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Un paseo de Arcos a Gibalbín.
Por carreteras secundarias al encuentro de la historia y los paisajes.

A nuestro amigo Francisco Jordi Páez, entusiasta de la historia.



La carretera que desde Gibalbín conduce a Arcos atraviesa por cerros de suaves laderas en los que abundan los viñedos y las “tierras de pan sembrar”, grandes extensiones dedicadas a los cultivos de secano. Se trata de una apacible y poco transitada vía secundaria, de trazado ondulado y sinuoso que sigue en muchos de sus tramos el antiguo Camino de Lebrija a Arcos de la Frontera por La Bernala, una vía pecuaria que deja a uno y otro lado las tierras de renombrados cortijos. En nuestra salida de hoy la vamos a recorrer sin prisas, recreándonos en sus paisajes y sus pequeñas historias. ¿Nos acompañan?

Entre los viñedos de Gibalbín.

Nuestro itinerario arranca junto a las últimas casas de Gibalbín, construidas desde mediados del siglo pasado en los márgenes de la antigua Cañada de Espera, convertida hoy en su primer tramo en la carretera que une Gibalbín con Espera y Las Cabezas de San Juan. Frente a la venta La Choza y poco antes de llegar a la venta de Gibalbín, sale a la derecha esta vía secundaria que tras 13 km de recorrido nos llevará hasta Arcos (CA 5101).

Tras subir una pequeña cuesta en las que el camino está escoltado por adelfas, nos adentramos en las tierras del pago Cuartillo de La Plata, donde prosperan nuevos plantíos de olivos y en las que destacan los viñedos de Barbadillo, cuyos lagares y bodegas se levantan en lo alto del cerro a la derecha de la carretera. De estas cepas proceden los conocidos y afamados vinos de esta importante firma bodeguera entre los que sobresalen el renombrado Castillo de San Diego (el blanco más vendido del país) y el tinto Gibalbin, que lleva el nombre de estos parajes por todos los lugares de España.

Frente a estas instalaciones, al otro lado de la carretera, se encuentra el caserío del cortijo de La Bernala. Este curioso topónimo, presente ya en los primeros tiempos de la ocupación castellana de estas tierras en el siglo XIII, da nombre a los parajes de este rincón de nuestro término. Antaño formaron parte de una dehesa arrebatada por el concejo jerezano al arcense en los primeros años del siglo XIV, junto a las de la Cespedosa y las Navas de Cabrahígo, próxima está última también a Gibalbín (1).



Los litigios por la posesión de estos parajes se mantuvieron durante los siglos siguientes, decantándose finalmente su posesión, como la de las dehesas de Berlanga y El Abadín por la ciudad de Jerez. A decir del historiador arcense Pedro de Gamaza (1640), el nombre de estas tierras procede de Garci Bernal, uno de los cincuenta caballeros que se cuentan entre los primeros pobladores de Arcos, a quien en el repartimiento de su alfoz se le adjudicó un “donadío de tierras de labor de pan, que hoy conserva su nombre en la campiña… y llaman la Cañada de la Bernala” (2).



Tras una pronunciada bajada, la carretera cruza el modesto arroyo de la Cepera, tributario del Salado de Espera, dejando a la izquierda unos llamativos mogotes rocosos, testigos de una antigua cantera de yeso. Entre monótonas laderas con cultivos de cereales y girasol, asciende después por las lomas del cortijo de Granadillas (o Granadillo), cuyo caserío y almacenes quedan a la izquierda del camino. De este cortijo se tienen ya noticias desde comienzos del siglo XVI, siendo mencionado en el testamento del vicario arcense Juan González de Gamaza. Posteriormente perteneció al convento de las Concepcionistas de la Encarnación de Arcos, siendo a finales del XVII dehesa baldía de aprovechamiento común para los vecinos de Arcos (3).

Por Sanlucarejo y San Rafael.



Apenas dos km adelante, una hilera de adelfas a la izquierda del camino nos anuncia el carril que asciende hasta el cortijo de Sanlucarejo, situado en lo alto de un pequeño promontorio, en el extremo sur de Sierra de Gamaza. Frente a él, al otro lado de la carretera, el caserío del cortijo de San Rafael se divisa dominando un cerro.

