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Estampas del puente de Cartuja.
Cuatro siglos de imágenes.




Como muchos lectores recordarán, la semana pasada dábamos cuenta de la propuesta de declaración de Bien de Interés Cultural para el puente de Cartuja realizada por Ecologistas en Acción y apoyada por otros muchos colectivos de la ciudad.

Con ese feliz pretexto, hicimos un recorrido por la historia de nuestro viejo puente cuya construcción se inició en 1525, entrando en servicio en 1541, por lo que en unos años cumplirá cinco siglos.

Las obras que en la actualidad se realizan están mejorando el entorno del puente y de las riberas del Guadalete, eliminando de aquél la vieja tubería que ha tenido adosada en el último medio siglo y devolviéndole parte de la imagen que se guarda de esta obra monumental en la memoria colectiva. Con todo, aún dista mucho de recuperar su antigua fisonomía, esa que nos devuelven los testimonios gráficos que se conservan del puente y que hoy vamos a recordar.



Una de las primeras imágenes que tenemos del Puente de Cartuja es la que nos proporcionan los planos realizados en 1778 (1) para un proyecto de obras de reparación que se conservan en el Archivo Municipal. Los dibujos – de gran precisión- nos muestran la estructura del puente y de su cimentación y revelan la existencia de graves daños en uno de los pilares del arco central. La fuerza de la corriente llegó a descalzarlo ocasionando un leve hundimiento de una parte de la obra, patente aún en las cornisas de piedras que figuran sobre los arcos. De la misma manera, los planos detallan el funcionamiento del antiguo molino harinero de cuatro piedras, construido a finales del siglo XVI bajo uno de los arcos del puente, señalando el emplazamiento del azud original (que en esos años presenta una rotura) y el proyecto del nuevo azud (Foto I)



De mediados del siglo XIX es un conocido grabado del Puente de Cartuja que forma parte de una colección de 16 estampas de la ciudad con las que se ilustró, a modo de orla, el Plano Topográfico de Jerez de la Frontera (2), realizado en 1852 por el arquitecto municipal José San Martín. La imagen nos muestra un puente armonioso en el que destaca el molino y los almacenes del mismo (actual Venta de Cartuja). La vista está dibujada desde la orilla izquierda, aguas abajo del puente, mostrándonos en primer plano la isleta que se formaba en el Vado de Cartuja y que dividía en dos canales el cauce del río (Foto II). En su centro se aprecian unas artes de pesca, posiblemente un trasmallo o un “velo” para pescar sábalos, a las que se refiere en esa misma época Joaquín Portillo (3).



Entre los mejores testimonios gráficos del puente hay que destacar las fotografías realizadas por el fotógrafo jerezano Antonio Palomo González (1864-1944) -realizadas hacia 1900- cuyo fondo ha sido conservado y digitalizado por su sobrino-nieto Francisco Lozano Romero quien gentilmente nos las ha facilitado. En una de ellas se ofrece una imagen del puente tomada desde la orilla derecha, aguas abajo, donde se muestran siete de sus arcos, reflejados en la lámina de agua del río que presenta una anchura desconocida, esa que se quiere recuperar con las actuales obras de restauración. El puente mantiene todavía su originario pretil de cantería en el que, sobre el arco central, se aprecia el escudo de la ciudad de Jerez conservado en el Museo Arqueológico (Fot. III). Como puede observarse, muchos de los sillares que cubren los tajamares y los pilares muestran signos de deterioro, por lo que tal vez esta imagen pueda ser anterior a 1907, fecha en la que el ingeniero ubriqueño Juan Romero realizó obras de restauración de parte del revestimiento del puente (4). Tras los arcos del puente se observan los perfiles del islote de sedimentos depositados en la margen derecha, junto al molino, sobre el que crecen algunos álamos y que ha sido retirado recientemente. A nuestro juicio, esta acumulación se produjo a partir del s. XVII con la construcción del primitivo azud que cruzaba a cartabón el cauce del río y que facilitó la retención de limos y arenas que se fue incrementando en las sucesivas crecidas.



