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Con el Padre Coloma por las tierras de La Matanza.
La Batalla de los Cueros (y 2).




Como contribución a la conmemoración del centenario de la muerte de nuestro gran escritor, el Padre Coloma (1851-1915) iniciamos la semana pasada un recorrido por las tierras comprendidas entre el Guadalete y el cerro de El Mojo de la mano de uno de sus relatos, “La Batalla de los cueros”, que recrea un episodio bélico que tuvo lugar en 1325 en las Dehesas de Martelilla. Los benimerines se enfrentan aquí a los jerezanos que, con el auxilio de los cordobeses, resultarían vencedores en un desigual combate que a punto estuvieron de perder. La historiografía tradicional jerezana se refiere a este enfrentamiento con el nombre de Batalla de los Potros, de los Cueros o de La Matanza, nombre este último que ha pervivido en la toponimia de la zona.

Retomamos el relato que comenzamos en nuestra anterior entrega en el momento en el que los caballeros jerezanos se disponen a partir para la batalla. Aunque en ninguna de las “Historias de Jerez” más célebres, se hace alusión a personajes ligados a esta acción de armas más allá del alcaide Simón de los Cameros, Coloma llena de “nombres” la escena e incluye en la nómina de ilustres que acuden a la contienda a lo más granado de la nobleza jerezana del momento: Diego Pavón, Herrera, Fernán Núñez-Dávila, Alonso Fernández de Valdespino -el del Salado-... No faltaban tampoco a la cita caballeros como Garci-Pérez de Burgos, Juan Gaitán Carrillo, el hijo de Pérez Ponce de León, Mateo –“el de los buenos fijuelos”… Aunque si alguna presencia subraya nuestro escritor en este momento épico es la de Gutiérrez Ruiz de Orbaneja, quien ya de avanzada edad, se presentaba a la batalla sin armadura “por no poder soportar su peso”. (1)

Con Simón de los Cameros por el camino de Vejer.

La salida de la ciudad de las tropas jerezanas se realiza por la Puerta Real (“la del Marmolejo”) y de acuerdo a la treta estudiada, evitan el camino de Medina, ocupado ya en las inmediaciones del río por el campamento enemigo. Sigamos, con Coloma, el itinerario de los jerezanos:



Caminaban, en gran silencio los de Jerez, siguiendo el camino de Vejer, para tomar luego el de Medina y coger al moro por la espalda. Marchaba delante el alcaide, montando un trotero, que por caparazón llevaba una gran piel de tigre, despojo de un jeque moro, cuyas manos pendían anudadas en las cadenas del pretal, con garras de oro; seguíanle en dos alas los de a caballo, guardando en medio los peones que llevaban el recuaje de potros cerriles, que por consejo de Dávila, habían de tomar parte en la batalla. Hallábanse los moros en su real, allá junto a la laguna de Medina, tan confiados en su valor o desdeñosos del ajeno, que no se dieron cuenta del enemigo que llegaba ya al alcance de sus azagayas".

Una vez llegadas las tropas al paraje donde pueden sorprender por la retaguardia a los benimerines, acampados en las inmediaciones del actual cerro de El Mojo, deben mantener una tensa espera hasta el amanecer como bien relata Coloma: “Pedía la prudencia treguas al valor de los nuestros, y sólo bramando de coraje pudieron mantenerse en sosiego hasta el cuarto del alba, que se aprestaron a la pelea atando a los potros cerriles, no zarzas y cambrones, sino cueros crudos que a prevención llevaban.



En la ciudad, es noche cerrada cuando llegan a la Puerta de Sevilla, sin ser esperadas “…gran número de gentes de guerra, que llegaban a la barbacana refuerzo del muro… -¡Córdoba por Jerez! -sonó una voz hidalga al pie del muro. Eran las gentes de Córdoba, que sin ser llamadas, venían en auxilio de sus hermanos en Dios, en Patria y en Rey.”

Coloma se recrea aquí en la actitud valerosa de la alcaidesa y en la generosidad de los cordobeses que, en mitad de la noche, cansados y fatigados, rechazando el descanso que los jerezanos les ofrecen “… piden un adalid que los guíe, porque no admite la guerra espera: pasan el río al trote del peonaje, y hacen alto en un cerro, desde donde atalayan al moro, esperando den señal de la pelea los nuestros que del lado de allá se hallaban”.

