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Un cortijo con vistas a la bahía.
Un paseo por el cortijo de Frías, sus paisajes y su historia.




En la gran planicie que forman las Mesas de Bolaños, entre sembrados de cereal e imponentes “molinos de viento”, se encuentra el Cortijo de Frías, rodeado por todas partes de la quietud del campo. Allí aguarda al viajero que, procedente de la autovía de los Barrios o desde Jerez, se ha acercado a este lugar tomando la carretera que une El Portal con la Fábrica de Cemento. Al pie de esta vía y a la altura del cortijo de Roalabota, un camino que asciende suavemente entre trigales y aerogeneradores, nos lleva hasta este singular rincón de la campiña que se asoma también a la Bahía.

Un cortijo con historia.

Estos parajes del alfoz jerezano fueron tiempo atrás vastas dehesas de encinas entre las que discurría el antiguo camino de Vejer. Aunque en sus proximidades se encuentran cortijos como el de Roalabota -con nombre de resonancias árabes y del que ya se tiene noticia documentada en el siglo XVI-, el actual caserío de Frías tiene un origen más reciente, en el XIX.



En todo caso, el enclave en el que se asienta está cargado de historia y en las tierras de Frías, así como en las cercanas de El Tesorillo, Barja, Las Quinientas o Bolaños han aparecido vestigios de la época romana. En este último, colindante con Frías, algunos investigadores plantean el posible emplazamiento de centuriaciones ligadas al “Portus Gaditanus” (1). Y es que, las magníficas vistas que se dominan desde Frías –tanto de la campiña como de la Bahía de Cádiz-, la proximidad de las marismas y del estuario del Guadalete, la cercanía a un ramal de la antigua Vía Augusta romana y a los caminos medievales que se dirigían hacia el sur, fueron motivos de peso que facilitaron la colonización de estos terrazgos desde la antigüedad.

En las laderas que desde Frías y Bolaños, descienden hasta la Cañada de la Isla que bordea las marismas del Guadalete hasta Puerto Real, se han localizado restos de antiguos alfares romanos que darían salida a su producción en los embarcaderos del cercano estuario (2). El arqueólogo y epigrafista alemán Emil Hubner, quien estudió las marcas halladas en los restos de ánforas olearias acumuladas durante siglos en el conocido “monte Testaccio” de Roma, relacionó algunas



de estas marcas alfareras de mediados del siglo II d.C. con dos topónimos de esta zona. Así, asoció Barcufia y Barcufiense Lucidi, al cercano cortijo de Barja, mientras que Frigidum y Frigidense, los vinculó a la dehesa de Frías (3). Aunque esta interpretación ha sido puesta en cuestión (4), de lo que no cabe duda es de la importante presencia romana en estas tierras.

Pese a todo, no está claro el origen del topónimo que las bautiza, que bien pudiera derivar de un antropónimo castellano. No en balde, el historiador Agustín Muñoz y Gómez, al estudiar la procedencia del nombre de la jerezana calle Frías, nos recuerda que “el apellido Frías resulta ya en el libro del Repartimiento de casas de 1266, en que se asigna la casa núm. 60 de la collación de San Dionisio a Nicolás de Frías, escribano, y la núm. 226 á Pedro Martínez de Frías”. Junto a ellos existe constancia documental (1674) de “…D. Luis de Frías Ponce de León, hijo de D. Álvaro de Frías y de Dª Leonor Ponce de León. Desde 1827, existe en el callejero jerezano la calle Frías, cuyo nombre procede de los herederos del mencionado Luis de Frías” (5). Tal vez, sea de este personaje del que proceda también el nombre de este rincón de la campiña que, sea como fuere, encontramos ya en la cartografía del siglo XIX.



Así, en el Plano del Término Municipal de Jerez de Lechuga y Florido (1897), en los Planos del Catastro de Rústica (1899) y en el Plano Parcelario de López Cepero (1904), figuran ya reflejados la Dehesa, Pozos, Casa y Coto de Frías (6). Pero volvamos a nuestro tiempo y acerquémonos hasta Frías...

Frías: un cortijo con vistas a la Bahía.

Después de haber dejado atrás Roa La Bota, al pie de la carretera, una singular puerta nos señala ya el camino de acceso hacia las instalaciones del cortijo al que llegamos tras subir una pequeña cuesta que nos deja en una extensa planicie elevada conocida como Mesas de Bolaños. Colindante con el de Frías se encuentra el cortijo de Bolaños. Tiempo atrás constituían una misma propiedad dedicada al cultivo de cereal y a la ganadería de



lidia. En la actualidad, se conservan en Frías el caserío principal donde se ubicaba la residencia señorial y muchas de las antiguas dependencias, almacenes de aperos y graneros; mientras que las cuadras de caballos, la vieja gañanía y otras estancias quedaron en Bolaños, tras la separación. En los últimos años, en Frías se han adaptado buena parte de sus estancias como establecimiento hostelero abierto al turismo rural y a la celebración de eventos.

