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Tras las huellas de una histórica “Matanza”.
Por tierras de Jédula.




En distintas ocasiones nos hemos ocupado en estas crónicas dominicales de “entornoajerez” del nombre de muchos de nuestros parajes, de su posible origen, de su vinculación con la historia o de su significado cultural. La toponimia se nos presenta así como una suerte de “memoria del paisaje”, una herramienta que nos ayuda a conocer y explicar mejor nuestro entorno.

En el caso que hoy nos ocupa, nos hemos acercado a la pedanía arcense de Jédula, hasta un rincón familiar para los viajeros que circulan entre Jerez y Arcos, por encontrarse junto a la antigua carretera y la actual autovía. Se trata del lugar conocido con los llamativos nombres de Hazas de La Matanza y La Matancilla, que si en la actualidad alberga fértiles tierras decultivo, fue en otros tiempos una extensa dehesa de encinas y acebuches.



Este paraje se encuentra en las inmediaciones de Jédula, a ambos lados de la carretera que desde esta población parte hacia la Junta de los Ríos, extendiéndose hasta las tierras bajas que se encuentran a los pies del cortijo de La Cantarera y del Cortijo Nuevo, denominadas antaño Llanos de Don Carlos (1).



Estos campos se sitúan hoy frente al antiguo cuartel de la Guardia Civil así como de los últimos vestigios de la barriada de la Azucarera, un gran complejo industrial levantado a finales de los 60 del siglo pasado que ha sido desmantelado en los últimos años. Una parte de estas tierras de labor han sido progresivamente ocupados por el crecimiento del casco urbano de Jédula que ha traído hasta aquí nuevas calles, zonas verdes y deportivas y su recinto ferial. Ya en los años veinte del siglo pasado, este paraje vio las obras del conocido “túnel de Jédula” (que arranca entre un bosquete de eucaliptos), por el que los canales de riego del cercano pantano de Guadalcacín atraviesan los cerros circundantes hasta salir a los pies del cortijo de Montecorto para desde allí, llevar sus aguas hasta los Llanos de Caulina. En esta última década, en las tierras de La Matancilla y en la colindante Loma de Pedro Alonso intentó promover Iberdrola un polígono industrial que cuenta con una sola industria: Arcoval, una empresa hortofrutícola que tiene en estos parajes una moderna planta de lavado, procesamiento y envasado de zanahoria.



En los campos de La Matanza y La Matancilla.

Los mapas topográficos conservan todavía estos dos curiosos topónimos, que con diversas variantes locales, aparecen también en otros muchos lugares de nuestra geografía provincial. En las cercanías de Jerez, por ejemplo, encontramos también los parajes de La Matanza y La Matanzuela, de los que hemos tenido ocasión de ocuparnos en estas páginas de “entornoajerez” (2). Por si fuera poco, este mismo paraje próximo a Jédula, también era conocido antaño con el revelador nombre de “Haza de los Muertos” (3).



¿A qué “matanza” y a qué “muertos” pueden referirse estos curiosos topónimos? El historiador arcense Miguel Mancheño en sus “Apuntes para un historia de Arcos de la Frontera”, relata diferentes episodios de armas en los que participaron los vecinos de Arcos durante la primera mitad del siglo XIV. En uno de ellos, da cuenta de cómo tras la muerte en 1339 de Ab al-Malik (conocido en las fuentes cristianas como Abomelique, o el “infante Tuerto”) a manos del jerezano Diego Fernández de Herrera en las vegas de Patrite, su padre Abu al-Hasan (“Albohacen”), rey de los benimerines, llevó a cabo una expedición de castigo en territorio cristiano:
Irritados los benimerines con la muerte de su infante, salieron de Algeciras, y corriendo los campos de Jerez, Arcos y Medina Sidonia, lleváronse muchos ganados y multitud de cautivos. A la noticia de aquella algara salieron de Jerez mil trescientos jinetes con su bandera y comenzaron a seguir el rastro de los moros. Más diligentes, los vecinos de Arcos en número de trescientos habían dado ya sobre los moros, y mantenían con ellos recia pelea. Mientras tanto, los de Jerez que extraviados habían perdido la huella de los moros y vagaban por el campo, oyeron desde alguna distancia el grito “Arcos” con que nuestros paisanos se animaban en la pelea, y acudiendo a rienda suelta apellidando “Jerez” mezcláronse entre los combatientes. Animados los de Arcos con el socorro, redolaron sus esfuerzos, y arrollados los moros emprendieron la fuga, dejando el campo lleno de muertos y despojos. Esta insigne victoria en que mil seiscientos caballeros de Arcos y Jerez derrotaron completamente a más de tres mil jinetes moros tuvo lugar a dos leguas de Arcos, en el sitio llamado Haza de la Matanza entre los cortijos de Casablanca y Jédula. Allí quedó cautivo El Botuz (sic), moro principal de quien fiaba todos sus negocios el rey Albohacen (sic)” (4).
Los historiadores locales de Jerez, traen también este episodio a sus cronicones si bien lo ubican en distintos emplazamientos. Tal es el caso de Esteban Rallón, por ejemplo, que incorpora a su descripción fragmentos textuales de la Crónica de Alfonso XI, y que en su particular relato la identifica con la batalla de Redira o de Benahaut señalando que “Yo la he sacado parte de la Historia del rey don Alonso y lo más del arcipreste Diego Salido. El padre Mariana la pone sucintamente y dice que murieron dos mil moros en ella, en su segunda parte, libro 16, capítulo 7” (5).

