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“Por los campos de Jerez” con Pedro I el Cruel.
Un romance para una desdichada reina.



“Por los campos de Jerez / a caza va el rey don Pedro;
allegóse a una laguna, / allí quiso ver un vuelo.”
Con estos versos, situando con claridad y desde el comienzo el lugar donde transcurren los hechos que describe, comienza un antiguo romance poco conocido con “los campos de Jerez” como telón de fondo.

Una laguna, escenas de caza, un rey malvado, una desdichada reina encerrada en un castillo con la muerte como destino irremediable, una misteriosa aparición, una trágica profecía y una historia fantástica. Estos son los ingredientes de un curioso romance que tiene por protagonistas a al rey Pedro I y a su esposa, la reina Doña Blanca de Borbón y como escenario una laguna situada entre Jerez y Medina.

Un rey cruel.

En 1350, tras la muerte de su padre Alfonso XI, llega al trono de Castilla y León Pedro I, conocido para la historia con los sobrenombres de el Justiciero, el Severo… y El Cruel.

Mucho se ha escrito sobre este personaje que accedió al reinado a la edad de dieciséis años, cuando las circunstancias políticas y económicas de Castilla eran ciertamente complejas. Son tiempos en los que el reino se resiente de los estragos de la peste negra y de los problemas ocasionados por el descenso de la producción, el aumento de precios y las tensiones creadas por las rebeliones de la nobleza. Tres años más tarde contrae matrimonio con Blanca de Borbón, nieta del rey de Francia, una joven que a sus 18 años llega a Valladolid para sus esponsales después de una larga travesía de siete meses. El enlace había sido pactado para consolidar la alianza castellano-francesa.

No abundaremos en la desgraciada vida que aguarda a la reina, abandonada por su marido dos días después de la boda tras acusarla de amores falsos durante el viaje (1), cuando al parecer las razones fueron el impago de la dote acordada, así como la relación que el rey mantenía con María de Padilla, su amante y madre de cuatro de los nueve hijos que tuvo.
Sea como fuere, Doña Blanca empezara un triste peregrinar de presidio en presidio que la llevará a estar cautiva durante siete años hasta que su marido “mandola matar y era de edad de 25 años cuando murió y era blanca y rubia y de buen donaire, y de buen seso y rezaba cada día sus oras muy devotamente" (2).



Pedro I tuvo también, como su esposa, una corta vida, muriendo en 1369 a los treinta y cinco años. En 1353, cuando el rey dicta orden de prisión sobre doña Blanca anda enfrentado en permanentes luchas con la nobleza cuyas ambiciones consigue frenar. Tres años después, los nobles se levantarán de nuevo contra el rey aprovechando la guerra que entabla con Aragón. Su hermano bastardo Enrique de Trastamara, quien le disputa el trono castellano y está exiliado en Francia, acudirá junto a las tropas aragonesas y francesas a combatir contra Pedro I, quien finalmente caerá asesinado en la famosa batalla de Montiel. En estos últimos años de su reinado, exacerbado por la inestabilidad política, llevó a cabo una sangrienta persecución contra buena parte de la nobleza en su guerra civil con los partidarios de su hermanastro dejando un reguero de víctimas que acrecentarían su fama de cruel. Ordenó decapitaciones en Toledo y Soria, mandó matar a su hermano don Fadrique, maestre de Santiago y al hijo de Alfonso IV de Aragón así como a la madre del monarca, Leonor de Castilla. La amante de su padre Alfonso XI, Leonor de Guzmán, corrió la misma suerte al igual que otros muchos de sus contendientes a quienes ajustició.

No  es de extrañar que tanto por el trato que dio a sus rivales, como por los crímenes que cometió y por los asesinatos que ordenó, exista una leyenda negra en torno a Pedro I, acrecentada por lo relatado en la Crónica de su reinado. El canciller Pedro López de Ayala, su autor, estuvo durante muchos años al servicio del rey, para pasarse posteriormente al bando de Enrique de Trastamara en 1366, pues al decir del propio cronista “…viendo que los fechos de don Pedro no iban de buena guisa, determinaron partirse dél”. López de Ayala llegó dejó escrito de Pedro I que “Por el rey matar omnes, non llaman justiçiero, ca sería nombre falso: más propio es carnicero” (3). De esta manera, frente al apelativo de “El Justiciero” que le atribuyeron sus seguidores, la historia se ha decantado por el de “El Cruel” para calificar a este rey, del que el romancero tradicional se ha hecho eco representándolo como una uno de las figuras más perversas de nuestros siglos medievales.



