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Palmas, palmitos y palmares.
Algunas curiosidades sobre nuestras palmeras autóctonas.




La fitotoponimia, aquella parcela de la toponimia que se ocupa del estudio de los nombres de lugares relacionados con plantas o formaciones vegetales, aporta datos muy valiosos para el conocimiento de nuestro entorno. En ocasiones, supone una fuente de información de primer orden que permite explicar los cambios experimentados en nuestros paisajes al facilitar datos sobre la vegetación que, en tiempos pasados, motivó que algunos parajes fueran bautizados con el nombre de determinadas especies. Hoy vamos a centrar nuestra atención en los topónimos relacionados con el palmito (conocido también como palma), acercándonos también a algunas referencias históricas y literarias para conocer mejor esta curiosa palmera tan familiar en nuestro entorno.

El palmito: nuestra palmera autóctona.

El palmito (Chamaerops humilis L.), es una especie característica de la región mediterránea y es la única palma autóctona que crece en nuestro territorio. Presente en todos los rincones de la provincia de Cádiz, en la actualidad apenas constituyen masas puras y suele ser acompañante de otras especies propias del matorral mediterráneo en espacios y suelos muy variados, desde las cercanías del mar, hasta las laderas montañosas de la Sierra



de Grazalema, donde llega a crecer a más de 1.000 m de altitud. Con todo, se desarrolla con mayor profusión en las campiñas de Jerez, Medina y Alcalá de los Gazules, llegando a formar en algunos parajes extensas manchas, especialmente sobre terrenos margosos del triásico y en las lomas y mesetas de suelo arenoso del cuaternario. En estas formaciones, suelen presentarse asociados a lentiscos, retamas, coscojas, y otras especies arbustivas y herbáceas propias del matorral mediterráneo (1).

En los parajes donde los palmitos se presentan con mayor densidad, puede hablarse de palmares o palmitares, formaciones vegetales de talla baja o media donde llegan a ser la especie dominante. Entre ellos suele haber abundantes claros cubiertos por un pastizal pobre y, en muchas ocasiones nitrificado, “ya que el uso más habitual de los palmitares es el de pastadero”. Entre las herbáceas que colonizan los claros junto a los palmitos las más numerosas son las liliáceas (Asphodelus –gamones-, Urginea –cebolla albarrana-, Scilla), las gramíneas (Stipa) y las compuestas (Anthemis, Anacylus –manzanillas-) (2).

La persistencia en la actualidad de palmares, de extensión cada vez más reducida y confinados en terrenos marginales, podría explicarse por la resistencia al fuego del palmito y su gran capacidad de rebrote, y en su rechazo por el ganado, factores que le hacen competir con mayor éxito en matorrales y pastizales frente a otras especies más vulnerables o más apetecibles para ovejas y cabras (3). Con todo, conviene recordar que se trata de formaciones vegetales amenazadas y en regresión, por lo que los palmitos están protegidos por la legislación ambiental.

Un poco de historia.

El palmito y los palmares formaron siempre parte de nuestros paisajes. No es de extrañar por ello que existan muchas referencias en las fuentes documentales que confirmen su distribución



por todo nuestro término. Así, por ejemplo, se tiene constancia de su presencia en incontables parajes porque se les menciona en los expedientes de amojonamiento o en los pleitos por lindes
de tierras. Por citar sólo algunos casos de los estudiados por el profesor Emilio Martín Gutiérrez, en 1434 el juez de términos Alfonso Núñez utiliza en numerosas ocasiones a las palmas u otros arbustos y árboles como hitos naturales en la descripción de lindes. Se hace alusión así a cerros con palmares, ribazos o valladares cubiertos de palmitos, “cabeços palmosos”, “palmarejos”… Mención aparte merecen algunos ejemplares singulares y aislados citados en estos antiguos documentos (“en somo de una palma”, “en una palma grande”, “sobre una palmilla”…) que actuarían como mojones por ser elementos relevantes en los parajes descritos.

Este mismo autor, tomando como base un documento de 1621, “Ejecutoria de las tierras que querían vender”, depositado en el Archivo Municipal de Jerez, analiza, entre otras muchas cuestiones, la vegetación natural presente en el alfoz jerezano. En casi todos los rincones aparecen los palmares que abundan especialmente en las tierras comprendidas entre el Camino de Sevilla y el río Guadalete (Llanos de Caulina) y en los baldíos del camino de Medina. Son descritos también en otros lugares del término como en el pago de “Tosina”, en el donadío de Romanina, en la Dehesa de la Torre de Sepúlveda… (4).