Antaño, las tierras de Sanlucarejo formaron parte del vecino San Rafael, del que se escindió, señalando como dato curioso que a mediados del XIX figuraba entre las propiedades del jerezano Patricio Garvey (4). En sus proximidades, junto al antiguo camino de Espera, tiene un magnífico manantial, la fuente de Sanlucarejo. Esta surgencia se alimenta por el acuífero que se desarrolla en las areniscas que constituyen Sierra Gamaza, siendo canalizadas sus aguas a un pilar abrevadero, siempre rebosante aún en los meses más duros del estío.

A los pies del cortijo, junto a la carretera que se dirige a Bornos, los restos de una necrópolis hispanovisigoda, son testigos de la antigua ocupación de este rincón de la campiña. Entre diciembre de 1991 y febrero de 1992, con motivo de unas obras de ampliación de la carretera que une Bornos con Mesas de Santiago (actualmente cortada), se realizó una excavación arqueológica de urgencia en las proximidades del cruce cercano al cortijo de Sanlucarejo, que dio como resultado el hallazgo de 35 tumbas. Del denominado “tipo bañera”, las tumbas estaban excavadas en un afloramiento rocoso de arenisca visible desde la carretera y cubiertas con lajas de piedra. Las fechas de ocupación de la necrópolis podrían abracar los siglos VI-VIII d.C. (5).

La necrópolis se encuentra en un importante cruce de caminos (cañada de Arcos a Lebrija, Cañada de Jerez a Bornos por Mesas de Santiago y Colada de Sierra de Gamaza). Por la dispersión geográfica de los yacimientos de la zona y por la situación junto a los caminos, puede suponerse que esta vía sería usada desde, al menos, época romana (6).

De este enclave ya se tenían noticias desde finales de los 60 por los hallazgos junto al colindante cortijo de San Rafael de un tesorillo de monedas, así como por un estudio publicado por Luis de Mora Figueroa en 1981. En él se daba cuenta de los materiales cerámicos (vasijas, anforitas, jarritas) y metálicos (hebillas cruciformes y de placa rígida, puntas de lanza, apliques, zarcillos…) procedentes de ese lugar que se encontraban en distintas colecciones particulares a las que el autor tuvo acceso (7).





Frente a Sanlucarejo, al otro lado de la carretera, destaca en lo alto de un cerro el caserío del cortijo de San Rafael al que pertenecen también los tres pabellones de viviendas de trabajadores que se observan a media ladera, junto al carril de acceso. Hasta el último tercio del siglo XIX San Rafael era conocido como Cortijo Gamaza, por la proximidad de la sierra del mismo nombre a cuyos pies se extienden esta finca. En las tierras de San Rafael, existió una villa romana de época imperial que pudo perdurar en el bajo imperio y en los siglos posteriores (8). Como se ha dicho, en 1969 se halló aquí un tesorillo de 28 monedas romanas de oro, depositado inicialmente en el Museo Arqueológico de Cádiz, del que paso al MAN, donde se encuentra. Las monedas son de finales del siglo IV d.C., correspondientes a la época de los emperadores Honorio y Arcadio (9).

San Rafael, prototipo de los antiguos cortijos de secano de la campiña, ya es mencionado por Madoz (1848), quien lo cita en el camino de Jerez a Bornos, entre el cortijo de El Palomar y las huertas y el Pilar de Gamaza, como se conocía ya a la fuente del actual cortijo de Sanlucarejo (10). Como construcción singular, conserva unos curiosos graneros, con rampas de acceso para carros al piso superior que se cuentan entre los pocos ejemplos de este tipo que han llegado hasta nuestros días. No es de extrañar que por sus especiales características y con tanta historia a sus espaldas, San Rafael saltara también a las páginas de la literatura de la mano de la hermosa novela “Historia de una finca”, obra de José y Jesús de las Cuevas ambientada en este cortijo de la campiña arcense y publicada en 1958 (11). De ella se ha escrito que “…aun con la reserva de tratarse de una obra de ficción, aporta una pormenorizada y fidedigna visión del tránsito de los modos de producción a las fórmulas modernas” (12). Como apunta acertadamente Ramón Clavijo, la novela es la historia de los profundos cambios que vivió la finca “que va pasando de los tinahones de bueyes iluminados con candiles de aceite y las cobras de yeguas en las trillas, a las cosechadoras y los tractores. Pero el horizonte siempre es el mismo, la tierra, mientras todo lo demás seres y formas de vida se van transformando” (13).

