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Por La Torre de Pedro Díaz.
Paisajes fronterizos en torno a Jerez.




En nuestro paseo de hoy, en torno a Jerez, les proponemos acercarnos hasta un rincón de la campiña próximo a la Sierra de Gibalbín: la Torre de Pedro Díaz. Este paraje rural, donde llama la atención del viajero el caserío del cortijo de La Torre, rodeado de olivares, guarda también algunos curiosos episodios de nuestro pasado medieval que les invitamos a conocer.

Un poco de historia.

La Torre de Pedro Díaz, conocida en otro tiempo como Torre de la Hinojosa, formaba parte de la cadena de fortalezas, torreones y atalayas repartidos por el extenso alfoz de Jerez. Durante los siglos medievales, estos enclaves cumplieron un importante papel en el control del territorio y en el sistema defensivo de la ciudad cuando estas tierras lo fueron de frontera. Ubicada a los pies de la Sierra de Gibalbín, en las proximidades de los caminos medievales que conducían a la campiña sevillana, la Torre de Pedro Díaz estaba a medio camino de la de Santiago de Fé (que se emplazaba en Las Mesas de Santiago, ya desaparecida), y la situada en las cumbres de dicha sierra, que aún se conserva. Conectaba con ellas visualmente, como lo hacía también con la Torre de Melgarejo, la más cercana a la ciudad.

Los paisajes de aquel Jerez medieval de tierras fronterizas, estaban plagados de “torres”, muchas de las cuales, como esta de Pedro Díaz, han mantenido su nombre en la toponimia actual.

Entre otras, además de las citadas, mencionaremos aquí las de Pedro de Sepúlveda (cerca del actual Circuito de Velocidad), la del Almirante (junto al Guadalete), la de la Trapera (La Gredera), la de Roldán (La Canaleja), la de Gonzalo Díaz (Matagorda), la de Martelilla, la de Ruiz Fernández (La Asuara)… Si bien alguna de estas torres cumplió un papel defensivo y por tanto debieron ser sólidas construcciones en altura, la mayoría desempeñaban funciones estrictamente agrícolas formando parte de grandes explotaciones agropecuarias. En el caso de la de Pedro Díaz parece que pudo ejercer ambos cometidos. (1)

El historiador jerezano Bartolomé Gutiérrez cuenta de ella lo siguiente: ”Hazia la parte del Norte de Xerez se ve otra torre llamada de la Hinojosa y oy es conocida con el nombre de torre de Pedro Díaz, cuyo Donadío, era y es perteneciente á la familia de los cavalleros Hinojosas de esta ciudad… (2).



Acerca del primer propietario de la torre, nuestro historiador señala también que en 1293, durante el reinado de Sancho IV, una vez ganada Tarifa, Rodrigo Ponce de León la defendió con una guarnición en la que “…quedó mucha gente Xerezana. Era por este tiempo del Rey D. Sancho (y lo fué en el de su padre D. Alonso el Sábio) confirmador del Reino, D. Diego Martínez de Hinojosa, Rico home de Castilla, que tenia casa en Xerez y repartimiento de tierras y una torre llamada de la Hinojosa, que hoy se llama de Pedro Diaz; murio en esta Ciudad y fue enterrado en la Iglesia de San Juan, llamada de los Caballeros. (3)

En un primer momento, tras el repartimiento de las tierras del alfoz jerezano en el siglo XIII, este Donadío tomo el nombre de Hinojosa en recuerdo de su primer poseedor. Sin embargo, ya en la segunda mitad del siglo XV, la torre será conocida como de Pedro Díaz, tal vez en alusión a Pedro Díaz de Villanueva o de Hinojosa, un descendiente de aquél y un notable jerezano en quien recaerían importantes cargos y honores como la mayordomía de la ciudad o la alcaldía de Tempul (1488), según apunta el profesor Sánchez Saus en sus Linajes medievales de Jerez de la Frontera, obra en la que el lector curioso podrá encontrar más datos acerca de esta ilustre familia (4). Conviene recordar también que distintas fuentes documentales se refieren a este lugar con el nombre de Torre de Diego Díaz, como se la denomina en el recientemente publicado Cronicón de Benito de Cárdenas (5), o como figura también en las ordenanzas jerezanas del siglo XV sobre la milicia concejil y la Frontera de Granada, donde se incluye en la relación de lugares en los que han de situase atalayas para dar aviso a la ciudad de posibles incursiones de las tropas enemigas. (6)



