la que se conoce este lugar de nuestro alfoz se remonta al último tercio del siglo XIII (5).

Con el nombre de La Suara, otro antropónimo femenino muy conocido por los jerezanos, se designa en la actualidad a un cortijo, una dehesa y un Parque Forestal situado en las cercanías de La Barca de la Florida, muy visitado por la población al ser uno de los lugares de esparcimiento más cercanos a la ciudad. Su origen hay que buscarlo en las propiedades que desde principios del siglo XV tenían en la zona Diego Suarez y su mujer Teresa Martínez. Ambos mantuvieron pleitos con la ciudad por usurpaciones de tierras en este sector que, a la muerte de Diego Suárez, continuaron de la mano de su mujer y sus hijos.



La Suara (probable apelativo de Teresa Martínez) dio nombre a estas tierras (6) que ocupan en buena parte los suelos de una extensa terraza del río Guadalete. En la actualidad se conservan en este lugar sectores con la vegetación propia del monte mediterráneo (alcornoque, encinas, quejigos, acebuches…), así como extensas manchas de pinos y eucaliptos fruto de repoblaciones realizadas en la segunda mitad del pasado siglo las cuales que están siendo sustituidas progresivamente por especies autóctonas.

Entre los cortados de Montealegre y las tierras de Estella del Marqués y Lomopardo se abre una extensa vaguada por la que discurre el Arroyo Salado y la traza de la autopista Sevilla-Cádiz. Se trata de los Llanos de La Catalana, al que da nombre un curioso antropónimo femenino que tiene casi quinientos años. Por el profesor Emilio Martín



Gutiérrez sabemos que “en los años treinta del siglo XV, los propietarios de esta dehesa fueron Juan Fernández Catalán y su mujer Isabel Martínez. Se sostiene que el antropónimo hace referencia al apelativo con el que se conocía a Isabel Martínez”, “la Catalana” (7). Con este nombre se conoce también una amplia finca agrícola situada frente al Cementerio Municipal situada en la zona más alta de este rincón de la campiña cercano a la ciudad y que era paso obligado de los caminos que unían Sevilla y el Campo de Gibraltar a través de Gibalbín, el Guadalete y Medina.



La Astera, La Martelilla, La Bernala…

La autovía de Sanlúcar divide en dos las tierras del Cortijo de Santo Domingo, antigua posesión de los Dominicos desde los tiempos el repartimiento de las tierras del alfoz, en el último tercio del siglo XIII. Saliendo de Jerez, a la derecha de la vía, puede verse el magnífico edificio, de aire señorial, de la que fuera su singular casa de viña.

Frente a ella, al otro lado de la carretera, en un paraje que atravesara en tiempos pretéritos la traza del ferrocarril Jerez-Bonanza, aún se conserva el Pozo de la Astera y su antiguo abrevadero. Ubicado en el Descansadero del mismo nombre (que con 12 aranzadas es uno de los mayores del término), este pozo era parada obligada para los ganados que circulaban por la Cañada de Gudajabaque, una de las más



importantes de cuantas circundaban la ciudad. Este curioso nombre tiene su origen en el apelativo con el que era conocida una singular dama jerezana: Dª Elvira Martínez de Trujillo, “La Astera”. El archivero e historiador Agustín Muñoz y Gómez nos recuerda que en una Capilla de San Dionisio está enterrada “La Astera”, mujer de D. Alonso Sánchez conocido como “El Astero”, fabricante de astas para lanzas.



Esta piadosa señora se distinguió por sus obras de caridad y llegó a fundar varias capellanías en la Colegial y otras iglesias de la ciudad, según se desprende de distintas escrituras realizadas ante el escribano Juan Román fechadas en 1420, siendo también protectora del Convento de Espíritu Santo, fundado en 1431 (8).

Más dudoso es el antropónimo de Martelilla o La Martelilla que da nombre a la conocida finca situada en el km 9 de la carretera de Medina donde se cría una rama de la afamada ganadería del Marqués de Domecq. En estos parajes, el concejo de la ciudad abrió en el s. XVI una cantera de la que se obtendría la piedra para la construcción del Puente de Cartuja y, posteriormente, de las casas del Cabildo Municipal. Algunos investigadores relacionan este nombre con el de un posible antropónimo romano ya que en la



epigrafía gaditana encontramos distintos cognomina (Marcellus, Martialis, Martilla) de los que pudiera derivar (9). Otros autores platean un probable origen castellano como diminutivo femenino de Martel.



Otro curioso topónimo del rincón nororiental del término es La Bernala. Sus tierras, ubicadas en las proximidades de la barriada rural de Gibalbín, junto a la Cañada Real de Arcos a Lebrija, fueron arrebatadas por el concejo jerezano al arcense, junto a las de las dehesas de la Cespedosa y Cabrahigo en los primeros años del siglo XIV (10). Los litigios por la posesión de estas tierras se mantuvieron durante los siglos siguientes, decantándose finalmente su posesión, como la de las tierras de Berlanga y el Abadín por la ciudad de Jerez. En la actualidad La Bernala sigue dando nombre a una dehesa, una cañada y un cortijo, ubicado frente a la Bodega de Barbadillo en Gibalbín, en el inicio de la carretera que desde este enclave rural se dirige hacia Arcos.