Jerezanos y arcenses contra los benimerines.

Si indagamos en las fuentes escritas, la Gran Crónica de Alfonso XI da cuenta de este episodio, y aunque lo sitúa entre Arcos, Medina y Xerez, no apunta el lugar exacto donde pudo suceder este hecho histórico que será después interpretado con distintas versiones por los historiadores locales. Tal como se recogen en el Capítulo CCLXXII, de la Gran Crónica, tras la muerte de su hijo “Abomelique”, “Alboaçen rrey de Benamarin”, mientras preparaba un gran ejército con el que pasar el Estrecho para frenar los avances de Alfonso XI, envío un contingente de tropas escogidas a Algeciras para preparar el terreno y realizar incursiones en la frontera. Hasta 3000 caballeros pudieron formar esta avanzadilla que realizó operaciones de aprovisionamiento y desgaste en las campiñas gaditanas. Así lo refleja la Gran Crónica de Alfonso XI.
E en tanto que el rrey don Alonso fue a Valençia, estos caualleros moros, desque llegaron a Algezira, por mostrar que se non tenían por vençidos, entraron a correr tierra de Arcos e de Xerez e de Medina Sidonia, e llevaron los ganados que fallaron e pieça de homes catiuos. E los caualleros de la mesnada del rrey que estauan en Xerez supieronlo; e por quanto non auian mayoral por quien catasen, tomaron el pendon del conçejo de Xerez e dieronlo a vn cauallero que anduviese quanto pudiesse con aquel pendon ca todos le siguirian. E con la gran priessa del andar, erraron el camino por do yuan los moros e ayuntaronse a otra parte. E los moros andavan quantom pudieron con la presa, ca sabien que estauan en Xerez caualleros por fronteros. E yuan en pos de los moros siguiendo el rrastro pocos de omes de Xerez e de Arcos. E los moros entrando por un valle, aquellos pocos de christianos que seguían el rrastro subieron eçima de vn otero, e vieron el pendon de Xerez e los caualleros que lo leuauan e que yuan muy desviados de aquel camino; e por esso dieron de si dos hombres que gelo fuesen a decir y ellos, en quanto yuan los otros a hazer el mandado, por detener, manguer que los christianos eran muy poca conpaña, commençaron la pelea, llamando los christianos: Arcos!. E los moros no se les daua nada por ello, por quanto veyan que eran pocos e otrosi por que no llamauan Xerez, e tuvieron que aquellos christianos venían de escarnio e que los de Xerez no venían en pos dellos. E los caualleros que yuan con el pendon de Xerez, desque supieron que los moros yuan alli, vinieron quanto pudieron luego del rrecuesto e fueron a ferir en ellos. E en aquellos primeros golpes los moros arredraronse los vnos de los otros, e por esto ouo muy pocos feridos de aquella espolonada. E luego los moros ayuntaronse todos e tornaron a los christianos e lançaron las azagayas en ellos. E los christianos fueron todos aguijando ayuntados contra ellos muy de rrezio, de manera que los moros no pudieron boluer a ellos otra vez ni catar sino a fuyr. E los christianos siguieron el alcançe firiendo e matando en ellos, e mataron muchos dellos.

Y en estos cativaron vn cauallero moro que dezian el Botuyn, el ome de quien mas fiaua el rrey Alboaçen. E fueron allí muertos muchos moros de gran cuenta; e de quantos allí fueron no escaparon mas de hasat trezientos, e los otros fueron muertos y catiuos. E tornaron los christianos toda la presa que los moros llevauan; e vinieron a Xerez con el pendon e con gran honrra
” (6).



Hoy día, los campos de cultivo de La Matanza y La Matancilla, en las cercanías de Jédula, donde crece el trigo y el girasol, permanecen ajenos a aquellas luchas de frontera que, pese al paso de los siglos, han dejado sus ecos en estos singulares topónimos.