Aunque algunos autores consideran como enclaves diferentes las torres de Diego Díaz y de Pedro Díaz, creemos que se trata del mismo lugar, tal como se deduce del relato de los hechos ocurridos en 1474, con motivo de la toma de la Torre de Lopera (cerca de Villamartín) por Pedro de Vera, quien se la arrebata a los seguidores del Duque de Medina Sidonia. En este episodio, recogido en las distintas obras de la historiografía tradicional jerezana, se narra como las tropas del Marqués de Cádiz, acudieron desde Jerez en auxilio de Pedro de Vera, llegando hasta esta torre que es denominada, según el autor, indistintamente con uno u otro nombre. (7)

Si la torre ya existía en tiempos de la conquista castellana y como tal fue distribuida con sus tierras en el repartimiento rural del alfoz, cabe pensar que su origen fuese musulmán (8). Aunque los restos originales que de ella se conservan son escasos, se aprecian en sus esquinas y en los arranques de los muros los sillares de cantería con los que debió ser reforzada en época cristiana. En su parte más alta se adivina un pequeño murete de tapial, al igual que en distintos puntos de la cerca que rodeaba esta construcción, a modo de pequeña muralla defensiva, por lo que su posible origen islámico es más que probable.

Sea como fuere, tras la conquista cristiana la torre cobrará protagonismo en el control, junto a otros castillos y atalayas, de los territorios fronterizos. De la misma manera será un pequeño enclave rural dedicado a las tareas del campo. Los trabajos del profesor Emilio Martín Gutiérrez sobre la organización del paisaje rural durante la baja edad media documentan ya en este sector, de gran potencialidad agrícola, la existencia de cultivos de cereal, viñas, olivares y huertas. Prácticamente como en la actualidad. (9)

En el primer tercio del siglo XVI el monasterio de San Jerónimo de Bornos, con grandes posesiones de tierra en este sector de la campiña, se hace con las del cortijo de la Torre que figura entre los de mayor extensión de cuantos posee esta comunidad en el término de Jerez, junto al cercano de Mesas de Santiago. En los siglos posteriores la Torre de Pedro Díaz se consolida como explotación agrícola y aunque cambió varias veces de propietarios, mantiene su nombre: “…la superficie del cortijo se amplió con la compra de tierras adyacentes hasta alcanzar unas 1.800 aranzadas. A raíz del proceso desamortizador iniciado en 1820 durante el Trienio Liberal, la finca es comprada por un destacado negociante de la Bahía de Cádiz, don Pedro Zuleta, cuyo linaje, emigrado a Inglaterra por su filiación liberal, recibe en 1847 de la reina Isabel II la merced nobiliaria del condado de Torre Díaz” (10). A mediados del XIX se aglutinaban en torno a La Torre otras edificaciones, constituyéndose así un pequeño núcleo de población a juzgar por lo que se deduce de las cifras que aporta el Nomenclátor Estadístico de 1858, en el que este cortijo se encuentra entre los núcleos agrícolas más populosos del término, con 138 habitantes censados, sólo superado por los de Mesas de Santiago (247), Monte Corto (147) y Tabajete (145), lo que nos da una idea de su importancia. (11) Aún hoy, junto al cortijo, se conserva también otro de menores proporciones, “La Torrecilla”, dando en conjunto el aspecto de una pequeña aldea.