El auxilio de los cordobeses.

Ya está a punto de amanecer. Los cordobeses en las inmediaciones del Cerro del Viento, junto a la Laguna de Medina, los meriníes en la Dehesa de Martelilla, los jerezanos en las tierras de El Mojo. Dejemos que lo cuente Coloma:

De repente rompe el traidor silencio una tremenda algazara de trompetas y vocerío, atabales y rugidos, y con tal furia y empuje arremeten los nuestros al moro, que por tres cuartos de hora prolonga la polvareda las sombras de la noche: huyen los potros cerriles arrastrando con estrépito los cueros que los azotan y espantan; créceles el asombro con la carrera, y tal pavor infunden en los caballos agarenos, que con su propio espanto descomponen el real.

-¡Santiago! -gritan los nuestros; y al despertar despavorido el moro, no acierta a proferir su antiguo grito de guerra.

Trábase al fin la lucha con tal ventaja del cristiano, que ya muerden el polvo siete sarracenos, sin que Dávila saque la lanza de la cuja. Más lejos se revuelve Herrera como bueno; da un tajo y se abre camino, y por un quijote que le arrancan, arranca al moro tres banderas y mil vidas.



Aterrada la morisma huye hacia Jerez sin tino, y va a dar en las lanzas cordobesas, que con tal furia la reciben, que no parece causa ajena, sino propia la que mueve sus bríos. Cejan luego hacia Margarigut el antiguo, aldea entonces de Pedro Gallegos, propia de Valdespino; mas allí los siguen cordobeses y jerezanos, que aun no se conocen, pero que con rabia igual los alancean.

Allí cayó, roto el pecho y la jacerina, el hijo de Juan Gaitán, que aun el bozo no le apunta: diole el polvo de la batalla mortaja de caballero, y no faltó quien guardase a su madre la Sarmiento, la lanza rota del mancebo; y a su dama Inés Zurita, unas tranzaderas verdes que hizo la sangre rojas.

Crece el furor mientras más cerca halla la victoria, y tanta sangre corre en aquellos sitios, que borra para siempre su antiguo nombre, grabando en su vez el terrible de Matanza. Vencida, pero astuta siempre la morisma, huye a guarecerse en unos arroyos secos: mas allí la alcanza la rabia del cristiano, y corre aún bastante sangre para dar corriente al cauce vacío, y a aquella tierra, ebria de sangre mora, el nombre de Matanzuela.

La noche corre aterrada a contar a otras naciones las proezas de la nuestra, y cuando el día asoma medroso, encuentra el pendón de Ismael roto, la Cruz en alto, y sembrado el campo de cadáveres, que cubrían, puesta de pie, la lanza más larga que había en el campo: la de aquel buen López de Mendoza, que tuvo luego, en sus armas la gloria del Ave-María.

Y allá más tarde, cuando cordobeses y jerezanos, jurándose hermandad eterna, arrojan a los pies de la Virgen de la Merced, que desde entonces lo fue de los Remedios, un puñado de banderas moras, cubiertas de sangre cristiana como de reliquias, y de sangre agarena como de trofeos, escribe la fama en su libro la batalla de los Cueros, y grita al mundo con sus cien trompetas. Todo lo alcanza el valor si la fe lo mantiene.


Por las tierras de La Matanza.



Con los ecos del relato del Padre Coloma, hemos vuelto a recorrer en estos días, cuando se cumple el centenario de su muerte, estos parajes.

No soplan ya vientos de guerra en las tierras de La Matanza, sino los vientos de levante que mueven las aspas de los enormes aerogeneradores instalados en el parque eólico de Doña Benita. Lentiscos, palmitos y acebuches crecen en la Cañada Real de Lomopardo o de Medina, que sigue todavía recordando el antiguo camino por donde circulaban las tropas.



No vienen ya por El Mojo y por Baldío Gallardo las mesnadas de los benimerines, ni amenazan algaras los llanos de La Ina.



No se talan ya los olivares y encinares de las dehesas de Martelilla, donde pace plácidamente, ajena a los sangrientos episodios de la historia, la vacada que lleva el nombre de este afamado hierro por toda la geografía taurina.



