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Los otros “montes” de Jerez.




Cuando en Jerez nos referimos a los “montes”, casi todo el mundo lo asocia a los Montes de Propios, ese amplio territorio serrano de propiedad municipal que ocupa las tierras orientales de nuestro vasto término. Incluidos en el Parque Natural de Los Alcornocales, los Montes de Jerez se extienden sobre una superficie aproximada de 6.820 hectáreas repartidas en dos grandes fincas, La Jarda, de 6.000, y Montifarti, de 820 (1). La Sierra de Las Cabras, el Picacho de la Sierra del Aljibe o la Sierra de La Gallina están en todo o en parte contenidos en su demarcación dando a este enclave natural un aspecto montañoso y agreste al que contribuyen también los bosques de alcornoque que se extienden por estos parajes.

Sin embargo, en nuestro paseo de hoy por los paisajes y la historia, “entornoajerez”, no vamos a hablarles de estos Montes… sino de los “otros”. De esos “Montes” muy singulares que figuran en nuestra toponimia dando nombre a distintos rincones de nuestras campiñas y sierras y que en muchos casos no están referidos a relieves abruptos, pero que encierran también muchas historias. ¿Nos acompañan?

Montealto y Montealegre.



Entre esos otros “montes” más próximos a la ciudad, nos encontramos los de Montealto y Montealegre. Con 95 m de altitud, Montealto es uno de los lugares más elevados de las cercanías del casco histórico de Jerez, seguido muy de cerca por el cerro del Calvario (85 m), lugar este último donde en 1866 se construyeron los Depósitos de Agua del Acueducto de Tempul. Enclavado en el antiguo pago de Rabatún, y limitado a este y oeste por los caminos de Lebrija y de Trebujena, el cerro de Montealto domina un amplio panorama, especialmente en dirección norte. A sus pies corre el Arroyo del Zorro, tributario del Arroyo de la Loba (o Guadajabaque), que aún en los años lluviosos vemos inundando las zonas bajas en torno a la zona comercial de Área Sur.

En tiempos remotos penetraba por estos cauces un antiguo estero que, a modo de caño mareal, se inundaba al estar conectado con el paleoestuario del Guadalete a través del Guadajabaque. No es de extrañar que esta privilegiada posición geográfica reclamará ya desde la antigüedad la atención de las distintas culturas que se asentaron en el entorno de Jerez. Así lo atestiguan los hallazgos realizados en el yacimiento de Los Villares, en la parte más elevada del cerro de Montealto, excavado por la arqueóloga Esther López Rosendo entre 2003 y 2005 donde salió a la luz un asentamiento con vestigios que cubren un periodo muy amplio, desde la Edad de Cobre hasta las épocas tartésica y romana. De especial interés son los restos de un alfar y un enclave agrícola romanos, además de la existencia de una necrópolis (1). De la misma manera, el topónimo de Rabatún (que parece derivar del árabe ribat-al-Yun) apunta, según distintos autores, a la posible existencia en este paraje de una rábita, un puesto de vigilancia y defensa medieval, asociado tal vez al control de un camino de acceso al Jerez islámico, aprovechando su singular posición geográfica (2).

La excepcional situación de Montealto como máxima altura de las proximidades del casco urbano, fue también determinante para que en este emplazamiento se instalaran a finales de la década de los 60 del siglo pasado dos grandes Depósitos Reguladores de 10.000 m3 de capacidad cada uno, pertenecientes a la red de abastecimiento de agua de la Zona Gaditana, destinados a atender las necesidades urbanas de Jerez (3). Un bosquete de pinos los oculta hoy a la vista del paseante marcando, desde la lejanía, esta “máxima elevación” cercana a la ciudad.



