Mostrando entradas con la etiqueta Benamahoma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Benamahoma. Mostrar todas las entradas

Escenas medievales de caza en torno a Jerez.
De montería con Don Alfonso el Onceno.




Como todos los años, cada vez que salimos al campo en plena temporada de caza y escuchamos en los lugares más intrincados de nuestros montes los disparos de escopeta de los cazadores, volvemos a recordar que las sierras y bosques, los parajes montañosos y los espacios forestales están habitados por especies singulares que ahora se incluyen genéricamente bajo el nombre de “caza mayor”. Cabra montés, venado, corzo, gamo, muflón o jabalí, son las más relevantes de cuantas podemos encontrar en los parajes naturales y en los cotos de la geografía gaditana.

Desde la más remota antigüedad queda constancia de que en las tierras de la provincia de Cádiz la caza fue una actividad de gran importancia. En muchas de las pinturas rupestres de las cuevas y abrigos de las sierras del sur, pueden verse representaciones de animales y escenas relacionadas con la caza como sucede, por citar sólo algunas, en las cuevas del Ciervo o de Bacinete (Los Barrios), en la Cueva de las Palomas o en la de Atlanterra (Tarifa) y, especialmente, en la Cueva del Tajo de las Figuras en Benalup-Casas Viejas. De todo ello el lector interesado podrá encontrar magníficas imágenes en los trabajos desarrollados por Lothar Bergmann y sus colaboradores de los que hemos tomado la ilustración correspondiente a esta cueva (1).

Escenas medievales de caza en nuestras campiñas y montes.



Los testimonios escritos más sobresalientes sobre la caza en nuestra zona corresponden a los siglos medievales, teniéndose ya constancia de la importancia de las actividades cinegéticas en nuestro territorio durante la época andalusí. Tal como señala el profesor Abellán, la zona era un excelente lugar para la caza de aves, tanto es así que “…una laguna al sur de Jerez era conocida como “La laguna de las Aves”, identificándose este espacio con la actual Laguna de Medina (2). Otro testimonio citado por este autor lo ofrece Ibn Hayyan, quien recoge de las crónicas de al-Razi que el emir “Abd al Rahman II solía venir a Sidonia a cazar grullas” aves que, por cierto, ya no frecuentan en gran número nuestros humedales (3). Abellán apunta también otra referencia de la misma fuente donde se pone de manifiesto como “…el emir Abdarrhman b. Alhakam salió a cazar grullas, de lo que gustaba mucho, tras regresar de una lejana campaña que había hecho, y alargó su partida de caza, según costumbre que tenía, de modo que a veces llegaba a la cora de Sidonia o a Cádiz y otros lugares más lejos, pero esta vez se excedió, siendo época de invierno y temporada de grullas, hasta el punto de desazonarse sus compañeros, a los que causo fastidio” (4). Es muy probable que este segundo humedal pudiera ser la antigua laguna de La Janda.

Como ninguna otra fuente medieval, la Crónica de D. Alfonso el Onceno, recoge esta pasión de los poderosos por la caza y la especial predilección de este rey por su práctica. El historiador local Fray Esteban Rallón, tomando referencias de esta Crónica, nos recuerda en su Historia de Jerez que en 1342, cuando el rey Alfonso XI se dirige a cercar Algeciras “…hecha la masa del ejército, salió de nuestra ciudad a 5 de julio de este año, e hizo su primer alojamiento de la otra banda del Guadalete y el día siguiente descansó junto a la Laguna de Medina, dónde se embarcó en una laguna y fue a tirar a los cisnes, que había muchos en ella” (5). El interés por la caza y los “cazaderos” de nuestro entorno se vuelve a poner de manifiesto cuando el mismo rey, en 1349, se dirige hacia el sur con un poderoso ejército para tratar de poner cerco a Gibraltar, deteniéndose de nuevo en un lugar ya conocido para él, la Laguna de Medina, “a tirar a los cisnes como la vez pasada” (6).