Las fuentes históricas describen también la paulatina desaparición de nuestros palmares de la mano de las roturaciones de baldíos y espacios incultos que practicaban tanto vecinos sin tierra como los grandes propietarios, usurpando los terrenos comunales: lo mismo que sucede en la actualidad. El grito de “a desalambrar” tuvo un antiguo precedente: “a despalmitar” o “a despalmar”, si se nos acepta la licencia. De ello nos informa también el profesor Martín Gutiérrez que cita muchos ejemplos de vecinos instalados en espacios públicos o de propietarios como Alfonso López, quien en 1434 “había ocupado tierras, palmares y carrascales” junto a sus propiedades de la Dehesa del Almirante. El mismo autor apunta que “en 1630, el prior (de la Cartuja) don Sebastián de la Cruz despalmó y descarrascó 110 aranzadas de tierra… en la dehesa de la Greduela… y 120 aranzadas… en la dehesa de la Peñuela” para plantar viñas (5).

La progresiva desaparición de los palmares ya no tendrá vuelta atrás y durante los siglos posteriores la puesta en cultivo de baldíos, la pérdida de espacios forestales, el desmonte de dehesas y la ocupación de cañadas y vías pecuarias dejó los palmares relegados a su mínima expresión y confinados a los terrenos más marginales e improductivos. En el alfoz jerezano uno de esos espacios donde el palmito llegó a formar extensas masas que se mantuvieron durante siglos, fue la zona conocida como Llanos de Caulina. La escritora Fernán Caballero, deja testimonio literario de ello y en el comienzo de uno de sus cuentos, “Lucas García”, publicado en 1862, nos describe los palmares que pueblan estos parajes: Saliendo de Jerez en dirección á los montes de Ronda, que se van escalonando gradualmente, como para formarle un adecuado pedestal al bien denominado San Cristóbal, se atraviesa una extensa llanura, que lleva el nombre de Llanos de Caulina. El uniforme y desnudo camino, después arrastrarse dos leguas por entre palmitos, hace alto al pié de la primera elevación de terreno, donde se tiende al sol un perezoso arroyo, que en verano se estanta (sic) y trueca sus aguas en fango. Vese á la derecha el castillo de Melgarejo, que es de las pocas construcciones moriscas, que no han llegado á destruir el tiempo y la impericia, su fiel auxiliadora en la destrucción…” (6).

Tan sólo unos años más tarde (1869-1870), los ingenieros de montes y botánicos que realizan los trabajos de catalogación para la Comisión de la Flora Forestal Española, realizan una excursión a los alrededores de la Torre de Melgarejo, donde estudian las especies vegetales presentes. En su informe describen el camino de Jerez hasta la Dehesa de La Torre: "Ésta dista de la ciudad unas dos leguas, siguiendo la carretera de Arcos. Caminando por esta, se encuentran á ambos lados viñedos protegidos por grandes setos de tunas ó chumberas... Al cabo de unos tres cuartos de hora se entra en los "Llanos de Caulina", extenso palmitar de vegetación poco variada, destinado á pastos". El informe también los cita en la Dehesa de los Garciagos. Como dato curioso recogen la existencia de un palmito de dimensiones excepcionales en Vejer: "en un pequeño saliente de una de las paredes de la Iglesia hay una palma (Chamaerops humilis), cuyo estípite tiene unos seis metros. Hace pocos años, el viento derribó otro ejemplar parecido, y para conservar el que queda se le ha atado por su parte superior a una reja de la Iglesia” (7). Una década después, en 1879, el ingeniero de montes Salvador Cerón, cifraba en 90.000 Has la superficie ocupada por el palmito en nuestro país y en 10.000 las cubiertas por los palmares en nuestra provincia, incluyéndose aquí las formaciones de matorral en las que el palmito era especie dominante o secundaria. Tan sólo las provincias Alicante, Valencia, Murcia y Málaga superaban a Cádiz en la extensión de sus palmitares (8).