Otra de las imágenes, tomada desde el acceso al vado, junto al estribo derecho del puente, es de gran valor documental (Fot. IV). En ella vemos el puente en toda su magnitud, mostrándose el edificio del molino -ya desaparecido- que ocupaba el segundo arco y apreciándose los canales y muros separadores de la salida del agua de sus cuatro piedras. El molino había quedado inutilizado unos años antes (1895) tras una fuerte crecida (5). A los pies del puente se observa también su basamento, una sólida superficie sobre la que se asienta toda la obra, apenas cubierta por la lámina del río. Aguas abajo de la base del puente se forma un pequeño salto en el cauce, lo que nos hace suponer que hay marea baja y que la imagen pudo ser tomada antes de la construcción del azud de la Corta (en los años del cambio de siglo XIX al XX) ya que, como muchos lectores recordarán, cuando esta barrera no existía, la carrera de la marea llegaba aguas arriba del puente de Cartuja (6). En esta curiosa fotografía se aprecia también el muro que limitaba el cauce del río junto al estribo izquierdo del puente. Un dato llamativo que pone en evidencia la escasa profundidad del cauce, es la presencia de varias personas cruzando el vado a los pies del puente o situadas junto a sus pilares. En primer plano, un hombre y tres niños con sus capachos de esparto nos recuerdan como muchas personas vivían en aquellos años del río en tareas relacionadas con la pesca, la extracción de arena o la recogida de otros productos.



A la década de los 20 del siglo pasado pertenecen otras singulares fotografías que nos aportan también valiosa información sobre el entorno del puente de Cartuja. Una de ellas, fechada en 1921 nos muestra en primer plano un hombre y una niña posando sobre el muro del estribo izquierdo del puente, ese mismo muro que se ha descubierto en estos días con motivo de las obras de retirada de sedimentos que se realizan junto al puente (7). Como telón de fondo el puente, el río -que baja crecido- y el cerro de Lomopardo, que vemos aquí con sus perfiles originales (Fot. V).



Muy conocidas son también las que nos muestran una manada de toros abrevando en el río (Fot. VI) y la que recoge una imagen del puente y el molino con lo que parece ser un fotógrafo en primer plano (Fot. VII).



Ambas son obras del fotógrafo jerezano Enrique Butler Ortiz. La primera de ellas es similar a otra publicada en la Revista del Ateneo en 1925 (esta sin toros) (8), y nos recuerda como el Vado de Cartuja y los alrededores del puente, donde se asentaba un gran descansadero de ganado, fueron utilizados desde tiempo inmemorial para las aguadas de toros, vacas, ovejas y caballos. Son también muy conocidas otras imágenes con yeguas y caballos abrevando en el río junto al puente, procedentes del cercano rancho de Zarandilla, cuando el Depósito de Sementales y la Yeguada Militar tuvieron su sede en el Monasterio de La Cartuja en las primeras décadas del siglo XX. Otro dato de gran interés que aporta esta imagen es la disposición del muro del azud del molino, delante de los almacenes, que posteriormente quedaría enterrado por los sedimentos y que ha sido localizado recientemente en las catas arqueológicas que se realizan con motivo de las actuales obras de restauración de ribera. La segunda, tiene también un gran valor al ser una de las pocas imágenes antiguas del puente tomada aguas arriba. Fue realizada por Butler en 1923 como postal, y publicada también en la Revista del Ateneo en 1925. En ella se observa la isleta de su cauce con una gran acumulación de sedimentos, incrementada a buen seguro por los acarreos de la “gran riada de 1917” (9).