Nada queda ya de la aldea de Margarihut (la alquería del “prado de los judíos”), la que pasó a denominarse después de la batalla Aldea de Pero Gallegos. Nada salvo los apacibles prados de La Matancilla, salpicados de aerogeneradores.



Nadie acampa ya, sino las aves migratorias, en las laderas de la Laguna de Medina, en las arboledas de El Sotillo, junto al Saldado y al Vado de Medina.



Y en el Cerro de la Cabeza del Real y las colinas de Lomopardo, donde un día se plantaron las tiendas de los benimerines, se cubren hoy sus albarizas de girasoles, de trigos y de vides.

Para saber más:
(1) Las citas textuales están tomadas de Coloma, Luis. La Batalla de los Cueros. Episodio Histórico. Imprenta de la Revista Jerezana. 1872. Otra edición de 1876 puede consultarse en la red.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con : Con el Padre Coloma por las tierras de La Matanza. La Batalla de los Cueros (1), El paisaje en la literatura, Paisajes con historia, Toponimia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 24/05/2015

Con el Padre Coloma por las tierras de La Matanza
La Batalla de los Cueros (1)




En aquellos tiempos de grandes virtudes y grandes vicios, pero que tan rara vez, conocieron ruindades ni mezquinas pasiones; cuando el Rey Sabio acorralaba la morisma y aún no lloraba sus querellas, aparece en la historia el Jerez cristiano y caballero, como el terrible vigía de la frontera, ceñido de murallas, coronado de laureles sangrientos, enarbolando una cruz, y cobijándola con un pendón, sobre el que los siglos y la sangre han escrito una epopeya. El tiempo cubrió con su polvo de majestad aquellas glorias, y el olvido y la indiferencia las enterraron luego, sin que un epitafio las eternice, ni un poeta las cante, ni un historiador diga a los que tras nosotros vienen, que antes que rico y poderoso, fue Jerez noble, leal y heroico.

Con ese arranque “épico” da comienzo el relato “La Batalla de los Cueros. (Episodio Histórico)” de Luis Coloma, (Jerez, 1851- Madrid, 1915), escritor, periodista y jesuita, uno de los jerezanos más célebres, de quien recientemente se ha conmemorado el centenario de su muerte. Desde entornoajerez, queremos sumarnos modestamente a esta efeméride trayendo el recuerdo de una de sus obras y recorriendo los escenarios en los que la historiografía jerezana sitúa unos hechos que tuvieron lugar casi siete siglos atrás.

En “La Batalla de los Cueros”, como en otras obras, muestra Coloma su afición por los cuadros de época y la historia novelada sin renunciar al carácter moralizador que imprime a muchos de sus relatos. Aunque ha conocido muchas ediciones posteriores, vio la luz en 1872 en el diario El Porvenir de Jerez en el que colaboraba nuestro todavía joven escritor. La historia tuvo una amplia difusión tras su publicación en un cuadernillo de 36 páginas, prologado por Fernán Caballero, y editado por la Imprenta de la Revista Jerezana (1), en cuyos talleres se elaboraba el citado periódico. Con su versión de “La Batalla de los Cueros” Coloma intenta rescatar un hecho con trasfondo histórico para dar mayor lustre a las “Glorias de Xerez”, como reza en la portada.

La descripción de episodios bélicos, de batallas, refriegas y escaramuzas entre “moros y cristianos” ocupa un lugar preferente en todas las obras de carácter histórico que desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XX, se han ocupado de nuestra ciudad. Especial relevancia cobra el periodo correspondiente al reinado de Alfonso XI, donde destacan las batallas de Majaceite (1314), Ayna (1339) o la de Los Cueros (1325), por citar sólo algunas. Esta última, de la que hoy nos vamos a ocupar siguiendo el relato del Padre Coloma, es también conocida como batalla de Los Potros o de La Matanza, y es una de las más referidas por todos los historiadores locales.