Entre los elementos más singulares del cortijo destacan el silo para cereal, cilíndrico y de bóveda semiesférica, levantado a finales del XIX o principios del XX, similar a los que se conservan en el cortijo de Casinas (en las proximidades de la Junta de los Ríos) o en el de Alcántara. Igualmente llamativa es la torre almenada que se utilizó como mirador y que se ubica en uno de los ángulos del patio, a la que se accede por una escalera exterior.



El resto de las edificaciones (señorío, puerta de entrada, dependencias…) fueron construidas en diferentes momentos de los siglos XIX y XX y se organizan en torno a un patio central que conserva la original armonía de la arquitectura popular y tradicional del campo andaluz, con cierto sabor historicista (7) En el patio hay también una pequeña capilla y un panel cerámico de la Virgen de la Merced realizado en los talleres trianeros. Alrededor de otro gran patio de labranza se distribuyen las cuadras de caballos, cocheras, almacenes de aperos…



Uno de ellos ha sido remodelado como sala de celebraciones donde se llevan a cabo habitualmente todo tipo de eventos.

Como recuerdo de que Frías fue décadas atrás un cortijo muy vinculado a la ganadería, aún se conservan en sus alrededores grandes pozos y abrevaderos. Frente a la entrada principal hay también una pequeña plaza de toros que se utiliza en la
actualidad para tientas, capeas y espectáculos ecuestres y taurinos. Tal vez, para mantener viva la memoria de la antigua ocupación ganadera del cortijo, se instalaron en la fachada principal azulejos con motivos camperos y taurinos, obra de distintos talleres alfareros sevillanos, que pueden contemplarse entre las ventanas.

Pero sin duda, lo que más nos llama la atención es el cuidado jardín que se extiende delante de la entrada principal del caserío. Rodeado de setos y palmeras, el jardín de 12.000 m2, cuenta con amplias praderas de césped salpicadas de macizos de flores y macetones para los que se han aprovechado los antiguos bebederos para el ganado labrados en arenisca.



El jardín ofrece hermosos rincones donde crecen también una gran variedad de árboles, arbustos y trepadoras que alternan entre los setos y parterres.



Otro espacio entre la arboleda, ha sido habilitado como terraza y comedor al aire libre, sombreado por moreras, palmeras, cipreses, higueras… En uno de los extremos del jardín se encuentra la piscina, rodeada también de vegetación. ¡Un pequeño paraíso con vistas al campo… y a la bahía!

Frías y el flamenco.

Pero aún hay más. Y es que este singular cortijo tiene también raíces flamencas. El conocido escritor jerezano Manuel Ríos Ruiz, menciona en su antología poética “La memoria alucinada” (8), al Cortijo de Frías, en el que su padre trabajó y al que ayudaba en su niñez en las faenas del campo. En otro de sus escritos rescata la memoria de José Junquera, casero del cortijo y cantaor flamenco, del que dice Ríos Ruiz: “José Junquera era el casero del Cortijo de Frías, allá en los años cuarenta y tantos. Estaba casado con Anica Montoya, hermana de La Bolola. Era un bizcocho como persona, un gitano señor de Santiago que admiraba a Venturita y a Miguel del Pino, a Manolo Caracol y a Melchor de Marchena. Como sabía que me gustaba leer cuanto caía en mis manos, me guardaba los periódicos que los señores o sus chóferes se dejaban en el salón de las copas, después de las batidas de perdices o de las carreras de liebres con los galgos. Más lo que mantengo más vivo en mi memoria de la persona de José Junquera, es su cante por soleá. Le recuerdo sentado en el patio del cortijo, al ponerse el sol, cantando en soledad, mandando el cante al cielo con la mano y la mirada, cual sacerdote ejerciendo un rito, creando un ámbito de solemnidad que a mi espíritu de zagal le dejaba un mensaje lírico y musical emocionante, algo que me injertó cierto sentido de la verdadera jondura flamenca”. (9)

Manuel Ríos Ruiz, tiene también un recuerdo al Cortijo de Frías en su obra “Ayer y hoy del cante flamenco” y así, en su dedicatoria, reconoce la importancia que tuvo para él los cantes que escuchó en Frías en su niñez y que le marcaron para siempre: “A la memoria de los gañanes gitanos que trabajaron en el Cortijo de Frías, en la campiña de Jerez de la Frontera, especialmente a José Junquera (el casero), Manuel Junquera (el sobajanero), José el Charamusco (el alambrista) y El Tito (el pelaor de ovejas), porque en sus voces cantaoras, allá en los años de 1943 a 1948, empecé a conocer el cante y a distinguir los estilos". (10).