Más cercana a nuestro tiempo es una hermosa imagen del puente realizada a finales de la década de los 50 del siglo pasado por el ingeniero Carlos Fernández Casado en la que tanto la obra, como el puente muestran importantes variaciones (Fot. VIII). A decir del ingeniero, la silueta del puente de Cartuja destaca "por su extraordinaria ligereza y elegancia” y ello debido a que la relación de “macizo a vano es de 030” lo que le hace tener una estampa más estilizada y menos “maciza” (10) cuyo reflejo en la lámina del río ofrece una imagen muy armoniosa. El puente aparece aquí sin las dependencias del molino y con la barandilla metálica que sustituyó al pretil de sillares de piedra, y que mantuvo hasta su última reforma en 2012. De la misma manera aún mantiene visible en el estribo izquierdo el muro recientemente descubierto, mientras que en la orilla derecha se aprecia ya el aterramiento del cauce debido en parte a la actividad de los areneros, cuyos pequeños muelles de descarga de arena se aprecian también en la fotografía.



En relación con estos últimos es la curiosa fotografía de Genaro Capote, realizada a finales de la década de los 60 del siglo pasado (IX), que posee un gran valor documental por testimoniar la actividad de las muchas personas que se dedicaban a la extracción de arena del fondo del cauce, antes de la aparición a partir de los 70 de las grandes graveras a cielo abierto. Los areneros realizaban un trabajo de drenaje permanente del río con sus sistemas tradicionales de extracción y con sus dragalinas, lo que evitaba la acumulación de sedimentos y el crecimiento de la vegetación en el cauce que se multiplicaría en las décadas siguientes con el cese de su actividad. La fotografía de Genaro Capote nos muestra también esa aparatosa tubería que se adosó sin miramiento alguno al histórico puente a mediados de los 60 (afeando su silueta), y que conducía el agua al polígono del Portal desde una elevadora situada junto en la Ermita de la Ina. (11).



Terminamos este recorrido con una imagen reciente (X) que hemos captado hace tan sólo unos días donde el puente, desprovisto ya de la tubería, ha empezado a recuperar su antigua estampa. A ello han contribuido las obras de restauración de riberas que desde hace unos años ha emprendido con determinación la Consejería de Medio Ambiente, con el impulso y el compromiso decidido de sus técnicos, que queremos personificar aquí en la figura del ingeniero José María Sánchez García. Gracias a ellas se han retirado de este paraje los eucaliptos que invadían el cauce y miles de toneladas de sedimentos que lo aterraban. Estas obras continúan en estos días y están devolviendo al cauce del Guadalete la anchura que tuvo en los siglos pasados y al entorno del Vado de Medina el valor paisajístico que siempre le caracterizó. Unas nuevas escenas fluviales en las que el puente de Cartuja, nuestro histórico puente para el que se pide la declaración de B.I.C., empieza poco a poco a lucir como antaño.

Agradecemos a Francisco Lozano Romero, Genaro Capote, Ramón Clavijo y Cristóbal Orellana su amabilidad facilitándonos algunas de las imágenes que figuran en este reportaje.

AMJF . Plano del Puente de Cartuja (1620)





Para saber más:
(1) AMJF, Legº N.º 151, exp. N.º 4608: Expediente formado para la composición del Puente d Cartuja desta Ciudad situado en el Río de Guadalete. Juez Executor el Sr. Correxidor. Escrivano mayor de Cavildo.
(2) San Martín, J.: Plano topográfico de Jerez de la Frontera. Grabado por Isidore Dalmont et Raynaud, París 1852. Curiosamente, las ilustraciones del plano figuran impresas “en espejo”, por lo que para la correcta interpretación de la relativa al puente hemos realizado un montaje, presentándola en su posición correcta.
(3) Portillo, J.: Concisos recuerdos de Jerez de la Frontera. Año de 1847. Edición facsímil, B.U.C., Ayuntamiento de Jerez, 1992, p. 42.
(4) Gavira Vallejo, José M.ª.: El ingeniero ubriqueño Juan Romero Carrasco… en http://loscallejones5u.blogspot.com.es/, (consultada el 7 de noviembre de 2016).
(5) García Lázaro A. y J.: El puente de Cartuja. Una obra monumental para la que se pide la declaración de B.I.C., Diario de Jerez, 29 de noviembre de 2017.
(6) García Lázaro A. y J.: Azúcar amargo: un siglo de azucareras en la campiña, www.entornoajerez.com, 30 de octubre de 2009.
(7) Caro Cancela, D. Clavijo Provencio, R. y González García, F.: 100 años de imágenes de Jerez, Colección La ciudad abierta, 3, La Luna Nueva, Jerez, 2010, p. 26. La imagen corresponde a una fotografía de Luis Cruz que figura en el Carnet oficial de festejos Jerez de la Frontera, abril 1921.
(8) Revista del Ateneo, 15 de octubre de 1925, Año II nº 15 p.54. De ambas fotografías existen senda fichas técnicas en Consejería de Obras Públicas y Vivienda. Agencia de Obra Pública de la Junta de Andalucía. Ficha descriptiva de material fotográfico.
(9) José y A. García Lázaro: La Gran riada de 1917. Serie de cuatro artículos publicados en Diario de Jerez en 12/03/2017, 19/03/2017, 26/03/2017 y 02/04/2017. Puede también consultarse y descargarse la siguiente publicación La gran riada de 1917
(10) Fernández Casado, C.: Historia del puente en España: puentes romanos. CSIC, 2008, p. 183.
(11) Jerez 1965-1970, Grafibérica, 1969