Fértiles campos en torno a La Torre

Centrándonos en las tierras que rodean al cortijo de la Torre de Pedro Díaz, debemos decir que son excelentes para el cultivo, por lo que es fácil adivinar que desde tiempos remotos fueran desmontadas sus dehesas para dedicarlas al cereal, a la vid y al olivo. Por citar sólo una referencia, en sus proximidades se encuentran los pagos de Romanina Alta y Romanina Baja, enclaves con larga historia de ocupación agrícola a sus espaldas. Y no es de extrañar que así sea ya que en estas suaves laderas de la cercana sierra de Gibalbín, aparecen suelos profundos óptimos para la agricultura. Los situados entre el cortijo de La Torre y la sierra, que se desarrollan en el pie de monte, son limos calcáreos de edad cuaternaria, producto de la erosión de los materiales rocosos de las zonas más altas de Gibalbín. El pequeño cerro sobre el que se sitúa el cortijo y sus lagares está constituido por arenas y limos del plioceno, de gran porosidad y fácil disgregación. Por último, la mayor parte de las tierras del entorno del cortijo son margas blancas del mioceno, también conocidas como albarizas. (12)



A la buena calidad de las tierras se añade el hecho de que la zona mantiene una red de drenaje superficial con numerosos arroyos y algunos nacimientos de agua de cierta importancia. A todo ello hay que añadir los grandes pozos que tradicionalmente han existido en estos parajes (uno de ellos puede verse a los pies del cortijo de la Torre, en las proximidades del vecino cortijo de La Torrecilla y otro ya en las cercanías de la Cañada de Romanina). En la pasada década se autorizaron sondeos para la extracción de aguas subterráneas para los nuevos regadíos, con pozos que llegan a alcanzar profundidades de 50 m. De la misma manera se han construido varias pantanetas, como la que recoge las aguas de los arroyos del Cotero y Los Naciementillos, próxima a La Torre, que distinguimos casi oculta por la arboleda que lo rodea. Este pequeño embalse aprovecha de las escorrentías superficiales y las que proceden de varios manantiales (Los Nacimientillos), ya conocidos desde antiguo. Junto a otros de la Sierra de Gibalbín, los manantiales próximos al cortijo de la Torre y Romanina fueron ya visitados por el ingeniero Ángel Mayo en 1861, cuando redactaba el proyecto para la traída de aguas a Jerez. En el cercano arroyo de La Molineta, que bajando de las faldas de Gibalbín atraviesa la carretera de El Cuervo (en el punto en el que esta se cruza perpendicularmente con la cañada de Romanina) existen también otras pequeñas pantanetas. Ya en el siglo XVI, según consta en las Actas Capitulares (1550), se pretendía traer hasta Jerez, a través de un acueducto, las aguas del manantial de la Molineta, cuyo caudal diario se estimó en 88 reales fontaneros: unos 286.000 litros/día. (13)

El cortijo en la actualidad



Dominando un dilatado paraje, el cortijo de La Torre de Pedro Díaz se encuentra situado al suroeste de la sierra de Gibalbín, próximo a la carretera que une El Cuervo con Gibalbin, desde la que parte un camino perfectamente señalizado que nos lleva hasta el caserío, visible desde la lejanía. Ya desde los tiempos medievales este lugar se encontraba bien comunicado y por sus cercanías discurren las cañadas de Espera y de Romanina (o de las Mesas), así como la de Casinas o de Gibalbín, que sirve de unión a las anteriores. Las tierras que rodean al cortijo (Romanina Baja, Las Salinillas, El Palomar, El Cotero…) las cruzan los arroyos del Cotero (que se embalsa en una pantaneta con cuyas aguas se riegan olivares), de los Nacimientillos, del Cuadrejón, de las Salinillas… Todos ellos bajan de las laderas de la sierra de Gibalbín buscando el arroyo del Gato que confluye después con el Salado, camino de los Llanos de Caulina.

El caserío del cortijo está formado por varios núcleos de construcciones. El más antiguo, el que alberga la antigua torre, está edificado sobre un pequeño resalte del terreno para potenciar así su originario carácter defensivo. En su parte trasera se aprecian los restos de un muro que, a modo de cerca, debió rodear antaño todo el conjunto, adivinándose el tapial en algunos puntos. A las diferentes dependencias de esta parte del cortijo se accede a través de una gran explanada desde la que se contempla la fachada y los distintos elementos que lo integran, organizados en torno a dos patios. El edificio más sobresaliente, en el que se distinguen los restos de la torre medieval, corresponde a un antiguo granero de dos plantas con un aspecto que nos recuerda a la nave de una pequeña iglesia rural. Junto a él se encuentran otras antiguas dependencias que albergaron viviendas, graneros y almacenes.