Montealegre es también el topónimo que da nombre a un antiguo y afamado pago de viñas y que en la actualidad denomina a un amplio sector de tierras de las cercanías de la ciudad delimitado por la Ronda Este, el arroyo de la Canaleja, la autopista Sevilla Cádiz y la carretera de Cartuja. Con alturas máximas de 56 m, Montealegre no guarda en su territorio ninguna elevación que sobresalga de manera relevante, sino que se trata más bien de una amplia meseta, formada por conglomerados, arenas y limos del Plioceno, cubierta en su superficie por arenas finas rojas con arcillas. Estos últimos, más modernos, fueron depositados en el Pleistoceno (4) y forman un suelo característico, de tierra rojiza, en el que hasta el siglo pasado predominaban las viñas. Tan solo en su vertiente oriental, la que da a la autopista, se aprecian cortados y grandes desniveles, tallados por las aguas del arroyo Salado, al igual que ha hecho el de La Canaleja, en su sector norte, en las proximidades de la barriada de La Teja.

Estos materiales arenosos son muy permeables funcionando a nivel geológico como una gran “esponja”, por lo que el acuífero de Montealegre, que tiene en su suelo una gran capa de arcillas impermeables, es un verdadero depósito de reserva de aguas subterráneas. Desde antiguo se han explotado mediante grandes pozos o han aflorado al exterior de manera natural a través de fuentes y manantiales, allí donde existen cortes del terreno que lo permiten. Algunos de ellos son conocidos desde hace siglos si bien la mayoría presentan hoy en día un caudal muy menguado o han desaparecido. Entre los más notables citaremos los manantiales de La Canaleja o El Clérigo, ya perdidos, el de La Teja, en la finca homónima o la Fuente de Pedro Díaz, destruida con las obras de la Ronda que aún sigue manando en las proximidades de Monte Sierra. También se conservan la Fuente de La Vaquera, en la vertiente oriental que mira a Lomopardo, la de Albadalejo, en las proximidades del puente de Estella del Marqués o el más conocido de todos, el de Los Albarizones que en el siglo XVI se canalizó hasta Jerez con acueducto que terminaba en la Fuente de la Alcubilla (5).

La abundancia de agua favoreció desde antiguo la existencia de huertas, árboles frutales y arboledas en estos parajes de ahí que el nombre de Montealegre no pueda ser más apropiado para definir a ese “lugar ameno” por excelencia, donde todavía se mantienen viñedos, huertos tradicionales, y numerosos recreos con jardines y árboles ornamentales. Y esto es así desde hace siglo. Ya a mediados del XVII, el historiador Fray Esteban Rallón, describiendo los alrededores de La Cartuja apunta que “…Por la parte del norte se halla esa casa amparada de los rigores del cierzo, con los cerros que llaman de Montealegre, que se merecieron este nombre así por su eminencia, que señorea nuestra ciudad, como por su fertilidad. Esta todo vestido… de olivares, viñas, higuerales y diversos frutales, arroja de si diversas fuentes como la de la Baquera, la de Pedro Díaz, la del Badalejo y Alcubilla, y otras de menos nombre; y aunque por la parte que mira al convento no hay alguna que pueda valerse, ha suplido la industria y el arte la falta de la naturaleza con diversos barrenos que sele han dado, juntando y recogiendo con minas tan buena cantidad de agua, que tiene para sus claustros y oficina y, aunque no con mucha sobra, la bastante para la necesidad y hermosura como lo vemos” (6). Joaquín Portillo, se expresaba en similares términos con respecto a las bondades de Montealegre “cuyo nombre se mereció justamente no solo por su elevación y buena vista que manifiesta a sus moradores, sino igualmente por su fertilidad” (7).

Aún hoy día, es una delicia pasear por los caminos de Montealegre, o hacerlo por los alrededores de los Albarizones o La Cartuja, por la Hijuela de la Araña, entre Huertas, o por la del Serrallo, hasta el Monasterio. A todas estas posibilidades hay que unir, desde 2016, una nueva ruta habilitada para el senderismo y los paseos en bici o a caballo que utiliza el antiguo camino de servicio del Canal del Guadalcacín.

Partiendo de la rotonda nº 5 de la avenida rey Juan Carlos I, junto a la barriada de La Teja, esta ruta de casi cuatro kilómetros, discurre por el sector oriental de Montealegre y llega hasta las proximidades de Viveros Olmedo.



En su tramo inicial discurre por lo más alto de las “cornisas de Montealegre”, desde donde obtendremos magníficas vistas, para bajar después hasta la base de los cortados, y acercarse a las orillas del Arroyo Salado.

