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Los paisajes del agua en torno a Jerez.
Un paseo por “Los canales de Jerez”.




A Alberto M. Cuadrado Román, in memoriam

Estas semanas en las que las intensas lluvias han llenado de grandes lagunas los alrededores de Jerez y se han cubierto con extensas láminas de agua muchos parajes próximos al casco urbano, hemos vuelto a recuperar, siquiera por unos días los paisajes de nuestra geografía antigua en los que, como acreditan distintas fuentes documentales, los esteros penetraban hasta las cercanías de la ciudad. Y como no podía ser de otro modo, hemos recordado los trabajos del añorado compañero, Alberto Manuel Cuadro Román, miembro del Centro de Estudios Históricos Jerezanos. En uno de ellos, titulado “Los canales de Jerez” (1) recreaba algunos de estos enclaves marcados por los antiguos cursos fluviales, por los esteros y marismas en torno a Jerez. Como un sencillo homenaje a sus documentadas aportaciones, hemos recorrido algunos de estos parajes.

Por el Arroyo del Carrillo.

Los lectores que en estos días pasados hayan circulado por la autovía Jerez-El Puerto habrán reparado, a buen seguro, en las grandes balsas de agua que se formaban a ambos lados de la carretera, poco antes de llegar a la cuesta de Matajaca. Su “causante” es el Arroyo del Carrillo, también conocido como Mata Rocines, un modesto tributario del Guadalete al que se une en las inmediaciones de Puerto Franco y del Cortijo de San Felipe, frente a las Calandrias.

Con apenas 10 km de recorrido, recoge las aguas de varios cursos menores que, desde las laderas de los cerros de La Carrahola y El Calderín, se unen en los Llanos de Mirabal y Santa Isabel. En este lugar, a los pies del Cerro Colores, donde se encuentra el Colegio y Residencia Escolar de Sordos, se forma una gran laguna, a la derecha de la carretera, en la antigua llanura de inundación del arroyo que, como hemos comprobado, tiene incontrolables crecidas.



El arroyo del Carrillo cruza bajo la autovía por dos grandes tubos de desagüe que apenas pueden dar salida a los extraordinarios caudales embalsados por los terraplenes de esta obra.




Desde aquí, el arroyo atraviesa la antigua Trocha de El Puerto, pasando por el viejo puente de Mata Rocines del que se tiene constancia de su existencia en el s. XVIII (2). Su rosca de ladrillo se ha visto casi superada en estos días por los crecidos caudales del arroyo que han




inundado los llanos colindantes al cortijo Espanta Rodrigo, convertidos en una inmensa laguna donde el agua ha llegado a cortar el camino de acceso al mismo en los momentos de mayor crecida.




Desde este lugar, el arroyo del Carrillo discurre por la amplia vaguada que se extiende a los pies de la Sierra de San Cristóbal, al sur, y que limitan al norte los cerros de Torrox y Parpalana.

La Cañada del Carrillo, que corre en paralelo a su curso, se llegó a inundar totalmente durante varios días, ya que la anchura ocupada por la lámina de agua ha sido en muchos puntos de decenas de metros, impidiendo el paso a las fincas colindantes, como ha recogido los medios de comunicación. Los diques sobre los que cruzan estos llanos la conducción del acueducto de los Hurones, camino de los Depósitos de San Cristóbal, han represado también la gran balsa de agua que se extendía junto a las instalaciones del Rancho de la Bola, inundando la totalidad de la cañada.



En el cruce con la carretera que desde El Portal va hasta El Puerto, el desbordamiento del arroyo cubrió con una extensa lámina de agua el bosquete de eucaliptos que se extiende a los pies de la Sierra de San Cristóbal, como podían ver los viajeros que circulaban por esta vía, dejando tras de sí una gran capa de lodo.



Desde las cumbres de esta sierra pudimos tomar fotos panorámicas del desbordamiento del Arroyo del Carrillo, que mostraba a las claras una amplia banda de terreno inundado entre la Ronda Oeste y el Guadalete, descubriendo ante nosotros lo que en tiempos remotos fue un amplio estero que, en comunicación con el río, estaba sometido al influjo de las mareas.