Pese a que los palmares como el de Caulina se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX, lo cierto es que en la actualidad, la puesta en cultivo de muchos de los espacios en los que crecían, ha hecho disminuir enormemente su presencia y en nuestros días esta especie rara vez forma masas puras, no quedando apenas palmares de mediana extensión. Los palmitos crecen hoy en terrenos marginales, donde han logrado sobrevivir a las roturaciones pudiendo verse todavía en bordes de caminos, roquedos, márgenes de vías pecuarias, convexidades de cerros de difícil laboreo, o acompañando a lentiscos y acebuches en bosquetes y dehesas.

Palmitos, palmas y palmares en la toponimia.

Sin embargo, ahí están todavía presentes en la toponimia para recordarnos que, como se desprende también de numerosas fuentes documentales de siglos pasados, buena parte de nuestros paisajes naturales y rurales contaron con la presencia de esta especie. Veamos algunos ejemplos:

Aunque en ocasiones su forma más sencilla, La Palma o Las Palmas, puede hacer referencia a la presencia de una palmera, lo más frecuente es que se haga alusión con este nombre al palmito, en especial con aquellos topónimos de los que se tiene constancia varios siglos atrás, cuando ni la palmera canaria (Phoenix canariensis) ni la datilera (P. dactylifera) estaban presentes en el medio rural. Así, La Palma está presente en Chipiona, Puerto de Santa María, Torre Alháquime o Jimena. En Jerez, tres viñas tienen el nombre de La Palma –Tizón, Añina, Balbaína- y una el de Las Palmas, aunque en estos casos creemos que se deben a las palmeras que había junto a ellas. En Tarifa un cerro tiene también este nombre.



Las Palmas bautiza al puerto que se encuentra justo en la linde de los términos de Jerez y Arcos, junto al depósito de aguas de Jédula y el Haza de La Palmas es un sector del cortijo de Casablanca al borde de las marismas. En Villamartín da nombre a un antiguo rancho como sucede también en Ubrique y Prado del Rey. Zahara es pródiga en Palmas y en su toponimia local se encuentran una loma, un cerro y un puerto de “las palmas”. En Rota están el pozo y la casa de Las Palmas y en Alcalá, la cañada de este nombre. En S. José del Valle se encuentra el Puerto del Palmito (Dehesa de Puerto Frontino) y en Jerez la Dehesa de El Palmito entre las de Picado y Los Castillejos. En Medina el Cancho del Palmito y la Colada de los Palmitos.



Los palmares, lugares donde crecen palmitos, están muy extendidos también en la toponimia provincial. No es de extrañar por ello que con el nombre de El Palmar se conozcan muchos lugares y parajes como sucede en Espera, Conil, Vejer (donde llevan este nombre una conocida playa y a una dehesa), Chiclana, Pto. Real, Sanlúcar… En Arcos se encuentra el Cerro del Palmar. En muchos casos, los palmares tienen “nombre propio”. En Medina encontramos el Palmar de Doña Ana o el Palmar de Lesmi; en Alcalá, el Palmar de Juan Gallo; en Puerto Real y en El Pto. De Sta. María, El Palmar de la Victoria; en Sanlúcar, el Palmar de San Sebastián. Uno de los más conocidos es el jerezano Palmar del Conde, paraje célebre por sus hallazgos paleontológicos. En Jerez se encuentra también el Palmar de las Monjas, junto a Las Quinientas, el arroyo del Palmar de Zacarías y el Haza del Palmar, junto a las Marismas de Maritata.

A veces encontramos el topónimo en su forma diminutiva y así, en Benaocaz está El Palmarejo; en Ubrique, el Descansadero del Puerto del Palmarejo; en los Montes de Propios de Jerez, junto al arroyo del Quejigal, la Cabezada del Palmarejo; en Medina, Las Palmitas y en Jerez, frente a Cerro Viejo, el Haza Palmilla, por citar sólo algunos ejemplos. Otras veces este topónimo se presenta en su forma aumentativa, como en la Hijuela de Palmones (La Carrahola, Jerez) o en Los Barrios; o en plural dando lugar a Palmares o Los Palmares, como en Olvera, Algodonales o Los Barrios, población donde también da nombre a un cortijo.