Para saber más:
(1) Pérez Regordán, M.: Nomenclátor de Arcos de la Frontera. El Campo. Consejería de Cultura, Junta de Andalucía, 1999, p. 187.
(2) A. y J. García Lázaro: Con el Padre Coloma por las tierras de La Matanza, Diario de Jerez, 17 de Mayo de 2015. También A. y J. García Lázaro: La Batalla de Los Cueros, Diario de Jerez, 25 de Mayo de 2015.
(3) Pérez Regordán, M.: Nomenclátor de Arcos de la Frontera… Obra citada, p. 187
(4) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes para una Historia de Arcos de la Frontera. Edición de María José Richarte García. Servicio de Publicaciones de la UCA y Excmo. Ayto. de Arcos. 2002. Vol. I. pg. 55.
(5) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación. Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. II, p. 51.
(3) Catalán Menéndez-Pidal, D.: Gran crónica de Alfonso XI. Edición crítica y estudio. Madrid: Seminario Menéndez Pidal . Ed. Gredos, Madrid, 1976. Vol. 2 Pg. 301-302.


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 5/02/2017

Por el Guadalete con el jesuita Martín de Roa (1617).
Un recorrido por el río y sus paisajes a comienzos del s. XVII.




En diferentes ocasiones hemos visitado en estas páginas de entornoajerez las riberas del río y nos hemos ocupado de sus paisajes más sobresalientes, tal como podemos contemplarlos en la actualidad. Sin embargo, hoy les proponemos un recorrido por el Guadalete dando un salto hacia actualidad. Sin embargo, hoy les proponemos un recorrido por el Guadalete dando un salto hacia atrás en el tiempo de cuatro siglos, de la mano del jesuita Martín de Roa, para conocer como era este río a comienzos del siglo XVII.

Nuestro escritor (Córdoba, 1560 - Montilla, 1637) fue un ilustre erudito que llegó a ser rector del Colegio de la Compañía de Jesús de Jerez, así como de los de otras ciudades andaluzas. Ocupado también en la investigación histórica, escribió diferentes trabajos, de acuerdo al gusto de la época, en los que trataba de indagar sobre la antigüedad de algunas de las ciudades (Córdoba, Málaga, Écija) cuyos colegios jesuitas dirigió. El libro que dedicó a Jerez lleva por título “Santos Honorio, Eutichio, Eſtevan, Patronos de Xerez de la Frontera” y fue publicado en Sevilla en el año 1617, siendo una de las historias locales más antiguas escritas sobre nuestra ciudad. Tras la Historia de Xerez de la Frontera de Gonzalo Padilla, obra del siglo XVI, considerada como la primera Historia Medieval de Jerez, la del padre Martín de Roa, bien puede ocupar el segundo puesto.

El capítulo XVI de su libro está dedicado a nuestro río y lleva por título “Del Río Guadalete, quantos aya dente nombre en Eſpaña. Origē de ſu apellido: i ſus cualidades” (1). En él, además de ocuparse de los orígenes mitológicos de su nombre, realiza una de las primeras descripciones que sobre el Guadalete se han publicado, aportando datos de gran valor para conocer aspectos geográficos de la comarca, y del papel de la importancia del río como fuente de riqueza y vía de comunicación para las poblaciones ribereñas. Ya en el siglo XVII, se pone de relieve la importancia del embarcadero del Portal como salida natural hacia las poblaciones de la Bahía de los productos jerezanos, informándose también del transporte fluvial que por el Guadalete se realiza de las distintas “mercaderías” con las que comercia la ciudad.

El nacimiento, la campiña y el puente de Cartuja.



La descripción comienza así: “Al medio dia deſta ciudad de Xerez de la Frontera, diſtante como una milla paſſa el Rio Guadalete conocido ſegun eſcriven Autores, en la antigüedad. Nace a los fines de la Eſpaña i del mundo, q‾ los antiguos conocieron, en las tierras de Ronda tres leguas sobre ellas en lo mas aſpero de la montaña: llega a la ciudad, i atraveſſando las tierras de Xerez recoge las aguas de ſus fuentes, i gargantas; ſale a lo llano tan caudaloso, que no da vado a los paſſageros. Paſſa cerca de la ciudad de Arcos, viene regando los canpos de Xerez haſta el Monaſterio de la Cartuxa; donde tiene una puente de piedra, maravilloſa labor, q‾ iguala las mejores de Eſpaña.

Tiene aquí la ciudad unos molinos que rinden cada un año tres mil ducados del poſſito: i la peſqueria de los ſabalos, q‾ los naturales llaman Almona, dos mil tambien a ſus propios
”.