Montifarti y Montenegro.



Algo más alejados de la ciudad se encuentran otros dos parajes en los que nos encontramos topónimos que hacen alusión a “montes”: Montifarti y Montenegro. Montifarti, da nombre a una finca integrada en los Montes de Propios de Jerez, colindante con la Sierra de las Cabras. También conocida como Montifarte, en el origen de su nombre se encuentra una curiosa historia relacionada con un no menos curioso personaje, Abū’l-Jayr al-Išbīlī, (“el sevillano”) uno de los más afamados botánicos y agrónomos andalusíes de su tiempo. Como “jardinerodel rey al-Mutamid, (S. XI), visitó nuestros montes en busca de especies vegetales de utilidad medicinal y, en especial, de unos enebros singulares que crecían en las cercanías de la fortaleza de Tempul (hins Tubayl), próxima a los famosos manantiales (8). En uno de sus tratados en el que describe las hojas, madera y semillas de estos enebros, así como sus propiedades para las afecciones del corazón escribe: “Yo he visto esta especie al sur de Arcos (Arkus), en el monte Munt Fart, que domina sobre una aldea que se llama Taqbl, en la ladera de la parte de poniente, sobre tierra roja…” (9). Como ha estudiado el profesor Joaquín Bustamante, el yabal Munt Fart no es sino el actual “Montifarti” y, por extensión, toda la Sierra de las Cabras. Según este autor el nombre deriva del árabe “fart”: “abundante”, “bien provisto” y se trata de un “romancismo sustrático”. “El hecho de repetir /gabal/, “monte” junto a /munt/ “monte”, demuestra que /Munt Fart/ es un topónimo sustrático, cuya significación primera no es consciente ya para el hablante de árabe andalusí. Como cuando en español supuestamente repetimos “rio Guadalquivir…" (10).

Sea como fuere, Montifarte, Montifarti o Montifartillo son topónimos aún en uso que se han mantenido desde la época andalusí y de los que encontramos referencias en otras fuentes medievales como el Libro de la Montería del rey Alfonso XI, donde al describir los lugares de caza en el entorno de la Sierra del Aljibe se apunta que “(...)Et son las armadas la una en el abertura de cara a Montifarte; et es la otra armada en fondon de la Breña como vá Barbate Ayuso” (11).



Otro curioso topónimo relacionado con los “montes” es el de Montenegro, un lomo montañoso de casi cuatro kilómetros de longitud, que en dirección norte-sur se alza frente a La Jarda, en los Montes de Propios de Jerez. A sus pies discurre la carretera que lleva al Puerto de Gáliz y en sus faldas se desarrolla la típica vegetación presente en los montes del P.N. de los Alcornocales, con predominio de alcornoques, quejigos, acebuches y algarrobos. En su ladera oriental, la situada frente a la entrada de La Jarda, se encuentra la Laguna del Moral, próxima a los Tajos del Fraile, un espolón rocoso que se alza en el extremo de la Loma de Montenegro. En muchas zonas del país, este topónimo se



relaciona con montes de encinas o montes muy cerrados y, aunque en el caso que nos ocupa no está claro su origen, se apunta como posible razón de su nombre, la gran densidad de vegetación de sus faldas y la espesura del matorral y del bosque que aquí se desarrolla (12).

Monte Corto, Montegil y Montebur.



Siguiendo este recorrido histórico-geográfico por los “otros montes” de Jerez, es obligado mencionar el caso de Montecorto (o Monte Corto) con el que se bautiza un sector de la campiña jerezana colindante con el término de Arcos. Monte Corto da nombre a un cerro (117 m) que se alza entre el cortijo de La Peñuela y Jédula, así como a un arroyo y a dos cortijos que se ubican en sus laderas: Monte Corto Alto y Monte Corto Bajo. A sus pies se encuentra también un curioso paraje, las Salinillas, así como un antiguo camino que une la sierra de Gibalbín con el Guadalete: la Cañada de Vicos a las Mesas de Santiago.