Entre los numerosos testimonios sobre la caza en otros lugares próximos, mencionaremos como los Ponce de León, Duques de Arcos, utilizaban también la Sierra de Cádiz como cazadero, en especial los montes de Benamahoma en los que, en el siglo XV, se tiene constancia de la presencia de osos, amén de jabalíes, lobos, corzos y venados, por citar sólo las especies más relevantes. De entre todos ellos, como nos recuerdan los hermanos De Las Cuevas, las piezas más codiciadas eran los “puercos” o jabalíes a los que se cazaba con la ayuda de perros “…lebreles, o alanos en traíllas, luchan con los jabalíes, “como si fuesen dos hombres de armas”. Por muy lejos que queden los monteros conocen, en el silencio de la noche, que los lebreles se han agarrado a las orejas… Acudían, entonces y mataban a los jabalíes, hundiéndoles una daga en el corazón”. Las aficiones venatorias de los duques de Arcos en “el bosque de Benamahoma”, les llevará a construir un palacete o residencia de caza que dará lugar, con el paso del tiempo a la actual población de El Bosque (7).

Entre los siglos XIII y XV, buena parte de los montes y espacios forestales de la provincia quedarán como “tierra de frontera”, de modo que, como acertadamente han señalado Cueto Álvarez de Sotomayor y Sánchez García “…la provincia quedará dividida por un eje NE-SW, espacio de “tierra de nadie” consecuencia del hecho fronterizo entre dos ámbitos diferentes “castellano e islámico. En la mayor parte de nuestra geografía se produjo una coincidencia entre frontera natural y frontera política, al coincidir esta última con las zonas de contacto entre las tierras bajas y las áreas montañosas.” Ello provocará la lógica despoblación parcial de buena parte del campo que traerá consigo la aparición de grandes espacios vacíos en las zonas interiores y montañosas. De acuerdo con estos autores “…como consecuencia de este despoblamiento, durante el siglo XIII se produce un notable retroceso de los cultivos en beneficio de la vegetación espontánea… Con el avance del bosque y el matorral se produce una expansión de la fauna salvaje propia del territorio, entre las que estacan especies como el oso, el jabalí, los cérvidos (ciervo y corzo) y el lobo” (8).

De caza con don Alonso el Onceno por los montes de Jerez.

Para conocer el estado de nuestros bosques y montes en los siglos en los que fuimos “tierra de frontera”, existe una fuente de excepcional interés: el Libro de la Montería. Atribuido a Alfonso XI y escrito entre 1340 y 1350, es un testimonio de primer orden sobre la riqueza cinegética de las sierras gaditanas, haciendo especial hincapié en los montes del sur de la provincia. De su lectura, se deduce la presencia en las áreas montañosas próximas a Jerez de especies tan significativas como el oso (extinguido en el siglo XVI), jabalíes, corzos y venados o el lobo, cuyos últimos ejemplares en la provincia se cazaron en los Montes de Jerez hace casi un siglo (9). Por citar sólo algunos de estos interesantes pasajes contenidos en esa monumental obra, traemos aquí el que recoge las referencias a una parte de los términos de Arcos y de Tempul, sobre la que el lector interesado podrá encontrar más información en los trabajos de los profesores Pérez Cebada y Martín Gutiérrez:


El monte de Dos Hermanas es bueno de puerco en verano; la Foz de Guillena es buen monte de puerco en verano; el Bodonal de Gil Gómez es buen monte de puerco en verano; el Labadín es buen monte de puerco en verano; Atrera es buen monte de puerco en verano; la Xara de Algar es buen monte de osso et de puerco en verano. E es la bozería en cabo de la Foz, que no passe contra la Sierra de las Cabras, e porque es el monte grande, ha menester, que estén monteros con canes para renovar e para que dessennen, que digan a que parte quiere ir el venado. E son las armadas en la ladera del Alcornocal” (10).