En su relato, el padre Martín de Roa da cuenta de las principales ciudades y paisajes que recorre el Guadalete desde su remoto nacimiento “en lo más áspero de la montaña”, en un lugar situado en “los fines de la España y del mundo”, como denominaban los antiguos a esos parajes. Sin aludir directamente a Grazalema, puesto que todavía no se había fijado geográficamente su lugar de nacimiento, se apunta el origen del río en las “tierras de Ronda”.

Medio siglo más tarde, cuando Fray Esteban Rallón escriba su Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera… también situará las fuentes del Guadalete en la misma comarca de la sierras de Ronda, “a quien los antiguos llamaron montes Oróspedas”. (2)

Martín de Roa apunta un dato curioso acerca de la naturaleza caudalosa del río que en “lo llano”, es decir, en las tierras de la campiña, “no da vado a los pasajeros”. Y no le falta razón al jesuita ya que conviene recordar que, salvo el viejo puente de Zahara y el puente de barcas de Arcos, el río no podía vadearse más que en los meses secos por contados lugares como los azudes de molinos o los parajes donde se acumulaban depósitos de antos rodados, los “cascajares”, por donde cruzaban personas y bestias de carga.

Se citan también los principales lugares que se vinculan tradicionalmente al Guadalete, con las indeterminaciones ya comentadas de su curso alto, y así menciona “la sierra”, Arcos, Jerez, La Cartuja, El Portal, Sidueña, El Puerto…

La descripción se recrea en uno de los rincones más estrechamente relacionados con Jerez y el río: los alrededores del monasterio de La Cartuja. Junto a “la puente de piedra”, que cuando Martín de Roa publica su libro apenas llevaba 75 años en uso (3), señala también las utilidades que el Guadalete proporciona a los ribereños, mencionando la existencia en su curso de aceñas y molinos, huertas o pesquerías de sábalos y apunta datos de gran interés económico que revelan ya el aprovechamiento y los beneficios que el concejo de Xerez obtenía del río hace 400 años. La pesca de sábalos, “la Almona”, que se realizaba mediante diferentes artes utilizando velos, trasmallos o con la instalación de tablas a modo de represa en los arcos del puente de Cartuja, continuaría en este mismo lugar hasta bien entrado el siglo XIX.



Con respecto a los molinos que menciona Martín de Roa, en 1617 apenas llevaban 35 años construidos. Como señala el historiador Manuel Romero Bejarano, entre 1581 y 1582 se edificaron a cargo del cordobés Hernán Ruiz III, maestro mayor de obras de la ciudad de Córdoba. Si bien en los años siguientes sería preciso realizar numerosas reparaciones en el azud, lo cierto es que la ciudad pudo contar desde entonces con sus flamantes “molynos de la puente”, tal como nos lo recuerda la lápida que aún podemos ver junto a uno de sus arcos en la trasera de la actual Venta de Cartuja. Estos Molinos de la Villa, estuvieron en funcionamiento hasta 1895, año en que las instalaciones quedaron inutilizadas por una riada, siendo sus últimos arrendatarios la familia de D. Miguel Primo de Rivera.(4)



El Portal, Sidueña y la desembocadura.

Dejando atrás el Puente de Cartuja y las riberas del Monasterio, el padre Roa continúa su descripción dando noticias del puerto de Jerez: El Portal.

(…) Corre deſde aquí acercandoſe a la ciudad, haſta llegar al Portal: aſsi llaman el puerto donde fe cargan, i descargan las mercaderias, que vienen, o ſalen de Xerez, apartado della como dos millas: lugar de registro. Naveganle carabelas, i vaſos de hasta cien toneladas, con gran beneficio de naturales, i eſtrangeros, que tienen ordinaria contratación.



El tortuoso cauce del río debido a los numerosos meandros entre Jerez y El Puerto, el muelle del Portal y el arrecife que desde Jerez comunicaba con este embarcadero, eran temas recurrentes que preocupaban a la ciudad.

Así, en la misma década en la que Martín de Roa nos ofrece su descripción del Guadalete en la que ya resalta la importancia del puerto jerezano, el capitán Cristóbal de Rojas, ingeniero de la Corte, visita la ciudad (1612) y plantea a los caballeros veinticuatro una serie de mejoras para facilitar la navegabilidad del río, proponiendo cortar su curso en dos puntos para enderezarlo y eliminar así varios meandros. En 1618, el Cabildo propone la construcción de un nuevo embarcadero, según el modelo del sevillano de la Torre del Oro, y apenas unos años después, el italiano Julio César Fontana presentará en 1621 un proyecto para levantar un nuevo muelle en El Portal (4). La importancia del puerto de Jerez queda también patente en el tamaño de las embarcaciones que llegaban hasta él, carabelas y vasos de hasta cien toneladas de peso, de ahí la permanente preocupación de mejorar la navegabilidad del río, las instalaciones portuarias y los accesos hasta El Portal por parte de comerciantes, vinateros y el propio concejo.



