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En el mirador de la Sierra de Cádiz.
Un paseo por el Monte Albarracín (1).




Entre Benamahoma y El Bosque, ceñido por los ríos Majaceite y Tavizna, se alza el monte Albarracín, un lomo alargado en dirección Norte-Sur integrado por cerros calizos que llegan a alcanzar en su punto más alto 975 m. de altitud. El recorrido que hoy les proponemos, partiendo desde Benamahoma, es una de las muchas vías posibles para acceder a la cima de este monte desde la que obtendremos magníficas vistas de muchos rincones de este sector de la provincia, y en especial de las cumbres de la Sierra del Pinar, que se alzan cercanas frente a nosotros. No en balde, muchos denominan al Albarracín como el “mirador de la Sierra de Cádiz”.

Saliendo de esta población en dirección a los Llanos del Campo, y poco antes de llegar a la Fuente del Descansadero, la carretera da una curva pronunciada a la izquierda. Justo en este punto, a la derecha, veremos una cancela verde junto a una cabreriza, lugar donde se inicia la senda de acceso al Albarracín.

Salvo en su tramo final, donde el paseante encontrará las mayores pendientes, el camino no presenta grandes dificultades para salvar los 2,5 km que nos separan del vértice geodésico del Albarracín, en cuyo recorrido invertiremos poco más de dos horas (ida). Los hermosos parajes que atraviesa, los restos de antiguas casas aisladas en el monte, las magníficas vistas que contemplaremos y el encuentro con la historia de este rincón serrano a buen seguro que compensaran el esfuerzo invertido en la travesía.

Caminando entre el bosque.



Iniciamos nuestra ruta una soleada mañana de finales de primavera dejando atrás la cancela que marca el inicio del camino. Un cartel nos aconseja que no abandonemos los senderos ya que el lugar es frecuentado por cazadores, siendo preciso atender las indicaciones que nos previenen de ello. Un joven cabrero sale a nuestro encuentro y aprovechamos para charlar con él sobre su trabajo y sobre el éxito de los quesos de la serranía de la mano de los conocidos “payoyos” que, a su entender, no se ha traducido en un incremento en el precio de la leche, “que se sigue pagando igual de mal que siempre”. Dejando el cercado de ganado a nuestra derecha, retomamos el camino que en estos tramos iniciales se encuentra bien marcada por el paso frecuente de vacas y cabras y, en menor medida, de cazadores y senderistas.

La vereda asciende suavemente entre el roquedo calizo de las faldas del monte Albarracín sombreada por la copa de grandes encinas, algarrobos y quejigos que forman en estas empinadas laderas de umbría un bosque cerrado. Al poco, apenas ganamos algo de altura, divisamos a nuestra derecha el pueblo de Benamahoma. La senda serpentea ahora entre grandes bloques rocosos, apreciándose en algunos lugares pequeños muretes de piedra que sujetan algunas rampas y que antaño facilitaban el paso de las bestias de carga, habida cuenta de que por este tramo inicial subían los arrieros y carboneros hasta la cercana Casa de las Zahurdas.

En una de las vueltas del camino, se abre a la izquierda una pequeña oquedad en la pared rocosa, un abrigo que en tiempos pasados debió de servir de refugio a los pastores. En otra, el tronco de una gran encina arrancada por el viento, corta parcialmente el paso. Por muchos rincones, vemos pacer las vacas que en sus idas y venidas trazan por todas partes pequeñas sendas que pueden confundirnos en este tramo del camino, donde habremos de estar atento a algunos hitos de piedras apiladas que nos indican en todo momento la dirección correcta.



A medida que vamos ascendiendo podemos contemplar, a vista de pájaro, el blanco caserío de Benamahoma con el telón de fondo que ponen las moles de la Sierra del Labradillo y la Sierra del Pinar. Entre ambas montañas, se apuntan las cumbres de Zafalgar donde despunta el cerro del Pilar.

En la Casa de las Zahurdas.