El texto no puede ser más explícito y rico en información y, aunque han pasado casi siete siglos desde que fue escrito, reconocemos en él los escenarios en los que se llevaban a cabo estas monterías medievales. Para la caza del jabalí (“puerco”) ahí estaba ya, con ese mismo nombre, la Sierra de Dos Hermanas, con sus cumbres calizas gemelas a las que debe su nombre, cubiertas con una densa vegetación, como pueden verse ahora, antes de que la cantera que se explota en su base termine por desfigurar su hermosa silueta.

La Foz de Guillena es el nombre con el que en los documentos medievales se conoce a la Angostura del Majaceite (11), lugar en el que se levanta la presa de Guadalcacín. Esta estrecha hoz (“foz”), que forma el cauce del río a los pies de Sierra Valleja conformaba un embudo natural muy apto para las monterías y para canalizar las piezas de caza mayor hacia la estrecha angostura del río, donde a comienzos del siglo XX se construiría el primer pantano de la provincia.

Aún en la actualidad se mantiene el topónimo de Cañada del Puerto de Guillen que da nombre a una vía pecuaria que une los llanos de El Sotillo con la carretera que desde San José del Valle lleva hasta Guadalcacín II, a la altura de la Hacienda La Presa. Este paraje, como el anterior, de sierras abruptas próximas a un cauce fluvial, reúne los requisitos para albergar grandes mamíferos.

De más difícil ubicación es el Bodonal de Gil Gómez al que algunos autores sitúan en el entorno de Arcos o incluso en Montegil (12). Conviene recordar que la voz “bodonal” hace alusión a un terreno encenagado o a un espacio encharcado cubierto de espadañas u otras plantas palustres (13), por lo que este espacio debió situarse, a nuestro entender, en las cercanías de las vegas de Elvira, en las proximidades de El Mimbral, de la Junta de los Ríos o en otros rincones de tierras llanas y encharcables entre los términos de Tempul y Arcos cercanas al Guadalete o al Guadalcazacín o Majaceite, al igual que los otros montes y lugares a los que se hace alusión en este capítulo del Libro de la Monterías. Tal es el caso, por ejemplo, del monte de Labadín, que se corresponde con el actual paraje de El Abadín, próximo a la Junta de los Ríos, donde estuvo ubicada la aldea medieval del mismo nombre y donde aún se conserva una amplia zona cubierta de monte bajo (14).



El monte de Atrera, aún mantiene su nombre en las Dehesas de Atrera, un hermoso y agreste territorio poblado de bosques de encinas, quejigos y alcornoques que comparten los cortijos Atrera de Alcornocosa y Atrera de Santa María.



Enclavados en el Parque Natural de los Alcornocales, estos montes en los que aún hoy se cobran piezas de caza mayor, están situados entre la carretera de El Bosque-Algar y el pantano de los Hurones. La Xara de Algar no es otra que la Jara o “bosque” de Algar (15) que todavía podemos reconocer en los montes que rodean esta población, terrenos abruptos donde no faltan las masas forestales y el matorral del monte mediterráneo denso y bien conservado donde en los siglos medievales hallaban cobijo el jabalí y el oso. El cabo de la Foz se corresponde con la actual Boca de la Foz, estrecho desfiladero entre las sierras de La Sal y de Las Cabras, también citada en el Libro de la Montería. Este último paraje es donde se describe la escena que nos hace transportarnos a la Edad Media y donde se desvelan las estrategias usadas para la caza del venado.

Y es que, tras su lectura, resulta fácil imaginarse a los monteros en el cabo de la Foz, en la entrada de la garganta de Boca de la Foz, con sus canes, lebreles y alanos, dando voces para



conducir a los venados al lugar adecuado y evitar que se internaran en el denso alcornocal de las sierras cercanas. Eran las “armadas”, filas de cazadores que con sus gritos (“bozería”) y la ayuda de sus perros, espantaban a los ciervos, a los corzos y a los jabalíes, para conducirlos a la entrada de la garganta, como si de un gigantesco embudo natural se tratara, donde les aguardaban lanceros y ballesteros.

