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Rempujeros: nuestros niños yunteros.
Las difíciles condiciones de vida de los niños, hace apenas un siglo.




Hoy, domingo 20 de noviembre, se conmemora el Día Universal de los Derechos de la Infancia, también conocido como Día Universal de la Infancia. Se trata de uno de esos Días "D" en el que los medios de comunicación ponen el foco en los graves problemas que tienen aún en tantos lugares del mundo, millones de niños y niñas cuyos derechos más básicos no son respetados.

En días como el de hoy se recuerda cada año de manera especial que la infancia es el colectivo más vulnerable, el que más sufre las guerras y las crisis y se subraya el enorme trabajo que queda aún por realizar para que la Declaración de los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de la ONU en 1959, y lo acordado en 1989 en la Convención sobre los Derechos del Niño, y suscrito en la actualidad por 191 países, sea una realidad. La protección de la infancia y el derecho de los menores a la salud, la educación, la supervivencia y el desarrollo, el bienestar, la no explotación,… son ya retos conseguidos en muchos lugares… y asignaturas pendientes en otros muchos, razón por la cual sigue siendo necesario dedicar todos nuestros esfuerzos a esta causa.



Desde estas páginas de Entornoajerez, queremos proponer al lector una reflexión sobre estas cuestiones, recordando como hace apenas un siglo en unos casos, y tan sólo algunas décadas en otros, los derechos de la infancia también eran una asignatura pendiente en nuestro territorio más cercano, en nuestro medio rural, en nuestra propia ciudad. Si miramos atrás encontramos relatos y escenas que aún nos conmueven, en las que “nuestros” niños y niñas más desfavorecidos eran los tristes protagonistas.

El trabajo de los niños: la visión de Ramón de Cala.

Uno de los políticos jerezanos más destacados del siglo XIX fue sin duda Ramón de Cala (1827-1902). Organizador del Partido Republicano en nuestra comarca, participó activamente en “La Gloriosa”, la Revolución de 1868, siendo nombrado Presidente de la Junta Revolucionaria de Jerez. Diputado y senador por la ciudad en las Cortes Constituyentes de 1869-1871, y en las de la Primera República de 1873-1874, llegó a ser vicepresidente del Congreso (1). En su actividad política y en sus escritos mostró siempre un gran interés por los aspectos sociales. La instrucción pública, las cuestiones sanitarias, la defensa de los derechos de los trabajadores, la denuncia de las condiciones de vida de las clases populares y, en especial de los niños… estuvieron entre sus preocupaciones constantes. Buena parte de sus ideas se recogen en una de sus obras más conocidas, El problema de la miseria resuelto por La harmonía de los intereses humanos, publicada en 1884 (2).

En ellas, tras describir las duras condiciones de vida de los obreros del campo y de los trabajadores adultos, plantea una serie de reflexiones comparándolas con las que sufren los niños “… a quienes la necesidad obliga a trabajar”. Al respecto, nuestro político y escritor ofrece la siguiente reflexión: “El obrero adulto representa el tiempo que acaba, el niño trabajador representa la esperanza, el porvenir. Doloroso es que el primero consuma entre amarguras y fatigas los restos de su existencia; pero aún es más doloroso que el pobre niño salga á la vida prensado en la máquina del trabajo que lo deforma y desmoraliza. ¡Cual será el porvenir de las venideras generaciones formadas con esos niños que vemos en los talleres raquíticos, escuálidos, amarillentos y con señales de una existencia corta y llena de penalidades!”, se lamenta amargamente Cala (3).

Al retratar las condiciones de vida de los niños trabajadores, apunta comentarios muy actuales y señala como indirectamente se les priva de la infancia y del juego: “...por lo común los niños empiezan a trabajar antes de tiempo, y lo que es peor todavía, en ocupación ingrata que no distrae, ni origina placer de ninguna especie. Sometidos al yugo del aprendizaje que los retiene en sujeción durante horas continuas, ven contrariadas durante las tendencias de su naturaleza hacia la libertad, el movimiento y la alternativa desordenada, alegra y bulliciosa”.

La falta de tiempo libre, de educación, el embrutecimiento de las largas jornadas laborales, la ausencia de instrucción profesional básica, el destino final de los niños que trabajan… son otras tantas cuestiones que denuncia Cala: “ni siquiera reciben metódicamente la enseñanza de un oficio… Ni una lección les instruye, ni les guía un consejo… y así que por el transcurso de largos años… sus manos han tomado la costumbre de formar instintivamente parte de las herramientas, se hallan casi sin saberlo convertidos en operarios capaces de ganar el jornal, para entrar en una senda diferente de la fatigada peregrinación de su existencia”.