Por el tramo final de este arroyo, hasta su confluencia con el punto donde se ubicó la conocida Barca de Puerto Franco (3), se proyectó el arranque del canal que en el siglo XVII pretendía unir el Guadalete con el Guadalquivir (4)

Por el Guadajabaque.

Estos días de lluvia han servido también para recordar que un antiguo río, el Guadajabaque, maltratado y transformado por el crecimiento urbano hasta su casi total desaparición, seguía estando presente en las cercanías de Jerez, mostrándose activo tratando de recuperar su antiguo cauce en muchos rincones.

Este curioso topónimo, rescatado hace apenas dos décadas para dar nombre a las nuevas urbanizaciones levantadas junto a la laguna de Torrox, da desde siglos nombre a un río que, con apenas 12-13 km. de recorrido, es tributario del Guadalete al que se unía en las cercanías del antiguo embarcadero de El Portal. Su nombre, de origen árabe (Wadt as-sabak o “río de las redes”) apunta ya a su antigua conexión con un estero del Guadalete que en el Jerez andalusí era utilizado para la pesca (5).

En los siglos medievales aparece ya con diferentes variantes como Guadaxabaque, Guadajabaque, Guadabajaque y Guadabaxaque, todas ellas con referencias en las fuentes documentales (6).



Este río ya “desaparecido” por las grandes transformaciones de su cauce en el pasado siglo, tiene su origen en la confluencia de los arroyos del Amarguillo y del Zorro (o de la Loba, que pasa a los pies del cerro de Santiago).



A partir del paraje de Las Salinillas, en las proximidades de Área Sur, discurre en paralelo a la antigua Cañada de la Loba (también llamada de Guadajabaque, Corchuelo y Moro) cruzando la autovía de Sanlúcar y bordeando la zona trasera de las bodegas de Williams & Humbert.



Desde este paraje, donde aún mantiene algunos sotos de tarajes y pozas encharcadas buena parte del año, es canalizado bajo la autovía de El Puerto, para ser conducido a la nueva “laguna de Torrox”, desde la que un aliviadero subterráneo conduce sus aguas hasta el Guadalete.





Antiguamente recibía las aguas del arroyo de Curtidores que tenía su origen en pleno casco histórico. Desde finales del siglo XIX se le conoció también por el nombre de arroyo de Morales y con la construcción del Polígono Industrial El Portal en la década de los sesenta del pasado siglo, se canalizó su curso con un colector subterráneo, olvidándose hasta su nombre (7).

Sin embargo, cuando las grandes lluvias hacen su aparición, el antiguo Guadajabaque “resucita”, mostrándose como un arroyo de violentas crecidas que recoge las aguas de una cuenca de más de 4.500 hectáreas del sector noroccidental que rodea a la ciudad.

Y para “verlo en acción” fuimos a su encuentro a las proximidades de la carretera del Calvario, donde el arroyo del Amarguillo se desbordaba en las proximidades de La Constancia. A los pies de Cerro Nuevo y Cerro Viejo, el arroyo del Zorro o de La Loba bajaba también muy crecido, y juntos los dos, en las inmediaciones del camino que conduce a las Bodegas de Luis Pérez, transformado ya su curso en el Guadajabaque, inundaban el paraje de Las Salinillas desaguando bajo la Ronda Oeste en una gran laguna que desde el centro comercial de Área Sur se extendía hasta la carretera de Sanlúcar, rozando sus aguas el tablero de los puentes construidos sobre su modesto cauce, ahora desbordado.

Junto a la Bodega de Williams & Humbert, el Guadajabaque bajaba rebosante, con el brío que tuvo en tiempos pasados, antes de que transformaran su antiguo cauce. Sus aguas turbulentas, cargadas de los lodos que arrastra en su curso, se depositarán en la laguna de Torrox, aterrando poco a poco su vaso. Para verlo en perspectiva, aún subimos hasta el Olivar de Colores, desde el que pudimos contemplar buena parte de su recorrido y desde el que,



viéndolo vivo, como el río que fue, pudimos recordar aquellos viejos proyectos por los que, a través de su cauce, se proyectó ya en el siglo XVII un canal de casi 34 km. por el que unir el Guadalete y el Guadalquivir (8).