La Rendona, Las Pavonas, La Basurta, Las Pachecas…



Junto a los ya citados, otros muchos nombres de lugares hacen referencia a apellidos notables de la ciudad, algunos de los cuales se remontan a los primeros repobladores. En un momento de la historia, algunas de las mujeres de estas familias adquirieron un mayor protagonismo o pasaron a ser herederas o titulares de sus tierras, hecho singular que permaneció ya para siempre en la toponimia. Este es el caso de La Rendona, que da nombre a un rincón situado junto a la Cañada de los Arquillos, colindante a la finca de los Isletes. El arroyo de la Rendona cruza este mismo paraje de suaves lomas que albergaron hasta hace unos años un gran viñedo hoy desaparecido. En el cerro de La Rendona se conservan también los restos de una de las torres del sifón de Los Arquillos perteneciente al antiguo acueducto romano de Tempul a Gades. Como señala A. Muñoz y Gómez es un apelativo “muy común á diversas mujeres descendientes del caballero Garci-Pérez de Rendón”. Se trata de Garci Pérez de Burgos, uno de los primeros pobladores de Jerez que según la “leyenda” adquirió el apelativo de Rendón” en 1292, en los combates “intrépidos y sin reparo” (que es lo que significa literalmente esta palabra) que protagonizó sin la autorización expresa de Sancho IV contra las tropas de Abu Yusuf establecidas en Tarifa (11). Diferentes mujeres con este apellido figuran con el apelativo de “la Rendona” en distintos documentos del siglo XVI, siendo una de ellas Catalina García La Rendona, viuda del Guarda de Términos Diego de la Fuente, de quien tal vez provenga la denominación de este rincón de la campiña jerezana (12).

Las Pavonas da nombre a una finca agrícola ubicada en las proximidades de Nueva Jarilla, junto a la Cañada de Romanina, y su nombre puede proceder de las descendientes del ilustre linaje de “los Pavones de Xerez” (13). Muy cerca de este lugar, junto a la antigua Cañada de Espera, encontramos las tierras de La Basurta. Esta finca está también próxima a la pantaneta del cortijo de Jara, junto a la carretera de Gibalbín. El cerro de La Basurta, a cuyos pies se unen varios arroyos que bajan de las Mesas de Santiago y de la Sierra de Gibalbín, está cubierto por un olivar y debe su nombre a una descendiente de esta familia de origen vizcaíno. Diego Pérez de Basurto, caballero procedente de Medina se estableció en Jerez a comienzos del s. XVI y de él deriva la rama jerezana de este apellido (14). Conviene recordar que ya a mediados del siglo XIX, una de las cinco mujeres latifundistas que figuran en la relación de los principales propietarios de tierra de la nobleza jerezana es Dª Josefa Basurto y Sopranis (15). Algo parecido ocurre con Las Pachecas, cuyo nombre hay que buscarlo en el apelativo de sus antiguas propietarias, descendientes de una notable familia jerezana. Este topónimo bautiza a un cortijo y a una extensa finca situada junto a la carretera de Medina, entre el Guadalete y el Cerro del Viento y da nombre también a una barriada rural establecida en las inmediaciones del antiguo cortijo junto a la que fuera Cañada de Medina.
(Continuará)

Para saber más:
(1) Parada y Barreto D. I.: Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera . Edición facsímil. Extramuros, Sevilla, 2007.
(2) Fedriani Fuentes, E.: Jerezanos Insignes. Gráficas San Luis, Jerez, 1968.
(3) Mariscal Trujillo, A.: Jerezanos para la historia. Siglos XIX y XX, Tierra de Nadie Editores, Jerez, 2011.
(4) Ruiz Mata, J.: Mil años de escritores y libros en Jerez de la Frontera (del año 1000 al 1999). Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Jerez, 2000.
(5) Martín Gutiérrez, E.: Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento. El Alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media. En Historia Instituciones y Documentos, nº 30. Universidad de Sevilla, 2003, pg. 278. LA referencias a Dª Benita están tomadas de González Jiménez, M. y González Gómez, A.: El libro del Repartimiento de Jerez de la Frontera. Estudio y edición. Cádiz, 1980. Prt. 1813, XX y 184.
(6) Martín Gutiérrez, E.: Análisis de la toponimia… , pg. 281.
(7) Martín Gutiérrez, E.: Análisis de la toponimia… , págs. 276-77. Este autor documenta un amojonamiento realizado por Alfonso Núñez en el año 1434, en el que se cita este antropónimo.
(8) Muñoz y Gómez, A.: Calles y Plazas de Xerez de la Frontera. Edic. Facsímil 1903, BUC. P. 90
(9) Martín Gutiérrez, E.: Análisis de la toponimia… , pg. 300.
(10) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes para una Historia de Arcos de la Frontera. Edición de María José Richarte García. Servicio de Publicaciones de la UCA y Excmo. Ayto. de Arcos. 2002. Vol. I. pg. 150.
(11) Rallón, Esteban.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. II, p. 9-10.
(12) Muñoz y Gómez, A.: Calles y Plazas… pg. 274.
(13) Rallón, Esteban.: Historia de la ciudad de Xerez… vol. I, p. 239.
(14) Muñoz y Gómez, A.: Calles y Plazas… pg. 122.
(15) Lozano Salado, L.: La tierra es nuestra. Retrato del agro jerezano en la crisis del Antiguo Régimen. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz-Diputación Provincial, 2001, p. 166.


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Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con Con nombre de mujer. Topónimos femeninos en la campiña de Jerez (y 2), Toponimia, El paisaje y su gente, Paisajes con historia y Cortijos, viñas y haciendas

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 8/03/2015

 
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