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Rio Guadalete, Paisajes con Historia, Patrimonio en el medio rural, Puentes y obras públicas.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 5/11/2017

La virgen de la Merced.
Un recorrido por los azulejos devocionales de la campiña




En diferentes ocasiones nos hemos ocupado en ENTORNOAJEREZ de los azulejos devocionales y paneles cerámicos que encontramos en los cortijos, casas de viña y antiguas haciendas de olivar que se reparten por todos los rincones de nuestro término municipal o de otras poblaciones cercanas. Por sus valores artísticos, muchos de ellos constituyen notables muestras de los tradicionales talleres de artesanos ceramistas sevillanos y trianeros de los siglos XIX y XX y deben considerarse como elementos que forman parte del rico patrimonio disperso en nuestro entorno rural.

En última instancia, estos cuadros, paneles o retablos cerámicos, no son sino un testimonio de la devoción de los antiguos propietarios de los lugares donde los encontramos, representándose en ellos escenas muy variadas en las que no faltan imágenes de Cristo, de distintos Santos y, especialmente de la Virgen María. Hoy, día en el que se celebra la Virgen de la Merced, patrona de Jerez, hemos querido ofrecer a los lectores una muestra de algunos de esos azulejos devocionales dedicados a esta imagen.



Entre todos ellos, queremos destacar el panel cerámico que se encuentra en la fachada de la Capilla de los Caminantes de la Cartuja de Jerez. Instalado hace unos años, junto a otro del Cristo de la Defensión, está formado por 99 azulejos que tienen como motivo central la "Milagrosísima imagen de María Santísima de la Merced Patrona de la ciudad de Xerez de la Frontera", como puede leerse en el texto que figura al pie. En torno a esta imagen central se disponen 12 escenas en las que se relatan otras tantas intervenciones milagrosas de la Virgen. Es obra del pintor Antonio Muñoz Ruiz, de cerámicas Montalván donde trabajó a partir de 1943.


Más modestos son los paneles que encontramos en el Cortijo de Campo Real, en las proximidades de Jédula, o en el de Las Pitas, en los Llanos de Caulina. El primero, obra de los afamados talleres sevillanos Mensaque  Rodríguez y Cía.,  tiene como leyenda "Ntra. Sra. de las Mercedes"  y está integrado por 12 azulejos rodeados por una orla. El segundo, más sencillo, lo componen tres azulejos y está firmado por los célebres artesanos trianeros de Cerámica Santa Ana. 


Por su simplicidad y belleza, traemos aquí la imagen de Ntra. Sra. de la Merced que puede verse en la fachada del cortijo La Mariscala, en la carretera de Trebujena, formada por tres azulejos (Cerámica Santa Ana). Más elaborada es la que se muestra en el hermoso panel cerámico que puede apreciarse en el cortijo de Martelilla, formado por 25 piezas.