Por el Salado y La Catalana.

Procedente de las laderas de la sierra de Gibalbín que miran al sur, diferentes cursos menores se unen en la cabecera de Caulina dando lugar al arroyo Salado de Caulina. Su tramo final corre en paralelo a la vaguada de la autopista Sevilla-Cádiz, desembocando en el Guadalete entre Viveros Olmedo y La Cartuja.

El valle de este arroyo, de origen tectónico, se estrecha entre La Cartuja y Lomopardo, ensanchándose en una amplia llanura conocida como Llanos de Caulina. Esta depresión aluvial en la que se encaja el Salado fue durante el Plio-Pleistoceno, dos millones de años atrás, un brazo del Guadalquivir que, a través del Caño de Casablanca y el arroyo de Romanina, se unía por el valle del Salado con el estuario del Guadalete en las cercanías del actual monasterio de La Cartuja. Durante el Cuaternario, hace aproximadamente 1,5 millones de años, nuevas fallas y pliegues crearon la actual divisoria entre ambas cuencas, al norte de Caulina, abandonándose este brazo del Betis que funcionó hasta su progresivo aterramiento, como un estero, con penetración marina desde el Guadalete (9).

Con esta historia geológica, no es de extrañar que, cada vez que se producen grandes lluvias, buena parte de los Llanos de Caulina se inunden en muchos puntos junto a las riberas del Salado, a pesar de los canales de drenaje que se practicaron en la segunda mitad del siglo pasado. Hace sólo unos años, en el invierno de 2009-2010, el arroyo se desbordó anegando buena parte de los Llanos y cortando la autopista (10).



Con las últimas lluvias, se ha podido ver el Salado rebosante a su paso por el puente de la carretera de Cortes en Estella, junto a la Venta La Cueva, habiéndose desbordado en algunos puntos aguas arriba de este lugar.



Algo más abajo, en los Llanos de la Catalana, se han formado grandes balsas de agua y una enorme lámina en la zona conocida como Las Salinillas (10), por la que cruzan las conducciones del acueducto de Tempul y de los Hurones, a sólo 6 m. sobre el nivel del mar.



El arroyo de La Canaleja, tributario del anterior con el que se une en las proximidades de la barriada de La Teja, se desbordó también en estos días, pudiendo verse junto a la rotonda nº 5 de la Ronda Este una enorme lámina de agua que llegaba casi hasta la autopista. Hay que recordar que este arroyo es el que recoge las aguas pluviales que caen sobre buena parte de la ciudad, canalizando las escorrentías que, desde la zona norte, bajan por las calles Porvera, Honda y Arcos hasta las barriadas de la Asunción y Zafer.



En las inmediaciones de este barrio, a la altura del antiguo acueducto de La Canaleja, los colectores subterráneos afloran a la superficie formando, aguas abajo del puente que cruza la Ronda Este, grandes balsas de agua por desbordamiento, como las que pudimos captar el pasado sábado 10 de marzo.

Por Tabajete y las Mesas de Asta.

Otro punto sensible, cuando se suceden episodios de grandes lluvias, es el entorno de Mesas de Asta, hasta donde nos desplazamos en los días posteriores.

Viniendo de Jerez, desde las cercanías del cortijo de Romanitos, se apreciaba ya a nuestra izquierda la antigua marisma de las Mesas cubierta por las aguas. Poco antes de llegar, la carretera cruza el caño de drenaje de Tabajete, que desde las cercanías de este cortijo (que dejamos a nuestra izquierda) lleva las aguas de estos llanos hasta el Guadalquivir atravesando también la



marisma de El Bujón
. El caño, rebosante de agua, desbordado ya en muchos puntos, canaliza los caudales de los pequeños arroyos que cruzan los pagos de San José de Prunes, El Barroso, Pozuela…




Estas zonas bajas de Tabajete y Mesas de Asta, situadas a unos 4 m. sobre el nivel del mar, formaban parte de los antiguos esteros que rodeaban a la histórica ciudad de Asta Regia y de los que ya encontramos referencias en las fuentes clásicas, en autores como Estrabón, Plinio el Viejo o Marciano de Heraclea, entre otros (11). A la entrada de Mesas de Asta, asomados a la marisma, pudimos ver anegadas las tierras que en otros tiempos estuvieron ocupadas por los esteros del Betis, recordando lo escrito en el cambio de Era por el geógrafo griego Estrabón: “los indígenas, conocedores de la naturaleza de la región y sabiendo que los esteros pueden servir para lo mismo que los ríos, han construido sus poblados y ciudades sobre aquellos, tal y como hacen en las riberas de los ríos.