Cuando apenas llevamos media hora de camino y hemos recorrido unos 800 m. desde que iniciamos la ruta, el boque se aclara y deja paso a una suave ladera con prados, entre los que vemos ejemplares aislados de encinas, lentiscos, algarrobos o espinos y que nos anuncian la cercanía de la Casa de las Zahurdas. Al poco, descubrimos los restos de esta antigua vivienda rural, a la izquierda del sendero, en un hermoso paraje donde crece un bosquete de grandes eucaliptos, plantados aquí por los últimos vaqueros que habitaron la casa, hace unos cuarenta años.



La de las Zahurdas era una típica casa serrana entre cuyas ruinas aún es posible descubrir algunos de los elementos que caracterizaban a estas construcciones aisladas en el monte, que aún se conservan en muchos rincones de la Sierra. Por su aspecto y tipología, debió edificarse en la segunda mitad del siglo XIX, tiempos prósperos para las Huertas de Benamahoma en los que se levantaron también molinos, batanes y martinetes. La casa ya figura en uno de los primeros mapas trazados sobre la zona, el de geólogo Juan Gavala Laborde, en 1917. Un año después, cuando se publica la primera edición del Mapa Topográfico Nacional, también se recoge esta casa con este topónimo de “Las Zahurdas”, que apunta su origen ganadero.

Sus muros, aún en pie, delatan que fue una casa grande y espaciosa, de dos alturas, con graneros, habitaciones, cocina, cuadras y establos… Entre otros mucho detalles, se conservan en ella algunas rejas y ventanas, los restos de la bóveda de un horno de pan, los huecos de sus alacenas o lo que debió ser un curioso fregadero de barro vidriado… El tejado, arruinado ya, aún deja ver la clásica teja árabe dispuesta en dos hileras, para combatir mejor el impacto de la lluvia sobre los muros, a la manera que aún hoy podemos ver en muchas viviendas serranas.

Junto a la casa se conservan pequeños muros de piedra que forman rellanos aterrazados y que en su día debieron acoger pequeños huertos. Se descubren también algunos árboles frutales, destacando entre todos ellos un llamativo almendro cuyo tronco retorcido, modelado tal vez por el abrazo implacable de las hiedras, nos recuerda a las columnas salomónicas.



En las cercanías de la casa hay un gran pozo que mantiene un buen nivel de agua, con el que se alimentaba un pilón donde en otros tiempos abrevaba el ganado. En los últimos años se le ha añadido una de esas “bañeras” omnipresentes en todos los rincones serranos, que tanto afea la escena campestre. Muy próxima a las ruinas hay también otra pequeña construcción junto a la que encontramos un segundo pozo, sombreado por encinas y algarrobos, algo más pequeño que el anterior, pero más rústico y profundo, junto al que se conserva un viejo pilón de piedra tallado de una pieza en un gran bloque de piedra caliza. En los alrededores de Las Zahúrdas pueden verse restos de otras construcciones. Así, unos 150 m ladera arriba se adivinan los muros de una cabreriza, todavía en uso, y unos 200 m vaguada abajo, en dirección sureste, se encuentran las ruinas de otra casa.


Todo ello no hace sino confirmarnos como hace apenas medio siglo, muchas familias vivían del monte y del bosque. Este paraje, de suaves laderas y hermosos prados salpicados de árboles y rodeado de montes escarpados, tiene un encanto especial y a pesar de estar algo aislado, debió de ser un lugar más frecuentado en tiempos pasados para los arrieros que transitaban entre las cercanas Huertas de Benamahoma y las de Tavizna. A estas últimas, situadas a menos de 3 km en dirección sur, llegamos siguiendo la vaguada que se forma a los pies de la Casa de las Zahurdas y que se entalla entre las faldas del Cerro Ponce (a la derecha), y el lomo rocoso conocido como Albarracinejo (a la izquierda).

Caminado por el monte.

Después de un pequeño descanso retomamos nuestra ruta dejando atrás este apacible paraje, para subir desde aquí hasta el pequeño lomo que corona los prados en dirección al monte Albarracín, que ahora se nos oculta parcialmente. Dejamos atrás la Casa de las Zahurdas, arruinada en los últimos quince años, recordando con nostalgia los tiempos en los que aún estaba habitable y conservaba sus techumbres, tal como nos muestra la fotografía de 1988, cedida por nuestro amigo José Manuel Amarillo.