Una historia que se remonta a los tiempos de la presencia romana, una singular arquitectura popular, unos hermosos jardines que rodean las estancias del cortijo, unas raíces flamencas… se dan cita en Frías. Y junto a todo ello, las vistas de la Bahía, de la campiña, de la sierra de San Cristóbal… Y el campo, la quietud del campo.

Para saber más:
(1) Rambaud, F.: “Portus Gaditanus. Hipótesis de un nuevo emplazamiento”, Revista de Arqueología nº187, Madrid, 1996, pp. 24–35.
(2) Pemán, C.: “Alfares y embarcaderos romanos en la provincia de Cádiz”, Archivo Español de Arqueología, XXXII, 1959, pp. 169-173. De este trabajo ha sido también tomado el mapa del estuario del Guadalete.
(3) Chic García, G.: “Lacca” . Habis, 10-11, 1979-1980, p. 11. Y López Amador J.J. y Pérez Fernández E. : El Puerto Gaditano de Balbo. El Puerto de Santa María. Cádiz. Ediciones El Boletín. 2013, p, 36
(4) López Amador J.J. y Pérez Fernández E. : Obra citada, p, 36.
(5) Muñoz y Gómez , A.: Calles y Plazas de Xerez de la Frontera. Edic. Facsímil 1903, BUC, p, 180.
(6) Lechuga y Florido, A.: “Plano del Término Municipal de Jerez de la Frontera”. Arreglado a la escala de 1/100.000 para la Guía de Jerez de 1897. Archivo Histórico Provincial de Cádiz.: Trabajos Topográficos. Provincia de Cádiz. Ayuntamiento de Jerez de la Frontera. Escala 1:25.000, 1899. López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000.
(7) VV.AA.: Cortijos, haciendas y lagares. Arquitectura de las grandes explotaciones agrarias en Andalucía. Provincia de Cádiz. Junta de Andalucía. Consejería de Obras Públicas y Transportes. 2002, p. 211.
(8) Ríos Ruiz, M.: La memoria alucinada
(9) Ríos Ruiz, M.:Tres evocaciones de voces flamencas”, en Catavino de Papel, Diario de Jerez, 23/01/2009
(10) Ríos Ruiz, M.: Ayer y hoy del cante flamenco, p, 7.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Cortijos, viñas y haciendas, Paisajes con historia, El paisaje y su gente, El paisaje en la literatura.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 6/11/2016


Por El Portal y El Tesorillo con el siervo Marcial.




Martiali L(uci) Corneli Pusionis ser(vo): “A Marcial, siervo de Lucio Cornelio Pusíón”. Este sencillo epitafio inscrito en una pequeña lápida funeraria de 13 X 15 cm., hallada junto a un grupo de tumbas romanas en los cerros de El Tesorillo, en las proximidades de El Portal, es todo cuanto conocemos de Marcial, un romano que vivió hace dos mil años y llevándose su condición de siervo hasta la sepultura (1). Desconocemos cuando murió, pero a juzgar por el tipo de ánforas que se encontraron en el lugar, debió vivir entre los siglos I y II de nuestra era. Tampoco sabemos a ciencia cierta cual era su trabajo, pero existen muchas posibilidades de que, por el contexto donde fue hallada su lápida junto a otras muchas tumbas rodeadas de una gran cantidad de fragmentos de cerámica romana, Marcial fuese alfarero y que el alfar donde debió trabajar toda su vida pudiera ser una de las propiedades de Lucio Cornelio Pusión, (L. Cornelius Pusio Annius Mesalla) un acaudalado gaditano emparentado con los Balbo (2).

Dejando a un lado estas licencias especulativas, les proponemos hoy un viaje en el tiempo. De la mano de este personaje que vivió veinte siglos atrás, queremos acercarnos a un rincón de la Bética romana situado frente al Portus Gaditanus, en las cercanías de ese otro enclave que, con el nombre de Ad Portum, pudo ser una estación aduanera de la Vía Augusta en el entorno del estuario del Guadalete. Vamos a conocer mejor lo que pudo ser un enclave relevante, sin nombre cierto todavía, tal vez una importante villa romana con un alfar asociado (3) que debía encontrarse en ese territorio que abarca las laderas de las Mesas de Bolaños, el Cortijo de Barja, los cerros de Las Calandrias y de El Tesorillo y El Portal. Esa zona donde a comienzos del siglo XX se encontró la sencilla lápida funeraria de un humilde siervo: “Marcial el alfarero”.

Pequeña historia de un hallazgo arqueológico.