Como se ha indicado, la variedad de representaciones, formatos y composiciones de los azulejos devocionales dedicados a la Virgen de la Merced que encontramos en el entorno rural es muy amplia. Como contraste sirvan una de las más modernas y una de las más antiguas. La primera, corresponde a la zona central del retablo de la Capilla de los Caminantes de la Cartuja, dedicado a la Virgen. Obra de mediados de los 80 del siglo pasado, fue realizado por el Taller  Águilas 25, de  Sevilla y firmado por el ceramista Juan Aragón Cuesta, nos ofrece, en treinta y cinco piezas, una elaborada composición. La segunda, todo un prodigio de sencillez y armonía, se conserva en la fachada del cortijo de Mesas de Santiago. En un cuidado dibujo de sutiles y delicados trazos, nos ofrece una preciosa imagen en dos azulejos salidos de la afamada Cerámica Santa Ana.



También de Cerámica Santa Ana, y para cerrar esta muestra de azulejos devocionales que tienen como motivo central la imagen Nuestra Señora de la Merced, destacamos el panel de 12 azulejos del cortijo de Cabeza de Alcaide, rodeado por una hornacina y realizado en 1952 y una magnífica composición integrada por 68 piezas que puede admirarse en la pequeña capilla del cortijo de Tabajete.



¡Buen día de La Merced!

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 24/09/2015

El palomar de La Greduela.
Un “monumento etnológico” junto al Guadalete.




A los pies del Cerro de los Yesos, donde el Guadalete parece recrearse en su lento discurrir ceñido por las colinas de Salto Al Cielo, hay un hermoso paraje donde, en nuestro imaginario particular, nos gusta situar aquel florido vergel del que hablan las fuentes árabes y del que ha escrito mejor que nadie el arabista M. Ángel Borrego Soto: las alamedas de “al-Ŷāna” (1). Resguardado entre las arboledas del río, en el seno de un cerrado meandro de difícil acceso hasta que hace apenas cuarenta años se construyó un puente para llegar a él, este rincón de la vega es conocido como La Greduela.

En tiempos pasados, estas tierras se llamaron también de La Graderuela, de la Graduela, de la Dehesa de Morales… Desde su puesta en regadío en la segunda mitad del pasado siglo, La Greduela fue sinónimo de naranjales, que con el paso del tiempo han ido desapareciendo cediendo su lugar a otros cultivos. Pero mucho antes, hace casi dos siglos, cuando sólo se podía llegar hasta este rincón de la vega a través de intrincados carriles que cruzaban los cerros de Lomopardo y de Los Yesos…, el nombre de La Greduela evocaba bandadas de palomas sobrevolando las alamedas y sotos ribereños, yendo y viniendo por entre los olivares, los carrascales y los palmares en busca de grano. Y eso fue así porque aquí se levantó uno de los más poblados palomares de Andalucía del que aún se conserva buena parte de su edificio original. De él nos ocuparemos en nuestro “paseo” de hoy en torno a Jerez.

Por las riberas del Guadalete en La Greduela.

Apenas hemos cruzado el remozado puente levantado junto a la venta de Las Carretas, se abre ante nosotros el llano de La Greduela. Al pie de suaves colinas, en el ángulo izquierdo de la escena, se aprecia el caserío del antiguo Cortijo de La Greduela (o Graderuela) y un poco más a la izquierda, nos llama la atención una construcción de planta casi cuadrada, sin tejados, algo separada del cortijo: el palomar.



Desconocemos la fecha en la que fue edificado pero creemos que puede ser coetáneo del cercano Palomar de Zurita, esto es, de mediados del siglo XIX, o tal vez algo anterior en el tiempo a juzgar por el empleo en su construcción de materiales más toscos. Aunque el palomar no aparece mencionado de manera explícita, las casas de La Graderuela ya figuran en el mapa de Francisco Coello (1868) o en el de Ángel Mayo (1877). En el primero de ellos se reflejan incluso las construcciones separadas que representan el cortijo y, tal vez, el edificio del palomar.