En nuestro camino pasamos por la cercana cabreriza, aún en uso, donde se encierra el ganado que vemos pastando por los alrededores. Ascendemos ahora por una suave ladera en la que afloran los estratos rocosos de calizas liásicas, casi verticales, que forman estas sierras. Desde lo alto se nos ofrece un hermoso espectáculo y, si volvemos la vista atrás, admiraremos frente a nosotros las imponentes cumbres de la Serranía de Grazalema entre las que sobresalen, de izquierda a derecha, la Sierra del Labradillo, la de Zafalgar, el collado donde se abre el Puerto del Pinar, la mole del Torreón presidiendo la Sierra del Pinar y las cumbres del Endrinal, por citar sólo los relieves más sobresalientes que constituyen las mayores alturas de la provincia y el núcleo montañoso del Parque Natural de la Sierra de Grazalema que desde aquí contemplamos en la cercanía.



En dirección este se levantan ante nosotros las empinadas faldas del Monte Albarracín, a la derecha, y del Cerro Ponce, unido al anterior, algo más a la izquierda. Ambas cumbres se encuentran separadas por un amplio collado por el que discurre la senda que nos llevará hasta las cumbres. Abundan en estas laderas encinas, algarrobos, acebuches, lentiscos, espinos…, parasitados estos últimos, en muchos casos, por el inconfundible muérdago. Algunos de estos arbustos han adoptado un inusual porte arbóreo y, como podrá comprobar el paseante, presentan una curiosa copa de forma aparasolada, modelada por el ramoneo de vacas y cabras que en las épocas en las que el pasto escasea, aprovechan también los brotes tiernos de las ramas de lentisco, de espino o de labiérnago. Como nos decía un pastor, “en los años secos, cuando escasea el forraje, el ganado se come hasta la leña”.
(Continuará)...

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 11/06/2017

Jerez: una ciudad sin agua.
En el centenario de la riada del 7 de marzo de 1917 (y IV).




En este mes se cumplen cien años de la gran riada de marzo de 1917 que tuvo graves consecuencias en toda la cuenca del Guadalete. Para recordar aquel suceso, nos hemos ocupado en las anteriores entregas su incidencia en la Sierra de Cádiz, en Arcos y en la campiña de Jerez. Terminamos hoy con el relato de uno de los episodios más catastróficos de aquella excepcional avenida, la destrucción del puente-sifón del acueducto de Tempul en La Florida que dejó a Jerez casi dos meses sin agua.

Jerez sin agua.

A primeras horas de la mañana del día 7 marzo de 1917, con toda la vega del término de Jerez inundada, llegaba la tremenda noticia de la destrucción del puente sobre el que cruzaba el río la tubería de la que se abastecían los depósitos del Calvario. La celosía metálica del puente “se había partido por el centro, arrastrando la avalancha a cien metros de su emplazamiento el trozo perteneciente al estribo de la margen izquierda, tumbándolo en la orilla, mientras que el trozo de la derecha había sido arrastrado unos trescientos metros, quedando en lo alto de unos tarajales que nunca habían sido cubiertos por las aguas del río. Por el suelo quedaron los seis arcos de sillería, destruido en cerca de un centenar de metros de los ciento veinte que tenía, el terraplén continuador del puente” (1). Las imágenes que de la catástrofe tomó en los días siguientes el arquitecto Hernández Rubio no pueden ser más elocuentes de la fuerza de la avenida, que con un caudal de más de 2000m3, tuvo un efecto devastador al arrastrar la corriente grandes árboles (2).