Como muchos hallazgos, el de la inscripción funeraria a la que nos referimos fue también casual. En 1897 la Sociedad Agrícola Industrial del Guadalete obtuvo del Gobierno de la nación una concesión para poner en regadío con las aguas del río unas dos mil hectáreas, destinadas al cultivo de la remolacha. Para su molturación se construyó en El Portal una fábrica azucarera de la que aún se mantienen en pié sus muros. Colindantes con esas tierras, en los cerros de El Palmar del Conde, Las Calandrias y El Tesorillo, la Sociedad puso en explotación unas canteras de arena, grava, yeso y, en menor medida, piedra, materiales destinados a las obras de los canales de riego que aún podemos ver en los llanos de Las Quinientas y Las Pachecas. Y es en este lugar, en las canteras, donde en 1901 se producen los hallazgos.

Sabemos de ellos y de la importancia que tuvieron por las cartas e informes (4) que se cruzaron tras su descubrimiento D. Victorio Molina, correspondiente de la Real Academia de la Historia en Cádiz y D. Fidel Fita y Colomer, sacerdote jesuita, arqueólogo y epigrafista, quien algunos años después sustituiría a Menéndez Pidal como Director de la Real Academia de la Historia y quien publicaría en el Boletín de dicha institución estos hallazgos (5). Según relata Fita, los numerosos restos cerámicos así como tumbas romanas hallados en El Tesorillo, junto a El Portal, pondrían en la pista de la localización de algunos de los enclaves cuyos nombres aparecían en los restos de ánforas del Monte Testaccio y que seguían sin localización cierta. Algunas de las marcas estampilladas (…“Portense, at Portus, Port(u), Por(tu), Porto Lucidí, Porto populi…) podían corresponder, según Fita, “…al Portus Gaditanus, que abarcaría todo el trayecto del río que va desde El Portal al Puerto de Santa María” . Los hallazgos arqueológicos de la cantera de El Tesorillo podían ayudar a confirmar esta hipótesis. Dejemos que nos lo cuente:

La resolución del problema geográfico ha dado, un paso más con los notables descubrimientos verificados cerca del Portal por el Dr. D. Victorio Molina, muy benemérito de la Academia. «A corta distancia del Portal, me dice, sobre un ribazo á la margen izquierda, hay una loma, denominada La Cantera, compuesta de sedimentos de arena y chinas alisadas por la acción de las aguas, que sirvieron primitivamente de cauce o margen á un brazo del río, como las bifurcaciones y marismas, que aún subsisten antes de su desembocadura. La formación geológica del terreno queda visible por las excavaciones que la, Sociedad Agrícola Industrial del Guadalete actualmente practica para el aprovechamiento de sílice y grava. Cubierta la ribera por sucesivas capas de tierra, sobre éstas se fijaron muchas sepulturas romanas que han aparecido, una de ellas epigráfica del primer siglo, que fueron cegadas á su vez por el recrecimiento del piso actual. Dichas sepulturas, unas treinta, que se han deshecho, estaban formadas de lajas de piedra caliza, de varias clases, procedentes de las canteras que aún se explotan en la próxima sierra de San Cristóbal. La inhumación de los cadáveres se hacía de esta manera: aseguraban las piedras hundidas en la tierra, y marcando un hexágono, cuyos lados mayores correspondían á las líneas de los hombros á los pies, depositaban el difunto sobre el suelo, acompañado siempre de un vaso o jarra funeraria; lo cubrían con una tonga de tierra cernida, y cerraban luego en plano la sepultura con varias lajas. En una de estas cubiertas se halló el mármol epigráfico cuya impronta le envío, y que guarda en su poder D. Antonio Bustillo, empleado de la Sociedad explotadora… Colindante de dicha loma, sita en el cortijo de Barja,... es el Tesorillo, ó grupo de cerros abundantísimos de arcilla, desde cuyos oteros se divisa la ciudad de Jerez y el famoso castillo de Cidueña. Algunos canales abiertos para la distribución de aguas en la cañada realenga del Tesorillo han dejado al descubierto en una larga extensión innumerables trozos de cerámica romana. Los taludes de las zanjas están materialmente empedrados de bocas, asas, puntas inferiores de ánforas, tejas planas de reborde, ladrillos rojos, amarillos, verdosos, que prometen abundante cosecha de valiosos objetos arqueológicos para el día en que allí se hagan profundas é inteligentes excavaciones». Hasta aquí el Sr. Molina.(5)

En El Tesorillo y las antiguas canteras.

Hoy en día, aún se presiente la importancia que debió tener este enclave, cuando procedentes de El Portal cruzamos el río por el puente de La Herradura y vemos frente a nosotros los cerros de El Palmar del Conde y El Tesorillo, (junto a una subestación eléctrica), situados estratégicamente en las orillas del antiguo estuario del Guadalete. Junto a la entrada del Cortijo de El Tesorillo, en los taludes de la cuneta de la carretera que conduce a Puerto Real, quedan todavía a la vista los estratos de restos cerámicos en los que pueden verse el mismo tipo de materiales descritos en 1901: bocas de ánforas, asas, fragmentos de ladrillos y tejas, masas informes de barro vitrificado procedente de desechos de cocción, puntas inferiores de ánforas… Allí siguen, y en menor cantidad los encontramos también en Barja, junto al canal de riego, en Bolaños, en Frías, en Las Quinientas… como testigos ciertos de que un día, hace de esto ya veinte siglos, Roma estuvo presente en este rincón de la Campiña, hasta donde llegaban los brazos más profundos del estuario del Guadalete y de la Bahía, con las islas gaditanas cerrando el horizonte.