Dejando atrás San Rafael y Sanlucarejo, pasamos ahora por el cruce con la que en otros tiempos se denominara “carretera agrícola”, que unía Bornos con Mesas de Santiago y que hoy se encuentra cortada. Junto al cartel que lo indica podemos asomarnos a ver el antiguo pozo de San Rafael (construido en 1959) que surte con sus aguas un pilar-abrevadero para el ganado de la finca.



Por la fuente del Jadramil.

Continuando en dirección a Arcos, la carretera cruza durante tres km por monótonos campos sembrados de cereal o girasol. Junto a sus arcenes, una orla de palmitos nos recuerda que sigue el trazado de la antigua cañada de Arcos a Lebrija, que en algunos lugares conserva aún su anchura tradicional. Pasamos entre las tierras de Las Valderas y, algo más adelante, de El Jadramil (o Jaramil). Antes de llegar a este cortijo, cuyo caserío queda a la derecha sobre una pequeña loma, un bosquete de eucaliptos nos marca la entrada de una antigua cantera de arenisca calcárea que se explota



en estos parajes, el mismo material rocoso que conforma la cercana Sierra de Gamaza y la Peña de Arcos. A su interés geológico hay que sumar el histórico, como recuerdan los hermanos De Las Cuevas en su monografía sobre Arcos, donde mencionaban los hallazgos realizados por Mancheño y otros en la Colada del Jadramil (14). Mas recientemente, excavaciones de urgencia en estas canteras permitieron conocer que en estos parajes del Jadramil, tan cargados de historia, se emplazaba un asentamiento de la Edad del Cobre (o Calcolítico), fechado entre finales del tercer milenio y comienzos del segundo milenio antes de nuestra era. Aparecieron aquí estructuras subterráneas (pozos y silos), de características similares a las puestas a la luz en las canteras de El Trobal, próximas a Nueva Jarilla. Junto a estas estructuras funerarias prehistóricas se encontraron también enterramientos de época romana. Para un mayor conocimiento de este interesante yacimiento remitimos al lector a los trabajos de María Lazarich González (15).

Pero volvamos de nuevo a la arenisca y al paisaje. Esta roca, también conocida como “caliza tosca” o calcarenita, formada en el Mioceno superior, tiene naturaleza porosa y permite la filtración de las aguas de lluvia y escorrentía hasta niveles inferiores.



Aparecen aquí materiales menos permeables (margas gris-azuladas o de color crema), que retienen el agua y favorecen, en los puntos donde se dan las condiciones geológicas adecuadas, la aparición de fuentes y manantiales (16).

Uno de estos puntos es la conocida Fuente de Jadramil (o Jaramil) que encontramos en un prado, a la derecha de la carretera en dirección Arcos, pasada la entrada del cortijo, en un paraje en el que antaño abundaban las chumberas, hoy destruidas por una imparable plaga. El manantial ha sido encauzado hasta una pequeña construcción con bóveda de ladrillo, que guarda un pequeño depósito de agua desde el que se alimenta un curioso pilar. De forma rectangular, estrecho y muy alargado, el pilar permite que beban en él simultáneamente un buen número de cabezas de ganado. No en balde se emplaza en un antiguo descansadero de la vía pecuaria. Su fuente mana durante todo el año y sólo se agota en ocasiones excepcionales habiendo sido usada tradicionalmente para el abastecimiento ganadero, aunque en tiempos pasados también se utilizaban sus aguas para beber. A las orillas del reguero que forman las aguas que salen de su caño, nunca faltan los típicos berros que muchos vecinos recogen.



Dejando atrás la fuente del Jadramil, nuestra ruta pasa ahora junto a La Mancheña, que queda a la izquierda, poco antes del cruzar el puente sobre el arroyo Salado de Espera, tributario del Guadalete al que se une en las proximidades de la Junta de los Ríos. Este modesto curso fluvial, escoltado aquí por cañas y tarajes, tiene sin embargo violentas crecidas que cortan la carretera en numerosas ocasiones. Desde aquí, el camino inicia un pequeño repecho que deja a la izquierda una singular construcción, el Cortijo de San Pedro, construido en 1929 como indican los azulejos de su fachada, en la que destaca una curiosa puerta de entrada, con un tejado elevado sobre la línea de cubiertas de las demás dependencias. Conocido también como Rancho de Beltrán, el cortijo estuvo en otro tiempo dedicado a la cría caballar. Frente a la entrada, un curioso pilar nos da pistas de ello (17).