El marco geográfico donde tiene lugar la acción comprende los parajes situados entre el Vado de Medina (actual puente de Cartuja) y las tierras de El Mojo y Baldío Gallardo. Los llanos de Las Pachecas y de la Ina, la Laguna de Medina, el viejo camino de Vejer, las Dehesas de Martelilla, las laderas y colinas próximas al Cerro de El Mojo… son el escenario de la “batalla” que, más allá de las licencias literarias de escritores e historiadores, ha dejado para siempre su huella en la toponimia de la zona, con un nombre rotundo y esclarecedor de lo que



allí, de una otra manera sucedió: La Matanza. En estas tierras aún permanecen, siete siglos después, los topónimos de La Matanza (Cortijo, Arroyo, Pago, Cerro), La Matanzuela y La Matancilla.

Los historiadores locales relatan que en 1325 la ciudad se encuentra amenazada por un gran ejército musulmán que hostiga con sus incursiones las localidades cercanas realizando talas y saqueos en los campos de Arcos y Lebrija. Acampado entre el Guadalete y Martelilla, realiza permanentes acciones de castigo en las tierras más cercanas a Jerez llegando a las puertas de sus muros.

El alcaide, Simón de los Cameros, solicita ayuda urgente a la ciudad de Sevilla ante la evidente inferioridad de las fuerzas cristianas para no sucumbir ante los continuos embates de las tropas meriníes.



Desde Sevilla no puede prestarse el socorro reclamado y, ante la falta de respuesta es preciso actuar, por lo que se decide hacer frente al ejército musulmán utilizando una estrategia que la historiografía tradicional jerezana ha relatado con aires de leyenda.

En síntesis, ante lo menguado de las tropas cristianas, se decide salir con el amparo de la noche dando un rodeo y tomando el camino de Vejer, para sorprender al enemigo en su retaguardia, llevando con todo el sigilo posible a cuantos caballos y potros “cerriles” (sin domar) se puedan reunir. Se atarán a su cola cueros “crudos”, odres hinchados y ramas. Se persigue con ello provocar una estampida de modo que, el ruido de los cueros y la furia de los animales sorprendan al ejército musulmán causando el desconcierto y el caos entre sus filas. La acción discurre tal como ha sido planeada con el concurso, en el último momento, de las tropas de la ciudad de Córdoba que acude en auxilio de los jerezanos, al enterarse de las difíciles circunstancias por las que atravesaban. Los cordobeses llegan “justo a tiempo” por el camino de Medina para batallar con los moros que, sorprendidos en su retaguardia, se ven así entre dos frentes condenados a sufrir una gran derrota.

Estos campos de El Mojo, estos parajes de suaves colinas próximos a la dehesa de Martelilla, serán a partir de entonces conocidos como las tierras de La Matanza, nombre que ha pervivido casi siete siglos. Como consecuencia de la decisiva participación cordobesa en la refriega, se sellará la hermandad histórica existente entre Jerez y Córdoba, ciudad esta última en la que, como sucede en la nuestra, también existe una calle dedicada a la “Batalla de los Cueros.

Volvamos al relato de Luis Coloma, justo cuando los jerezanos están a punto de partir a la lucha. La tensión dramática de los preparativos de la batalla la presenta nuestro escritor con la escena de los caballeros junto a la capilla del Humilladero, en las proximidades de la Puerta Real o del Marmolejo. Es 11 de Julio de 1325.

Había en otros tiempos pegada a la puerta del Marmolejo, que se llamó luego del Real, una pequeña capilla que se amparaba a los muros, como la fe se ampara a la fortaleza. Venerábase en ella una imagen de la Virgen de la Merced, y era costumbre de los antiguos caballeros, al salir a la batalla, pedir a la Señora su amparo en la lid y su auxilio en la victoria: llamábanla por esto la capilla del Humilladero; que aquellos hombres que con soberbia pisaban la tierra, sólo humildes miraban al cielo. Hallábase abierta la histórica capilla el 11 de julio de 1325: poblaban sus alrededores confusos grupos de hombres cubiertos de hierro, que formaban acá y allá bosques de picas y lanzas, alzándose amenazadoras: flotaban por donde quiera airones y banderas de varios visos, rodeando un pendón de riquísima tela roja, cuyos anchos pliegues caían a lo largo del asta, como si no pudiese el viento agitar el peso de tanta gloria. Era el pendón de Jerez, antes que en buena lid arrancase al moro otro, en la batalla del Salado."