Las penosas condiciones de vida de los niños de la familias más desfavorecidas del Jerez de finales del XIX son expuestas también por Ramón de Cala con toda su crudeza: “… la vida del niño en casa de sus padres, que no es buena por punto general, y peor si los padres son trabajadores. Debía ser el niño la alegría de la casa y es la perturbación. No tiene espacio para moverse siendo tan bullicioso, y lo acuñan donde no cabe”. Estos comentarios no hacen sino poner en evidencia uno de los problemas del Jerez de la época que sufrían muy especialmente los niños: el hacinamiento de las familias obreras. El historiador Diego Caro Cancela, a modo de ejemplo que ilustra este grave problema, nos recuerda como en 1872 se daban algunos casos extremos y así, “en la calle Mariñiguez, en la casa situada en el



número seis, residían –es un decir- 16 familias, igual que en el número 15 de las calle Molineros. Y dos casas de la Puerta del Sol, las números 4 y 10, tenían censadas cada una hasta 17 familias”. La comisión formada en el Ayuntamiento de Jerez en ese año para inspeccionar las viviendas informaba que en las casas de vecindad “se albergan desde 4 vecinos hasta 14 y aún más, según la capacidad de estos edificios… Por lo general ocupa cada familia de dos a tres habitaciones, aunque en muchos casos se limitan a una sola
” (4)

No es de extrañar que, en estas condiciones de hacinamiento, las dificultades para el normal desarrollo de los niños fueran más que evidentes, lo que lleva a afirmar a Ramón de Cala que “Todos sus juegos se convierten en diabluras y rueda de un lugar a otro, revolviendo el pobre mobiliario entre gritos y pescozones. Su carácter principia a torcerse por la contradicción perpetua… ¡Cómo ha de comprender el niño que debe embutirse en un rincón sin movimientos, cuando toda su naturaleza lo impulsa a la movilidad y al bullicio! Al poco tiempo es menester alejarlo del hogar, porque estorba… y lo colocan de aprendiz, si no desde el primer instante de trabajador, porteando escombros para que gane algo inmediatamente

Con respecto al acceso a la educación de los hijos de los trabajadores del campo, Caro Cancela pone en evidencia que, ante la preocupación por satisfacer cada día las necesidades más primarias, como las de comer y vestirse, el interés por la educación pasaba a ser un asunto marginal en la conciencia de estos trabajadores que no podían atender adecuadamente las necesidades de sus hijos. En este sentido, recuerda que ya en 1850 el cuestionario de la Sociedad Económica de Amigos del País reconocía que en Jerez “la educación de los infelices trabajadores del campo (…) puede decirse que es ninguna, pues los hijos de éstos, en razón a vivir llenos de andrajos, sucios y hambrientos, no se recogen en las escuelas gratuitas, porque los menos desgraciados, siquiera vestidos, huyen de ellos: por tanto, se crían como salvages e idiotas” (sic). Estos hijos de jornaleros –añadía-, “viven miserables pidiendo por las calles medio desnudos o vestidos de harapos, recojiendo (sic) el mendrugo y los desperdicios, y de este modo pasan el tiempo, y crecen hasta que logran, ya que tienen fuerzas, acomodarse en el campo para zagales y trabajos menores” (5).

Los rempujeros: nuestros niños yunteros.

Obligados por la necesidad, muchos niños de familias sin recursos trabajaban en los cortijos realizando tareas agrícolas o de cuidado de animales en largas y agotadoras jornadas por las que apenas recibían poco más que una escasa y mala comida. Los niños participaban en el rebusco o en la recogida de semillas y hacían de porqueros, vaqueros, cabreros, paveros, aguadores… Guardamos de todo ello singulares relatos que dejamos para otra ocasión y que nos han hecho llegar algunos familiares de aquellos que, hace menos de un siglo, perdieron su niñez trabajando de sol a sol.



Una de estas esclarecedoras escenas de trabajo infantil la encontramos en La Bodega la famosa novela de Vicente Blasco Ibáñez que vio la luz en 1905 después de una visita que el escritor y político valenciano realiza a Jerez en 1902 acompañando a Alejandro Lerroux. En ella aprovechará para documentarse y recabar datos de primera mano sobre la realidad social de la vida de los jornaleros en nuestra campiña. El médico y político jerezano Fermín Aranda, y el sindicalista Manuel Moreno Mendoza, militantes también de su partido Unión Republicana, le acompañarán en sus recorridos y le facilitarán información precisa sobre los problemas sociales de nuestra ciudad y su entorno rural (6).