Nuestro camino llega a su fin y, al poco, damos ya con el desvío para la autovía Jerez-Arcos y los accesos a esta población, fin de nuestro camino y del recorrido por esta olvidada carretera secundaria tan cargada de paisajes y de historia.

Para saber más:
(1) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes para una Historia de Arcos de la Frontera. Edición de María José Richarte García. Servicio de Publicaciones de la UCA y Excmo. Ayto. de Arcos. 2002. Vol. I. pg. 150.
(2) Pérez Regordán, M.: Nomenclátor de Arcos de la Frontera. El Campo. Consejería de Cultura, Junta de Andalucía, 199. Pg. 76.
(3) Ibidem, 180
(4) Ibidem, 302-303
(5) Martí Solano, J.: Excavación arqueológica de urgencia en la necrópolis hispanovisigoda de "Sanlucarejo". Arcos de la Frontera. Cádiz, Anuario Arqueológico de Andalucía, 1991, III Actividades de Urgencia, pp. 29-36. El emplazamiento se describe en p. 29 y siguiente. Ver también Carta Arqueológica del término municipal de Arcos de la frontera, 2009, Vol. III (1), p. 133-146
(6) Martí Solano, J.: Op. Cit. p. 35
(7) Mora-Figueroa, L. de:La necrópolis hispanovisigoda de Sanlucarejo (Arcos de la Frontera, Cádiz)”. Estudios de Historia y Arqueología medievales, 1, pp. 63-76. Universidad de Cádiz, 1981, Cádiz.
(8) Carta Arqueológica…, Op. Cit., p. 315-320.
(9) Pérez Regordán, M.: Op. cit. p. 302;
(10) Madoz, P.: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. “Cádiz”. Edición facsímil, 1986, p. 83.
(11) De las Cuevas, J. y J.: Historia de una finca, Jerez Industrial, 1958.
(12) VV.AA.: Cortijos, haciendas y lagares. Arquitectura de las grandes explotaciones agrarias en Andalucía. Provincia de Cádiz. Junta de Andalucía. C. de Obras Públicas y Transportes. 2002, p.; 318)
(13) Clavijo Provencio, R.:Historia de una finca”, Diario de Jerez, 12 de abril de 2008. También se dan las referencias de este libro al Cortijo de San Rafael en Pérez Regordán, M.: Op. cit. p. 302;
(14) De las Cuevas José y Jesús.: Arcos de la Frontera. Diputación de Cádiz. 1985. pp. 24 y 50.
(15) Lazarich González, María. (2003): El Jadramil (Arcos de la Frontera). Estudio arqueológico de un asentamiento agrícola en la campiña gaditana. Ayuntamiento de Arcos de la Frontera. Cádiz. 496 pp.
(16) Mapa Geológico de España. Hoja 1.062. Paterna de Rivera. Instituto Geológico y Minero de España. 1987. pg. 18-20
(17) VV.AA.: Cortijos… Op. Cit. p. 465.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Carreteras secundarias, En torno a Arcos, Fuentes, manantiales y pozos, Paisajes con historia, Rutas e itinerarios.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 1/07/2018

Los Llanos de Caulina y la Batalla de Guadalete
La versión del historiador Adolfo de Castro.




Hace unos años, en 2011, se cumplieron XIII siglos de la famosa Batalla de Guadalete, una de las más renombradas y decisiva de cuantas se han librado en nuestro territorio y que de manera determinante marcó la Historia de España.

En los orígenes de este episodio se confunden los mitos y las leyendas con los hechos históricos que tienen como principales protagonistas a Musa, Tarif, Táriq, Don Rodrigo, el conde Don Julián y su hija Florinda, los hijos de Witiza… Tras una primera expedición de Tarif, diferentes historiadores árabes refieren que a lo largo del mes de Rayab del año 92 H., o del mes de Shaban (abril o mayo de 711 d. de C.) Táriq Ibn Ziyad, gobernador de Tánger, siguiendo las instrucciones del wali de la región, Musa ibn Nusayr, fue desembarcando tropas al abrigo del monte que luego tomaría su nombre, Yabal Táriq (Gibraltar), hasta conformar una fuerza militar con la que emprender la conquista de al-Andalus. Apenas dos meses después, las tropas de Táriq y las de Rodrigo se van a enfrentar a orillas del Guadalete, el 19 de julio de 711, en un duro y prolongado combate que una semana después, el 26 de julio, se saldará a favor de los musulmanes.