Tras estudiar los informes del presbítero D. Victorio Molina, Fidel Fita escribirá a Jorge Bonsor, arqueólogo de renombre, de origen inglés pero residente en Carmona, considerado una de las máximas autoridades en materia de epigrafía y arqueología en la España del cambio de siglo. Bonsor había realizado importantes excavaciones en el famoso Monte Testaccio de Roma donde había identificado buena parte de los sellos alfareros de la Bética, razón por la cual el padre Fita le informó del hallazgo de este importante alfar de El Portal. Bonsor, por su parte, remitió este artículo al profesor alemán Heinrich Dressel, máxima autoridad mundial en la materia.(6)

El célebre arqueólogo Bonsor y los hallazgos de El Tesorillo.

En la obra de Jorge Bonsor “Correspondencia general (1886-1930)” se recoge el texto de la carta de Fidel Fita (Carta 59 de 24 de julio 1901) (4) en la que le informa “sobre los restos de las alfarería de Lacca que forman un pequeño monte testáceo cerca del desembarcadero del Guadalete, llamado por otro nombre el Portal, entre Jerez y el Puerto de Santa María. Los árabes, como V. sabe, denominaron el Guadalete Guad-al-Lacca, o río de Lacca. Hasta el Portal sobredicho, las faluchas que cruzan la bahía de Cádiz y remontan el Guadalete llevan



mercancías de mar, y desde allí exportan las de tierra. Es, tal vez, el verdadero Portus Gaditanus; porque en él, mejor que en el Puerto de Santa María se cumplen las 24 millas romanas que hasta Cádiz señalan los itinerarios antiguos
”. Fita describe a Bonsor lo expuesto en el informe de Victorio Molina informándole de las sepulturas halladas y los innumerables fragmentos cerámicos, que han salido a la luz con las obras de un canal de riego, procedentes de lo que sin duda fue una importante estación de producción alfarera en los que, pese a su estudio concienzudo, no encontrará “un solo casco con inscripción o marca de fábrica”.

En la carta se afirma que en El Tesorillo hubo “una fabricación de cerámica, ánforas especialmente, destinadas a envasar el vino procedente de esta región de la Bética. El camino de la alfarería está bien marcado. Con los residuos de horno se ven despojos inútiles, que acusan claramente la fabricación, de los que guardo un trozo de ladrillo con las huellas de los dedos, un tiesto con una pella de barro, y un grupo curiosísimo donde están revueltos y pegados en fresco parte del tubo inferior del ánfora, con otros fragmentos y pegotes de arcilla. En la elaboración, que debió ser abundantísima, se emplearía gran número de siervos... Una cantera próxima lleva el nombre de La Mina. Entre las sepulturas se ha encontrado el epitafio del primer siglo, dedicado a la memoria de Marcial, siervo de Lucio Cornelio Pusión. Este fue quizá dueño de la alfarería”. Termina Fita su carta confesando a Bonsor, a quien intenta convencer de la necesidad de llevar a cabo una excavación en la zona que “… conceptúo que por debajo del Tesorillo o de su alrededor se ocultan inestimables tesoros arqueológicos, que V. con poco gasto puede revelar a la docta Europa”. (4)



Un siglo después los “tesoros” del Tesorillo, a los que aludía D. Fidel Fita apenas han sido descubiertos y a buen seguro en las laderas de Barja y Bolaños aguardan aún importantes vestigios que, como apuntaba el célebre historiador, esperan ser revelados. Pese a que muchos materiales desaparecieron para siempre con la explotación de la citada cantera, todavía se aprecia en los taludes de El Tesorillo la evidencia de que aquí existió un importante alfar en el que, junto a los restos de ánforas (7), ladrillos y tejas, se encontró la sencilla lápida funeraria del siervo Marcial, el alfarero.