Blasco Ibáñez, en un conmovedor pasaje de La Bodega, se refiere a los “rempujeros” que, salvando algunas diferencias, tanto nos recuerda mucho a la figura del “niño yuntero” a la que dedica un conocido poema Miguel Hernández. Comparando la vida de los niños que trabajaban en los cortijos de la campiña, escribe Blasco Ibáñez: “Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y los tres gazpachos. En verano servían de rempujeros, marchando tras las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las bestias”.

El futuro de estos niños que perdían su infancia ante la necesidad de trabajar para ayudar a sus familias, es descrito también por el autor de La Bodega con toda crudeza: “Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos. Estos preferían siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las muchachas. Y cuando no habían llegado a los treinta y cinco años se sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos…” (7).

El rempujero figuraba en el último lugar del “escalafón”, en lo que al trabajo agrario se refiere y 30 años después de la publicación de La Bodega nos los encontramos -al menos- incluidos en la relación de salarios entre patronos y obreros, cerrando las listas de jornales. Así, en 1932, los zagales rempujeros cobraban 3,50 ptas., la mitad del sueldo más bajo de todos los incluidos en las Bases de Trabajo en el campo (8). Apenas unos años más tarde, en 1936, el “niño rempujero” que participaba en las faenas de trilla o que trabajaba en las eras, ganaba 4,25 ptas., como quedaba recogido en las Bases de Trabajo Agrícola para la campiña de Jerez (9). La figura del niño o zagal rempujero, pervivió hasta la década de los 50 del siglo pasado y la contemplaban, por ejemplo, las Reglamentaciones del Trabajo en el campo de 1948 (10).

El poeta Miguel Hernández, en su “Niño yuntero” escribía: “Me duele este niño hambriento/ como una grandiosa espina, / y su vivir ceniciento / revuelve mi alma de encina. / Lo veo arar los rastrojos, / y devorar un mendrugo, / y declarar con los ojos/ que por qué es carne de yugo” … Y nosotros, al evocar el sufrimiento de aquellos niños sin infancia que trabajaban para poder sobrevivir en nuestros campos, no podemos sino recordar de nuevo –con tristeza- estos versos.

Para saber más:
(1) Caro Cancela, D.: Ramón de Cala: republicanismo y fourierismo, en Serrano García, R. (Coord) “Figuras de “La Gloriosa”. Aproximación biográfica al Sexenio Democrático”, Valladolid, 2006, págs. 49-72.
(2) Ramón de Cala: El problema de la miseria resuelto por la harmonía de los intereses humanos (1884) Edición Facsímil (2002), pp. 115-118. Editada por el Ayuntamiento de Jerez y coordinada por Joaquín Carrera Moreno
(3) Este comentario y los siguientes atribuidos a Ramón de Cala han sido tomados de Ramón de Cala: El problema… pp. 92-94.
(4) Caro Cancela D.: Burguesía y jornaleros. Jerez de la Frontera en el Sexenio Democrático (1868-1874). Caja de ahorros de Jerez, 1990. pp. 265-266
(5) Caro Cancela D.: Burguesía.. p. 266.
(6) García Lázaro, A. y García Lázaro, J.: Con Vicente Blasco Ibáñez por la campiña jerezana. Los paisajes que recorrió el autor de La Bodega. Diario de Jerez, 18 de Mayo de 2014. También puede verse: http://www.entornoajerez.com/2014/05/con-vicente-blasco-ibanez-por-la.html
(7) Blasco Ibáñez, Vicente.: La bodega. Plaza Janés Editores, 1979. A esta edición pertenecen los fragmentos que figuran en el texto.
(8) ABC de Sevilla, 3 de Mayo de 1932.
(9) El Yaidín, nº10 22/9/04 16:41 Página 38
(10) Ortega López, T.M.: Trabajadores y jornaleros contra patronos y verticalistas, Universidad de Granada, 2001, p. 563.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar El paisaje en la literatura, El paisaje y su gente, Miscelánea

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 20/11/2016


Con Ramón de Cala por las gañanías de la campiña.


Uno de los políticos jerezanos más destacados en el siglo XIX fue sin duda Ramón de Cala (1827-1902). Organizador del Partido Republicano en nuestra comarca, participó activamente en “La Gloriosa”, la Revolución de 1868, siendo nombrado Presidente de la Junta Revolucionaria de Jerez. Diputado y senador por la ciudad en las Cortes Constituyentes de 1869-1871, y en las de la Primera República de 1873-1874, llegó a ser vicepresidente del Congreso (1).

Destacado fourierista, mostró siempre un gran interés a lo largo de su vida política por los aspectos sociales. La instrucción pública, las cuestiones sanitarias, la defensa de los derechos de las clases más desfavorecidas y la denuncia de las condiciones de vida de los trabajadores de la ciudad y, especialmente, de los obreros del campo, estuvieron entre sus preocupaciones constantes durante su actividad política.