ero si en lo relativo a las fechas en las que aconteció la famosa batalla hay bastantes coincidencias, en lo que se refiere al escenario geográfico de la contienda, se disparan las hipótesis más peregrinas. Dejamos para otra ocasión la larga controversia académica sobre el lugar exacto donde tuvo lugar aquella confrontación histórica, aquel “choque de civilizaciones” que supuso la desaparición de la Hispania visigoda. El río Barbate, la Laguna de La Janda, las inmediaciones de Vejer o Medina, los alrededores de Sidueña, los campos de Sangonera, en Murcia... han sido otros tantos escenarios donde los historiadores han querido ubicar esta decisiva contienda.

Sea como fuere, en la historiografía tradicional y aún en el imaginario colectivo, se habla siempre de la batalla de Guadalete para aludir a este suceso histórico y que historiadores como Claudio Sánchez Albornoz ubican en las orillas del Wadi Lakka, nuestro Guadalete. Dada la cercanía del río a nuestra ciudad, muchos autores han vinculado algunos parajes de la campiña próximos al Guadalete, con el posible escenario de esta batalla. Así, por ejemplo, A. Ponz o el francés A. de Latour, la sitúan en los Llanos de La Ina, mientras que otros como Gabriel Alonso de Herrera o Adolfo de Castro apuestan por los Llanos de Caulina.

Los Llanos de Caulina como escenario de la Batalla.

Sin más fundamento que su intuición y dejándose llevar de la mano de una visión romántica y legendaria de la historia, el célebre historiador gaditano Adolfo de Castro, señala que los campos situados entre Jerez, Espera y Arcos, los parajes que se extienden a los pies de las sierras de Gibalbín y Gamaza, las Mesas de Santiago y, en especial, los Llanos de Caulina, fueron el escenario de las luchas entre Rodrigo y Táriq.

Los tiempos son como ríos que no pueden volver atrás. De ellos queda en la memoria de los hombres el recuerdo de las hazañas más insignes así en valor y en virtud como en maldad. Senda estrecha y trabajosa es por donde camina el historiador, y en la que se hallan más tropiezos y estorbos de cuantos están en el campo abierto que ofrecen al entendimiento humano las buenas letras. Sin la verdad y la crítica imposibles es mover por ella con seguro pié los pasos”. Con esta solemne reflexión sobre el díficil trabajo del historiador comienza la “Historia de Cádiz y su provincia desde los tiempos remotos hasta 1814” escrita por Adolfo de Castro y publicada en Cádiz por la Imprenta de la Revista Médica en 1858 (1).



Adolfo de Castro (1823-1898), escritor, historiador y erudito, fue también alcalde de Cádiz y gobernador de Cádiz y Huelva. A él se deben, entre otros trabajos que abordan temas vinculados con la provincia, una Historia de Jerez (1845) y su más conocida “Historia de Cádiz”, de la que extraemos las hipótesis y argumentos que sobre la Batalla de Guadalete, vierte en su autor.

Señala en esta obra el historiador gaditano que Rodrigo, tras conocer las primeras noticias de la invasión, encamina su ejército hacia el sur especulando acerca del itinerario seguido por sus tropas que “… Al ir hacia los sitios que ocupaban los invasores, que eran Gibraltar y su campo, claramente se infiera que no había de dirijirse por Montellano y otras sierras con un ejército cuya fuerza mayor consistía en tropas á caballo. Rodrigo tomaría el mismo camino real por Utrera y Lebrija hacia Jerez que fue lo mismo que para recuperar las Algeciras hizo con su ejército don Alonso XI.” Para Adolfo de Castro, Táriq, en su avance, habría evitado los terrenos quebrados y montuosos para salir al encuentro de Rodrigo con su ejército de doce mil hombres y “…haría lo que todo invasor en sus entradas: llevar a su gente por los caminos reales hasta presentar la batalla al enemigo que salga á impedir el paso. La extensión de los llanos de Caulina, tan inmediatos á a la antigua vía romana y al camino real moderno, y próximos al Guadalete, lugar el más á propósito para una batalla, y batalla en que combatió mucha caballería, desde luego con las observaciones que he presentado ofrece la historiador motivos para la conjetura de que fue teatro de la sangrienta lucha que originó la pérdida de España, como en parte fue teatro de la acción, no menos terrible, en que César venció a los hijos de Pompeyo” (2).