El profesor Martínez Ruiz, en su estudio sobre la toponimia gaditana del siglo XIII, señala que el nombre de Montecorto deriva de las formas Muntiqurt / Muntqur que aparecen en las fuentes árabes (13). Por su parte, el arabista y profesor Martínez Enamorado, plantea que podría tratarse de un vocablo híbrido latino-beréber con significación de “monte de las piedras” o “monte de las peñas” (14) que encaja mejor con el paraje donde se asienta el Montecorto malagueño (localidad situada junto al peñón de Malaver, próxima a Zahara) que con el Montecorto jerezano. Si de él hay constancia cierta en las fuentes medievales como donadío (15), aún está por demostrar su posible origen árabe, por lo que su nombre bien pudiera aludir a un monte de baja altura o de escasa vegetación.



En el caso de Montegil, el nombre hace alusión a un cerro de 136 m situado entre Jerez y El Cuervo, junto a la carretera nacional IV. Esta elevación domina las marismas de El Cuervo Casablanca y Morabita y en sus alrededores existen numerosos yacimientos arqueológicos. Por su posición geográfica el Alto de Montegil albergó una torre del telégrafo óptico, una de las 59 de las que constaba la línea Madrid-Cádiz, puesta en marcha en 1844 por el brigadier José María Mathé por encargo del Ministerio de la Gobernación. En dirección a Madrid se conectaba desde aquí visualmente con la torre del Cerro de Cornegil (próximo al Rancho de Majada Vieja), a mitad de camino entre El Cuervo y Lebrija. En dirección a Jerez la conexión era con la torre de Capirete, que estuvo situada en la actual Viña El Telégrafo, que ha conservado en su nombre el recuerdo de aquel curioso sistema de comunicación (16). La torre de Montegil estuvo ubicada en el paraje donde hoy pueden verse grandes antenas de telecomunicaciones. Desde este punto se observa una inigualable perspectiva sobre las campiñas y marismas del bajo Guadalquivir.

En relación con el curioso nombre de Montegil, el profesor Pascual Barea, sugiere la posible relación de este orónimo con “montecellu”, (vocablo del latín tardío) que derivaría de monte (mons, montis) y el sufijo -cellu, del que procede el sufijo castellano -cillo. “Montegil equivale por tanto al castellano ‘montecillo´”, por lo que este topónimo “documentado en textos árabes y castellanos medievales, remonta a la Antigüedad tardía” (17).

Para una futura ocasión, dejamos las referencias a otros “montes” como el mítico Montebur de la crónica de al-Razi (s. X) identificado con la Sierra de San Cristóbal, aunque otros autores sitúan en la Sierra del Pinar (Rallón) o en Gibalbín (Abellán) (XXX). O esos otros “montes” que guardan en su nombre su origen árabe como Gibalbín, Gibalcor, o Aljibe de los que nos ocuparemos en próximos paseos “en torno a Jerez”.