El sufijo –oso, alude a “abundancia de”. Palmoso o palmitoso se utiliza por tanto para referirse a un lugar donde abundan (o abundaban) especialmente las palmas. El Palmitoso es el nombre de un paraje de Medina o de un cortijo de Alcalá, municipios donde también encontramos el topónimo de La Palmosa. El paraje de La Palmosa en Alcalá es conocido porque en él se encuentra el Área de Servicio de la Autovía de Los Barrios, pero también da nombre a un polígono industrial, a un cabezo, a una vega, a un cortijo y a una fuente: la de la Hoya de La Palmosa. Su versión en diminutivo “La(s) Palmosilla(s)”, la encontramos en Tarifa y también en Villamartín, donde un cerro y un cortijo llevan este nombre. En el Haza Palmosa de Jerez se construyeron las nuevas Bodegas de W. & H.



Otras derivaciones de estos mismos nombres están presentes también en toda la geografía provincial. Es el caso del paraje de Palmarote (Sanlúcar) o de los cortijos de Palmarón (Villamartín) o, el de otro topónimo de más dudosa procedencia: Palmetín (Medina, Chiclana). La Dehesa del Palmetín o el arroyo, breña, cañada, suertes… del mismo nombre, aparecen también en S. José del Valle, siendo un paraje muy conocido, en las cercanías de la Sierra de Dos Hermanas, cruzado por el acueducto del Tempul. Por último, como testigo de la permanente regresión y desmonte de los palmares por las roturaciones, nos queda un elocuente topónimo que encontramos en Alcalá de los Gazules: Cortijo del Despalmado.

Volveremos en otra ocasión a ocuparnos de esta curiosa planta para hablar de sus aprovechamientos desde el punto de vista de la etnobotánica y de sus muchas utilidades en la artesanía tradicional.

Para saber más:
(1) Ceballos, L. y Martin Bolaños, M. Estudio sobre la Vegetación forestal de la provincia de Cádiz, I.F.I.E. 1930. Ed. Facsímil, Consejería de Medio ambiente, 2000, págs. 180-184
(2) Ceballos, L. y Martin Bolaños, M.: Estudio…, Op. cit., p. 181
(3) Mapa Forestal de España, Escala 1: 200.000 Cádiz, Hoja 3-12, ICONA, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, Madrid, 1992, p. 62
(4) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004.
(5) Martín Gutiérrez, E.: La organización… Op. cit., p. 120
(6) Hemos extraído los fragmentos entrecomillados del cuento “Lucas García”, de Fernán Caballero, incluido en su obra “Cuadros de costumbres” pp. 209-210), editada en Leipzig, 1865, disponible en Internet .
(7) Comisión de la Flora Forestal Española. Resumen de los trabajos verificados por la misma durante los años de 1869 y 1870, Madrid, Tipografía del Colegio Nacional de Sordo-Mudos y de Ciegos, 1872, pp. 86 y 91. Debemos a nuestro amigo Pedro Oteo Barranco, la localización de este interesante estudio.
(8) Cerón, S.: Industria forestal-agrícola, Cádiz, 1879, p. 181. Agradecemos a nuestro amigo Francisco Jordi Sánchez las facilidades para consultar este libro.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Flora y fauna, Paisajes con Historia, Toponimia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 4/12/2016

Gibalbín: “el monte del pozo”.
Un recorrido por la toponimia andalusí.




En diferentes ocasiones nos hemos ocupado en estas páginas de algunos topónimos de resonancias árabes, que guardan memoria de los más de cinco siglos de presencia andalusí en nuestro territorio. Después de 750 años, aún se mantienen no pocos vestigios de su prolongada estancia en los nombres de nuestros ríos, nuestros campos, nuestros montes.

Esta pervivencia no es de extrañar ya que, desde las primeras décadas inmediatamente posteriores a la llegada de los musulmanes a la península y durante casi ocho siglos, Jerez y su extenso alfoz han tenido una marcada influencia andalusí de la que aún quedan testimonios en su cultura, en su paisaje y en la toponimia. Como ha escrito el profesor Juan Abellán, el topónimo “se erige no solo como espectador de la Historia de su entorno más inmediato, sino que la vive y le afecta, quedando las huellas del pasado incrustadas en sus formas gráficas y en sus significados, aunque, con relativa frecuencia, es observable el cambio de las primeras, permaneciendo, no obstante, inalterable su significación”. (1)

Gibalbín: un nombre para un monte.