Así fueron levantadas Asta, Nabrissa, Onoba…
” (12). En días como estos, en los que una inmensa lámina de agua cubre todos los bajos en torno a Mesas de Asta llegando hasta las tierras del cortijo de Espartinas, al otro lado de la marisma, resulta fácil dar un salto en el tiempo y adivinar la antigua imagen que estos parajes debieron tener hace 20 o 25 siglos.

Desde esta barriada rural nos acercamos, siguiendo el curso embarrado y casi intransitable de la Cañada Ancha, hasta las cercanías del cortijo del Rosario. A lo lejos, en esos dilatados horizontes que se abren hasta el Guadalquivir, pudimos divisar los grandes lagunazos que anegaban buena parte de las marismas de Rajaldabas, colindantes con las tierras de Casarejo y del término de Sanlúcar.

En las marismas de Casablanca.

Para terminar nuestro periplo, tomamos la carretera de Morabita, antiguo Camino de Lebrija, desviándonos por el puerto de Capita, hasta el borde mismo de la marisma de Casablanca. Las lluvias de estas últimas semanas habían transformado estos parajes en un inmenso aguazal, con Gibalbín como telón de fondo (mirando hacia el este), y en el que el gran edificio del silo de trigo de la Estación de El Cuervo, parecía un gran navío sobre el espejo de las aguas que todo lo cubrían.

Ya de regreso a Jerez hicimos un alto junto al Cortijo de Casablanca (13) para recrearnos en esta hermosa marisma, que figura en el Inventario de Humedales de Andalucía (14) y que había recobrado la vida en estos días de marzo. Aún volvimos a parar en el Alto de Montegil para disfrutar de las inigualables vistas que desde allí



se contemplan sobre este territorio, de nuevo inundado tal como podía verse en la antigüedad y como nos recreaba en sus trabajos el recordado Alberto M. Cuadrado Román.

Para saber más:
(1) Cuadrado Román, A.M.:Los canales de Jerez”. Revista de Historia de Jerez, 14-15, 2008/09, pp. 67-90.
(2) García Lázaro, J. y A.: Viejos puentes en viejos caminos, Diario de Jerez, 11 y 18 de octubre de 2015.
(3) García Lázaro, J. y A.: Al pasar la barca. Una pequeña historia de las barcas que cruzaban el Guadalete (1), Diario de Jerez, 29 de mayo de 2016.
(4) Díaz Blanco, J.M.: Presión monárquica y resistencia municipal: Jerez de la Frontera contra el gobierno de Felipe IV. Studia Histórica: Historia Moderna, 34, 2012, pp. 303-304.
(5) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004. Pg.308. Esta misma denominación puede verse en Abellán Pérez, J.: Poblamiento y administración provincial en al-Andalus. La cora de Sidonia. Ed. Sarriá, Málaga, 2004. p. 145.
(6) Gutiérrez, Bartolomé.: Historia del estado presente y antiguo de la mui noble y mui leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. BUC. Ayuntamiento de Jerez, 1989, Vol I Pg. 48. Este autor apunta que el nombre podría aludir a las pesquerías que se realizaban en este río al que, en la época medieval, llegaría a través del Guadalete el influjo de las mareas.
(7) García Lázaro, J. y A.: Tras las huellas del Guadajabaque y del arroyo de Morales, publicado en http://www.entornoajerez.com/2012/10/la-laguna-de-torrox-2-tras-las-huellas.html, 9 de octubre de 2012
(8) Díaz Blanco, J.M.: Presión monárquica… obra citada, pp. 3303-304.
(9) González Rodríguez, R. y Ruiz Mata, D.: “Prehistoria e Historia Antigua de Jerez”, en Caro Cancela, D. Coord.: “Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval”. Tomo 1. Diputación de Cádiz. 1999, p. 22.
(10) García Lázaro, J. y A.: El Guadalete se desborda. Imágenes de las inundaciones de febrero de 2010, publicado en: http://www.entornoajerez.com/2010/02/imagenes-de-las-inundaciones-de-febrero.html, 26 de febrero de 2010. Ver también I.G.M.E.: Mapa Geológico de España, Hoja 1048, Jerez de la Frontera, 1988, p. 32.
(11) González Rodríguez, R. y Ruiz Mata, D.: “Prehistoria…”, obra citada, p.p. 114-115.
(12) Ibidem.
(13) García Lázaro, J. y A.: Topónimos curiosos en torno a Jerez, Diario de Jerez, 4 de marzo de 2018.
(14) Inventario de humedales de Andalucía: Marisma de Casablanca, Consejería de Medio Ambiente, 2008