Para saber más:
(1) González, Julián: Inscripciones romanas de la provincia de Cádiz. Diputación Provincial de Cádiz, 1982, p. 281.
(2) López Amador, .J. y Pérez Fernández, E.: El Puerto Gaditano de Balbo. El Puerto de Santa María. Cádiz. Ediciones El Boletín, 2013, Pg 35-36.
(3) López Amador, .J. y Pérez Fernández, E.: El Puerto Gaditano de Balbo. El Puerto de Santa María. Cádiz. Ediciones El Boletín, 2013, Pg 94
(4) Especialmente la carta 59 de 24 de julio de 1901, que puede consultarse en Maier Allende, Jorge: Epistolario de Jorge Bonsor (1886-1930). Madrid, Real Academia de la Historia ,1999, pp 46-47.
(5) Fita y Colomer, F.:El Portal del Guadalete. Nueva inscripción romana”. Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo 39, 1901, pp 306-308.
(6) Maier Allende, Jorge: Jorge Bonsor (1855-1930) : un académico correspondiente de la Real Academia de la Historia y la Arqueología española. Madrid Real Academia de la Historia, 1999. Pg 94.
(7) Lagostena Barrios, Lázaro: Alfarería romana en la Bahía de Cádiz. Universidad de Cádiz, 1996, pp. 64-65.

Nota: El mapa del estuario del Guadalete ha sido tomado de Pemán, Cesar: "Alfares y embarcaderos romanos en la provincia de Cádiz" , AEArq. XXXII (1959). La fotografía de la lápida funeraria ha sido tomada de Romero de Torres, Enrique: Catálogo de los monumentos históricos y artísticos de la provincia de Cádiz. 1908, Tomo VIII. Manuscrito con fotografías.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 8/02/2014

Tras las huellas de Roma por la campiña.
Topónimos latinos en torno a Jerez




Escribe J. M. Albaiges en el prólogo de la obra “Enciclopedia de los topónimos españoles” (Planeta, 1998): “Hay algo más duradero que la piedra, que un cuadro, que un libro, incluso que la memoria humana misma. Es el nombre de una cosa… El nombre, que saltando de generación en generación vive en sus hablantes, preservando del olvido ese mágico instante en que la cosa obtuvo verdadero ser. Y dentro de la palabra ocupa un lugar especial el topónimo,


que inicialmente emanado del común para ser aplicado a un lugar concreto, va siendo trabajado a su >modo por cada generación, que lo transformará, pulirá y construirá su propia versión para uso de la siguiente. Pueblos que pasan a habitar los mismos lugares recogen el nombre de éstos, y con el paso de los siglos, extinguido su significado primigenio, transmiten fascinantes mensajes desde generaciones traspapeladas de la memoria actual, en lenguas ya incluso desaparecidas, permaneciendo a menudo como un orgulloso misterio que hay que saber descifrar
".



No es fácil, sin embargo, descubrir ese “misterio” que muchas veces se esconde detrás de algunos topónimos, ese mensaje histórico y cultural que atesoran. Ello requiere, como señala acertadamente el profesor J. Martínez Ruiz, “el trabajo en equipo de historiadores, arqueólogos,



lingüistas, etnólogos…” Apoyándonos en algunas de estas investigaciones, les proponemos aventurarnos por los paisajes de nuestro entorno rastreando las huellas de la presencia romana a través de algunos de estos topónimos de raíces latinas que han llegado hasta nuestros días.

Desde hace décadas, los trabajos arqueológicos que se vienen realizando en distintos rincones de la campiña en torno a Jerez, confirman la existencia de enclaves de carácter rural, villae o vici, en época romana, en muchos de los cuales se asientan en la actualidad cortijos y viñas que conservan en su nombre actual el recuerdo de su remoto origen. Como señalan los profesores e investigadores E. Vega Geán y F.A. García Romero en su interesante trabajo “Ceret revisitado”, el nombre de muchas de estas antiguas villae deriva de los gentilicios o cognomina de sus propietarios. Junto a estos autores, otros como M. A. Borrego Soto, J. Martínez Ruiz, J. M. Pabón, A. Padilla Monge, J. Abellán Pérez o E. Martín Gutiérrez, apuntan también el posible origen de algunos de estos topónimos latinos.

Por las tierras de Balbaina, con Lucio Cornelio Balbo.

Una zona de la campiña en la que abundan estos curiosos nombres es la correspondiente a los actuales pagos de viñas. Así, Balbaina, debería su denominación a Balbus, el conocido militar y político gaditano romano Lucio Cornelio Balbo el Menor. La variante Barbaina, muy frecuente también en las fuentes medievales y modernas, hace apuntar a algunos autores su posible derivación de algún romano de nombre Barbatus.

El pago de Grañina, cercano al anterior, entre la Laguna del Gallo y la carretera de Sanlúcar, está relacionado con Granius, nombre presente en la epigrafía gaditana.

Con este mismo topónimo se designaba también una aldea medieval, hoy desaparecida, a los pies de la Sierra de Gibalbín, que ha sido estudiada por el profesor E. Martín. Junto a la barriada rural de las Tablas y Polila, y bautizando desde hace siglos a un rincón de la campiña donde tradicionalmente se han cultivado viñas, permanece vivo el topónimo de Añina, donde tal vez pudieron ubicarse ser las tierras de un romano llamado Annius (o Anius), nombre que consta en la epigrafía gaditana.