En la ciudad saltaron las alarmas ante la crisis de suministro que se avecinaba y desde el Ayuntamiento y la Sociedad de Aguas se tomaron medidas de inmediato, entre ellas el cierre de los depósitos de Tempul el mismo día de la rotura del acueducto, “en previsión de que el público derrochase, antes de conocer la noticia, el agua almacenada” (3). A la mañana siguiente el alcalde Julio González Hontoria hacía público un edicto en el que daba a conocer a la ciudad la gravedad de la situación: “según me comunica la Gerencia de la Sociedad anónima de abastecimiento de aguas de esta ciudad con motivo del hundimiento del puente de La Florida, ha sido cortada la tubería de conducción de aguas de Tempul que sobre él pasaba impidiendo la entrada a los depósitos y no quedando por tanto más agua que la que estos contienen para abastecer unos días a la población. Hallándose la rotura de dicha tubería sumergida por la inundación del río Guadalete, desconócese la importancia de la avería y hasta tanto pueda ser reparada, se hace indispensable, como elemental medida de previsión suspender todos los servicios actuales, cerrando las llaves de los depósitos. El suministro de agua al vecindario para beber y guisar exclusivamente, se efectuará situando botas al pie de las fuentes públicas y en el depósito de Tempul donde se facilitará individualmente la necesaria para los usos indicados. Considero innecesario encarecer la mayor prudencia y restricción en el consumo de dicho líquido hasta que las circunstancias permitan que los funcionarios técnicos puedan dominar la gravedad de la situación y se normalice la prestación de tan importante servicio” (4).



El abastecimiento con agua de pozo.

Al día siguiente, 9 de marzo, en la sesión ordinaria del pleno del Ayuntamiento, el alcalde apuntaba que se había reproducido la crisis obrera, al haber quedado los campos encharcados, perdiéndose cosechas y jornales. De la misma manera informó los concejales de los daños del temporal y de la rotura del puente-sifón y de como “…los Sres. Ingenieros estudiaban los medios de restablecer lo más pronto posible el servicio y entre tanto, se había ocupado de organizar el abastecimiento para que la ciudad no careciese de agua abriéndose los antiguos pozos ordenando el análisis de sus aguas para evitar contaminaciones y perjuicios a la salud pública; añadió que tenía ofrecimientos de varios particulares como el Sr. Rodríguez Bernal y D. Cayetano Fernández de la Riva de pozos de su propiedad para el suministro del vecindario con el fin de evitar conflictos a todos los cuales habría de expresar su gratitud”. Distintos concejales, pusieron a disposición del municipio otros pozos para el servicio público, como el Sr. Escudero, que ofreció su pozo de la Huerta del Almendro, o el Sr. Moliní, que en nombre de D. Manuel Hurtado ofreció el pozo del que era dueño situado en la huerta de Los Pocillos. El Sr. Díaz López hizo lo propio con la Fuente de la Teja, en nombre de su propietario, D. Antonio Soto Flores (5). El antiguo pozo del Patio de San Francisco, surtió también a las necesidades del cercano mercado de abastos (6).

En los casi dos meses que la ciudad se estuvo abasteciendo de agua de pozo, se publicaron en la prensa local numerosos artículos en torno a la salubridad de estas aguas que el farmacéutico municipal, Sr. Cafranga, analizó en numerosas ocasiones (7). Así, Francisco Germá Alsina, ingeniero químico (que luego sería el segundo alcalde republicano de la ciudad) prevenía sobre la potabilización y esterilización de estas aguas (8); Eduardo García Rodeja, catedrático de Física y Química alertaba sobre el valor científico de los análisis químicos (9) y el médico militar A. Rodríguez Solís lo hacía sobre la contaminación de las aguas (10). Félix García, catedrático de instituto demandaba la participación de los propietarios de pozos (11) en el reparto de aguas y J. M.ª Zabalegui, licenciado en Ciencias Físicas y profesor del colegio S. Juan Bautista, insistía en la necesaria desinfección de los pozos (12). Y todo ello entre denuncias de insalubridad, como la que hacían algunas familias que enviaban a niños con damajuanas a coger agua en los estanques de algunas fuentes públicas (13).

El conflicto de las aguas: las primeras medidas.