Para saber más:
(1) VV.AA.: Guía de los Montes de Propios de Jerez de la Frontera. Biblioteca de Urbanismo y Cultura. Ayuntamiento de Jerez, 1989, pp. 15-16.
(2) López Rosendo, E.: El Yacimiento arqueológico de los Villares/Montealto y los orígenes tartésicos y romanos de la población de Jerez. Historia de Jerez, nº 13. 2007, p. 11. Ver también: García Vargas, E. y López Rosendo, E: El alfar de Rabatún (Jerez de la Frontera, Cádiz) y la producción de ánforas y cerámica común en la campiña del Guadalete en época altoimperial romana, SPAL: Revista de prehistoria y arqueología de la Universidad de Sevilla, 17 (2008): 281-313.
(3) Confederación Hidrográfica del Guadalquivir: El abastecimiento de agua a la zona gaditana 1957-1982, Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, 1983. Ver también: Jerez 65-70, Grafibérica, Jerez, 1969.
(4) Mapa Geológico de España. Hoja 1.048. Jerez de la Frontera y Hoja 1.062. Paterna de Rivera. Instituto Geológico y Minero de España. 1987.
(5) García Lázaro, J. y A.: Una ciudad sedienta: en busca del agua con el ingeniero Ángel Mayo, Diario de Jerez, 5 de octubre de 2013
(6) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Ed. de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. IV, p. 174.
(7) Portillo, J.: Noches Jerezanas, o sea, la historia y descripción de la M.N. y M.L. ciudad de Jerez de la Frontera y de su término por D.J.P., Imprenta de D. Juan Mallén, 1839, Tomo Segundo, p. 182
(8) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. Págs. 26 y 146
(9) Abu l-Jair al-Isbili “Umdat al-tabib…, II, 563-564. Versión de Joaquín Bustamante Costa. Puede consultarse en Abellán Pérez, J.: El Cádiz islámico a través de sus textos, Cádiz, 1996, p. 154.
(10) Bustamante Costa, J.: “Toponimia árabe del cuadrante sudoccidental de la provincia de Cádiz”, en Janda. Anuario de Estudios Vejeriegos, 3 (1997), 27-42, pg. 40
(11) Valverde J.A.: Anotaciones al Libro de la Montería del Rey Alfonso XI. Ediciones Universidad de Salamanca. pg. 1392. Ver también. García Lázaro, J. y A.: Por los Montes de Jerez con el botánico Abul Jair al Isbili, Diario de Jerez, 15 de noviembre de 2015
(12) García Lázaro, J. y A.: De colores: un recorrido por los colores y la toponimia de la campiña. Diario de Jerez, 22 de enero de 2017
(13) Martínez Ruiz, J.: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII, Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pg. 102.
(14) Martínez Enamorado, V.: A propósito de un pasaje del Rawd al-Qirtas de Ibn Abi Zar´. Identificación de tres topónimos beréberes de la Serranía de Ronda. Estudios sobre patrimonio, cultura y ciencias medievales III-IV, 127-148 Cádiz, 2001-2002, pp. 137-138.
(15) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004, p. 160.
(16) García Lázaro, J. y A.: Por los altos de Montegil y Capirete: el telégrafo óptico en Jerez. Diario de Jerez, 19 de octubre de 2013. Puede verrse también: Sánchez Ruiz, C.: Los telégrafos ópticos de Jerez. Diario de Jerez, 13/10/2003 y Sánchez Ruiz, C.: "Las Líneas telegráficas de Cádiz (1805-1820)." Actas del X Congreso de la SEHCYT. I Simposio de Historia de las Telecomunicaciones. Badajoz, 10-14 de septiembre de 2008.
(17) Pascual Barea, J.: Del latín tardío "Montecellu" al topónimo andaluz Montejil, Gades, nº 22, 1997, pp 607-620.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Paisajes con Historia, Toponimia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 17/12/2017

De colores.
Un recorrido por los colores y la toponimia de la campiña.




Con frecuencia, en los paseos por la campiña o por la sierra, nos llaman la atención los colores del paisaje: las variadas gamas de verde de la vegetación natural y de los cultivos, los tonos blancos de los suelos de albariza y de los cortijos encalados, los grises, ocres, y pardos de las rocas y la tierra… En muchas ocasiones, estos colores, por su especial contraste o relevancia, dan también nombre a montes, cerros y lomas, a arroyos y gargantas, a cortijos, viñas y parajes, que guardan así memoria en la toponimia de nuestro territorio de los más variados tonos con los que la naturaleza pinta los paisajes. En nuestro recorrido de hoy vamos a recordar algunos de los más de un centenar de lugares que hemos localizado en torno a Jerez en cuyo nombre tienen un papel destacado los colores.

Blanco de albariza y cal.

El blanco es el color que domina en la toponimia de nuestro territorio. Y no faltan razones para ello ya que en muchos rincones de la campiña, los suelos de albarizas dan al paisaje esos tonos blanquecinos tan característicos del viñedo jerezano. El blanco está también presente en algunos paisajes marismeños en los que hubo salinas o en construcciones como cortijos, casas, pozos, que han bautizado distintos rincones de nuestros campos con su color.