El recorrido termina con la descripción del curso bajo: (…) Proſigue el Rio ſu curſo por las famoſas huertas de Cidueña (terreno de los mas fértiles i mas ermoſos del Orbe) hasta descargar en el Occeano de Cadiz, dexando formado en fu entrada el gran Puerto de Santa Maria, que antiguamente llamaron de Mneſteo Capitan griego fundador de aquella ciudad. Seguriſsimo abrigo en peligrosos temporales a las galeras, i navios de aquella coſta. Suſtenta en toda fu corriente azeñas, i molinos en grande numero, i beneficio de los lugares vecinos. Toda la tierra que baña es por eſtremo fértil, apazible, tēplada en el invierno, i no rigurosa en el eſtio”.



Nuestro escritor no escatima adjetivos para describir las huertas de Sidueña, en torno a la torre de Doña Blanca, paraje donde los manantiales de la Piedad han permitido desde antiguo regar huertas y mantener frondosas arboledas. No en balde, este lugar estuvo a punto de ser elegido como emplazamiento para la construcción del Monasterio de La Cartuja por estos motivos.

La descripción termina con las referencias al “gran Puerto de Santa María”, al modo en el que ya se recoge en las crónicas alfonsíes, a su fundación por el mítico “Menesteo” y a las bondades de la ría del Guadalete, que sirvió de invernadero y sede de la flota de Galeras Reales durante los siglos XVI y XVII así como de la Capitanía General del Mar Océano.



En parecidos términos se expresa unas décadas después Fray Esteban Rallón quien añade que en El Puerto de Santa María “… los Excmos. Duques de Medinaceli tienen hoy su corte y donde nuestro famoso Guadalete hace puerto y segura bahía a las galeras de España”.(6)



Cierra Martín de Roa esta curiosa estampa, que nos permite imaginar cómo pudo ser el río Guadalete a comienzos del XVII, con una descripción muy común en todas las obras de la historiografía clásica al referirse, sin nombrarlos, a los Campos Elíseos: “la tierra es por extremo fértil, apacible, templada en invierno, y no rigurosa en el estío”… Las tierras que cruza el mítico Letheo, el río del Olvido, nuestro Guadalete.


Para saber más:
(1) Martín de Roa (1617):Santos Honorio, Eutichio, Eſtevan, Patronos de Xerez de la Frontera”. Edición Facsímil, Ed. Extramuros Edición S.L., 2007.
(2) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Ed. de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, p. 2
(3) Romero Bejarano, M.: La construcción del Puente de Cartuja (II), Diario de Jerez, 06/12/2010.
(4) García Lázaro, J. y A.: Una inscripción histórica que vuelve a la “luz”. www.entornoajerez.com, 03/06/2012.
(5) De los Ríos Martínez, E.: Los informes de Cristóbal de Rojas y Julio César Fontana para hacer un muelle y un puente sobre el rio Guadalete en Jerez de la Frontera, Laboratorio de Arte: Revista del Departamento de Historia del Arte, Nº. 14, 2001, págs. 13-26.
(6) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez… vol. I, p. 2


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Rio Guadalete, Paisajes con Historia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 28/02/2016

Un rincón olvidado de La Cartuja.
El humilladero y el mirador sobre el Guadalete.




Como es conocido, el monasterio de la Cartuja de Santa María de la Defensión fue considerado desde antiguo como un conjunto arquitectónico y artístico de gran valor, habiendo sido el primer Monumento Nacional (1856) declarado en nuestra provincia. Iniciada su construcción en el último cuarto del s. XV, sus siglos de gloria dieron paso, a un progresivo deterioro, que se inicia con la invasión napoleónica y se continúa con la marcha definitiva de los monjes tras la desamortización de Mendizábal. Durante más de un siglo, el monasterio sufrirá en sus edificios los estragos del tiempo, el vandalismo y la desidia de todos.