Con el llamativo título de “El conflicto de las aguas”, el diario local El Guadalete, mantuvo una sección durante las semanas que Jerez estuvo sin suministro, en la que daba cuenta de las distintas iniciativas del Ayuntamiento y de la Sociedad de Aguas tendentes a la solución del problema. Una de las primera medidas fue la constitución de una Junta Técnica formada por los ingenieros de caminos Luis Moliní, ex director del puerto de Sevilla, Enrique Martínez, jefe provincial de Obras Públicas, Antonio Hernández Bayarri, director de las obras del Canal del Guadalquivir, Antonio Gallegos, director facultativo de la Sociedad de Aguas y Pedro M. González Quijano, director del Pantano de Guadalcacín. Esta comisión se desplazó a La Florida “…para tomar allí datos de los desperfectos ocurridos... que servirán de base para la solución provisional que pueda adoptarse de momento, así como también del plan a que deba someterse el proyecto de las obras definitivas que después hayan de realizarse” (14). La propuesta inicial consistía en la instalación de un vado artificial mediante una presa de gaviones en el río, en el emplazamiento del antiguo puente, donde el lecho alcanzaba apenas cinco metros de profundidad. Sobre ella se instalarían cuatro tuberías de plomo reforzadas con alambre que serían fabricadas en los talleres de la empresa de aguas y que en un plazo de tres meses podrían restaurar de nuevo el suministro (15).

Sin embargo, la solución provisional que acabaría por adoptarse vino de la mano del Ingeniero de Minas Juan Gavala Laborde, quien se encontraba en esos días realizando prospecciones petrolíferas en los Llanos de Villamartín para el Instituto Geológico y Minero de España. Enterado de la gravedad del problema, hizo llegar a través de D. Pedro Luis de Lassaletta, abogado de la empresa de aguas y concejal del ayuntamiento jerezano, a quien conocía, una propuesta alternativa. Proponía para ello la utilización de las tuberías de acero “Mannesman” de las que disponía para los sondeos, que por su alta resistencia, podría instalar sobre pilotes en un lugar situado aguas abajo del puente, en el tradicional vado de La Florida. Gavala se comprometía a que en un plazo de 20 días desde el inicio de las obras, podría restablecerse el suministro.



La propuesta fue de inmediato acogida por el Ayuntamiento y la Sociedad de Aguas, no sin ciertas discrepancias técnicas (16) por parte de Antonio Gallegos, su ingeniero director, quien difería de Gavala en el punto y el modo en el que debía llevarse a cabo la unión de las tuberías provisionales con la cañería del Tempul (17). En la polémica intervino también el ingeniero Pedro González Quijano, a favor de Gallegos (18) y el arquitecto Hernández Rubio (19), partidario de la solución de Gavala, quien estuvo a punto de abandonar el proyecto, tal como informó al pleno el Sr. Lassaletta (20), si bien, finalmente se solventaron los problemas.

La solución del ingeniero Juan Gavala Laborde.

Como se ha dicho, Juan Gavala Laborde, ingeniero de minas de 32 años, se encontraba realizando sondeos en Villamartín, junto al Serracín, en la que se habían hallado trazas de hidrocarburos, tratando de evaluar un posible yacimiento de petróleo. Gavala aportó una solución técnica para el sifón de La Florida que permitiría reanudar el abastecimiento a Jerez en un plazo de veinte días.

Para la obra contaría también con la ayuda técnica del que fuera su compañero de estudios, el joven ingeniero industrial jerezano Manuel María González Gordon, de 31 años. El Ayuntamiento de la ciudad aprobó de inmediato la idea y el 11 de abril, cuando ya Jerez llevaba 35 días sin suministro, Gavala y González Gordon iniciaron los trabajos, quedando terminados en apenas 18 días. Los jerezanos, a través de la prensa local, seguían con gran interés el día a día de la obra.