Una de sus obras más conocidas es la publicada en 1884 con el título de El problema de la miseria resuelto por La harmonía de los intereses humanos (2). En ella recoge sus respuestas y sus propuestas a un amplio cuestionario elaborado en 1883, durante el gobierno liberal presidido por Sagasta. Se crearon entonces comisiones provinciales “con el objeto de estudiar todas las cuestiones que directamente interesan a la mejora y bienestar de las clases obreras, tanto agrícolas como industriales” y Ramón de Cala, quien había destacado en su ya por entonces amplia trayectoria política en la defensa de las clases trabajadoras, fue una de las personas consultadas por dicha comisión (3).

Veamos en lo que sigue, algunas de las reflexiones que el político jerezano dejó recogidas en su libro y que sirven de testimonio para conocer cómo era la vida en el Jerez de finales del último cuarto del siglo XIX.

Las condiciones de vida en las casas de vecinos.



¿Cómo visten los trabajadores?: Con pobreza”, esa escueta respuesta al cuestionario de la comisión, sin entrar en detalles, no puede ser más elocuente de lo que observa a su alrededor Ramón de Cala. Sin embargo en las que proporciona en relación con la alimentación y la habitación de los obreros se extiende en argumentos. Con respecto a la comida que de ordinario toman los obreros apunta lo siguiente: “Lleguemos a un taller cualquiera, si nos repugna asomarnos á lo escondido del hogar, y descubriremos que se alimentan con pan no abundante, sardinas ó queso, y como gollería un poco de café hervido en agua copiosa. Y aun así, no les alcanza el jornal, y dejan de pagar la casa y quedan debiendo el vestido; todo esto á cambio de sonrojo, de resultas de las reclamaciones; sonrojos que principian mortificando y concluyen pervirtiendo”.

Las condiciones de vida en las casas de vecinos, la morada más habitual de los trabajadores, quedan descritas en toda su crudeza por nuestro político con la contundencia de la realidad: “Esas miserables casas llamadas de vecindad, por cuyas puertas pasamos indiferentes, y que algunos bien hallados no conocen siquiera. Hacinamiento de salas y cuartos apretados por el interés de aprovechar el terreno y aumentar la renta. Como en una pieza sola ó en dos cuando mas, se



amontona una familia entera, no se inutilizan las paredes con ventanas, aunque la higiene las reclame; y también porque un hueco supone una puerta y la puerta un gasto para el dueño; aun sin la demasía y el lujo de cristales, poco usados en las casas de los pobres
” (4).

Con Ramón de Cala por las gañanías de los cortijos.

Pero si la situación de los obreros en las ciudades era mala, “la de los campesinos… es si cabe más desdichada todavía”. Los “cortijeros”, como los denomina, “viven en el cortijo en el departamento nombrado la Gañanía, no tan ventilado, ni tan higiénico como el establo de los bueyes, ni como la zahúrda de los cerdos. Desván en lo grande, no en lo alto, con poyetes de piedra corridos a lo largo de las paredes, que a la vez sirven de asiento y de cama, y por muelle colchón una estera. En medio, ó en un extremo, está el fogarín, donde arde rara vez leña, y de ordinario excremento de los bueyes. Que expide una humareda asfixiante. Algún respiradero para que el aire se modifique, ya que no se renueve".

Apenas un cuarto de siglo después, las condiciones habían variado muy poco a juzgar por el retrato que de las gañanías realiza Vicente Blasco Ibáñez en una de sus obras más conocidas: La Bodega. Por la gran similitud en las descripciones, de los ambientes pensamos que el político valenciano pudo conocer los escritos de Ramón de Cala casi con toda seguridad. Pero si las condiciones de habitabilidad de las gañanías son pésimas, la alimentación de los trabajadores del campo no se queda atrás: “El cortijero come un pan hecho



con lo peor de los almacenes, en que entra tanto como el trigo, variedad de granos, que ni los animales aprovechan, y algunos pedruscos desbaratados en el molino para formar un compuesto semejante á harina, que amasada dá por resultado un pan en teleras, plomizo e indigesto. Por la mañana el ajo, especie de sopa con aceite, que ni para los candiles, sal, pimiento y agua caliente. Al medio día gazpacho con los mismos ingredientes en frio, y la agregación de vinagre, que parece legía, según está de turbio y mal formado. A la noche se repite el ajo. Y así un día y otro día, y todos los del año que no sea que la suerte depare en alguno el festín de una res muerta de enfermedad ó por accidente, cuya res se guisa y se devora en perjuicio de los buitres (5).