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: El Guadalete se desborda, Lagunas y humedales, Paisajes con historia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 18/03/2018

Curiosos topónimos en la campiña de Jerez.
Un recorrido por algunos parajes con llamativos nombres (II).




En el paseo que les propusimos el domingo pasado, visitamos algunos rincones de la campiña con llamativos nombres bajo los que se escondían no pocas historias. Matajaca, Matarrocines, Matavacas, Matacardillo, Matasanos, Matamoros... eran algunos de estos topónimos que atraen la atención del lector cuando se descubren en un mapa o cuando los vemos escritos en un cartel, junto a la carretera. Hoy vamos a completar este itinerario recorriendo otros lugares que cuentan también con extraños nombres que, como los anteriores, guardan memoria de épocas pasadas.

Rajamancera, Rajaldabas, Rompeserones.

Si muchos de estos curiosos y sonoros topónimos tienen como protagonistas a los animales de carga o de labor, otros apuntan a la naturaleza del suelo y a las malas condiciones de los caminos.



Es el caso, por ejemplo, de Rajamancera, el nombre de un conocido enclave rural situado entre La Ina y Torrecera y ubicado en las inmediaciones de la Cañada del León, en una loma que se alza sobre el río Guadalete. Estas pequeñas elevaciones están constituidas por antiguas terrazas fluviales y en las laderas afloran los depósitos de gravas y arenas característicos de estas formaciones geológicas. Como muchos lectores saben, la mancera era la pieza corva y trasera de los viejos arados, concretamente la que iba unida a la reja. El labrador debía sujetarla con fuerza para dirigir la reja y apretarla para que penetrara en la tierra. Quienes conocen este rincón de la campiña saben de la abundancia de cantos rodados en la superficie de los campos que tienen su origen en los sedimentos de aquellas antiguas terrazas del Guadalete. Como puede imaginarse, su presencia dificultaba enormemente las labores agrícolas, por lo que antaño se rompían y “rajaban” con facilidad las manceras de los arados.

Algo parecido nos sugiere el topónimo de Rajaldabas que da nombre a un cortijo y a una extensa zona de marismas que se extienden al noroeste de Mesas de Asta, conformando un amplio paraje de terrenos encharcadizos. En tiempos remotos formaron parte de los esteros del amplio estuario del Guadalquivir y hasta comienzos del siglo pasado eran también conocidas como “Marismas Baldías de Rajaldabas” por lo improductivo del terreno debido al alto grado de salinidad de estas tierras. Desde mediados del siglo pasado fueron drenados a través de un gran colector que desagua en el Guadalquivir en el Codo de la Esparraguera. Las dificultades que estos suelos presentaban para el cultivo y para las tareas agrícolas están en el origen de este curioso nombre en el que se hace mención a las “aldabas”, las barras metálicas con las que se aseguraban después de cerrados los postigos o puertas y las argollas de hierro en las que se ataban los caballos, dando a entender con este curioso nombre, que la dureza y sequedad del suelo de estos parajes ofrecía grandes dificultades a su laboreo.