Coloma sigue aquí a Fray Esteban Rallón, quien escribe su Historia de la Ciudad de Xerez de la Frontera a mediados del S.XVII, y sitúa en esta puerta de la ciudad y en la citada capilla el punto de partida de las tropas (2). Prefiere esa versión a la de Bartolomé Gutiérrez (Historia de Xerez de la Frontera, 1787) quien sostiene que los caballeros salieron “… a las ocho de la noche con mucho silencio por la Puerta de Rota y a su salida se encomendaron a una devota imagen que allí los Padres mercedarios Calzados veneraban (convento inmediato a esta salida)” (3). Ni Gonzalo de Padilla en su Historia de Xerez de la Frontera. Siglos XIII-XVI, escrita en las primeras décadas del XVI, ni el Jesuita Martín de Roa en su obra “Santos Honorio, Eutichio, Estevan, Patronos de Xerez de la Frontera…, publicada en 1617, aluden en sus relatos a estos preparativos en los que Coloma, sin embargo, se recrea para dar al suyo más fuerza literaria.

Pero continuemos con Coloma. Se ha dado la voz de alerta en la ciudad ya que, desde la Laguna de Medina hasta El Sotillo, (paraje donde se construiría el Monasterio de Cartuja) se ha instalado un campamento con un poderoso ejército enemigo y “…la morisma de aquende el mar y de allende había pasado el Guadalete en número de setenta mil, plantado sus reales desde Martelilla hasta el río, y llevado sus algaras hasta las mismas puertas de Jerez el noble…



Para dar más gloria a una victoria conviene que la desproporción entre las fuerzas en combate sea lo mayor posible. Los cristianos son pocos y los moros muchos. Coloma juega también con esta idea en su relato y eleva a setenta mil, los “600 moros de a caballo y de pie” a los que alude el historiador Gonzalo de Padilla (4), o amplía la cifra de los “sesenta mil entre jinetes e infantes” que menciona el Padre Martín de Roa (5). Opta de nuevo nuestro escritor por la versión de Rallón para quien los moros “pasaban de setenta mil, así de a pie, como de a caballo”, (2) antes que con la de Bartolomé Gutiérrez, quien de manera más discreta, menciona, sin dar cifras, que “…un príncipe moro… juntando gente africana y de las costas de Granada de a caballo y de a pie… con esta gran comitiva se vino sobre los campos de los cristianos” (3).



Ni la desproporción de fuerzas, ni la falta de apoyos y refuerzos, ni la escasez de víveres, ni la inferioridad de las tropas cristianas frente al gran número de las que han desplazado los musulmanes… parece ser obstáculo para el alcaide jerezano a juzgar por el relato de Coloma:



Convocó en tamaño aprieto el alcaide Simón de los Cameros, a los ricos-homes, fijosdalgos y gentes de pro del pueblo, y ardiendo todos en deseos de venganza, sobrados de bríos y faltos de prudencia, no se avenían a templadas razones, queriendo, ya que no triunfar, morir como buenos.



Mas un gran caballero que llamaban Cosme Damián Dávila, valiente en la pelea y al razonar mesurado, les habló de esta manera: «Es verdad que son nuestras fuerzas cortas para vencer a los enemigos que tenemos a la vista. ¿Pero cuántas veces han triunfado de innumerables las armas cristianas, aunque pocas, patrocinadas de las divinas? Y así mi dictamen es, que imploremos el socorro de María Santísima de las Mercedes, y salgamos a pelear, ayudándonos de los potros cerriles que tienen los vecinos: los sacaremos en cuerdas al campo, y cuando estemos próximos a los enemigos, ataremos en las colas zarzas y cambrones, y los picaremos a un mismo tiempo: porque con este arbitrio causaremos confusión a los moros, sus escuadrones serán en parte desordenados, y nosotros lograremos la victoria dando entonces sobre ellos»
.



Con tonos épicos, describe Coloma la escena en la que, ya caída la tarde, llega “…Simón de los Cameros a la puerta del Marmolejo, seguido de los cuatro alcaides de las puertas, los caballeros del feudo y demás nobleza jerezana”. Todos se arrodillan – se “humillan”- “ante el altar que sostenía la Imagen de la Patrona” para pedir su protección al grito de “¡Señora, remédianos!”.