El Cerro Blanco (152 m) es una elevación a medio camino entre Torremelgarejo y Jédula, frente a La Peñuela, cuyas faldas de albariza acogen uno de los viñedos situados más al este del término. En su zona más elevada, el caserío del cortijo de Motecorto Alto es visible desde muchos lugares de la campiña. Ríos Ruiz lo menciona en una de sus obras: “…y escuchábanse… retumbar los relinchos y galopes de los potros cartujanos, allá por Jédula, La Jarilla y La Jareta, Cerro Blanco…” (1). Al norte de la ciudad, por el camino de Lebrija, el arroyo Blanquillo corre por las faldas de Montegilillo para entregar sus aguas en el caño del Bujón, atravesando la carretera de Morabita junto al Rancho del Moral y la casa del Hinojal. En su pequeña recorrido pasa por entre cerros de albariza arrastrando en sus aguas los limos blancos que dan color a su cauce. Sin embargo, muy lejos de este lugar, el arroyo de Pasada Blanca debe su nombre, no al tono de las tierras y roquedos que atraviesa, sino al de sus aguas de naturaleza sulfurosa y con aspecto lechoso, ya que proceden de un manantial conocido desde los siglos medievales por sus propiedades medicinales. En estos parajes, situados en el extremo oriental del término de Jerez, colindantes con el de Cortes, este topónimo de Pasada Blanca bautiza también a la garganta por donde discurre el arroyo, a la dehesa que atraviesa, a una casa del lugar y a los baños que tradicionalmente se tomaban en las pozas de este pequeño curso fluvial tributario del Hozgarganta y que aún eran frecuentados a mediados del siglo XIX como menciona Madoz en su Diccionario Geográfico (2). En sus proximidades encontramos también la Loma de Casablanca y el rancho del mismo nombre, en tierras ya de la cercana dehesa de Benahú.



El topónimo de Mojón Blanco es conocido también desde los siglos medievales y da nombre al cortijo, al cerro y al puntal de Mojón Blanco, figurando en los documentos de delimitación de términos donde se señalaba la mojonera que definían las lindes. En este caso, suponemos que aluden a un hito que se construiría en piedra y se pintaría de blanco para su visualización desde la distancia. El cortijo de Mojón Blanco, cercano al de Cápita, y el cerro colindante del mismo nombre era el lugar donde confinaban los términos de Lebrija, Jerez y Trebujena: un trifinium. Con idéntico nombre se mantiene todavía otro cerro de Mojón Blanco (y el caserío homónimo), en las proximidades de Gibalbín, frente al cortijo de Las Navas, señalando en este caso el punto donde confluían los términos de Arcos, Lebrija y Jerez (3).



Junto a los ríos y los montes, las casas y construcciones son también elementos visuales de primer orden en el paisaje y no es de extrañar que su color bautice en muchos casos a los parajes donde se enclavan. Así, el cortijo de Casablanca, llama la atención por su peculiar fisonomía, destacando en el paisaje de dilatados horizontes de las marismas que llevan también su nombre y que el viajero descubre en las proximidades de la vecina población de El Cuervo, junto a su conocido silo de cereales.

También es muy conocido otro cortijo de nombre Casablanca situado en las proximidades de la Junta de los Ríos y cercano a Jédula. Su imponente caserío preside un cerro desde el que se contempla un hermoso paisaje de campiña.



Menos a la vista quedan para el paseante las tierras de Casablanquilla, junto al cortijo de Los Ballesteros, cuyo acceso vemos en la carretera de Gibalbín una vez que hemos dejado atrás el cortijo de Jara.



Entre los numerosos pozos y abrevaderos repartidos por todos los rincones del alfoz jerezano, los hay que tienen nombre propio, como el Pozo Blanco del cortijo de Fuente Rey u otro con esta misma denominación perteneciente al cortijo del Chorreadero, próximo a Paterna, ambos los encontramos ya señalados en el Plano Parcelario de López Cepero de 1904 (4). Entre las viñas, no podían faltar tampoco las referencias al color blanco, teniendo en cuenta que buena parte de ellas se asienta en suelos de albariza. Este es el caso de la conocida Viña La Blanquita, junto a la carretera de Rota, en el pago de Balbaína. También frente al núcleo rural de Añina existe otra viña con la denominación de La Blanquita. Por el contrario, Viña Blanco (una en el pago de Solete, junto a Santa teresa y otra en Cerro Pelado), creemos que puede deber su denominación al apellido de un propietario.