El romancero y la leyenda negra de Pedro I.

Como registro de la memoria colectiva de un pueblo, los romances han rescatado no sólo los personajes protagonistas de los hechos históricos más destacados, sino que también “nos han acercado a los sentimientos y a la vida de la gente corriente, expresados con una frescura que aún hoy nos sorprende” (4). No cabe duda de que en su día fueron un poderoso instrumento de propaganda, y que por esta razón, un personaje como Pedro I El Cruel no podía salir bien parado en los relatos que de él ha transmitido el romancero histórico castellano, en el que los romances relativos a su reinado y a los hechos que protagonizó ocupan un lugar destacado siendo, en su inmensa mayoría, contrarios a su figura.

Como ejemplo, hemos traído el que tiene por título “Romance del rey don Pedro el Cruel” que se centra en la desdichada suerte de doña Blanca y que tiene “los campos de Jerez “como marco en el que se desenvuelve un fantástico suceso.

En él se cuenta como el rey sale de caza por los alrededores de Jerez y en las cercanías de una laguna se le aparece un pastor quien le profetiza toda clase de desgracias si no vuelve con Doña Blanca, su legítima esposa, a quien mantiene presa. El romance está plagado de elementos fantásticos y prodigiosos, como la muerte de un ave que cae a los pies del rey, la aparición del pastor en el interior de un bulto negro que cae del cielo, su extraño aspecto… En la mano el pastor lleva una serpiente (animal que se asocia al diablo) y un puñal, como anunció a don Pedro de la muerte que tendrá a manos de su hermanastro don Enrique en Montiel. La mortaja en el hombro, la calavera en el cuello y el perro aullando que trae de la mano, son también avisos de



muerte. La profecía se cierra con la amenaza –de no volver con Doña Blanca, quien le daría una heredera- de males para las hijas que había tenido con María de Padilla, su amante, y con el anunció de su propia muerte. Finalmente el pastor desaparece (5). El romance dice así:

“Por los campos de Jerez a caza va el rey don Pedro:
en llegando a una laguna, allí quiso ver un vuelo.
Vido volar una garza, desparóle un sacre nuevo,
remontárale un neblí, a sus piés cayera muerto.
A sus piés cayó el neblí, túvolo por mal agüero.
Tanto volaba la garza, parece llegar al cielo.
Por donde la garza sube vió bajar un bulto negro;
mientras mas se acerca el bulto, más temor le va poniendo:
con el abajarse tanto, parece llegar al suelo
delante de su caballo a cinco pasos de trecho:
dél salió un pastorcico, sale llorando y gimiendo,
la cabeza desgreñada, revuelto tráe el cabello,
con los piés llenos de abrojos y el cuerpo lleno de vello;
en su mano una culebra y en la otra un puñal sangriento;
en el hombro una mortaja, una calavera al cuello:
a su lado de trailla traia un perro negro:
los aullidos que daba a todos ponian gran miedo,
y a grandes voces decia: Morirás, el rey don Pedro,
que mataste sin justicia los mejores de tu reino:
mataste tu propio hermano el Maestre, sin consejo,
y desterraste a tu madre: a Dios darás cuenta de ello.
Tienes presa a doña Blanca, enojaste ha Dios por ello,
que si tornas a quererla darte ha Dios un heredero,
y si no, por cierto sepas te vendrá desman por ello;
serán malas las tus hijas por tu culpa y mal gobierno,
y tu hermano don Henrique te habrá de heredar el reino:
morirás a puñaladas: tu casa será el infierno.
Todo esto recontado, despereció el bulto negro”
El romance, incluido en la monumental “Antología de poetas líricos castellanos. Romances Viejos”, editado a mediados del XIX (6), corresponde a la versión de Juan de Timoneda en su Rosa española (1573), incluyéndose también en esta misma antología otra versión anterior que figura en la “Silva de romances” (Zaragoza, 1550), que aunque se asemeja mucho a la primera presenta un trágico final, ya que termina con la muerte de Doña Blanca:

…Quieres mal a doña Blanca,—a Dios ensañas por ello;
perderás por ello el reino. Si quieres volver con ella,
darte ha Dios un heredero. El rey fué mucho turbado,
mandó el pastor fuese preso; mandó hacer gran pesquisa
si la reina fuera en esto. El pastor se les soltara,
nadie sabe qué se ha hecho. Mandó matar a la reina
ese día a un caballero, pareciéndole acababa
con su muerte el mal agüero.
Una fantástica aparición.