Otro conjunto de construcciones, dispuestos en forma de “u”, acogen las viviendas de los trabajadores, junto a las que se levantan pequeñas naves para aperos y maquinaria agrícola, así como silos de cereal.

En lo más alto de un cerro cercano se ven dos grandes naves, construidas hace unas décadas para bodegas y lagares, cuando en las tierras de albariza de la Torre se plantó un gran viñedo. Desde hace unos años, la viña se arrancó y se sembraron olivos, por lo que en la actualidad estas naves acogen una almazara. Los carteles lo anuncian desde la carretera: “La Torre de Pedro Díaz. Aceite Virgen Extra”. En el cortijo, estos mismos carteles se ven por todos los rincones y la señalización nos conduce hasta la puerta misma de la almazara. En el campo, los viñedos dejaron paso a los olivares que se riegan con goteo y que anuncian la fuerte apuesta que en estos parajes se ha hecho por la modernización y por los nuevos cultivos. Innovación e historia unidos de la mano en las tierras de La Torre de Pedro Díaz, a los pies de la sierra de Gibalbín, desde donde, a la caída de la tarde, se adivinan lejanas las luces de Jerez, en el horizonte. Aquella ciudad a la que siglos atrás, avisaban las ahumadas desde la Torre cuando sus enemigos se acercaban por los olivares.










Para saber más:
(1) Para conocer más a fondo el paisaje rural jerezano durante los siglos medievales recomendamos la lectura de Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004. En este trabajo puede encontrarse amplia información sobre las numerosas “torres” distribuidas por la campiña jerezana.
(2) Gutiérrez, B.: Historia del estado presente y antiguo de la mui noble y mui leal ciudad de Xerez de la Frontera, Jerez, 1989, vol. I, 31-32.
(3) Gutiérrez, B.: Historia… vol. II, 159.
(4) Sánchez Saus, R.: Linajes medievales de Jerez de la Frontera, Sevilla, 1996. Vol. 1 pg. 102-105.
(5) Abellán Pérez, J.: Cronicón de Benito Cárdenas, Peripecia Libros, Jerez, 2014, p.32.
(6) Sánchez Saus, R. y Martín Gutiérrez, E.: “Ordenanzas jerezanas del siglo XV sobre la milicia concejil y la Frontera de Granada”. Historia. Instituciones. Documentos, 28 (2001). 337-390, p. 383.
(7) Así, por ejemplo, Bartolomé Gutiérrez se refiere a ella al relatar este episodio que tuvo lugar en 1474, como Torre de Pedro Díaz (Gutiérrez, B.: Historia… vol. II, 110), al igual que Fray Esteban Rallón (Rallón E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. II, pg. 404). Como Torre de Diego Díaz figura en el Cronicón de Benito Cárdenas, donde se describen estos mismos hechos (ver nota 4).
(8) Aguilar Moya, L.: Jerez Islámico, en “Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval”. Tomo 1. Diputación de Cádiz. 1999, p. 244.
(9) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004, pg. 162.
(10) VV.AA.: Cortijos, haciendas y lagares. Arquitectura de las grandes explotaciones agrarias en Andalucía. Provincia de Cádiz. Junta de Andalucía. Consejería de Obras Públicas y transportes. 2002 Pg. 203-204.
(11) Nomenclátor de los pueblos de España. Madrid, Imprenta Nacional, 1858. Págs. 190-192-
(12) Mapa Geológico de España. Hoja 1.048. Jerez de la Frontera. IGME. 1988.
(13) Barragán Muñoz, M. Coord.: Aguas de Jerez. Evolución del abastecimiento urbano. Ed. Ajemsa, Jerez de la Frontera, 1993, p. 111.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otros enlaces que pueden interesarte: Cortijos, viñas y haciendas, Paisajes con historia y Mapas en torno a Jerez

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 21/09/2014


Un recorrido por las torres y castillos en torno a Jerez




Durante los siglos medievales nuestro territorio fue un espacio fronterizo, escenario de numerosos enfrentamientos entre cristianos y musulmanes. No es de extrañar por ello que unos y otros construyeran castillos y fortalezas, torres y atalayas repartidas por la campiña y las serranías en torno a Jerez, algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días. Los orígenes, funciones y tipología constructiva de cada una de ellas son muy variados pero, en líneas generales, obedecen a un propósito defensivo y de control del territorio, estando ubicadas en puntos estratégicos (sierras, cerros sobresalientes, peñones rocosos) desde los que se divisa un amplio horizonte y desde los que, en muchos casos, se tiene contacto visual con otras torres y fortalezas.