A nuestro entender, existen razones para pensar que pudo ser realizado por los mismos alarifes que levantaron el Palomar de Zurita, pues en ambos casos se han utilizado idénticos detalles constructivos y las mismas soluciones técnicas para la edificación de los muros, enlucido de los paramentos, trazado de arcos de paso entre calles, dinteles en las puertas de entrada, disposición de los nidales u hornillas, resaltes ente las bandas, aleros y remates… Incluso las medidas de los distintos elementos son también muy parecidas si bien en el Palomar de Zurita se ha reducido ligeramente la anchura de calles para aprovechar de manera más eficiente la superficie del edificio y albergar el máximo número de nidos posible.

Un monumento etnológico y de la arquitectura popular.

Lo primero que llama la atención en el palomar de La Greduela es la simpleza y armonía de sus formas. La impresión inicial nos puede hacer pensar en una construcción inacabada a la que le falta el tejado.



Sus muros son lisos, sin huecos ni ventanas, más allá de la pequeña puerta de entrada, que cuesta trabajo descubrir en el extremo de la pared orientada al sur. Diríamos hoy que se trata de una obra funcional y sin concesiones a los elementos que pudieran resultar superfluos para otra cosa que no sea su principal misión: la cría de palomas y pichones. Sus atractivos, sin embargo, están en el interior.

El palomar tiene planta rectangular, casi cuadrada, como el de Zurita, aunque de dimensiones algo más grandes que aquel, con lados de 14,50 m y 16,50 y una superficie aproximada de 240 m2. Sus muros exteriores tienen diferentes alturas. El delantero, orientado al sur, donde se encuentra la pequeña puerta de acceso, se eleva hasta los 6 m. El trasero, algo más alto, llega hasta los 7,50 m. Su espesor también varía, desde 1,30 a 1 m. (aprox.) presentando una ligera inclinación desde su base hasta la media altura. A juzgar por las marcas que se aprecian, en el muro trasero debieron existir unas dependencias adosadas. A sus pies encontramos hoy una curiosa piedra de molino, tal vez procedente del que fuera antiguo molino de La Cartuja, cercano al palomar.

Como el de Zurita, el palomar de La Greduela no está techado lo que permite una fácil entrada y salida de las aves. Más difícil lo tenían otros “visitantes” no deseados ya que los muros eran perfectamente lisos y sin resaltes, con un repellado a prueba de animales trepadores. Ratas, comadrejas, hurones, culebras, gatos… nada tenían que hacer en sus intentos por acceder al palomar, al que sólo se podía entrar por una pequeña puerta de 1,70 de altura y 85 cm. de ancha que permanecía siempre cerrada. Situada en el extremo del muro, al cruzarla, se observa una “galería” formada por arcos de ladrillo, de las mismas dimensiones que la puerta “principal” Estos arcos se han abierto en los muros interiores para comunicar las distintas calles en las que se organiza el palomar. Estas 7 calles paralelas, a modo de estrechos pasillos, tienen una longitud de 14,50 m. y una anchura variable, entre 95 y 115 cm., siendo más anchas que las de su vecino, el palomar de Zurita. A ambos lados de las calles se levantan muros de 6 m. de altura y unos 85 cm. de grosor. Estos muros albergan los nidales u hornillas, pequeñas vasijas cerámicas unidas entre sí por argamasa, que podían alojar cada una pareja de palomas, aunque por regla general, en este tipo de explotaciones, un tercio de los nidos permanecían desocupados. Algunas de las calles interiores están ocupadas por higueras de porte espigado, cuyas raíces amenazan seriamente las filas más bajas de nidos del palomar. Al igual que en el de Zurita, en el suelo de las calles no faltan ladrillos desprendidos de los aleros y restos de hornillas, producto del vandalismo de quienes han intentado arrancarlas de las paredes, destruyéndolas para siempre, razón por la cual debiera protegerse el acceso.

Nidales de palomas en vasijas cerámicas.