(Continuará en la próxima entrada)

Para saber más:
(1) Las citas textuales están tomadas de Coloma, Luis. La Batalla de los Cueros. Episodio Histórico. Imprenta de la Revista Jerezana. 1872. Otra edición de 1876 puede consultarse en la red.
(2) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. II, pp. 28-31.
(3) Gutiérrez, Bartolomé.: Historia del estado presente y antiguo de la mui noble y mui leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsimil. BUC. Ayuntamiento de Jerez, 1989, vol I P. 178-183
(4) Gonzalo de Padilla.: Historia de Jerez de la Frontera (Siglos XIII-XVI). Ed. de Juan Abellán Pérez. Agrija Ediciones 2008., pp. 48-57.
(5) Martín de Roa (1617):Santos Honorio, Eutichio, Esteban, Patronos de Xerez de la Frontera”. Edición Facsimil, Ed. Extramuros Edición S.L., 2007. Cap. VIII


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 17/05/2015

Las puertas del campo.
Un recorrido por la Puerta Verde de Jerez




Es conocido el viejo dicho popular que afirma que “no se pueden poner puertas al campo”. Pese a todo, las campiñas en torno a Jerez parecen contradecir al refranero y así, el caminante encuentra en cada rincón puertas y cancelas, rejas y angarillas de todo tipo que le franquean los senderos, veredas y carriles por los que había salido con la pretensión de dar un sencillo paseo.



Desde hace unos años, sin embargo, quienes gustan de salir al encuentro de nuestros paisajes cercanos tienen una nueva puerta muy especial, esta vez abierta de par en par, para el disfrute de la naturaleza. Se trata de la Puerta Verde de Jerez una iniciativa que desarrolló en su día la Consejería de Medio Ambiente. El principal objetivo del proyecto “Puertas Verdes” es acercar el entorno natural a los residentes en las ciudades andaluzas de más de 50.000 habitantes, a través de la recuperación de las antiguas vías pecuarias que, a modo de corredores ecológicos, conectan los núcleos urbanos con espacios naturales cercanos. Esta iniciativa, vinculada también en su día al Plan de Recuperación de las Vías Pecuarias pretende, en última instancia, convertir a estos viejos caminos que un día se utilizaron para el tránsito de ganado, en elementos de vertebración ecológica del territorio. Las actividades de ocio en la naturaleza (ciclismo, rutas a caballo, senderismo…) cuentan así con renovados caminos en los que realizar estas actividades que podrían ser también nuevas



vías para el desarrollo rural de la mano del ecoturismo, al mismo tiempo que diversifican el paisaje y se convierten en auténticos corredores ecológicos para la fauna y la flora. Hasta aquí la idea. Lástima que en la práctica, haya faltado el necesario mantenimiento de los espacios reforestados, del firme de los senderos, de la reposición de algunos vallados… Ha bastado algo menos de cinco años para que el trazado de la Puerta Verde de Jerez haya sufrido ya signos de deterioro que habrán de ser corregidos. Pese a ellos, merece la pena este paseo al encuentro de la naturaleza más cercana.

Un camino centenerario.

La ruta que hoy proponemos pretende acercarnos a esta Puerta Verde de Jerez, un itinerario de 13,3 km., que tiene la pretensión de unir la Laguna de Medina con el parque de Las Cañadas de Puerto Real cuando se solucionen algunos litigios que impiden la continuidad del trazado en unos centenares de metros en La Carrascosa. Nosotros recorreremos el camino sólo en el primero de sus tramos, el que partiendo de dicha laguna nos lleva en un cómodo paseo de algo más de 6 km. hasta la barriada rural de El Mojo.



El recorrido se realiza a través de un carril que discurre por el trazado de la Cañada Real de Lomopardo o de Medina, una de las vías pecuarias más transitadas del término. Esta cañada tiene una longitud aproximada de 23 km. y arranca del Descansadero de Albadalejo, junto a Estella del Marqués. Discurre junto a la actual autopista Sevilla-Cádiz para cruzar el río Guadalete por el Puente de Cartuja y continuar por Las Pachecas hasta la Laguna de Medina y el Mojo. A partir de este lugar, la cañada pasa al pie del castillo de Berroquejo y se cruza con otra que une Puerto Real y Paterna, penetrando ya en el término municipal de Medina Sidonia. Su dirección es de Norte a Sur y su anchura legal de 75,22 metros, si bien en la mayoría de su recorrido se nos presenta hoy más estrecha al haber sido invadida por las fincas agrícolas o por viviendas ilegales.