Como no podía ser de otra forma, si el abandono y la ruina se apoderaron del cenobio, los elementos exteriores del conjunto monumental se llevaron, tal vez, la peor parte. Con la vuelta de la comunidad cartujana en 1948, se comenzó una lenta reconstrucción y recuperación que afectó especialmente a las dependencias religiosas que quedaban dentro del recinto murado que protegía al monasterio. Sin embargo, poco pudo hacerse ya por el deterioro y aún la destrucción de las tapias que rodeaban la antigua Huerta de la Cartuja, de las “Puertas del Campo”, del molino de aceite o de algunas construcciones y elementos singulares como el “mirador” y el humilladero levantados extramuros, muy próximos al río.

Hace ya casi veinte años, cuando recorríamos las riberas del Guadalete aguas arriba de La Corta, a la altura de un recodo en ángulo recto que forma su cauce a los pies del Monasterio, nos sorprendió lo que parecía ser una extraña columna inclinada, de pequeñas dimensiones, que asomaba entre la vegetación en la cúspide de un mogote rocoso que se levanta apenas a treinta metros de la orilla del río. Cuando nos acercamos, no sin dificultad, abriéndonos paso entre los arbustos espinosos de Solanum bonariense que lo cercaban, reconocimos los restos de lo que pudo haber sido un crucero. Lo confirmamos después, al consultar antiguos planos y grabados de las dependencias del Monasterio que señalaban en este punto la existencia de un pequeño humilladero. A escasos metros de él se levantaba un mediano edificio, de planta rectangular y tejado a dos aguas, que se conocía como “Casa del guarda”, un antiguo mirador que amenazado por la ruina, aún conserva memoria de la hermosa dedicación que un día tuvieron sus estancias. Algo más lejos, sobresaliendo tras los altos muros que cercan el monasterio, mostrándonos aún toda su solidez de antaño, despuntaba una llamativa construcción en ladrillo: la torre de contrapeso del que fuera molino de aceite de La Cartuja.

Hace unos meses, cuando de nuevo volvimos a pasear por las orillas del río, quisimos “rescatar” la memoria de este lugar antes de que acabe perdiéndose definitivamente que es lo que pretendemos evitar, modestamente, con estas breves notas.

Un mirador asomado al río y la Bahía.



No conocemos a ciencia cierta cuando fueron construidos el molino, el mirador o este sencillo humilladero, aunque creemos que, al ser todos ellos edificios exteriores al monasterio, bien pudieran haberse levantado en la segunda mitad del siglo XVI o a comienzos del XVII, si bien todos sufrieron luego modificaciones. De algunos de ellos nos da pistas el Padre Rallón en su Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera, a mediados del XVII. Así, tras describir las principales dependencias del monasterio apunta que (el entrecomillado es nuestro):

(…) De esta plaza se baja a la huerta que es en la vega del río, donde se crían algunos árboles frutales y lo más de ella está poblado de diversas hortalizas para el gasto de la casa, todo regado con una azacaya sacada del río o del Salado que le sirve de cerca, y encima de ella, en el mismo ribazo en que está fundada la casa, está fundado un humilladero con un mirador labrado para esparcimiento de los religiosos donde se salen los días que les permite aflojar algún tanto la cuerda de su extremada observancia: son dos piezas una en otra muy hermosas y dilatadas. La primera es un soportal con mármoles blancos con sus poyos, y la segunda una espaciosa sala con sus asientos, donde se sientan en conversación al modo que los Padres del Yermo tenían sus juntas y colaciones…” (1)

Este mismo paraje es descrito también, dos siglos más tarde, en Noches Jerezanas (1839), por el historiador local Joaquín Portillo que, literalmente, plagia sin citarlo lo escrito por Fray Esteban Rallón. Juzguen ustedes:

De esta plaza se baja a la huerta que está en la vega del río, y cría algunos árboles frutales, aunque su primer destino era para la producción de la hortaliza necesaria para la casa. Toda ella es regada con una azacaya ó ramal que sale del río Salado que le sirve de cerca; en la parte superior de ella ó sea el ribazo en que está fundada la casa se formó un humilladero con su mirador que servía al recreo de los monjes en los días que les era permitido salir a él” (2).