Muy llamativo también es el topónimo Rompeserones. La hijuela de Rompeserones (también llamada de Maricuerda o de Rompecerones en algunas fuentes) era una antigua vía pecuaria que aún conserva buena parte de su trazado, que partía de Jerez en las inmediaciones de la ermita del Calvario, buscando la Cañada de Cantarranas tras cruzar las tierras del cortijo de Santo Domingo. Hoy la ciudad se ha adentrado en el campo y su tramo inicial se ha integrado en el casco urbano, arrancando en la actualidad de la rotonda de acceso a Área Sur, para cruzar la Cañada de Guadajabaque y atravesar después por entre lomas de viñedos del pago de El Corchuelo. Este curioso nombre hace alusión a los serones, aquellas espuertas que servían para llevar cargas a lomos de las caballerías y que, a buen seguro transitaron por las empinadas cuestas de esta vía pecuaria cargadas de uvas, trigo, cebada… Lo dificultoso del camino y lo cerrado de los callejones de las antiguas hijuelas harían que, en más de una ocasión, la carga de aquellos inestables serones se viniera abajo, popularizando así este singular topónimo que ha pervivido hasta nuestros días.



Espanta Rodrigo, Capaperros, Cortadedos…

Al igual que los anteriores, otros topónimos de la campiña resultan también muy llamativos, como el de Espanta Rodrigo, que da nombre a un cortijo situado entre Jerez y El Puerto de Santa María, a los pies de la Sierra de San Cristóbal, junto a la Cañada del Carrillo y la autovía.

Este famoso cortijo pertenece desde mediados del siglo pasado a la familia Terry Merello. En sus tierras, los herederos de Don Fernando C. de Terry y del Cuvillo e Isabel Merello, han venido criando los magníficos caballos cartujanos procedentes de la mítica ganadería del Hierro del Bocado que el viajero puede ver pastando en los alrededores del caserío.



Sobre el origen del topónimo de Espanta Rodrigo existen no pocas versiones. Una de ellas es que se debe al nombre de un caballo de esta afamada ganadería, si bien carece de fundamento ya que con anterioridad al establecimiento de sus actuales propietarios, estas tierras ya eran conocidas por este nombre como se refleja en el Plano Parcelario del Término de Jerez de la Frontera de 1904. Desconocemos desde cuándo y por qué se denomina así a este cortijo y al paraje en el que se enclava, aunque tal vez el nombre no sea tan antiguo como algunos pretenden, como parece deducirse al consultar los diferentes Nomenclátor de los siglos XIX y XX, en los que no aparecen referencias a este nombre, o el Plano Catastral de 1897 en el que figura como Cortijo de Diego Vega (1). Otra de las versiones populares sobre el origen de este topónimo, como cuentan los lugareños, apunta a un antiguo propietario del cortijo, de nombre Rodrigo, que salió huyendo espantado ante el ataque de bandoleros o salteadores de caminos. Pero sin duda, una de las más curiosas explicaciones, que enlaza ya con la leyenda, es la que ofrece J.J. Zaldívar Ortega en su libro Las morismas de Bracho: investigación histórica de la fiesta de moros y cristianos”, relacionando este sonoro y extraño topónimo, nada menos que con Don Rodrigo y la batalla del Guadalete, donde escribe que “Los musulmanes..., al mando de su jefe Tarik, vencieron a las mal organizadas y reducidas tropas de Don Rodrigo, último rey visigodo de España; victoria que tuvo lugar en el área geográfica que hoy ocupa el célebre cortijo "Espantarrodrigo" de don Fernando Terry, donde se crían los famosos caballos cartujanos” (2).



Sea como fuere, este topónimo de Espanta Rodrigo, no es el único que infunde cierto “temor” o “miedo” y ahí está el no menos llamativo de Casa de Espantaperros, que se recoge en el Nomenclátor de 1950, o el de Rancho de Capaperros, que se emplaza frente al de la Montejaqueña, en las proximidades del cortijo del Algarrobillo en San José del Valle.



Pero si los perros deben andarse con cuidado por ciertos parajes de la campiña, aún más inquietante resulta el antiguo topónimo de Casa de Cortadedos, en la viña del mismo nombre, que se encuentra en Cerro Obregón, frente a la barriada rural de Polila, en la Cañada de Cantarranas. En la actualidad ha cambiado su nombre por el de Cibeles.