En ambos casos el romance parece tomar como referencia un suceso recogido en la Crónica del rey don Pedro I de Castilla del Canciller Pedro López de Ayala donde se cuenta que: «E acaesció que un día, estando ella en la prisión do murió, llegó un ome que parescía pastor, e fué al rey Don Pedro donde andaba a caza en aquella comarca de Xerés e de Medina, do la Reyna estaba presa, e díxole que Dios le enviaba a decir que fuese cierto que el mal que él facía a la reyna Doña Blanca su mujer que le avía de ser muy acaloñado, e que en esto non pusiese dubda... E el Rey fue muy espantado, e fizo prender al ome que esto le dixo, e tovo que la reyna Doña Blanca le enviaba decir estas palabras: e luego envió a Martín López de Córdoba, su camarero, e a Mateos Fernandez, su chanciller del sello de la puridad, a Medina Sidonia, do la Reyna estaba presa, e que ficiesen pesquisa cómo veniera aquel ome, e si le enviara la Reyna. E llegaron sin sospecha a la villa, e fueron luego a do la Reyna yacía en prisión en una torre, e falláronla que estaba las rodillas en tierra e faciendo oración; e cuidó que la iban a matar, e lloraba, e acomendóse a Dios. E ellos le dixeron que el Rey quería saber de un ome que le fuera a decir ciertas palabras, cómo fuera e por cuyo mandado: e preguntáronle si ella le enviara; e ella dixo que nunca tal ome viera. Otrosí las guardas que estaban y que la tenían presa dixeron que non podría ser que la Reyna enviase tal ome, ca nunca dexaron a ningund ome estar do ella estaba. E según esto, paresce que fué obra de Dios, e así lo tovieron todos os que lo vieron e oyeron. E el ome estovo preso algunos días, e después soltáronle, e nunca más dél sopieron» (7). Como puede comprobarse, el contenido de ambos romances con lo referido en la Crónica es más que evidente.

El suceso es recogido también, de estas mismas fuentes, por nuestros historiadores locales. Rallón, con algunas incorporaciones, recoge también este suceso del encuentro con del rey Pedro I con el pastor quien le advierte “… que por el mal que hacía a la reina doña Blanca su mujer, que él había de ser muy expiado por ello… aunque si él quisiese tornarse a ella y hacer vida con ella como estaba en razón, que habría de ella hija que heredase a Castilla…”. Esta versión es similar a lo relatado en romance original (1550) en el que ya se apunta el hecho de que si el rey volvía con Doña Blanca, Dios le daría un heredero. En el texto de Rallón en lugar de un varón se menciona a una hija, apareciendo también cambiado el nombre del canciller real y, así, se cuenta que el rey, “mandó llamar a Juan Fernández, su chanciller, a Medina Sidonia, donde la reina estaba, para que hiciese pesquisa y supiesen la verdad, como hubiese venido aquel hombre y si lo enviaba la reina…” (8). Bartolomé Gutiérrez lo incluye también en su “Historia de Xerez de la Frontera” (9) en similares términos.

No hace falta especular mucho para afirmar que la “laguna” del romance y la Crónica de Ayala situada entre Medina y Jerez, debe ser la que hoy conocemos como Laguna de Medina. Más confusión existe en la identificación del lugar que sirvió de prisión a la reina Doña Blanca, que en un largo itinerario de cautiverios, paso por el Castillo de Arévalo, el Alcázar de Toledo y el Castillo episcopal de Sigüenza, de donde sería trasladada a Jerez en 1359. El castillo de Medina Sidonia, el Alcázar de Jerez y la torre de Sidueña, se “disputan” haber sido la prisión de la reina. Este último lugar, conocido hoy como “Castillo de Doña Blanca”, se encuentra a medio camino entre Jerez y El Puerto de Santa María. Más seguro parece que murió a manos del ballestero del rey Juan Pérez de Rebolledo. De lo que no hay duda es de que la infortunada esposa de don Pedro I El Cruel fue enterrada en el convento de San Francisco de Jerez. De todo ello ha dado cuenta en un reciente trabajo Antonio Mariscal Trujillo (10).