Sorprende siempre a quienes se asoman al interior del palomar la contemplación de los miles de hornillas cerámicas que se alinean en 24 filas o “pisos” a lo largo de los muros interiores. Para ilustrar al lector de su forma, hemos incluido en este reportaje fotografías de hornillas del Palomar de El Gato, en San José del Valle, cedidas amablemente por sus propietarios y de dimensiones similares a las de La Greduela.

Estos nidales, salidos uno a uno de las manos de adiestrados alfareros, se cuentan entre los más elaborados de los que habitualmente se utilizaban en los palomares de otros puntos del país. Así lo entiende Augusto de Burgos en su delicioso “Diccionario de agricultura práctica y economía rural”, una obra publicada en 1853, en un tiempo cercano a las fechas en las que pudieron ser levantados estos palomares (2).

Expone el autor como la forma de los nidos variaba de unas provincias a otras. En algunos lugares los construían con tablas de madera (las de castaño y roble eran las más apreciadas), materiales menos costosos que los cerámicos, pero que tendían a llenarse de piojuelo, insecto que parasitaba a las palomas. En otras regiones se utilizaban cestillas de mimbre, que era necesario reemplazar cada tres o cuatro años por su progresivo deterioro. Los ladrillos, colocados en forma de triángulo, eran más frecuentes para la construcción de los nidales y una solución más duradera, al igual que las tejas o, en menor medida, los cilindros cerámicos. Este es el procedimiento constructivo adoptado en el Palomar de la Breña, en Barbate, como puede apreciarse en la fotografía que acompañamos. Sin embargo, como ya apunta el mencionado autor, “En otras partes construyen para esto espresamente vasijas de barro en que la paloma vive á su gusto; pero es difícil colocar las escaleras para limpiar el palomar sin romper muchas vasijas…”.

En el caso de nuestros palomares, la solución adoptada para evitar la rotura de las vasijas fue embutirlas en los muros de manera que no presentaran bordes sobresalientes de la superficie del paramento. Además de facilitar la limpieza y el acceso al interior de las hornillas para recoger los pichones, esta forma de disponerlas, sin presentar salientes, impedía también que accedieran a ellas serpientes, ratas, gatos o comadrejas, enemigos más habituales de las palomas.

Recordando los palomares romanos.

De estas hornillas de barro cocido ya nos hablaba, veinte siglos atrás Lucio Junio Moderato, más conocido por Columela, el célebre escritor agronómico romano nacido en Cádiz, quien incluye en su conocida obra Res rustica, (Los trabajos del campo), un apartado dedicado a las palomas y palomares (3). En el Libro VIII, capítulo VIII de esta magna obra escrita a mediados del siglo I de nuestra era, bajo el título “Del modo de engordar las palomas torcaces y de otras castas, y del establecimiento del palomar” nos describe con todo detalle unas prácticas que, aunque están referidas a veinte siglos atrás, encuentran gran parecido a las que leemos en los tratados de agricultura y colombicultura del siglo XIX. Al leer los fragmentos en los que describe el palomar, estamos viendo en ellos nuestros palomares actuales: “Sus paredes… se excavarán con órdenes de hornillas, como hemos prevenido para el gallinero, o si no acomodare de este modo se meterán en la pared unos palos, y sobre ellos se pondrán tablas que recibirán casilleros, en los cuales las aves harán sus nidos, u hornillas de barro con sus vestíbulos por delante para que puedan llegar a los nidos. Todo el palomar y las mismas hornillas de las palomas deben cubrirse con un enlucido blanco, porque es el color con
que se deleita principalmente esta especie de aves…
" (4).

En el palomar de la Greduela, que estuvo también enlucido de blanco por dentro y por fuera, estas hornillas tapizan literalmente la superficie de todos los muros interiores de las siete calles en las que se organiza el palomar, mostrándonos sus bocas circulares que tienen un diámetro cuya longitud es casi uniforme con escasas variaciones comprendidas entre 10 y 12 cm. En su interior, el vientre de las vasijas se ensancha hasta los 20 cm. de diámetro y su profundidad media oscila entre 20 y 23 cm. aproximadamente. En suma, unas dimensiones similares a las de las hornillas del Palomar de Zurita, por lo que creemos que han podido ser fabricadas en la misma alfarería, tal vez en algunas de las que existían al pie de los cerros de los pagos de Anaferas y Torrox o las que en el siglo XIX se ubicaban en las proximidades de la Ermita de Guía.