En las laderas de Gibalbín, entre la cañada y las cumbres donde despunta la torre, se ubica el cortijo de La Blanquita que perteneció en su día al médico y político jerezano Fermín Aranda y cuyo caserío aparece en uno de los azulejos de la fachada de la que fuera su casa en la plaza de las Angustias.

Las albinas, pequeñas lagunas más o menos temporales que se forman en los montes o en las zonas de marismas, son también muy frecuentes en nuestro término. Una de ellas, enclavada en la zona del Zurraque que luego pasaría a formar parte del término de Puerto Real, era conocida como la Albina Blanca, siendo ya dedicada en 1500 a la extracción de sal, como nos recuerda el profesor Emilio Martín (5). Con el color blanco se relaciona también el conocido topónimo de Los Albarizones, paraje cercano a la Cartuja que da nombre a una barriada rural y a una de las fuentes más conocidas del término, cuyas aguas fueron canalizadas en el siglo XVI hasta la Alcubilla para el abastecimiento urbano de Jerez. Otra Fuente de los Albarizones, más modesta y de menor caudal, se localiza también en las tierras del Cortijo de Picado, en la falda de la Sierra de las Cabras.



Negros, oscuros y umbríos.

A diferencia del blanco, es mucho más difícil encontrar en nuestro territorio lugares y paisajes en los que el color negro o los tonos oscuros sean los predominantes y por lo tanto, un motivo para que figuren en los mapas. Pese a todo, aún se mantienen algunos topónimos relacionados con estos colores.



Tal vez el más conocido es el de Montenegro, un lomo montañoso de casi 4 km de longitud, que en dirección norte sur, se alza frente a La Jarda, en los Montes de Propios de Jerez. A sus pies discurre la carretera que se dirige al Puerto de Gáliz y en sus faldas se desarrolla la típica vegetación presente en los montes del Parque Natural de los Alcornocales al que pertenece, con predominio de alcornoques, quejigos, acebuches y algarrobos. En su ladera oriental, la situada frente a la entrada de La Jarda, se encuentra la Laguna del Moral, próxima a los Tajos del Fraile, un espolón rocoso que se alza en el extremo norte de la Loma de Montenegro. En muchas zonas del país, este topónimo se relaciona con montes de encinas o montes muy cerrados y, aunque en el caso que nos ocupa no está claro su origen, se apunta como posible razón de su nombre, la gran densidad de vegetación de sus faldas y la espesura del matorral y del bosque que aquí se desarrolla. El Rancho de Montenegro, junto al arroyo de Cabañas y la Cañada de Albadalejo, figura ya en los mapas de comienzos del siglo XX. Próximo al Chaparrito, en los llanos de Malabrigo, es un claro antropónimo que alude al nombre de su propietario sin vinculación alguna con las características del terreno.



La Cañada de Bocanegra y la antigua Laguna de Bocanegra, situadas en las cercanías de la Fábrica de Cemento, aunque son topónimos conocidos hace más de dos siglos, pensamos que aluden al apodo de algún propietario o habitante de estos parajes, más que a los rasgos fisiográficos de este rincón de la campiña. Otro tanto sucede con el curioso topónimo de Puerto de los Negros, que figura ya en documentos de 1577 de Señalamiento de las dehesas de los Montes de Propios, estudiados por el profesor Emilio Martín (6). Situado en los montes de la Dehesa de la Alcaría, en el costado sur del actual embalse de los Hurones, este lugar era paso obligado de los caminos que desde Tempul se dirigían a Cardela y Ubrique, por lo que fue muy frecuentado en los siglos medievales. La Garganta de los Negros, un arroyo que discurre entre estos montes y el Camino del Puerto de los Negros, son también topónimos de este alejado rincón del término colindante con Ubrique. Pero, ¿a qué negros se refieren? ¿Tal vez apuntan a un lugar en el que vivieron los últimos moros vinculados al castillo de Cardela, o a un rincón de la serranía en el que habitaron negros o que fue tal vez refugio de descendientes de esclavos negros que vivieron en Jerez? (7).