La trama del romance ha inspirado también obras de teatro así como alguna novela de literatura fantástica que, al igual que aquel, sitúan la escena principal “por los campos de Jerez” (11). Esos campos donde ya no cabalgan reyes crueles y justicieros, pero en los que todavía permanece la “laguna” del romance. Ya no sobrevuelan sus cielos el halcón sacre o el halcón neblí, pero en esta misma laguna, la de Medina, aún pueden verse volar garzas.

Para saber más:
(1) Ortiz de Zúñiga escribe en sus Anales a este respecto , “El Lunes 3 de Junio de 1353 celebró el Rey sus bodas en Valladolid con la Reyna Doña Blanca de Borbón , que con tardo viage habia sido traída de Francia , en cuya espaciosa venida algunos hallaron tiempo á agravios, del honor Real, que motiváron su aborrecimiento , dexada el dia siguiente”. Ortiz de Zúñiga, D.: Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, Tomo II, Lib. VI, pg. 135. Edición de 1795
(2) Rallón E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. II, pp. 104.
(3) La cita está tomada del Rimado de Palacio de Pedro López de Ayala, estrofa 347. Tomada del Esbozo de edición crítica de Rafael Lapesa, Biblioteca Valenciana, Generalitat Valenciana, 2010
(4) Anónimo: Romancero Viejo, Edición y prólogo de María de los Hitos Hurtados, Edaf, 2005, p. 9.
(5) Romancero. Edición de Paloma Díaz-Mas, 1994 Editorial Crítica, p. 97.
(6) Menéndez Pelayo, M.: Antología de poetas líricos castellanos. Romances Viejos castellanos (Primavera y flor de romances) T.3., p. 67. El mismo romance se recoge en Silva de 1550, t. II, f. 78.
(7) Este pasaje está citado en la Crónica del rey don Pedro (Año XII, Cap. III) de Pedro López de Ayala
(8) Rallón E.: Historia… Obra citada, p. 104.
(9) Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. II, p 220.
(10) Mariscal Trujillo. A.: Doña Blanca, Jerez en el Recuerdo, Diario de Jerez, 30 de mayo de 2016.
(11) Por ejemplo, la obra de teatro El Rey Don Pedro el Cruel. Tragedia en cuatro actos de Santiago Sevilla, o la novela Los malos años, de León Arsenal, Edhasa 2007, están ambientadas en el Romance del Rey don Pedro El Cruel.


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 11/12/2016

El Castillo de Berroquejo.
Un sobreviviente de las luchas de frontera.




A mitad de camino entre Jerez y Medina, la autopista -y la antigua carretera, reutilizada como vía de servicio- ciñe los pies de un mogote de roca caliza sobre el que se alzan, resistiendo el paso de los siglos, las ruinas del Castillo de Berroquejo. Conocido también, como del Berrueco o Barrueco, poco queda ya de este enclave medieval levantado en un lugar estratégico por el que atravesaban los caminos que desde tiempo inmemorial enlazaban el norte y el sur de la provincia, las tierras del Estrecho con las campiñas. Junto al cerro del castillo, aún discurre la vía pecuaria conocida como Cañada de Lomopardo o Medina que unía esta última poblacíón con el río Guadalete pasando también por El Mojo y la Laguna de Medina.

El topónimo de Berroquejo o Berrueco hace referencia a un “peñasco elevado que tiene semejanza con un gran hito o mojón” y que se presenta aislado sobre las tierras que lo rodean, tal como sucede con el montículo en el que se levanta el castillo.



Es nombre muy común en la geografía española y en la provincia de Cádiz encontramos también otros “berruecos”, como el cerro que se encuentra entre Medina y Chiclana, en el que se explotó una gran cantera, o el Peñón del Berrueco, en las proximidades del Mojón de la Víbora, entre Ubrique y Cortes, que es una referencia en el paisaje serrano y, como los citados, está constituido por un mogote calizo que emerge aislado en el terreno circundante.