Escenas medievales de caza, en esos mismos parajes, en torno a Jerez, donde siete siglos después aún se conservan los mismos topónimos y los mismos montes poblados de corzos, venados y jabalíes (sólo en algunos cotos), aunque ya no quede en ellos más que el recuerdo de los osos y lobos que antaño vivieron en estos parajes.

Para saber más:
(1) Una excelente selección de pinturas rupestres de las cuevas y abrigos de la provincia de Cádiz y en especial de las que representan escenas de caza, puede verse en la web Arte Sureño: el arte rupestre del extremo sur de la península Ibérica. Disponible en el enlace: http://www.arte-sur.com/index.htm. De esta página hemos las imágenes de la cueva del Tajo de las Figuras.
(2) Abellán Pérez, J.: Poblamiento y administración provincial en al-Andalus. La cora de Sidonia”. Ed. Sarriá, Málaga, 2004. pp. 141.
(3) Ibidem, p. 141
(4) Abellán Pérez, J.: Poblamiento…, ob. cit., pp.141-142
(5) Rallón, Esteban.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. II, p. 72.
(6) Ibidem, p. 85
(7) De las Cuevas José y Jesús.: El Bosque. Diputación de Cádiz. 1979. pp. 11-12.
(8) Cueto Álvarez de Sotomayor. M y Sánchez García, J.M.: Cádiz. Descripción e Historia de sus masas forestales. En “Segundo Inventario Forestal 1986-1995. Cádiz”. Ministerio de Medio Ambiente. 1997, pp.: 45-46. De este segundo autor, se recomienda también la serie de tres artículos: Sánchez García, J.M.: Caza mayor en la provincia de Cádiz. Diario de Jerez, 26,28 y 29 de diciembre de 1999.
(9) García Lázaro A. y J.: Los últimos lobos de nuestros montes, http://www.entornoajerez.com/, 25 de febrero de 2009. Disponible en el siguiente enlace: http://www.entornoajerez.com/2009/02/los-ultimos-lobos-de-nuestros-montes.html. De gran interés es también el reportaje de la revista Mundo Gráfico de 14/01/1914, sobre la caza del último lobo en la provincia de Cádiz.
(10) Pérez Cebada, J.D. (2009): Regulación cinegética y extinción de especies. Jerez, siglos XV-XIX. En Revista de Historia de Jerez nº 14-15, 2008/2009. pp. 211-212.
(11) Valverde, J.A.: Anotaciones a Libro de la Montería del Rey Alfonso XI, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 2010, p. 1174. En esta excelente obra, donde se analiza toda la toponimia contenida en el Libro de la Montería, se identifica la Foz de Guillena con el cortijo de Illena, junto al Guijo y al Salado en Arcos, de lo que discrepamos toda vez que está suficientemente documentada en numerosas fuentes la identificación de este lugar con la Angostura del Majaceite. Al respecto puede verse, por ejemplo, Martín Gutiérrez, E.:Los paisajes de la frontera de Arcos a finales del siglo XIII”, en González Jiménez M. y Sánchez Saus, R. (coord.), Arcos y el nacimiento de la frontera andaluza (1264-1330), Ed. UCA, Ed. USE y Ayto. de Arcos, 2016, p. 179.
(12) Valverde, J.A.: Anotaciones…, ob. cit., p. 1174.
(13) Casado de Otaola S. y Montes del Olmo C.: Guía de lagos y humedales de España. J.M. Reyero Editor. Madrid, 1995, p. 245.
(14) Martín Gutiérrez, E.:Los paisajes… ob. cit., pp. 190-191.
(15) Ibidem, p. 194.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Flora y fauna, Parajes naturales, Paisajes con historia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 31/12/2017

En las cumbres del Albarracín.
Paisajes con historia (y 2).