Junto a la cercana sierra de San Cristóbal, pequeña elevación de 125 m al SW de la ciudad que cierra el horizonte hacia El Puerto de Santa María, el relieve más destacable en las proximidades de Jerez es sin duda la Sierra de Gibalbín. Situada a 20 km en línea recta, en dirección NE, presenta un relieve de suaves pendientes, fruto del modelado superficial, a pesar de la naturaleza caliza y margocaliza de su roquedo. Con sus 410 m es un hito sobresaliente en el paisaje de un amplio territorio, a caballo entre las provincias de Sevilla y Cádiz, siendo también un referente visual de primer orden desde el que se dominan las amplias llanuras del antiguo estuario del Guadalquivir, las campiñas jerezanas y de Arcos y las comarcas cercanas a la Sierra de Cádiz.



No es de extrañar que, por estas razones, fuera desde antiguo un enclave estratégico como atestiguan los testimonios arqueológicos hallados en sus laderas y cumbres, que informan del paso de las diferentes culturas a lo largo de la historia. Por sus alrededores han discurrido (y se trazan todavía) las principales vías de comunicación que, desde al menos dos milenios atrás, han unido las tierras gaditanas con las de Sevilla.

Para rastrear el origen y posible significado de este orónimo hemos revisado los diferentes nombres con los que se cita a este monte las fuentes documentales árabes, así como nuestra historiografía tradicional y los estudios sobre toponimia, lo que nos ha permitido conocer su evolución a lo largo del tiempo hasta su fijación en la forma “Gibalbín”, tal como hoy la conocemos.



Gibalbín, “el monte del pozo”.

Diremos ya, de entrada, que el topónimo de Gibalbín tiene su origen, muy probablemente en el Yabal al-bi´r de los árabes, con el significado de “monte del pozo”. Las referencias que encontramos en las fuentes árabes a esta enclave geográfico se remontan, cuando menos, al siglo XII. Así, al describir el itinerario entre Algeciras y Sevilla, el geógrafo al-Idrisi (mediados del s. XII), menciona los lugares más destacados por los que discurre el camino. Tras dejar atrás Medina (Ibn al Salim) y cruzar el Río Guadalete, se pasa por Yabal Munt, para seguir después hasta la alquería de Asluca, la actual Torres de Alocaz (2). Este Yabal Munt o “cerro del monte” de la vía idrisiana, que vemos mencionado también en otras fuentes como Gebalmont, no puede ser otro que Gibalbín. En ambas formas aparece de manera redundante el vocablo “monte”, combinándose los sustratos árabe y romance. Se subraya así la importancia de este hito orográfico como referencia en un paisaje donde predominan suaves colinas y llanuras y donde Gibalbín se yergue en esta región por la que cruzan los caminos más importantes entre el Estrecho y el Valle del Guadalquivir como “el monte” por antonomasia.



Ibn Abi Zar nos da también posibles referencias de esta montaña en su obra Rawd al-Qirṭās, una historia de Marruecos escrita en árabe a comienzos del siglo XIV, en la que relata los asaltos meriníes a la zona. Así, en una de las intervenciones militares de castigo que se llevaron a cabo en la primavera de 1285 por la comarca, el “Emir de los Musulmanes”, Abu Yusuf, desde su campamento en las cercanías de Jerez, envía una expedición al mando de uno de sus jefes, hacia Alcalá de Guadaira y Sevilla: “El Emir de los Musulmanes cabalgó, acompañándolo, hasta que lo despidió… Al separarse de él, apretó el emir Abu Mu´arrif la marcha aquel día hasta que llegó a la montaña de Ibrir, donde se detuvo a hacer la oración de media tarde; cabalgó de nuevo con ardor hasta la puesta del sol, dio pienso a los caballos a orillas del Wadi Lakka y anduvo toda la noche hasta que amaneció… ”.



En este topónimo de “la montaña de Ibrir” se reconoce de nuevo el Yabal al-bi´r, “el monte del pozo”, tanto por su forma gráfica como por las referencias espaciales que se aportan en la crónica y el itinerario seguido por las tropas (3). Apenas unas semanas más tarde, Abu Ya´qub, hijo de Abu Yusuf, emprenderá otra campaña de castigo por tierras sevillanas desde Jerez, tomando Gibalbín como lugar de descanso. El profesor M.A. Manzano Rodríguez da cuenta en su libro “La intervención de los benimerines en la Península Ibérica” (4) del papel como base de operaciones militares desempeñado por la sierra de Gibalbín en estos episodios bélicos y señala que en las fuentes árabes el topónimo presenta diferentes problemas textuales, de modo que unas veces aparece citado como Yabal Abrir /Ayrin (pg. 85), otras con las variantes Yabal



Ibriz / Ibrid
(pg. 91) y en otras ocasiones bajo las formas de Yabal Ibrir / Ibril / Ibriz (pg. 95). Esta y otras muchas referencias a Gibalbín pueden encontrarse en las crónicas árabes, debido sin duda a la posición estratégica que le proporcionaba su altura.