En la descripción de Rallón se aportan interesantes datos que nos ayudan a interpretar el paisaje actual y sus elementos más relevantes, casi cuatro siglos después de que él los contemplara. Aunque no menciona la torre del molino (tal vez, obra posterior) si apunta ya la existencia del mirador que ha sufrido desde entonces algunas transformaciones importantes, tal vez para su adaptación a “casa del guarda” a la que fue destinada durante un tiempo. La primera de las estancias, que con sensibles cambios aún se conserva, es una sala cerrada, con ventanas a la huerta, en la que aún se adivinan los “poyos”, es decir, los bancos corridos arrimados a la pared, donde los cartujos se sentaban a conversar. Es curiosa la expresión “padres del Yermo”, referida a los monjes, pues con ella se hace alusión en el cristianismo a los primeros eremitas y anacoretas (“Padres del Desierto”), a los que Rallón compara con nuestros cartujos. La segunda dependencia era el mirador, propiamente dicho, abierto al mediodía, a modo de soportal con ventanales abiertos, coronados por arcos de medio punto sujetados por columnas de mármol blanco. Estos huecos fueron tapiados, si bien en su fachada aún se aprecian con nitidez, por el resalte de sus arcos en ladrillo, cuatro ventanas de 2,30 m de anchura y algo más de 3 m. de altura que guardan en sus enjutas la decoración de azulejos original. Son los “soportales” a los que alude Rallón en su descripción y que se cubrieron para transformar esta estancia abierta en un espacio cerrado. Desde su única ventana aún se contemplan magníficas vistas, limitadas ahora por la espesa arboleda del río. No en balde este fue el motivo de su elección: servir de distracción, de lugar de esparcimiento y de ocio a los monjes en esos escasos días “que les permite aflojar algún tanto la cuerda de su extremada observancia”.

La casa-mirador está orientada al sureste y desde ella se obtenían las mejores perspectivas que podían contemplarse desde el monasterio. En primer término permitía una muy cercana visión del Guadalete. Sus riberas, desprovistas de los eucaliptos que hoy casi ocultan la lámina de agua, quedaban entonces expuestas a la contemplación, mostrándose también un tramo recto del río hasta más allá de La Corta, lugar donde se encontraba el primitivo embarcadero de la ciudad que sería después trasladado a la aldea de El Portal. A lo lejos, la vista transportaba a los monjes hasta la Bahía de Cádiz. Así lo relata el propio padre Rallón al describir los horizontes que se contemplan hacia el mediodía:

Está fundada esta insigne fábrica sobre el ribazo del río Leteo, hoy Guadalete, que la baña por el medio día. Está situada a los cuatro vientos con alguna declinación al oriente, para gozar en invierno, más temprano, de las influencias del sol. Por esta parte del mediodía se descubre un dilatado horizonte, que fenece en el mar océano sin que algunos cerros que tiene, a un lado y a otro, le estorbe su dilatada vista que, a distancia proporcionada, alcanza ver la ciudad de Cádiz, descubre su bahía y registra sus embarcaciones” (3)

De nuevo Portillo, en sus Noches Jerezanas, al describir el lugar en 1839, dos siglos después que Rallón, vuelve a “copiarle” (sin citarlo) las mismas ideas. Compruébenlo:

La nunca vien elogiada obra de la Cartuja, monumento de la piedad de nuestros mayores, está situada sobre el ribazo del célebre río Gaudalete que le baña por el mediodía. Lo está también a los cuatro vientos, aunque declinando un poco sobre el oriente para paticipar en los inviernos de las bellas influencias del sol. Por la parte del mediodía se descubre un dilatado oriente que fenece en el mar occéano, sin que alguunos cerros que tiene por uno y otro lado le nieguen la dilatación de sus vistas que llegan hasta el punto de poder contemplar y distinguir las embarcaciones”. (4)



Sea como fuere, nuestro escritor decimonónico acierta de pleno al expresar la paz que se respira en este paraje, lo que se siente en este lugar al que los cartujos acudían a conversar y a distraerse contemplando el paisaje: “… Aquí se embelesa el alma hasta el punto de apetecer no perder jamás de vista unos sitios tan amenos y deliciosos que parece fueron formados para que los habitasen los ángeles de la soledad, ó los santos moradores del yermo”. (5). ¿Les suena lo de “los santos moradores del Yermo”?.

El humilladero del río.



Pero los padres cartujos no sólo acudían a este apartado rincón, junto al río, a contemplar el paisaje. Éste era también un lugar de recogimiento y de oración en el que se erigio un crucero, un humilladero.

Es sabido que la Cartuja contó con varias cruces repartidas por distintas dependencias del monasterio. La más conocida es la denominada Cruz de la Defensión, que todavía se conserva en los jardines exteriores situados delante de la monumental portada de acceso, obra esta última de Andrés de Ribera. El profesor Aguayo Cobo, que ha realizado un completo estudio de este crucero, apunta también como el historiador H. Sancho de Sopranis cuestiona que esta sea la cruz del Humilladero, mencionada en las fuentes documentales, toda vez que existieron también otras cruces junto al estanque de los galápagos o en el jardin del claustro (6). Y a todas ellas hay que añadir el sencillo crucero del que hoy nos ocupamos, cuyos restos se conservan cerca del río en el exterior de los muros del monasterio.