El historiador Bartolomé Gutiérrez señala en relación a su disposición espacial, y al papel que desempeñaban en la defensa de la ciudad estas construcciones militares, que “…son puestas en tal disposición que se ven unas a otras; y estas y las de la costa, que pertenecen a otras poblaciones (como las de tierra adentro) eran atalayas para enemigos, avisándose de unas a otras con los hachos encendidos; de modo que en corto espacio de tiempo, se noticiaban las novedades que ocurrían en toda la costa y su comarca; distinguiendo la urgencia según el modo de la señal con ahumadas o con luces y otras diferencias”. (1)



Para comunicar posibles amenazas, los castillos, atalayas y torres de almenara se valían de fuegos y ahumadas, permitiendo así la conexión de puntos distantes del alfoz, incluidas las zonas costeras, con la ciudad. En nuestro “recorrido” de hoy nos proponemos visitar aquellas de las que se conserva algún vestigio, así como otras de cuya existencia se guarda memoria en las fuentes documentales.

Torres en la campiña.



De entre las levantadas en época islámica, destaca la de Torrecera, una torre vigía construida en tapial y levantada por los almohades, probablemente en las primeras décadas del s. XIIII. La torre, que aún mantiene en pie tres de sus muros, está ubicada en el Cerro del Castillo, una pequeña elevación visible desde grandes distancias, en conexión visual con la ciudad y con Medina Sidonia. Desde su altura domina un amplio espacio de la vega baja del Guadalete así como el valle del arroyo Salado de Paterna, vía de comunicación natural con Alcalá y la zona sur de la provincia. Esta ruta fue seguida, entre otros, por Alfonso XI y su ejército en 1333 para la toma de Gibraltar.

De esta misma época puede ser también la cerca, también de tapial, que rodea la torre ubicada en las cumbres de la Sierra de Gibalbín, si bien los restos que se conservan de este torreón, reconstruido en distintos momentos, son de época cristiana. En sus lienzos, todavía pueden observarse grandes sillares procedentes de la ciudad romana que se levantó en las cumbres y las



faldas de esta sierra junto al cercano cortijo de La Mazmorra, de los que aún se aprecian las ruinas de distintas construcciones. A los pies de esta sierra aún se conservan también vestigios de otra antigua torre vigía: la Torre de la Hinojosa o de Pedro Díaz. Integrados en el actual



cortijo de La Torre de Pedro Díaz, aún pueden apreciarse los sillares y muros e tapial de la que fuera una sólida torres que despunta entre el caserío que la rodea.

También de época andalusí, como la anterior, fue la torre de Mesas de Asta, fabricada con tapiales y de cuya existencia hay constancia desde el siglo XIII hasta bien entrado el s. XVIII, aunque en la actualidad nada se conserva de ella. Esta torre debió estar en conexión con la que se alzaba en Los Alíjares, ubicada en un cerro que domina el antiguo camino de Sanlúcar y cuya base forma hoy parte de las construcciones del actual cortijo de Alíjar. Algo parecido sucede con la Torre de Macharnudo, también de origen medieval, que hoy vemos completamente remozada formando parte de las dependencias de la viña El Majuelo. Esta torre, levantada sobre un cerro que domina un gran territorio, enlaza visualmente con las de Gibalbín, Mesas de Asta, Alíjar y Espartinas, permitiendo el control de un amplio territorio.

Castillos y fortalezas.