El alcalde, Julio González Hontoria, tras visitarlas el 19 de abril afirmaba “la próxima feria tendremos agua” (21). Una semana después, el día 26, Gavala hacía entrega al Ayuntamiento de los trabajos. En los días siguientes se hicieron las pruebas de resistencia, se limpiaron las tuberías y se cargó el sifón (22). El 29 de abril llegó la noticia tan esperada por la ciudad: "Ya tenemos agua"... "El Sr. Gavala ha cumplido perfectamente cuanto prometió; dijo que en un plazo aproximado de veinte días entrarían otra vez la Aguas de Tempul en los Depósitos del Calvario y ha hecho honor a su palabra. Comenzó sus trabajos el día 11 de abril y el día 29, a las cuatro menos diez minutos, de la tarde, verificó el agua su entrada en los depósitos. Esta mañana quedará restablecido el servicio público de las Aguas de Tempul" (23). Ese mismo día, González Hontoria recibía un telegrama del alcalde de El Puerto, Ramón Varela, felicitando a la ciudad por el éxito de la operación: "No dudé nunca en que sería realidad el proyecto ingeniero Gavala; aquí mostró sus talentos y pericia asunto aguas Piedad" (24).

En aquellas laboriosas tareas, que fueron sufragadas generosamente por el presidente del consejo de administración de la Sociedad de Aguas, Patricio Garvey y G. de la Mota y el agricultor y ganadero jerezano Manuel Guerrero Castro, se contó también con la inestimable colaboración de Pedro Luis Lassaletta, abogado de la empresa y concejal del ayuntamiento jerezano, y el agricultor Ángel García Riquelme que ofreció las instalaciones de su cercano cortijo de la Florida al personal de la obra.

La resolución del problema mereció los elogios de la prensa especializada. “Solución ingeniosa de un problema de ingeniería”, titulaba la Revista Minera, Metalúrgica y de Ingeniería, el estudio técnico de las obras llevadas a cabo por Gavala Laborde y González Gordon. En el artículo se daba detalla de los trabajos realizados que “en esencia ha consistido en establecer una derivación hacia un vado que se encuentra a 100 metros agua abajo del puente hundido y donde el río sólo tiene una profundidad de 0,80 m y una anchura de 80 metros. Se ha clavado una doble fila de pilotes de metro en metro hasta dejar las cabezas a 0,30 sobre el agua. Al mismo nivel del agua, se han unido por parejas con traviesas de madera, y además con unos estribos de cabilla de 30 mm sobre los que descansa el tablero que soporta la tubería. Esta tiene 296 mm de diámetro interior y 7 mm de grueso, y va sujeta a los estribos de hierro por aros, también de hierro, y cuñas de madera. Las dos filas de estacas distan una de otra 0,70 m… Para los ramales de derivación se ha empleado tubería de la misma clase” (25). Remitimos al lector interesado al citado artículo para conocer todos los detalles técnicos de la obra, si bien queremos resaltar que para dar solidez a los injertos del acueducto con las tuberías y soportar las altas presiones en los codos, se empotraron estos en bloques macizos de hormigón de 25 metros cúbicos. Algunas de las imágenes que acompañan este artículo dan idea de la obra realizada.



Tras el restablecimiento de la conducción, vinieron los reconocimientos de la ciudad al ingeniero portuense Juan Gavala. Así, en la sesión de pleno del 11 de mayo de 1917 se acordó que "por su intervención y gestiones en cuanto se relacionaba con el restablecimiento del servicio de suministro de las aguas de Tempul… Declarar hijo adoptivo de Jerez al Ingeniero D. Juan Gavala Laborde, dando su nombre a una calle de la ciudad”. De la misma manera, se aprobó que “una comisión del Excmo. Ayuntamiento concurra a la Estación del ferro-carril el día de su llegada para testimoniarle su gratitud, invitando al pueblo de Jerez a que con su presencia de mayor realce al acto, contribuyendo al mismo”. Finalmente, el Ayuntamiento propuso una suscripción popular, que encabezó, con el fin de hacer un regalo a Gavala y González Gordon con el que testimoniar el agradecimiento por los servicios prestados (26). Con el nombre de Juan Gavala se rotuló semanas después la antigua calle Naranjas, si bien lo perdió posteriormente en 1979.



El resto de colaboradores fueron también homenajeados por su contribución en la resolución de tan grave problema y así, el letrado Pedro Luis Lassaletta, representante municipal en la Sociedad de Aguas, fue también reconocido como Hijo Adoptivo.