Los muros se dividen en 6 bandas paralelas, separadas por un resalte de ladrillo. En cada banda se disponen las filas de hornillas. La primera de ellas presenta cinco alturas y tiene su primera fila separada del suelo unos 60 cm. evitando así el acceso de posibles “enemigos” de las palomas. Las cuatro bandas siguientes tienen cuatro filas cada una. Finalmente, el último de estos “pisos” presenta una altura variable, ya que, como se ha dicho, los muros laterales tienen forma de trapecio para salvar el desnivel de 1,5 m. existente entre el muro trasero y el delantero. Así, mientras que en las primeras calles vemos tres nidos de altura, en la última se cuentan hasta 10 filas de nidales.

Más de 22.000 hornillas.



¿Cuántas hornillas tiene el palomar de la Greduela? En un cálculo aproximado comprobamos que cada una de las 7 calles interiores del palomar tiene un mínimo de 23 alturas de nidos. Cada tiene 62 vasijas a ambos lados de la calle y en los lados más estrechos que cierran las calles pueden verse 5 cuencos por fila. A ello hay que sumar las hornillas que contamos en esa última banda, con filas variables… Ya sólo nos queda restar las palomeras que cabrían en los huecos de paso para llegar así a una cifra aproximada de 22.400 nidales, una cantidad muy próxima a la cifra de 23.000 que calculamos para el palomar de Zurita. En todo caso, una cantidad muy respetable que sitúa a nuestros palomares entre los de mayor capacidad de cría del país. Si recordamos que el de La Breña tenía 7.700 hornillas y que algunos estudios de los afamados palomares de Tierra de Campos arrojan medias en torno a las 1000 palomeras, convendremos que, a los valores propios de la arquitectura rural, nuestros palomares añaden los de su gran capacidad de cría y producción de pichones y palomina. No hace falta insistir en ello para reclamar su protección, y solicitar a la Dirección general de Bienes Culturales de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía… o a quien corresponda, su declaración como Lugar de Interés Etnológico… antes de que avance su deterioro o de que acabe por destruirse definitivamente.



Nos vamos de La Greduela imaginando como, ciento cincuenta años atrás, el palomar ofrecía una estampa sin igual, con miles de aves revoloteando a su alrededor, entre los cerros y las alamedas. Entonces era un importante centro productor de carne fresca para los mercados de la ciudad, a la vez que proporcionaba pichones vivos que se transportaban en jaulas a los puertos cercanos, para garantizar el suministro en los viajes y travesías marítimas. De todo ello nos queda el recuerdo en los muros de este “monumento etnológico” que no debemos dejar perder.

Para saber más:
(1) Borrego Soto, M. A. (2008): "Poetas del Jerez islámico", Al-Andalus Magreb, 15: 41-78. De estemismo autor, puede consultarse también: Gala del mundo y adorno de los almimbares. El esplendor literario del Jerez andalusí. Col. EH Al-Andalus, Jerez, 2011.
(2) De Burgos, A.: Diccionario de agricultura práctica y economía rural. Vol. 5, pgs. 74-78.
(3) Souto Silva, M.: La cría de palomas en la historia. En “Los palomares en el sur de Aragón (Teruel)”. DGA, 2002.
(4) Lucio J. Moderato Columela: Los doce Libros de Agricultura. Traducción del latín y notas por Carlos J. Castro. Prólogo Emiliano Aguilera. Iberia, Barcelona, 1959. Tomamos la cita de M. Souto Silva.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con Los palomares en el paisaje de la campiña, El Palomar de Zurita. Un lugar de interés etnológico olvidado. y Patrimonio en el medio rural.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 28/09/2014

 
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