Ya tenemos pues, según la opinión de Castro, un escenario probable para esta batalla, un espacio físico en el que, a su entender, encajan la “lógica” de la estrategia militar, las razones de índole geográfico, y las antiguas vías de comunicación que tendrían que haber seguido los ejércitos contendientes: los Llanos de Caulina.


Los campamentos musulmanes: entre Arcos y Espera.



Nuestro erudito historiador aún encuentra otros argumentos en auxilio de su tesis, recurriendo a la toponimia. Así, cree ver confirmada y “perpetuada” en los nombres de dos arroyos de la zona, la presencia de los dos principales caudillos árabes. Veamos su ingenioso razonamiento que hoy se nos antoja una fantasía de erudito ingenioso: “En dos arroyos se conservan nombres, en mi entender alusivos á la batalla del Guadalete. Uno en el arroyo Fontetar, corrupción indudable de Fonte Táriq ó la fuente de Táriq, del mismo modo que “Gebal-Táriq se dijo Gibraltar. Aquí, pues, está consignado el nombre del caudillo de la expedición. El otro es el arroyo Musas, donde aún dura, ligeramente corrompido por el vulgo el nombre de Músa ben Nossayr, lugarteniente del Califa y por tanto el jefe del ejército, si bien no se hallaba presente. Esto prueba que por este sitio debió colocarse el campamento de los árabes. No están ambos arroyos muy distantes de Arcos ni del Guadalete: sabido es también que los llanos de Caulina se encuentran entre Arcos y Jerez” (3).

Adolfo de Castro acude aquí al valor probatorio de los registros toponímicos al afirmar que “…Imposible parecería que del sitio de un hecho tan notable no se hubiese conservado la memoria por nombres que de generación en generación el vulgo repitiera, aún sin saber lo que decía…De sucesos tan trascendentales para la historia de una nación ó se mantiene vivo el recuerdo en inscripciones, ó en los nombres de los sitios donde han ocurrido”. Está claro que, a falta de lo primero, ante la ausencia de monumentos conmemorativos, lápidas y vestigios arqueológicos, hay que apoyarse en lo segundo, en la toponimia, y nuestro historiador cree haber encontrado la prueba que busca: “En los arroyos Fontetar y Musas, encuentra el investigador dilijente de estas memorias las pruebas bastantes á designar los lugares de la victoria de Táriq, el caudillo enviado de Músa” (4).

El historiador gaditano, de la mano de estos dos topónimos tan sugerentes como “forzados”, hace situar los campamentos de las tropas invasoras en las tierras que hoy se sitúan entre Arcos y Espera desde donde saldrían al encuentro de las huestes de Rodrigo, apenas detectada su presencia dirigiéndose hacia los Llanos de Caulina a través de las Mesas de Santiago. Veamos como lo cuenta: “El campo de Táriq, estuvo entre Arcos y Espera, según mis conjeturas. El arroyo Fontetar ó Fonte Tariq corre a un cuarto de legua del Guadalete, y el de Músas, casi paralelo a Fontetar, dista de este mismo Arroyo como tres cuartos de legua. La batalla empezaría en la tierra quebrada que media entre el lugar del campamento y los Llanos de Caulina, terminándose en estos. El ser inferior Táriq a Rodrigo en caballería hace verosímil que por este lado fueran los combates primeros” (5).

Un paseo por los “escenarios” de la historia y la leyenda.

¿Qué queda hoy de estos topónimos que sirvieron de base a sus conjeturas? Si el lector curioso consulta la cartografía del Instituto Geográfico Nacional, así como los inventarios toponímicos comprobará que en las diferentes ediciones de la Hoja 1049 (Arcos), no aparece ninguna referencia a estos arroyos en los lugares mencionados por Adolfo de Castro, que se corresponden con el espacio por el que discurre la carretera entre Arcos y Espera.