La toponimia conserva también otros nombres relacionados con lo “oscuro” o lo “sombrío” que están estrechamente relacionados con las características del paisaje al que se refieren. Es el caso, por ejemplo de La Umbría, o Umbría del Escobar, paraje del cerro del Escobar colindante con el embalse de los Hurones y situado en la dehesa de La Alcaría. Por contraposición con La Solana, el topónimo hace alusión a las laderas orientadas al norte de este cerro, que se mantienen más sombrías y húmedas, y por lo tanto más oscuras y privadas de iluminación que las orientadas al sur o de solana. El Escobar, hace alusión a la presencia de arbustos del género Cytisus, conocidos vulgarmente como escobones. El topónimo “La Umbría”, está ya recogido en el s. XIV en el Libro de la Montería en los montes de Tarifa, referido, como en este caso a una zona sombría y oscura (8).



En relación a estos lugares umbrosos o menos expuestos al sol, hay que recordar también otros topónimos que hacen alusión a “lo oscuro” y “la oscuridad”. Este es el caso de la Cañada de la Oscuridad o del Cortijo de la Oscuridad, situados en la zona de Alcornocalejo, próxima a San José del Valle. Este último cortijo, está ligado a los sucesos de la Mano Negra y en sus tierras aún se conserva la Laguna de la Oscuridad, una hermosa lámina de agua casi permanente, rodeada de alcornoques y encinas, en un paraje situado junto a la Cañada de Arcos a Medina. Esta lagunas es también conocida como de Alcornocalejo, de Marimorena o de Medina (9). Con el nombre de La oscuridad, se conoce también un paraje del cortijo de Picado, situado en las laderas de umbría de la Sierra de las Cabras, cubierto de una densa vegetación.



En la Dehesa de Gami, en el extremo oriental del término, encontramos también el paraje de Cueva Oscura, en un hermoso y cerrado alcornocal.

Para terminar este recorrido, no podemos dejar de mencionar el topónimo de Puerto Oscuro, ubicado en las proximidades del Pico del Aljibe, en un paraje por donde salvaban estas cumbres los caminos que unían Alcalá con La Sauceda. Situado en el punto donde se parten los términos de Alcalá de los Gazules, Cortes y Jerez (un trifinium), Puerto Oscuro es la divisoria entre la Garganta de Pasada Llana, que atraviesa La Sauceda, y la Garganta de Puerto Oscuro, en cuya cabecera se sitúa el nacimiento del Río Barbate.

Continuaremos en nuestra próxima entrega, descubriendo los “colores” presentes en otros muchos rincones de nuestras campiñas y sierras.

Para saber más:
(1) Ríos Ruiz, M.: Razón, vigilia y elegía de Manuel Torre, Premio Nacional de Poesía Flamenca 1977, p. 3.
(2) Madoz, P.: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. “Cádiz”. Edición facsímil, 1986, p. 246.
(3) Astillero Ramos J.M.: “La formación del término de Arcos de la Frontera: 1249-1544”, en M. González Jiménez y R. Sánchez Saus (coord.), Arcos y el nacimiento de la frontera andaluza (1264-1330), Ed. UCA, Ed. Universidad de Sevilla, Ayuntamiento de Arcos de la Frontera, 2016, p. 37.
(4) López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000.
(5) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera, Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 200, p. 98.
(6) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural… Ob. Cit. pp. 259-260
(7) Sobre los esclavos negros en Jerez puede consultarse el magnífico trabajo: Mingorance, J.A. y Abril, J.M.: La esclavitud en la Baja Edad media. Jerez de la Frontera. 1392-1550, Peripecias Libros, 2013, pp.122-125.
(8) Pascual Barea, J.: “El paisaje histórico de los términos de Tarifa y Algeciras según la toponimia del Libro de la Montería en el siglo XIV”, en Martín Gutiérrez, E. (Ed.) El paisaje rural en Andalucía Occidental durante los siglos bajomedievales, Servicio de publicaciones e la Universidad de Cádiz, p. 116.
(9) Sobre la Laguna de la Oscuridad puede consultarse: García Lázaro A. y J.: Las lagunas perdidas. Diario de Jerez, 07/02/2016. También disponible en internet en el enlace: Las lagunas perdidas.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 22/01/2017

 
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