En el punto más alejado del extenso alfoz jerezano se levantaba el Castillo de Tempul a cuyos pies se encontraba una aldea que, con la fortaleza y sus términos, fueron puestos por Alfonso XI bajo la jurisdicción directa del concejo jerezano en el siglo XIV. El castillo, jugó un importante papel en la época



medieval y aún en la actualidad se conservan los restos de algunos muros y el arranque de una de sus torres. Su emplazamiento, en un lugar muy próximo al copioso manantial, era de gran importancia estratégica en las luchas de frontera. La fortaleza, encaramada sobre un peñasco de roca ofítica, era de acceso muy difícil, controlándose desde este punto el paso natural del río



Majaceite, que corre a sus pies, y las comunicaciones con la Serranía. Hay que recordar que hasta la toma de Jimena y posteriormente de Cardela y de las demás fortalezas de la Serranía de Grazalema, bien entrado el siglo XV, el sector más oriental de los términos de Jerez fueron una frontera inestable con el reino nazarí de Granada, por lo que el Castillo de Tempul jugó un papel estratégico en la defensa del alfoz jerezano.



Entre los castillos medievales mejor conservados en la actualidad en el entorno rural de la campiña destaca el de Gigonza. Ubicado en las faldas de la Sierra del Valle, aún se mantienen en pie sus recios torreones y su cerca almenada. En su entorno existió una aldea medieval y



durante el siglo XIX y el primer tercio del XX acogió también un establecimiento balneario que se aprovechaban de sus manantiales de aguas sulfurosas. Desde Gigonza existe conexión visual con Torrecera, así como con los castillos de Arcos y Medina controlándose también las vías de comunicación entre ambas poblaciones.

Tras la conquista de Jerez por Alfonso X, se levantarán otras fortalezas y torres para el control de la zona de frontera y la defensa del territorio y se aprovecharán y reforzarán algunas de las ya existentes. De época cristiana es ya la Torre de Sidueña, posteriormente conocida como Castillo de Doña Blanca, ubicada a los pies de la Sierra de San Cristóbal, sobre el antiguo emplazamiento de la Shidûna andalusí, en una colina que domina el estuario del Guadalete, bajo la que se encuentran también los restos de un enclave fenicio presente aquí desde la primera mitad del siglo VIII a.C. La Torre ocupaba un lugar estratégico en el camino que unía Jerez y el Puerto de Santa María, siendo construida entre los siglos XIV y XV. Utilizada también como ermita, debió ejercer un papel de control sobre las embarcaciones que remontaban el Guadalete, navegable entonces hasta La Corta. Esta torre, conservada en la actualidad y recientemente restaurada, debió estar en conexión con la existente en las cumbres de la Sierra de San Cristóbal, ya desaparecida. Esta última, por su privilegiado enclave entre Jerez y el mar, jugó un papel fundamental para dar aviso a la ciudad de las amenazas procedentes de la costa al enlazar visualmente con la Torre de la Atalaya (también conocida como de la “Vela”, del Reloj” y del “Concejo”, adosada a la Iglesia de San Dionisio. Del valor estratégico de la desaparecida torre de San Cristóbal da cuenta Fray Esteban Rallón en su Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera, al referirse a ella como “…el castillo y atalaya, árbitro del océano y de la tierra, índice de la paz y de la guerra que con sus fuegos y albarradas avisa a nuestra ciudad y su comarca de lo uno y lo otro”. (2)



Torres en los caminos de la sierra.

En el camino de Arcos, dominando los Llanos de Caulina y los accesos a la Sierra se levanta la Torre de Melgarejo. Hasta mediados del XIX, estuvo rodeada de un recinto murado (parcialmente destruido y muy reformado) y en los siglos medievales llegó a contar con dependencias subterráneas y foso. Esta torre, que fue construida probablemente en el s. XV, formaba parte del sistema defensivo y de alerta de la ciudad en los siglos medievales y desde ella se enlazaba visualmente con la mayoría de las situadas en el sector norte del alfoz jerezano. Fernán Caballero, en su novela Lucas Garcia (1852), nos aporta una curiosa descripción de la torre y de sus leyendas.



Situado al sur del Guadalete, el Castilllo de Berroquejo controlaba los caminos hacia Medina y Vejer, siendo su ubicación de gran valor estratégico al ser este territorio el paso obligado para las rutas que unían el Estrecho con las campiñas. Emplazado sobre un peñasco calizo de difícil acceso, en un paraje cercano a Fuente Rey, aún hoy se conserva parte de su cerca y los muros de una de sus torres, desde la que se mantiene contacto visual con los castillos de Medina y Torre Estrella. El castillo Berroquejo es nombrado en las Crónicas de Alfonso XI y durante el primer tercio del siglo XIV verá acampar las tropas castellanas a sus pies en varias de las expediciones militares hacia Tarifa, Algeciras y Gibraltar.