Esta vía la cruzan hoy pequeños cursos fluviales. Uno de ellos, el más próximo a Arcos atraviesa las tierras de la Pequeña Holanda y pasa junto a la Cooperativa Agrícola Arcense (a unos 4 km de Arcos) cuyas instalaciones se ubican al pie de la citada carretera. Se trata del arroyo denominado de Fronteta. Con este nombre figura (“deformado” a nuestro entender) en la primera edición de la citada hoja 1049 (1917) y con este mismo se mantiene en las siguientes ediciones hasta la más moderna de 2005, (la hoja 1049-1 de Bornos del MTN-25). Se trata sin duda del Arroyo de Fontetar (o de “Fuente de Táriq”) al que alude Adolfo de Castro y que arranca de las inmediaciones del Cortijo de San Andrés, en la cercana Sierra del Calvario, para desembocar en el Salado de Espera en las proximidades de El Peral y Jadramil. De más difícil localización es el arroyo de Musas o de Musa, al que alude nuestro historiador y que identificamos con el actual Arroyo de La Saucedilla. Como el anterior, también cruza la carretera Arcos-Espera, en este caso junto al cortijo del Chupón, para embalsarse en una pantaneta en sus cercanías.

¿De dónde tomó pues estos nombres Adolfo de Castro, su principal argumento para ubicar los escenarios de la batalla de Guadalete? Creemos que lo hizo del mapa de Tomás López (6). Se trata del Mapa geográfico de los términos de Xerez de la Frontera Tempul Algar sus despoblados y pueblos confinantes, publicado en Madrid en 1787 y del que nos hemos ocupado en otras ocasiones en estas páginas de “entornoajerez” (7). En él se aprecian con claridad estos dos topónimos que, a buen seguro, llamarían la atención de un erudito como Adolfo de Castro quien encontró importantes piezas para el puzle que trataba de encajar.



No pasó desapercibido tampoco para el historiador otro topónimo que figura en el citado mapa, esta vez junto al Guadalete, aguas debajo de El Portal: la Barca de Florinda En estas referencias a los nombres de lugares que pudieran estar vinculados a los protagonistas de la Batalla de Guadalete, no ignora Adolfo de Castro el personaje de Florinda, protagonista de la leyenda de La Cava, tan ligada al episodio que desencadenó la invasión árabe. Este curioso topónimo debe su nombre a una barca de pasaje que existió en este lugar explotada por la familia Florinda (8). Afortunadamente, en este caso, las conjeturas del historiador son más prudentes y sin dejarse llevar por los sugestivos ecos de la leyenda de La Cava, descarta cualquier relación directa con la contienda: “Hay un pasaje del Guadalete entre Jerez y Puerto real llamado la Barca de Florinda. Ignoro el tiempo en que se impuso. Sea como quiera, no puede significar que en aquel sitio ocurrió la batalla” (9).

Al recorrer en estos días los campos de Espera, las tierras de El Peral y Jadramil, las soledades de Sierra Gamaza, las suaves lomas de las Mesas de Santiago… no podemos sino recordar las conjeturas de Adolfo de Castro imaginando con él, las tropas de Táriq acampadas en espera de la contienda con el ejército de Rodrigo que ya se aproxima, camino del Guadalete, por los Llanos de Caulina.

Para saber más:
(1) Castro de, Adolfo: Historia de Cádiz y su provincia desde los tiempos remotos hasta 1814. Cádiz. Imprenta de la Revista Médica, 1858.
(2) Ibidem, p. 214.
(3) Ibidem, p. 214.
(4) Ibidem, p. 214.
(5) Ibidem, p. 239
(6) López, Tomás: Mapa geográfico de los términos de Xerez de la Frontera Tempul Algar sus despoblados y pueblos confinantes: Dedicado al Excmo. Señor Conde de Florida Blanca... Por los cabildos Eclesiástico y secular de dicha ciudad y por mano del Ilmo. Señor Baylio Don Francisco Zarzana. Madrid 1787. (Agradecemos a nuestro amigo el profesor F.B. Zuleta Alejandre la copia digitalizada de dicho mapa). Otra copia del mismo puede consultarse en el Archivo Municipal.
(7) García Lázaro, J. y A.: El mapa de Tomás López: un recorrido por los términos de Xerez y Tempul a finales del siglo XVIII. Diario de Jerez 15/02/2015 y 22/02/2015.
(8) García Lázaro, J. y A. : Al pasar la barca. Una pequeña historia de las barcas que cruzaban el río Guadalete (1). Diario de Jerez, 29/05/2016.
(9) Castro de, Adolfo: Historia de Cádiz… p. 214.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Trece siglos de Guadalete, Guadalete, Paisajes con Historia, Por los Llanos de la Ina con don Rodrigo y Orelia. La Batalla de Guadalete en la versión de Antoine de Latour (I).,
  • Los Llanos de la Ina y la Batalla de Guadalete. El relato de Antoine de Latour (y II).


  • Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 1/10/2017

     
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