El paraje del castillo de Berroquejo está situado en las proximidades de otros lugares que han sido también escenario de episodios singulares de nuestra historia como Fuente Rey, La Matanza, La Matanzuela, el Cerro de la Mezquita… Por sus cercanías discurría el acueducto romano de Tempul a Cádiz, que atravesaba tierras cercanas en uno de sus tramos menos conocido: el comprendido entre Las Piletas, El Pedroso y los Llanos de Guerra.

Una construcción mudéjar.



El Castillo de Berroquejo, “presenta la fisonomía de una típica construcción militar cristiana de tipo mudéjar de época alfonsí y su atribución principal era la de controlar las razzias que… realizaban tanto los benimerines del rey de Fez, como los más cercanos ejércitos del reino nazarí de Granada” (1).

Aunque carecemos de datos sobre la fecha de su construcción, ésta habría que situarla en torno al último cuarto del siglo XIII, tiempos de gran inestabilidad en la región. Conviene tener



en cuenta que este espacio central de la provincia de Cádiz fue tierra de frontera hasta bien entrado el siglo XIV, por lo que el enclave de Berroquejo debió jugar un papel importante en la estrategia defensiva de los castellanos, junto a otras fortalezas cercanas como las de Torrestrella (denominada también en algunas fuentes como del Berrueco), Alcalá de los Gazules y Medina. Todas ellas pertenecían, por donación real, a la Orden de Santa María de España u Orden de la Estrella, fundada por Alfonso X el Sabio en 1270 para la defensa naval de la corona de Castilla, si bien tendría una corta duración al integrarse sus miembros en la Orden de Santiago en 1280.



El castillo de Berroquejo conectaba visualmente con los citados, así como con otros hitos relevantes en el entorno próximo como el cerro de El Mojo y la Sierrezuela, estando vinculado también, posiblemente, al control de las vías de comunicación cercanas.

Hoy día, las ruinas del castillo despuntan entre lo acebuches y lentiscos que cubren la falda del cerro y casi ocultan el torreón y algunos de los lienzos de la cerca que aún se mantienen en pie coronando el peñasco. Esta pequeña elevación de roca caliza de edad jurásica, constituye una auténtica ventana tectónica (2), rodeada de materiales margosos y yesíferos.

La naturaleza rocosa del cerro ha permitido la sólida cimentación de la pequeña fortaleza y le ha proporcionado también las especiales condiciones de inaccesibilidad gracias a la verticalidad de los paredones naturales de roca. Debido a ello, sólo a través de profundas y estrechas grietas escondidas entre la vegetación, que se nos antojan secretas entradas, se puede hoy llegar hasta la torre con grandes dificultades.



Desde sus cercanías, el viajero puede observar –pese a la ruina del edificio- buena parte de su fisonomía. En lo más alto del promontorio destaca la torre de planta cuadrada y en sus laderas, a un nivel inferior, se aprecia parte de la cerca que rodeaba la fortaleza, con algunos lienzos construidos, al igual que la torre, con bloques y sillaretes de piedra caliza entre la que se intercalan a veces hiladas de ladrillos.



Las esquinas están protegidas con sillares de mayores proporciones y, en algunos casos, parecen haber sido “restauradas” con ladrillos para reforzar los ángulos de la torre y de la pequeña muralla que circundaba la peña y que aún se conserva en distintos puntos de su perímetro y, especialmente, en sus caras sur y oeste.



Una vez en el interior de la torre cuadrada, cuya techumbre se ha desplomado, podremos observar un hueco, a modo de ventana, enmarcado en un arco de ladrillo. En las esquinas de los muros de la torre se aprecian los arranques de las bóvedas y, en algunas de ellas puede



adivinarse los restos de lo que pudo haber sido una trompa, así como los de la antigua cubierta abovedada que estuvo sostenida por arcos de ladrillo cruzados, de los que se aprecia su traza.


Desde la torre, por los huecos abiertos en sus muros, obtendremos magníficas vistas de los alrededores y al observar los amplios horizontes que se aprecian hacia los cuatro puntos cardinales o el control visual que se obtiene sobre las vías de comunicación actuales, entenderemos el papel estratégico que debió jugar el castillo de Berroquejo en el pasado. En medio de las ruinas, llama la atención la vegetación que cubre los muros y las piedras, entre las que abundan las lustrosas matas de acanto, cuyas hojas fueron inmortalizadas en las columnas corintias.