Junto a los anteriores, se tiene también noticia de otras fortalezas y atalayas, ya desaparecidas. Una de las más referidas en la historiografía jerezana es la Torre de Santiago de Fé o de Efé (como escribe B. Gutiérrez) que se alzaba en el paraje de Las Mesas de Santiago, junto al camino de Bornos, en el emplazamiento que hoy ocupa el Cortijo de las Mesas de Santiago, donde hubo también una aldea medieval. Desde esta torre se enlazaba visualmente con las de Torremelgarejo, Gibalbín y Torre de Pedro Díaz, y se controlaban también los caminos de Bornos, Espera y el que se dirigía a Alocaz y las Cabezas por Gibalbín.

La Torre del Sotillo estuvo ubicada en el paraje de este nombre, junto al Río Guadalete en el lugar que actualmente ocupa la Cartuja, levantada probablemente sobre alguna de las pequeñas elevaciones próximas al río y desde las que se controlaba el paso natural conocido como “vado de Medina”. La Torre de Martín Dávila, de la que no se conservan restos, estuvo también próxima a otro vado del río. Se tiene constancia documental de otras atalayas ubicadas en La Suara, La Jarda, las Mesas de Soto Gordo (junto a Algar), Espartinas…

En el Cerro de la Torre, pequeña elevación que domina el valle del Arroyo Salado de Paterna, frente al Cortijo de Los Arquillos, se conservan también restos de una antigua torre y de otra más en el citado cortijo. En ambos casos, nada tienen que ver estas construcciones con instalaciones militares o de control del territorio, sino que están asociadas al acueducto romano del Tempul.

El profesor Emilio Martín Gutiérrez nos recuerda que las Ordenanzas Municipales de 1450 dedicadas a la guerra, prestan gran importancia al mantenimiento de estas atalayas: “Yten, que se de orden como en el tienpo que ouiere rebato, todos los ganados e los omes que estouieren en el campo, lo sepan por almenara o ahumadas fechas en los lugares do puedan ser vistas. E que luego que por ellos fueren vistas, dexen todas las fasiendas e se vengan a la çibdad… E para esto aya omes deputados e tengan cargo de faser las dichas almenaras e ahumadas cada uno en su lugar çierto, cada que les fuere mandado. E que tenga cargo los que primero vieren las dichas almenaras e ahumadas de llamar e apellidar a los otros çercanos dellos que no las vieren. E los que este cargo tosieren, porque mejor lo fagan, sean quitos de otros seuicios. E los lugares donde las tales personas deuen estar, son estos: en san Cristóual, en la Cabeça del Real, en la Torre de Diego Dias, en la Cabeça de Esprynas, en el Torrejón de asta, en el Cabeça de Macharnudo”. (3)



El rico legado histórico y cultural que suponen las torres y castillos repartidos por la campiña corre serio peligro de terminar por desaparecer si no se plantean intervenciones de consolidación, restauración y puesta en valor de los elementos más relevantes..Con independencia de las distintas figuras de protección de algunos de los castillos y torres mencionados, todos ellos están incluidos en la declaración genérica que, desde el año 1949, se extiende a todos los elementos defensivos como castillos, murallas, torreones. Lamentablemente, el inexorable paso del tiempo y la falta de actuación de los propietarios y de las administraciones, nos viene a recordar que para frenar el deterioro de nuestro patrimonio, hacen falta algo más que normas.


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Para saber más:
- (1)- GUTIÉRREZ, B.: Coord.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera. Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. I, pg. 31..
- (2) - RALLÓN, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación. Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pg. 2.
- (3)- MARTÍN GUTIÉRREZ, E. Y MARÍN RODRÍGUEZ J.A.: “La época cristiana (1264-1492)" en CARO CANCELA, Diego (coord.), Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval, I, Cádiz, 1999, p. 282-283.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 23/11/2013

 
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