Como señala el historiador Diego Caro Cancela, al estudiar la vida en Jerez durante el Sexenio Revolucionario, en la campiña jerezana, los trabajos del campo podían clasificarse en tres grandes grupos: de viña, de cortijos y en la “guardería” de ganados. De los tres, el que ocupaba durante todo el año a un mayor número de trabajadores, era el que se realizaba en los cortijos, fundamentalmente, en el cultivo de los cereales. El prototipo, por excelencia, del trabajador agrícola andaluz y jerezano era el “gañán”. “Se trataba de un jornalero que pasaba largas temporadas en el cortijo, realizando distintas faenas, para recibir a cambio tres reales diarios y la comida. Era éste, por tanto, el salario más bajo que se pagaba en la España de la segunda mitad del siglo XIX, con la paradoja de que coincidía también precisamente con el grupo de trabajadores que realizaba la jornada de trabajo más larga….llegada la recolección, solía abandonarse el trabajo a jornal, para sustituirlo por el destajo, en el que se cobraba, no en función del tiempo, sino según el rendimiento del propio trabajador. Se formaban cuadrillas de segadores que cobraban una determinada cantidad por la superficie de tierra segada. En 1872, por ejemplo, era al precio de veinte a veintitrés pesetas la hectárea” (6).

En estas mismas ideas, así como en las duras condiciones de vida de los gañanes abunda Ramón de Cala en sus respuestas que no son sino un retrato de la pobreza que padecen los jornaleros y de la que parece difícil escapar: “Dos o tres veces en el año van los cortijeros á la población. Como naturalmente se deduce, el gañán no puede formar familia; y si por excepción comete la imprudencia de formarla, vive siempre separado de ella, y allá se las compone como pueden en el poblado la mujer y los hijos. El cortijero gana de dos á tres y medio reales de jornal al día, según las labores y las costumbres de la localidad. Tal es la situación económica de los obreros de las ciudades y la de los campesinos… Viven entre penalidades, y mueren de pobreza. Pocas veces el hambre mata como un puñal; pero muchas, innumerables, la mala alimentación de todos los días los venenos de la viciada atmósfera que los pobres respiran, las frecuentes abstinencias, seguidas de extemporáneas harturas, van engendrando la muerte poco á poco, y el fatal desenlace se achaca después, según la ciencia, á la gastritis, á las tifoideas y á otros males de variados nombres, que debían llamarse sencillamente hambre y privaciones; en una palabra, pobreza”. (7)

La Mano Negra, huelgas, ocupación de cañadas y la utopía del falansterio.



Entre los distintos y variados temas de los que se ocupa Ramón de Cala en El problema de la miseria, muchos están relacionados con el mundo rural, con el trabajo en el campo y con los sueños del socialismo utópico como solución.

En lo relativo a las penosas condiciones de trabajo, apunta el político jerezano como los segadores prefieren el trabajo por peonadas al trabajo a destajo “como medio de no equivocarse en la apreciación de aquella cosecha difícil de estimar por extraordinaria”. Estas peticiones fueron uno de los principales motivos de enfrentamiento en el Jerez de la época y como cuenta nuestro autor: “Los labradores rechazan la exigencia y la huelga sobreviene. No hay que averiguar quiénes tienen más razón, pues que unos y otros están en su derecho; los capitalistas para negar, los trabajadores para pedir, y todos para abstenerse”. Cala, critica el desenlace de estos conflictos acusando de falta neutralidad a las autoridades y apuntando las graves consecuencias de ello: “¿Pero que hacen en estas circunstancias las autoridades? … Recurren al arbitrio de traer soldados para la siega, y los ponen á disposición de los labradores. Y los obreros pierden en el juego de esta huelga, porque la autoridad se ha puesto de parte de los capitalistas. Así se agravan los males y se pierde la fé en todo remedio pacífico” (8).

El trabajo de los niños en el campo y la ciudad, la falta de instrucción y recursos educativos, la usurpación de cañadas, la práctica del rebusco, el nacimiento de las primeras asociaciones agrarias, o la Mano Negra, son otros tantos temas sobre los que Ramón de Cala realiza agudas críticas. En relación a este último asunto afirma de manera taxativa: “… después



de haber visto y estudiado los hechos, declaro por mi honra y con toda sinceridad, que la Mano Negra es un mito, que no ha existido, ni existe, y que es una invención desdichada del interés y del pánico, que vive solo en la fantasía, pero que por mala suerte toma realidad en lo de ahondar los abismos que á las clases separan y en alimentar sus rencores. Es posible que se admire de mi afirmación rotunda quien esto lea; pero la repito y repetiré mil veces: la Mano Negra es una invención, calumniosa si intencionada” (9).