A los pies del castillo, entre la maraña impenetrable que forman las copas de los acebuches, es fácil encontrar las piedras que un día debieron formar parte de sus muros así como restos cerámicos de época medieval. Algo más lejos, en la vía pecuaria que conduce hasta el peñasco, se aprecian montones de piedras que debieron pertenecer a construcciones medievales o tal vez más antiguas, a juzgar por los restos cerámicos de época romana que aparecen entre ellos.


La historia en torno a Berroquejo.

Aunque algunos autores sostienen que la Torre de Berroquejo fue uno de los lugares donde sufrió prisión Doña Blanca de Borbón, junto al Castillo de Medina, el Alcázar de Jerez y la torre de Sidueña, no existe constancia documental firme de dicha opinión (3). De lo que no cabe duda es que El Berroquejo era paso obligado en los itinerarios entre Jerez y Algeciras, por lo que no es de extrañar que buena parte de las idas y venidas de los ejércitos musulmanes y cristianos tomaran estos caminos, siendo estos parajes, en cuyas proximidades existían fuentes y manantiales, un lugar ideal de reposo y descanso. Así sucede, por ejemplo, con Alfonso XI, quien hasta en cinco ocasiones partió de Sevilla hacia las tierras de Tarifa y Algeciras y quien, al menos en una de ellas, descansa con sus tropas en El Berroquejo, pasando otras tres veces más por este lugar y sus alrededores. En 1340, cuando el rey emprende su segunda expedición para intentar conquistar las tierras del Estrecho, planta sus tiendas durante tres días junto al Guadalete, en espera de reunir sus tropas que acuden desde distintos puntos del territorio, mientras se abastece para la empresa militar que pretendía. El 25 de octubre harán las huestes un alto en Berroquejo, un lugar con agua (Fuente Rey) y abundantes pastos en sus alrededores como para permitir la acampada (4). Así recoge este episodio la Crónica de D. Alfonso el Onceno: “…Et otro día partieron luego dende, et fueron posar los reyes con sus huestes cerca de Medina Sidonia, dó dicen el Berrueco: et otro día fueron á un arroyo que dicen Barbate” (5). El Poema de Alfonso el Onceno (1348), confirma igualmente el paso del rey por este lugar, camino del sur: “Por El Berrueco pasaron /con sus pendones aína / a mano ezquierda dexaron / el castiello de Medina” (6). Una vez más, se utiliza también el nombre de Berrueco o Barrueco para referirse a este castillo.

Las condiciones especiales que estos parajes al abrigo de la torre del Berroquejo, reunían para la agricultura y la ganadería, no pasaron desapercibidas para la nobleza jerezana, deseosa de roturar nuevas tierras con las que engrandecer sus haciendas. Así, en el último cuarto del siglo XV, nos recuerda el historiador Fray Esteban Rallón que “… por este tiempo hizo merced el rey a Martín de Vera, hijo del valiente alcaide de Jimena Pedro de Vera, del castillo y casa del Berrueco de Medina y de cien caballerías de tierra en su contorno. Presentó esta gracia en el cabildo y la ciudad se opuso a ello, como perniciosa a sus vecinos” (5).

Y no es de extrañar la reacción del concejo jerezano ante la gran superficie entregada por Enrique IV a Martín Gómez de Vera (equivalente a 2.640 hectáreas). Por más que su padre hubiese prestado importante servicios a la corona y ganase luego la isla de Gran Canaria para los Reyes Católicos, las quejas del cabildo lograron que finalmente se “rebajara” la donación



a 20 caballerías (unas 528 hectáreas) en 1478, pese a que dos años antes, Pedro de Vera había logrado para su hijo la confirmación de la merced de Enrique IV. Con todo, lo que queda claro es que el castillo de Berroquejo y las tierras circundantes pasaron a manos de Vera para que, como señalaba la primera concesión real, “... podades labrar, en dicho Berrueco e Torre, qualesquier hedeficios que quisieredes e por bien touieredes; e a fortalecer la dicha Torre en la forma e manera que quisieredes, para lo cual vos do licencia por la presente". (8) Tal vez, las reparaciones que se aprecian en algunos paredones de la cerca o en las esquinas de la torre, reforzadas con ladrillo, puedan corresponder a esta época en las que la familia de Pedro de Vera se hace cargo del castillo. Sea como fuere, en los siglos siguientes, alejado ya para siempre el peligro de las invasiones meriníes, la pequeña fortaleza de Berroquejo perdió su valor defensivo y se fue arruinando poco a poco. En el “Mapa Geográfico de los Términos de Xerez de la Frontera, Tempul y despoblados y pueblos confinantes” (1787), obra de Tomás López, uno de los primeros que se traza sobre este territorio, figura la torre de Berroquejo con esta leyenda: “Barrueco castillo antiguo” (9).