Este territorio entre el antiguo Portus Gaditanus (El Puerto de Santa María), Asta Regia (Mesas de Asta) y Gibalbín, fue una zona de la campiña intensamente romanizada. Entre estos dos últimos enclaves y en conexión con la antigua vía romana que unía Asta con Ugía (actual Torres de Alocaz), hallamos la loma y el cortijo de Espartinas, en la carretera de Morabita, cuyo nombre derivaría posiblemente de un antiguo propietario: Spartus o Spartarius. En tierras del cortijo de Espartinas se encontró una estela funeraria de Baebius Hilarus, al que Cesar Pemán identifica con un rico labrador al que hace referencia Marcial en sus Epigramas. En este sector, más cercano a la Sierra de Gibalbín, junto al antiguo camino de Sevilla, encontramos hoy el cortijo de Romanina (Alta y Baja), cuyo nombre derivaría de Romanus, antropónimo presente en la epigrafía latina de la provincia. En Romamina la Baja, apareció una estatuilla del dios Baco que se expone en el Museo Arqueológico de Jerez.

Más cerca de la ciudad, los actuales Llanos de Caulina nos hablan de un posible propietario de nombre Caulius o tal vez de Catullus (como apunta J.M. Pabón). Más discutidos son los topónimos de Abadín (donde estuvo la aldea medieval de Xabadin o Labadín y que pudiera derivar de Sabinus) o de Martelilla, en cuyas tierras, en el camino de Medina, han aparecido restos romanos. Algunos autores hacen derivar este nombre del antropónimo Marcelus o Martialis, mientras otros ven un origen castellano como diminutivo femenino de Martel.



Otro topónimo de posible origen romano es el de Calcena (en el actual cortijo de Casinas, en la Junta de los Ríos), que en las fuentes medievales árabes y cristianas figura como Calsena y que
a juicio de J.M. Pabón podría derivar de un propietario de tierras de nombre Calcius, Caltius o Calicius. Crespellina, antiguo cortijo próximo a Trebujena, junto a los de Bonanza y Los Algarves, hace alusión a otro nomen possessoris, tal vez Crispillus, Crispulus o Crispus que pudo ser un terrateniente afincado en estos parajes. Próximas también a Trebujena, junto a La Ventosilla, se encuentran las tierras de Burujena, colindantes con el antiguo estuario del Guadalquivir, y próximas a un enclave de gran importancia histórica, Ebora, con presencia turdetana y romana. Este topónimo podría tener su origen en el cognomen Burilius o Burulius.



De gran interés es también el nombre de Sarana, derivado del cognomen Serus o Serius, que autores como J. Abellán asocian al actual enclave del Barrio Jarana, cerca de Puerto Real, donde se encontraron restos de una importante villa romana. Otros autores lo vinculan con el cortijo



de Arana
(más conocido hoy como cortijo de Capita), en el antiguo Camino de Lebrija, donde pudo ubicarse la alquería musulmana de Šarāna. Hübner y Tovar lo relacionan con el fundus Sacranenesis de algunas inscripciones latinas.

Tras las huellas de Roma por la campiña.

Junto a los topónimos de origen latino que pudieran derivar de los nombres de antiguos propietarios de tierras, ya comentados, nos ocuparemos de otros más discutidos, que pudieran estar también relacionados con la presencia de Roma en nuestra zona.

Así, Alventus (Alventos o Alventu), cortijo de Trebujena que dio nombre a un embarcadero en el Guadalquivir, podría derivar de Adventus, -lugar de llegada-, como propone el profesor E. Martín, en relación con un posible puerto fluvial del que se tiene constancia desde hace siglos. Capita (cabezas en latín) es el nombre de un cerro y un cortijo (del que ya hemos mencionado



su antiguo nombre de Arana) en el camino de Lebrija, próximo a las marismas de Casablanca y en el que algunos han querido ver también resonancias latinas, como en Torrox. Este topónimo (existente también en otras provincias de Andalucía) que bautiza el pago de viñas localizado entre la ciudad y la Sierra de San Cristóbal, así como el paraje donde tradicionalmente se formaba una gran laguna, apunta a la posible existencia de una antigua torre o enclave rural fortificado. Más “transparente” es el topónimo Vicos, que da nombre a un arroyo, una cañada, un cortijo, un pago, un encinar… Deriva del sustantivo latino vicus, con el significado de aldea o enclave rural y resulta creíble suponer que en este lugar, donde hoy se asienta la Yeguada Militar, y en el que hubo una aldea medieval, pudiera existir también una asentamiento romano.