En la Laguna de Medina.



Iniciamos nuestro paseo en la Laguna de Medina, donde unos paneles informativos nos muestran las características de la ruta. En su primer tramo discurre junto a la orilla de la laguna durante algo más de un kilómetro. Para salvar las zonas encharcables se ha habilitado un sendero peatonal con pasarelas de madera escoltado en todo momento por los tarajes, carrizos y eneas que crecen a la izquierda junto a la lámina de agua, y por los acebuches, lentiscos y algarrobos que, a la derecha forman una “pantalla vegetal” que separa la laguna de los campos de cultivo colindantes en los que crece un olivar.

En este primer tramo del recorrido el paseante puede observar de cerca, durante los meses primaverales, un amplio catálogo de flores silvestres en las que están representadas las típicas especies del matorral mediterráneo.

Apenas hemos caminado 900 m., cuando a la izquierda del sendero un observatorio de aves nos invita a hacer un alto en el paseo. Camuflado entre la vegetación, como si de un palafito sobre la laguna se tratase, esta pequeña construcción de madera tiene en su interior una serie de paneles que nos informan de las especies de aves más frecuentes en las distintas estaciones. Con esta ayuda, no nos será difícil identificar a las más representativas de cuantas viven habitualmente en la laguna o visitan cada año esta Reserva Natural, declarada también Zona de Especial Protección para las Aves.



La riqueza ornitológica de este paraje es conocida desde antiguo. Las fuentes documentales árabes mencionan ya que un importante humedal al sur de Jerez era conocido como “la laguna de las Aves”. Ibn-Hayyan recoge de al-Razi que el emir Abd al-Rahman II solía venir a Sidonia a cazar grullas en una laguna que distintos autores identifican con la de Medina y otros sitúan en La Janda. De lo que no cabe duda es que este espacio que ahora atravesamos en nuestro paseo era uno de los cazaderos de Alfonso XI de Castilla. En su Crónica se narra cómo en 1342, cuando pretendía el cerco de Algeciras, pasa por Jerez y acampa “en la otra banda del Guadalete” esperando varios días las incorporaciones para hacer la “masa de su ejército”. Refiere el historiador Fray Esteban Rallón que en esta ocasión “el rey descansó junto a la Laguna de Medina, donde se embarcó en una barquilla y fue a tirar a los cisnes, que había muchos en ella”. Ese mismo año vuelve el rey, repitiendo el itinerario, acampando dos noches mientras reagrupa el ejército y volviendo a cazar.



Estos mismos paisajes en los que nos recreamos en nuestro paseo son también los escenarios de un curioso romance que con el título “Por los campos de Jerez”, tiene por protagonistas a Pedro I “El Cruel” y a su esposa, la reina Doña Blanca de Borbón. “Por los campos de Jerez / a caza va el rey don Pedro / allegose a una laguna /allí quiso ver un vuelo…” es el arranque de este romance en el que de nuevo la laguna es testigo de las historias fantásticas relatadas por el romancero.



Por la Cañada de Medina.



Tras un breve descanso y después de “recrearnos en los paisajes de la historia y la literatura”, retomamos el sendero. Algo más adelante, cuando ya hemos recorrido 1300 m, el camino dobla hacía el sur apartándose de la orilla de la laguna que quedará ya a nuestra espalda. Discurre ahora entre lentiscos y acebuches, dejando a su izquierda el arroyo de Fuente Bermeja, pequeño curso fluvial que alimenta este histórico humedal. Al poco, la ruta se ve cortadas por una carretera secundaria que sigue el trazado de la Cañada del León o Cuerpo de Hombre y que conduce hasta Rajamancera. Tras cruzar la carretera, nuestro camino inicia ahora un suave ascenso, y la cañada presenta a ambos lados una orla de vegetación donde podemos ver las típicas especies del monte mediterráneo, con predominio de lentiscos, palmitos y acebuches. No faltan tampoco en estas espesas bandas de monte bajo, carrascas, perales silvestres, jaras, torviscos, matagallos, tomillos…