Pierde Capa, Vacía Bolsa, Malabrigo, Malduerme, La Fantasma.



Otros curiosos topónimos que aún perviven dando nombre a distintos rincones de la campiña jerezana o han quedado fijados en los mapas y planos, guardan memoria de los múltiples peligros a los que debían enfrentarse los viajeros que transitaban por los caminos en torno a Jerez. Así parece reflejarlo el de Pierdecapa, que da nombre a un paraje junto al Cortijo del Pino, donde se ubicaba el célebre Pino de la Legua, en el antiguo camino de Sevilla y que permanece aún junto a la vía de servicio por la que se llega a Ducha.

Muy elocuente es también el nombre de Haza de Vacía Bolsa, junto al Guadabajaque, que forma parte del Cortijo de Santo Domingo y que se recoge en el citado Plano Parcelario de 1904, guardando memoria de los peligros de los caminos en épocas pasadas. Se trata de tierras próximas a la antigua Trocha del Puerto, junto al



Camino de La Carrahola. Actualmente se sitúan junto a la autovía de El Puerto, en las cercanías de la Residencia Escolar del Rancho de los Colores. Creemos que este mismo topónimo, con las modificaciones propias del paso del tiempo, es el que ya se recoge en documentos del siglo XV como Cabezo de Vazía Alforjas y al que hace alusión el profesor Emilio Martín, ubicándolo en los Buhedos de Garciagos, junto al Guadajabaque, en tierras que hoy se corresponderían con los parajes cercanos al Cortijo de Santo Domingo y al Pozo de La Astera (3).



Entre La Barca de la Florida y San José del Valle, la carretera cruza por una extensa llanura arenosa, cubierta en épocas pasadas por un gran alcornocal del que ya sólo quedan bosquetes aclarados en las dehesas que ocupan este territorio. Algunas de ellas tienen también nombres curiosos, como las de Malabrigo o la de Malduerme, cortijos que figuran ya en el Nomenclátor de 1850 y que se mantienen en la actualidad. Su origen, tal vez hay que hay que buscarlo en la naturaleza del suelo y en las características topográficas de estos parajes que, tras los progresivos desmontes que estos llanos sufrieron desde el siglo XVIII, quedaron desprotegidos al perder buena parte de la cubierta arbórea, quedando expuestos a las inclemencias y carentes del refugio que el bosque ofrecía. Hoy, en las llanuras de Malabrigo crecen los cultivos de algarrobo y en la Dehesa de Malduerme se está recuperando el alcornocal.



Para terminar nuestro recorrido por estos curiosos topónimos de la campiña jerezana queremos también recordar el de Malas Pasadas, que da nombre a un paraje situado junto a la Cañada de Rogitán, en la Dehesa del Charco de los Hurones, y que, probablemente hace alusión a los peligros de los antiguos vados que, por estos rincones de la sierra, cruzaban el Majaceite. Muy explícito es también el nombre de Haza de Mal Año, tierras pertenecientes al cortijo de Mesas de Santiago, junto al antiguo descansadero de ganados.



Pero sin duda, uno de los topónimos más enigmáticos es el de La Fantasma, que da nombre a una dehesa y a un arroyo próximo al Mojón de la Víbora, en los confines orientales del término municipal de Jerez. En las laderas cubiertas de monte alcornocal de La Fantasma, pastan hoy bucólicamente las ovejas que, en los días de niebla, apenas se vislumbran y se nos antojan como inquietantes manchas blancas que se mueven entre los árboles…

Para saber más:
(1) Archivo Histórico Provincial de Cádiz.: Trabajos Topográficos. Provincia de Cádiz. Ayuntamiento de Jerez de la Frontera. Escala 1:25.000, Hoja 3, 1897
(2) Zaldívar Ortega, Juan J.: Las morismas de Bracho: investigación histórica de la fiesta de moros y cristianos, vol. 1, Zacatecas, Fondo de Cultura Zacatecana, 1998, p. 6.
(3) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz, 2004, p. 240


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otros enlaces que pueden interesarte: Toponimia, Paisajes con historia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 20/12/2015

 
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