El profesor E. Martín Gutiérrez recuerda también el papel destacado que jugó la Sierra de Gibalbín durante la década 1274-1284, cuando los invasores benimerines realizaron múltiples correrías, como las descritas por Ibn Abi Zar, por la comarca jerezana.



Desde esta Sierra se realizaron expediciones punitivas por toda la comarca, llegando incluso hasta las inmediaciones de Carmona” (5). Como ejemplo señala también que “durante el asalto de Jerez “Abu´Ali llegó hasta la sierra de Gibalbín en donde acampó hasta la tarde”.

Dejamos para otro momento la posible identificación de Gibalbín con el “Montebur” que se menciona en la crónica del al-Razi, tal como sostiene Abellán (6) y que a juicio de otros autores como el arabista Borrego Soto podría referirse a la Sierra de San Cristóbal (7), o a la Sierra del Pinar, en Grazalema, como sugiere Rallón (8). Más cercanas al “yabal bir”, del que deriva el actual Gibalbín, encontramos las formas “Motebir” y “Montebir” que menciona la Crónica general de España de 1344 (6) y que también recoge el jesuita Martín de Roa (1617). Este autor transcribe parte de un códice de la catedral de Toledo, que el presume “no bien copiado”, que contiene una versión de la crónica del “Moro Rasis” donde al hablar de Xerez-Saduña se dice “…e ai un monte que a nombre monte Bir”. (9)

Gibalbín: otros posibles significados.

Como ya se ha dicho, la tesis más aceptada es la que sostiene el profesor Juan Martínez Ruiz (10) quien toma como referencia el topónimo que consta en el Privilegio del rey Alfonso X, de 1274, estableciendo los términos de Jerez y en el que se señala que uno de los mojones está “… en la sierra de Xibralbir, do es el departimiento de los términos de las aldeas de Grañina e de Cariecas” (11). Para Martínez Ruiz, el primer término “Xibral” es el árabe “yabal” (monte). El segundo, “bir” procede “del árabe “bi´r”, hispanoárabe “bir”, “pozo”. Literalmente “el monte del pozo”.



El profesor Juan Abellán (12), ha señalado como este vocablo está también presente en las fuentes documentales, formando parte de varios topónimos localizados en otros lugares del término como en el Pozo de Alhoçen (bi´r al-Husayn) o en el Almanzor (bi´r al-Mansur), ambos en la zona de Torrecera y Los Arquillos.



La forma Xibralbir, aparece con la variante de “Gibralvir” (13) en el deslinde de términos entre Jerez, Lebrija y Arcos, efectuado por Alfonso Fernández, hijo de Alfonso X (1274). Como Gibialvir” es mencionado también por el historiador jerezano Bartolomé Gutiérrez (1787) al transcribir el amojonamiento del término de Jerez recogido en el Privilegio de Cuéllar (14).

Este autor puso ya su atención en el origen árabe el topónimo y fue el primero en especular sobre su posible significado. Así, al enumerar las torres y fortalezas repartidas por el alfoz jerezano señala que “en la cumbre de la Sierra de Gibelvir, que suena monte grande en Arábigo, ay un famoso y grande castillo, cuya elevada fortaleza pudo ser ten tiempo de estos árabes, el más seguro asilo…”. Le asigna así un primer significado de “monte grande”, tal vez al establecer la similitud fonética con Guadalquivir, el “río grande” de los árabes. Este mismo autor describe las dimensiones de la montaña a la que le asigna “una legua de largo y media de ancho”. (15)



Vicente García de Diego (1972), primer autor que aborda un amplio estudio de la toponimia jerezana (16) apunta el origen de varias formas relativas a este mismo lugar: Ajibalbin, Gibalbín y Gebalmont. Sobre la primera de ellas, presente en diversas fuentes cristianas propone su derivación de “al-Gibalbín”, híbrido de Gibal, Gebel “monte” y alba “blanco”. Aunque pudo ser de Gebel-almina, “la altura” (pg. 43). En relación a Gebalmont sugiere que “parece la forma antigua de Gibalbín que debió vacilar con Gebal almina”. (pg. 49)