Otros nombres de lugares requerirán detenidos estudios para aclarar su verdadera significación, aunque apunten a un posible origen latino. Es el caso de Bonaina, antiguo pago de viñas en el quse asentó una alquería medieval, junto a la Sierra de San Cristóbal y Sidueña, así como elde  Frontino (posible antropónimo y hoy nombre de un puerto y un arroyo entre Alcalá de los Gazules y Jerez), o los ya desaparecidos de Cambilax, Fontanina, Poblanina, Baina (cortijo de Vaina) en El Puerto de santa María), Illena (Arcos) o Barja, Frías, y tal vez, Montana, en Jerez…. Traemos también aquí el llamativo y conocido nombre de Fuenteimbro (o Fuente Ymbro), cortijo que alberga una afamada ganadería de bravo al pie de la sierra de Dos Hermanas. Por este lugar atravesaba el acueducto romano de Tempul del que aún se conservan aquí algunas galerías. Su nombre pudiera estar relacionado con fontes imbrus/imbricus, “la fuente de la tormenta o de agua de tormenta”, aludiendo tal vez a un manantial que brotaría después de intensas lluvias. Casualmente, en las laderas de Dos Hermanas se encuentra el Arroyo del Infierno y los manantiales del mismo nombre que afloran por diversos puntos cuando se satura el acuífero de la Sierra de Las Cabras cuya fuente más conocida es la de Tempul.

Para terminar este recorrido por la toponimia latina, dejaremos también constancia de otros nombres de lugares que aunque de origen castellano, guardan estrecha relación con la presencia de Roma en estas tierras. En relación con Montegil, el profesor Pascual Barea, sugiere la posible relación de este orónimo con “montecellu”, (vocablo del latín tardío) que derivaría de “monte (mons, montis) y el sufijo -cellu, del que procede el sufijo castellano -cillo. “Montegil equivale por tanto al castellano ‘montecillo “. De origen medieval, el nombre de El Portal, que fue el puerto fluvial de Jerez y que actualmente bautiza a una barriada rural, pudiera estar relacionado con Ad Portum (posible estación aduanera próxima a Portus Gaditanus), o con Portus.

Otros muchos topónimos, de origen más reciente (medieval o moderno), contribuyen a conservar viva en el paisaje aquella presencia de siglos que los romanos mantuvieron en la campiña. Algunos de los más explícitos como el “Camino de los romanos”, bautiza a una antigua cañada (y vía romana) que, partiendo de la zona de El Puerto de Santa María se dirigía a Asta Regia. Este camino, con este mismo nombre, se conserva todavía en las proximidades de las lagunas de El Puerto. Los ya señalados de Romanina (alta y baja) bautizan hoy en día a cortijos, cañadas, arroyos…. En la zona de la carretera de Morabita, se mantienen otros curiosos topónimos que no deben confundirnos, al estar relacionados con el apellido de sus antiguos propietarios, la familia Romano, o con nombres actuales que no guardan vinculación con la presencia romana en la zona. Son los de Viña Romano (que fuera propiedad en el s. XIX de Francisco Romano de Mendoza) El Denario, La Gente Romana (junto a Espartinas y Berango), Los Romanos (también en las proximidades de la Loma de Espartinas)… En las cercanías de Mesas de Asta está el cortijo de Romanito y junto a la Dehesa de Angulo, en las proximidades del actual núcleo de Guadalcacín, existió también el Hato de Romanito, como se refleja en los mapas de hace un siglo y que deben su nombre al apelativo con el que era conocido Antonio Abad romano de Mendoza, hijo del mencionado Francisco Romano, quien fuera su propietario. Junto a La Barca, las tierras que encierra un amplio meandro del Guadalete se conocen como Vega Romana (en alusión, en este caso al citado apellido) y con el nombre de Pozo Romano se denomina también otro paraje de la campiña…

La Bética romana presente aún, gracias a la toponimia, en tantos lugares en nuestra tierra.


Para saber más:
- Caro Cancela, D. Coord.: Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval. Tomo 1.Diputación de Cádiz, 1999.
- García Romero F.A. y Vega Geán E.J.: “Ceret revisitado”. Puede consultarse el texto en:
http://www.cehj.org/articulos/historia.htm
- Martín Gutiérrez, E.: Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del doblamiento. El Alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media. En Historia Instituciones y Documentos, nº 30. Universidad de Sevilla, 2003.
- Martín Gutiérrez, E.: Aproximación al repartimiento rural en Jerez de la Frontera: la aldea de Grañina. En la España medieval, 1999, nº 22.
- Martínez Ruiz, J.: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII, Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pg. 107 y 119.
- Pabón, J. M.: Sobre los nombres de la villa romana en Andalucía. En Estudios dedicados a Menéndez Pidal. Madrid: [S. Aguirre], 1950-53, t. IV, pp. 87-165
-Padilla Monge, A.: “La transferencia de poder de Gades a Asido. Su estudio a través de la perspectiva social”, en Habis, 21 (1990). 241-258

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 2/11/2013

 
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