A buen seguro que este pequeño humilladero, menos ostentoso y monumental que los mencionados, gozó de las visitas de los monjes por lo apartado y recogido del paraje y el atractivo de sus vistas. Para su construcción se aprovecho la cúspide de un mogote rocoso de empinadas paredes, muy cercano al río. Este mirador natural ha sido tallado por el río dando lugar a un montículo en cuyas paredes sobresalen bloques de rocas de yeso engastados en las margas abigarradas y rojas de edad triásica.

En la descripción del antiguo Monasterio de la Cartuja de la Defensión que en su inventario de Patrimonio Inmueble de Andalucía presenta el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, se menciona esta singular obra, junto a la vecina “casa del guarda” o mirador, diciéndose de ellas que: “

Por último habría que añadir aquí, a pesar de encontrarse al sur del claustro de los legos, el molino de aceite y la casa del guarda de la huerta. El primero, en estado de abandono, responde a la estructura de molino de hacienda de olivar, con una nave rectangular para la viga y un espacio cuadrado que corresponde a la torre de contrapeso. Al exterior, destaca el volumen de esta última, con tejado a cuatro aguas y especie de pináculos como remate. La casa del guarda por su parte, posee planta rectangular, con sencilla viguería como cubierta. Al exterior presenta sus muros ornamentados con arcos en resalte de ladrillo y decoración de triángulos con azulejos en sus enjutas. La cubierta exterior es a dos aguas. Como último elemento a tener en cuenta en el edificio conviene señalarse el humilladero, el cual presenta una sencilla estructura cuadrada con cuatro alturas distintas a modo de escalones, que culmina en un cuerpo circular con casquetes y otro hexagonal, y finalmente una cruz, hoy inexistente”.

El paseante que recorra las orillas del Guadalete puede aún comprobar que el humilladero es una sencilla obra que aún nos muestra con claridad su primitiva estructura, pese a los estragos del tiempo. El conjunto se asentaba sobre cuatro basas octogonales (y no cuadradas, como indica la ficha del IAPH) dispuestas a modo de gradas. La mayor de ellas, en la que se apoya toda la obra, tiene 1 55 cm de lado y es también la de mayor altura (55cm). Las otras van decreciendo en dimensiones (115, 95 y 78 cm. respectivamente) a la par que disminuye también la altura de los escalones que dejan entre ellas (27, 19 y 15 cm. respectivamente). El mortero del que están construidas presenta en superficie un tratamiento especial a imitación de ladrillos que puede haber sido añadido posteriormente.

Sobre estos peldaños se levanta un casquete esférico, labrado en una llamativa piedra negra, con ocho caras de 55 cm de lado en su base y 50 cm. de alto, en cuya parte superior entronca un prisma octogonal, del mismo material, que culmina con unas molduras y una pequeña semiesfera sobre la que en su día se alzaría la cruz, hoy perdida. Este último cuerpo tiene un metro de altura, por lo que todo el conjunto que hoy se conserva -sin la cruz- alcanzaría una altura total aproximada de 2,60 m.

En la actualidad, las basas se han agrietado, tal vez por fallos en su cimentación y por la acción de las raíces de los arbustos que han crecido entre ellas (esparragueras, S. bonariense, higueras, hinojos…) y que hemos podido retirar casi en su totalidad. Como consecuencia del deterioro de la base, el cuerpo superior ha perdido parte de su apoyo y se muestra inclinado, con riesgo de desprenderse.

Caballos junto al Monasterio de la CartujaHacer zoom sobre la imagen

Con todo, el encanto del lugar aún se mantiene, pese a la construcción en las orillas del río de una caseta para la extracción de agua muy cerca de este rincón. Por eso, cada vez que paseamos por las riberas del Guadalete, hacemos un alto a los pies del humilladero y del mirador de los cartujos para evocar aquellas tardes en la que los monjes acudían aquí y, “aflojada la cuerda de su extremada observancia”, conversaban entre ellos plácidamente mientras su vista se perdía, río abajo, hacia los lejanos horizontes de la Bahía.

Para saber más:
(1) Rallón, E.:
: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, . Ed. de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. IV, p. 174..
(2) Portillo, J.:: Noches Jerezanas. Tomo Segundo. . Imprenta de D. Juan Mallén. Jerez.
(3) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez… vol. IV, p. 174.
(4) Portillo, J.:: Noches Jerezanas…. . Pp. 180-181.
(5) Portillo, J.:: Noches Jerezanas…. . Pp. 183.
(6) Aguayo Cobo, A.:: Arquitectura religiosa del renacimiento en Jerez II. Cartuja de la Defensión. Convento de Santo Domingo. .UCA, 2006, pp. 23-24.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 09/03/2014

 
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