Dejamos para otra ocasión su apuesta por la creación de Falansterios, las comunidades agrícolas autosuficientes que, basándose en las ideas del socialismo utópico, ya habían adelantado los fourieristas gaditanos Joaquín Abreu y Manuel Sagrario de Beloy con la propuesta de creación del Falansterio de Tempul.

Como ya hemos escrito en otras ocasiones, cada vez que recorremos la campiña en torno a Jerez y estamos ante una gañanía… sentimos un profundo respeto en recuerdo de aquellos jornaleros del campo, de su explotación y de las penosas condiciones de vida que sufrieron. Que no se olviden y que no se repitan.

Para saber más:
(1) Caro Cancela, D.: Ramón de Cala: republicanismo y fourierismo, en Serrano García, R. (Coord) “Figuras de “La Gloriosa”. Aproximación biográfica al Sexenio Democrático”, Valladolid, 2006, págs 49-72.
(2) Ramón de Cala: El problema de la miseria resuelto por la harmonía de los intereses humanos (1884) Edición Facsímil (2002), pp. 92-94.
(3) Ravina Martón, M.: Ramón de Cala y un plano del Falansterio (1884) en Ramón de Cala: El problema de la miseria… págs. XXXIV-XXXVII.
(4) Ramón de Cala: El problema de la miseria…, págs. 91-92
(5) Ramón de Cala: El problema de la miseria…, págs. 92-94
(6) Caro Cancela D.: Burguesía y jornaleros. Jerez de la Frontera en el Sexenio Democrático (1868-1874). Caja de ahorros de Jerez, 1990. Págs. 268-270
(7) Ramón de Cala: El problema de la miseria…, págs. 94-95
(8) Ramón de Cala: El problema de la miseria…, págs. 128-129
(9) Ramón de Cala: El problema de la miseria…, págs. 146-147


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar El paisaje y su gente, El paisaje en la literatura, Paisajes con historia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 15/05/2016

Con Vicente Blasco Ibáñez por la campiña jerezana.
Los paisajes que recorrió el autor de La Bodega




En otras ocasiones nos hemos ocupado en Entornoajerez, de los hermosos paisajes y rincones de nuestra campiña, de la mano de pasajes literarios o de las descripciones de viajeros ilustres que nos visitaron, algunas tan idealizadas e irreales. Junto a ellas, queremos también traer a estas páginas otras descripciones menos amables, pero tanto o más valiosas si cabe que aquellas, y que nos ayudan también a comprender lo que fuimos y lo que somos.

Una de estas visiones es la que nos ofrece el escrito valenciano Vicente Blasco Ibáñez en su novela La Bodega (1905). Formando parte de las filas de Unión Republicana, partido por el que ocupó un escaño en el Congreso de los Diputados entre 1898 y 1907, visitará Jerez por primera vez en mayo de 1902 acompañando a Alejandro Lerroux quien había venido a la ciudad para participar en un mitin político. Ese mismo año, dos meses más tarde, muere en un hospital de caridad de nuestra ciudad, Ramón de Cala, el célebre político republicano que en los últimos años de su vida, olvidado por todos, conocerá de cerca esa miseria que denunció especialmente en uno de sus libros.

No sabemos si Blasco Ibáñez llegó a entrevistarse con Ramón de Cala en esa primera visita, aunque estamos seguros de que le habría sido de gran utilidad para sus propósitos ya que dos años más tarde, en julio de 1904 volverá a nuestra provincia, en su condición de diputado, para conocer sobre el terreno los problemas de algunos pueblos y, en especial, la forma de vida de los jornaleros del campo de la que éste daba ya buena cuenta en su obra titulada El problema de la Miseria (1884).

Durante su estancia en Jerez, alojado en el Hotel Los Cisnes, Vicente Blasco Ibáñez aprovechará para documentarse y recabar datos de primera mano que le serán de gran utilidad en la nueva novela que proyecta: “La Bodega” (1). En ella pretende reflejar la realidad social de la vida de los jornaleros en la campiña jerezana que, en el último tercio del siglo XIX estuvo marcada por la aparición del anarquismo o episodios convulsos como los de la Mano Negra o la marcha de campesinos sobre Jerez de 1892. Como nos recuerda J. Luis Jiménez, con esta visita Blasco pretende recoger información “…sobre las circunstancias sociales y económicas en las que vivía el jornalero jerezano. De informarle en detalle se encargarían… dos grandes personajes de la ciudad, el cirujano, Fermín Aranda, y el sindicalista, Manuel Moreno Mendoza, que llegaría a ser alcalde de Jerez en la corporación municipal republicana”. (2)