Por su estratégico emplazamiento, este lugar continuó siendo un hito en las rutas medievales y de la edad moderna. Así lo demuestra, por ejemplo, la descripción del itinerario ente Medina y Jerez que encontramos en una “guía” de “Caminos y Pueblos de Andalucía. Siglo XVIII” fechada en 1744. En ella, al describir el camino, partiendo de Medina, se indica que “Saliendo… por el barrio de San Juan de Dios, se toma el camino Real seguido por olivares y viñas que hay a un lado y otro hasta una torre llamada el Barrueco, donde poco más allá entra el término de Xerez, cuya torre queda a la izquierda” (10).



Y aún hoy, pese al acoso de autopistas y carreteras, al cerco al que le han sometido los vallados y líneas de alta tensión que lo rodean, pese a los zarpazos en el paisaje de una cercana cantera, pese a todo y a todos… el Castillo de Berroquejo, declarado B.I.C. en 1985, sigue sobre su peñasco calizo reclamando la atención del viajero, casi arruinado sí, pero en pie. Igual que un sobreviviente que vuelve de la guerra.

Localización del Castillo de Berroquejo.


Ver El Castillo de Berroquejo en un mapa más grande

Para saber más:
(1) Ruiz Serrano F. y Rodríguez Andrade F.J.: Berroquejo. Un lugar, una fortaleza, una referencia en el paisaje interior de la Bahía de Cádiz. http://torrestrella.blogspot.com.es/2007/05/berroquejo-un-lugar-una-fortaleza-una.html
(2) Mapa Geológico de España. Hoja 1.062. Paterna de Rivera. Instituto Geológico y Minero de España. 1987. p 17
(3) Antón Solé, P. y Orozco Acuaviva, A.: Historia medieval de Cádiz y su provincia a través de sus castillos.I.E.G.-Diputación Provincial, Cádiz, 1976. pp.248-250
(4) López Fernández, M.: De Laguna de Tollos al Campo de Gibraltar: la vía mas frecuentada por Alfonso XI. Euphoros, 2004, nº 7. pp.: 35-48.
(5) Crónica de D. Alfonso el Onceno, Cap. CCLI, p. 438, 10-15. Edición de F. Cerdá y Rico, 1787.
(6) Martínez Ortega, Ricardo.: El poema de Alfonso Onceno y la documentación latina y castellana. Acerca de su toponimia. Revista de Filología Románica, 1998, nº 15, pg. 311.
(7) E. RALLÓN, Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, 4 vols, edición de E. MARTÍN y A. MARÍN. Jerez de la Frontera, 1997, vol II p. 390.
(8) Martín Gutiérez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edada media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004. Pgs 116-117
(9) “Mapa Geográfico de los Términos de Xerez de la Frontera, Tempul y despoblados y pueblos confinantes”. Dedicado al Excmo. Señor Conde de Florida-Blanca. Caballero de la Real Orden de Carlos III. Consejero de Estado de S.M., su primer Secretario de Estado y del Despacho... Por los Cabildos Eclesiástico y Secular de dicha Ciudad y por mano del Ilmo. Señor Baylio Don Francisco Zarzana, Mariscal de Campo de los Reales Exercitos.” “Don Tomás López, Geógrafo y Pensionista de S.M., compuso é hizo grabar este mapa, en Madrid á 4 de Noviembre de 1787." Agradecemos a F. Zuleta Alejandro que nos haya facilitado una copia de la versión editada a imprenta del mapa de Tomás López, y que laboriosamente ha digitalizado.
(10) Jurado Sánchez, J.: Caminos y pueblos de Andalucía (s. XVIII). Ed. Andaluzas Unidas S.A. 1989. pg. 132. Recoge copia de un Manuscrito Anónimo de la Biblioteca Nacional.


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 20/04/2014

 
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