Continuando nuestro paseo, llegaremos a un pequeño collado y, como habremos ido ganado altura, a nuestras espaldas podremos observar bonitas vistas de la laguna, que desde aquí vemos rodeada de vegetación, con el Cerro del Viento (108 m.), próximo a la fábrica de cemento, despuntando a su izquierda. El cerro nos muestra desde hace unos años las cicatrices de la cantera que, en unos años, terminará por cambiar la fisonomía de este hito paisajístico al que se hace ya referencia en documentos de los siglos XV y XVI. La cañada discurre ahora por una zona llana en la que se acotaron parcelas con un “cerramiento provisional para repoblación”, como indican los carteles que figuran en los vallados instalados para proteger los plantones de encinas, acebuches y algarrobos que se plantaron hace unos años. Lamentablemente, la falta de un adecuado mantenimiento y el vandalismo, han ocasionado que buena parte de estos plantones se hayan perdido, siendo necesaria su reposición, la instalación de tutores y la reparación de los cerramientos.

En el interior de una finca, a la derecha en el sentido de la marcha, veremos la casa del cortijo de Las Caballerías. Algo más adelante, a la izquierda, donde la cañada da un giro de 90 grados, aparece otra construcción rodeada por un cercado levantado en terrenos de la cañada. Esta misma práctica se observa en los campos de la derecha, donde los hitos que marcan los límites de la vía pecuaria, de un llamativo color verde, están dentro de una finca privada. Lamentablemente, estas ocupaciones de terreno público se dan en otros muchos puntos del camino.



Tras un cómodo paseo por este tramo, que discurre por zona llana y donde podremos ver nuevos cerramientos para repoblación que muestran también signos de falta de mantenimiento (y aún de abandono), la cañada inicia un suave descenso para llegar a un pequeño vado. Hasta este punto hemos recorrido 4200 m. desde que iniciamos nuestro paseo. Por el vado cruza la vía pecuaria un arroyuelo tributario del de Fuentebermeja, procedente de las tierras de Martelilla, que quedan a nuestra derecha, en las que es fácil ver pastando las reses de su afamada ganadería de bravo. Dentro de las fincas, a ambos lados del camino, seguimos observando los hitos (postes de color verde) y los antiguos mojones de piedra colocados en el último tercio del siglo XIX, que delimitan claramente la anchura de la vía pecuaria, prueba evidente de la ocupación de parte de su trazado.

Por la Cañada de Las Caleras en tierras de El Mojo.

Tras pasar el vado, se sube una pequeña cuesta a cuyo término ya empiezan a verse, a ambos lados del camino, las construcciones de la barriada rural de El Mojo, levantadas dentro del trazado de la vía pecuaria. Al poco, nuestra ruta da un giro de noventa grados al cruzarse con otra vía pecuaria: la Cañada de Los Arquillos o de la Cuesta del Infierno. A la altura de este cruce hemos recorrido ya algo más de 5 km. El fin de nuestro paseo ya está cerca, y cuando llegamos al antiguo Ventorrillo de El Mojo, al pie de la vieja carretera de Medina, podremos por fin descansar tomando un refrigerio en cualquiera de las ventas de esta barriada rural dando por terminado nuestro paseo.



Si se desea, se puede continuar por la cañada otros quinientos metros hasta el depósito de agua ubicado en lo más alto del Cerro de El Mojo. Este tramo fue conocido hace un siglo como la Cañada de las Caleras ya que en las laderas y, especialmente al pie del cerro, los afloramientos rocosos que aún se aprecian escondidos entre higueras, se explotaron en su día para la extracción de piedra caliza. La Casa de la Calera, una antigua construcción al inicio del camino, nos recuerda que en estos parajes existieron hornos de cal.

Si llegamos a lo más alto del cerro, este último esfuerzo habrá merecido la pena porque tendremos como premio una de las mejores vistas panorámicas de toda la campiña. ¡Que ustedes lo disfruten!



Mapa del recorrido


Ver RUTA: Puerta Verde de Jerez. De la Laguna de Medina a El Mojo. en un mapa más grande

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 4/05/2014

 
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