Acompañado por Moreno Mendoza, líder obrero nacido en Medina Sidonia, cuyos padres habían sido jornaleros del campo y habían sufrido las duras condiciones de vida en las gañanías, Blasco Ibáñez recorrerá la campiña jerezana visitando algunos cortijos y viñas de nuestro entorno. Moreno Mendoza es entonces, junto a Fermín Aranda, una de las figuras más destacada del republicanismo jerezano. Líder jornalero, masón y sindicalista, quien sería en 1931 alcalde republicano de Jerez, es en 1904 editor del periódico La Unión Obrera. Eco de la clase trabajadora (3). Aspectos estos que no pasan desapercibidos para el escrito valenciano, quien acude también a la provincia con el propósito de dar un impulso al republicanismo.

La bodega: un libro plagado de referencias sobre nuestro entorno.



Fruto de estas observaciones directas de Blasco, en La Bodega descubriremos luego numerosas reflexiones y consideraciones de índole política y social sobre las condiciones de vida de los gañanes o sobre la explotación de los jornaleros por la oligarquía terrateniente y bodeguera que en el libro aparece nombrada como la familia “Dupont”. De la misma manera, por sus páginas desfilan también algunos conflictos sociales de la época como los sucesos de La Mano Negra o los ecos del Asalto Campesino a Jerez de 1892, y no faltan tampoco figuras políticas del momento como “Fernando Salvatierra”, que no es otro que el mítico anarquista gaditano Fermín Salvochea. En el personaje de “El Maestrico”, algunos han querido ver rasgos de la biografía del propio Manuel Moreno Mendoza, quien será su principal informante junto al médico republicano Fermín Aranda.

No es de extrañar por ello que desde este conocimiento directo del terreno, junto a la descripción de la “cuestión social” que constituye el núcleo de la novela, La Bodega esté plagada de referencias al paisaje e incluya descripciones de muchos rincones de la Campiña. Así, tanto en los nombres ficticios de los personajes, como en los escenarios reales que, de manera



más o menos explícita, se describen, es posible descubrir estas vinculaciones con el contexto y el entorno jerezano. Por citar sólo algunos ejemplos, Zarandilla o Matacardillo, son topónimos de sendos parajes que el autor utiliza como nombres o apodos de algunos de estos



personajes; la viña de Marchamalo, la propiedad emblemática de Pablo Dupont se asocia fácilmente a la de Macharnudo; el cortijo de Matanzuela, las dehesas cercanas donde se crían las toradas que Blasco describe en su novela, los llanos de Caulina… son parajes y lugares que perviven en la actualidad con estos mismos nombres. El Ventorrillo del Grajo puede asociarse a cualquiera de los más populares por aquella época, al de El Cuervo, por ejemplo. El de El Mojo es posterior.

La dura vida vida de los jornaleros del campo.

La Bodega es una novela de gran calado social pero también, en buena medida, una obra cargada de referencias históricas, sociológicas y antropológicas. Por esta razón, hemos querido rescatar algunos pasajes que ponen el acento en la descripción de las gañanías, donde el autor relata



con gran fidelidad las condiciones de vida de los jornaleros del campo. De especial crudeza es el relativo a la alimentación:

En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos, manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los meses restantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en la mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si en el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una panilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno, servía para diez hombres. Había que añadir unos dientes de ajo y un pellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombres que necesitaban renovar sus energías agotadas por el trabajo y el clima. Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentación de perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horas trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo guisaban en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchas veces a más de una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanas de invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando amplio círculo en torno de él…

A mediodía era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pan también, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino de la cosecha anterior, que se había torcido. Únicamente los zagales y los gañanes en toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara en las mañanas de invierno, engulléndose este refresco, mientras el vientecillo frío les hería las espaldas. Los hombres maduros, los veteranos del trabajo, con el estómago quebrantado por largos años de esta alimentación, manteníanse a distancia, rumiando un mendrugo seco.

Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otro gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana. Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse, se regalaba a los braceros, y los cólicos de la intoxicación alteraban por la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otras veces, los que eran más brutales en su batalla con el hambre, si conseguían matar a pedradas en el campo un cuervo o algún otro pajarraco de rapiña, conducíanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrando con una risa desesperada este banquete extraordinario
”.