En septiembre, se sustituyeron las tuberías de acero Mannesman, al ser requeridas para continuar los sondeos petrolíferos (27), por otras que habían sido encargadas unos meses antes. La solución definitiva vendría unos años después, en 1925, con la construcción de un nuevo puente-sifón que la Sociedad de Aguas de Jerez encargaría a un joven ingeniero: Eduardo Torroja. Esta innovadora obra, que se cuenta ya como una de las pioneras de la ingeniería española del hormigón pretensado (28), vendría a sustituir a la ingeniosa solución de Juan Gavala Laborde a quien la ciudad siempre recordará por su trabajo desinteresado. Ese que resultó providencial cuando la riada del 7 de marzo de 1917 destruyó el puente-sifón del acueducto de Tempul.


Para saber más:
(1) Rodrigo de Molina. Jerez, cincuenta y tres días sin agua. Diario de Jerez, 4 de Junio de 1989, p. 16. El autor toma la información de: Revista Minera, Metalúrgica y de Ingeniería, “Solución ingeniosa de un problema de ingeniería. Reparación de la conducción de aguas a Jerez de la Frontera, ejecutada por el ingeniero D. Juan Gavala”, Madrid, 1917, Tomo LXVIII, pp. 245-250
(2) La imagen que muestra la viga del puente, arrastrada junto a la orilla mientras un grupo de trabajadores repara el sifón pertenece a la exposición “Arquitectura de una mirada. Francisco Hernández-Rubio, fotógrafo” comisariada por Adrián Fatou.
(3) El Guadalete, 8 de marzo de 1917, p.1.
(4) El Guadalete, 8 de marzo de 1917, pp 1-2.
(5) AMJF, Actas Capitulares. Sesión Ordinaria celebrada el viernes 9 de marzo de 1917, nº 17. Ver punto 6, folio 354, y punto 8, folio-356-357.
(6) Rodrigo de Molina… Art. Citado.
(7) El Guadalete, 13 de marzo de 1917.
(8) El Guadalete, 15 de marzo de 1917.
(9) El Guadalete, 16 de marzo de 1917.
(10) El Guadalete, 17 de marzo de 1917.
(11) El Guadalete, 18 de marzo de 1917.
(12) El Guadalete, 28 de marzo de 1917.
(13) El Guadalete, 13 de marzo de 1917.
(14) Ibídem
(15) Revista Minera, Metalúrgica y de Ingeniería, “Solución ingeniosa de un problema de ingeniería. Reparación de la conducción de aguas a Jerez de la Frontera, ejecutada por el ingeniero D. Juan Gavala”, Madrid, 1917, Tomo LXVIII, pp. 245-250
(16) El Guadalete, 1 de abril de 1917.
(17) El Guadalete, 8 de abril de 1917.
(18) El Guadalete, 3 de abril de 1917.
(19) El Guadalete, 13 de abril de 1917. Hernández Rubio fue contestado por Quijano y Gallegos en sendos artículos publicados los días 14 y 15 de abril en El Guadalete
(20) AMJF, Actas Capitulares. Sesión Ordinaria celebrada el miércoles 11 de abril de 1917, punto 1º, folio 415. La prensa también se hizo eco de ello : El Guadalete, 1 de abril de 1917.
(21) El Guadalete, 20 de abril de 1917.
(22) El Guadalete, números de los días 26, 27, 28 y 29 de abril de 1917.
(23) El Guadalete, 1 de mayo de 1917
(24) Ibídem
(25) Revista Minera, Metalúrgica y de Ingeniería, “Solución ingeniosa de un problema de ingeniería. Reparación de la conducción de aguas a Jerez de la Frontera, ejecutada por el ingeniero D. Juan Gavala”, Madrid, 1917, Tomo LXVIII, pp. 249
(26) AMJF, Actas Capitulares. Sesión Ordinaria celebrada el miércoles 11 de mayo de 1917, folios 486-488.
(27) AMJF, Actas Capitulares. Sesión Ordinaria celebrada el 13 de septiembre de 1917,
(28) J. y A. García Lázaro: “Un hito de la ingeniería: el puente atirantado del acueducto de Tempul” y “Con Eduardo Torroja en La Barca de la Florida”, www.entornoajerez.com


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 2/04/2017

 
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