Por el historiador Fr. Esteban Rallón hemos sabido de otros nombres con los que esta sierra era también conocida en la historiografía clásica. Según nos cuenta este autor, Fr. Juan de Spínola y Torres, religioso de la Orden de Santo Domingo, apunta en una historia de Jerez escrita en el s. XVI, de cuyos manuscritos existen referencias por las menciones de otros historiadores, que “en la Sierra de Gibalbín se encontraba la ciudad de Turdeto”. Se apoya para ello en la autoridad de Florián de Ocampo quien “pone en su sitio alto a Turdeto, que es la gran ciudad que vemos dispoblada sobre el famosso Gabasolin o Jibalbín, cuyos muros, puertas, baños y anfiteatros nos muestran en su ruinas su grandessa” (17). A partir del siglos XVII la forma Gibalbin cobra fuerza si bien todavía convivirá con las de Gibralvir con otras menos frecuentes como Giberbin (18) tal como se muestra en el mapa de Tomás López (1787).

Gibalbín es, como hemos podido comprobar, un término cargado de historia que da nombre a un monte y un territorio que guarda en cada uno de sus rincones la memoria de aquel Jerez andalusí que le dio nombre.



Para saber más:
(1) ABELLÁN PÉREZ, J.: Toponimia Hispano-Árabe y Romance: fuentes para la historia medieval, Cádiz, 1999, pg. 7.
(2) ABELLÁN PÉREZ, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004, pg. 35
(3) ABELLÁN PÉREZ, J.: El Cádiz islámico a través de sus textos, Cádiz, 2006, pg. 141-143
(4) MANZANO RODRÍGUEZ, M. ANGEL.: La intervención de los benimerines en la Península Ibérica, Madrid, 1992, p. 85, 91 y 95.
(5) MARTÍN GUTIÉRREZ, E.: Aproximación al repartimiento rural en Jerez de la Frontera: la aldea de Grañina. En la España medieval, 1999, nº 22, pg. 360
(6) ABELLÁN PÉREZ, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. Pg. 100
(7) BORREGO SOTO, M.A.:De “Asidon” a Sidueña: localización de "Madinat Siduna" en el yacimiento de Doña Blanca”, Revista de historia de El Puerto, Nº 42, 2009. Pg. 23
(8) RALLÓN, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pg. 5
(9) MARTÍN DE ROA (1617):Santos Honorio, Eutichio, Eſtevan, Patronos de Xerez de la Frontera”. Edición Facsímil, Ed. Extramuros Edición S.L., 2007. Cap. VI, pg. 20
(10) MARTINEZ RUIZ, J.: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII, Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pg. 107 y 119.
(11) CARTA DE PREVILLEXIO DE ALFONSO X (Estableciendo los términos de Jerez). Cuéllar, 3 de agosto, 1274. Archivo de la Catedral de Cádiz. Manuscrito, cortijo de los Siletes. Fols 214r-230r. (Citado por Martínez Ruiz, J.)
(12) ABELLÁN PÉREZ, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. Pg. 138
(13) MARTÍN GUTIÉRREZ, E.: Aproximación al repartimiento rural en Jerez de la Frontera: la aldea de Grañina. En la España medieval, 1999, nº 22, pg. 365
(14) GUTIÉRREZ, B.: Historia y Anales de la muy noble y muy leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. Tomo I. BUC .Jerez, 1989, vol I, pg 129.
(15) GUTIÉRREZ, B.: Historia y Anales de la muy noble y muy leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. Tomo I. BUC .Jerez, 1989, vol I, pp.32 y 24.
(16) GARCIA DE DIEGO, V.: Toponimia de la zona de Jerez de la Frontera. Centro de Estudios Históricos Jerezanos. Gráficas del Exportador. Jerez, 1972. Pgs, 42 y 49
(17) RALLÓN, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pp. 20-21.
(18) LÓPEZ, T.: Mapa Geográfico de los Términos de Xerez de la Frontera, Algar, Tempul y despoblados y pueblos confinantes….1787. AMJF, C. 13, nº 27. 33 x 42 cms.


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 1/03/2015

 
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