Desconocemos si Blasco Ibáñez tuvo algún contacto con Ramón de Cala (cosa que dudamos). De lo que si estamos seguro es que conocía su libro “El problema de la Miseria” ya que esta última descripción sobre la comida de los gañanes parece estar inspirada en este otro pasaje de Ramón de Cala en el que relata la “alimentación de los jornaleros del campo: “Por la mañana el ajo, especie de sopa con aceite, que ni para los candiles, sal, pimiento y agua caliente. Al mediodía gazpacho con los mismos ingredientes en frío, y la agregación de vinagre, que parece legía, según está de turbio y mal formado. A la noche se repite el ajo. Y así un día y otro día, y todos los del año, como no sea que la suerte depare en alguno el festín de una res muerte de enfermedad o por accidente, cuya res se guisa y se devora en perjuicio de los buitres”. Como ven Blasco se ha inspirado, en lo esencial, en el relato de Cala. (4)

Niños yunteros en la campiña jerezana: los “rempujeros”.

Otro de los pasajes de La Bodega, nos recuerda a la figura del “niño yuntero”, a la que dedica un conocido poema Miguel Hernández. Es el que se refiere a los “rempujeros”: …“Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y los tres gazpachos. En verano servían de rempujeros, marchando tras las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las bestias. Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos, Estos preferían siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las muchachas. Y cuando no habían llegado a los treinta y cinco años se sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos…



La descripción del interior de las estancias donde los jornaleros hacían su vida, las gañanías, figuran también en varios pasajes de La Bodega. En el que sigue, el mítico anarquista Fernando Salvatierra, recién salido de la cárcel, llega por la noche a un cortijo y contempla la gañanía:



…“El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las misma paredes enjabelgadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los cuerpos sucios.



Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas, todo el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables remiendos con clavos agudos… Los más dormían en esteras, sin desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la tierra dura
”.

Apenas 25 años antes, Ramón de Cala describía las gañanías diciendo de ellas que eran “un departamento… no tan ventilado, ni tan higiénico como el establo de los bueyes, ni como la zahúrda de los cerdos. Desván en lo grande, no en lo alto, con poyetes de piedra corridos a lo largo de las paredes, que a la vez sirven de asiento y de cama, y por muelle colchón una estera. En medio, o en un extremo, está el fogari, donde arde rara vez leña, y de ordinario excremento de los bueyes. Que expide una humareda asfixiante”. (4)

El completo y rotundo estudio realizado por Juan Cabral Bustillo y Antonio Cabral Chamorro sobre Las gañanías de la campiña gaditana 1900-1930, en el que se analizan el estado de las gañanías de 72 cortijos de Jerez y 11 de Arcos en los años 1931-1932, tomando como referencia la información proporcionada por la Inspección de Sanidad del Ayuntamiento jerezano, confirma en buena medida los testimonios que se traslucen en La Bodega. Después de todo lo anterior, no es de extrañar que Blasco Ibáñez, en boca de uno de sus personajes exprese lo siguiente:



Zarandilla, que había presenciado todo esto, indignábase de que tachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más? ¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo…?...

-Y la tierra Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecías y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a una tierra que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terrones de que puede sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?




Como ya hemos escrito en otras ocasiones, cada vez que recorremos la campiña en torno a Jerez y estamos ante una gañanía… sentimos un profundo respeto en recuerdo de aquellos jornaleros del campo, de su explotación y de las penosas condiciones de vida que sufrieron. Que no se olviden y que no se repitan.

Para saber más:
(1) Blasco Ibáñez, Vicente.: La bodega. Plaza Janés Editores, 1979. A esta edición se refieren las citas.
(2) Jiménez García, J.L.: El Jerez y los escritores viajeros. www.jerezdecine.com
(3) Morales Benítez, A.: Prensa, masonería y republicanismo. Manuel Moreno Mendoza (1862-1936). Ayuntamiento de Jerez, 2008.
(4) Ramón de Cala: El problema de la miseria resuelto por la harmonía de los intereses humanos (1884) Edición Facsímil (2002), pp. 92-94. Editada por el Ayuntamiento de Jerez y coordinada por Joaquín Carrera Moreno, a quien agradecemos las referencias a la obra de Ramón de Cala y las condiciones de vida de los jornaleros del campo.
(5) Cabral Bustillos, J. y Cabral Chamorro, A.: Las gañanías de la campiña gaditana, 1900-1930: Una contribución al estudio de las condiciones de trabajo de los obreros agrícolas andaluces. Historia social, nº 9, 1991, pp. 3-16

Procedencia de las ilustraciones:
Vicente Blasco Ibáñez: wikiquote.org/wiki
Manuel Moreno Mendoza: tarifaweb
Fermín Aranda: commons.wikimedia.org/wiki
Fermín Salvochea: El Blog de Fita
Gañanía de 'El Sotillo': Cortijos, haciendas y lagares de la Provincia de Cádiz
Gañanía de El Chorreadero Viejo. S. José del Valle: Arte informado


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otros enlaces que pueden interesarte: El paisaje y su gente, El paisaje en la Literatura y Canción triste de las gañanías.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 18/05/2014

 
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