El domingo pasado iniciamos un recorrido por el Monte Albarracín, que separa las localidades serranas de El Bosque y Benamahoma. Habíamos salido de esta última población y, tras caminar por un bosque mixto de encinas, algarrobos y quejigos, habíamos llegado a la casa de Las Zahurdas. Desde aquí, tras cruzar una zona de prados retomamos el sendero de ascenso hacia las cumbres, apto para la gran mayoría de públicos.

Desde la loma que se sitúa sobre la casa de las Zahurdas, bajamos ahora hacia la pequeña vaguada que nos separa de la base del monte Albarracín, faldeando por las laderas, para ir perdiendo altura progresivamente.

Estos parajes, despejados de vegetación, son la cabecera de un pequeño arroyo que se excava entre las faldas del Cerro Ponce (a la derecha) y del Albarracinejo (a la izquierda) y cuyo



cauce se precipita, descendiendo con fuerte pendiente, hasta el cercano río Tavizna al que se une a los pies del cerro del castillo de Aznalmara, en las cercanías del Molino de la Angostura. Conocido también como Molino del Escopetazo, aún pueden verse sus restos escondidos entre la garganta que contemplamos desde aquí casi a vista de pájaro (1). Al caminante interesado le apuntamos que este descenso es muy trabajoso, por lo acusado de la pendiente y lo cerrado de la vegetación, pudiendo hacerse esta misma ruta, con mayor comodidad, por la senda que desde los LLanos del Berral sigue el valle del arroyo de los Charcones. Este camino nos deja, en un punto situado apenas 300 m aguas arriba en la orilla derecha del Tavizna y a él volveremos en otra ocasión.



En el “Llano de los Fósiles”: un recuerdo a Juan Gavala Laborde.

En la vaguada nos llaman la atención entre los prados, montones de piedras hoy desordenados, que fueron retiradas antaño para facilitar el crecimiento de la hierba: son los majanos. Delatan una antigua práctica que vemos en otros rincones de la sierra cuando en tiempos pasados, se rozaban hasta los más pequeños rellanos y laderas, despejándolas de vegetación y de piedras para sembrar cereal o fomentar los pastos. En este lugar afloran también entre los prados, estratos verticales de calizas tabulares liásicas, que se asemejan en algunos puntos a paredones rocosos o a restos de muros ciclópeos que poderosos plegamientos se encargaron un día de tallar.

Estos parajes, conocidos por algunos senderistas como Llano de los Fósiles, bien merecerían bautizarse con el nombre del insigne geólogo Juan Gavala Laborde, quien los recorre a mediados de la segunda década del siglo pasado. En 1918 publica su Descripción geográfica y geológica de la Serranía de Grazalema y describe en las faldas del Albarracín, entre otras muchas especies fósiles, la presencia de belemnites que halla en las “calizas titónicas, rojas con manchas de color hueso”, que asoman también cerca de la cumbre. En la base del cerro, por estos rincones, apunta la existencia de “calizas margosas con sílex del Lías medio… cargadas de pedernal”, y en la que también se encuentran fósiles de “…braquiópodos, entre otros la Terebratula punctata” (2).



Camino de las cumbres entre encinas, algarrobos… y pinsapos.

Caminando entre estos estratos, nos hemos desviando ligeramente hacia la izquierda de la base del monte, hasta un punto donde se aprecian las huellas de la erosión en la ladera. Aunque podemos trepar hacia la cumbre desde otros rincones, desde este lugar que indicamos nos será más fácil acceder por la falda del monte zigzagueando por un sendero que, a veces, se desdibuja entre la vegetación. Ascendemos aquí entre grandes encinas y entre algarrobos que crecen en las empinadas rampas que conducen hasta el collado que separa las cumbres de Cerro Ponce, a la derecha, y Albarracín, a la izquierda. En nuestro camino hemos encontrado ejemplares aislados de pinsapos, alguno de los cuales presenta un soberbio porte, como se aprecia en las fotografías. Ello demuestra que el área de expansión de los pinsapos en esta serranía es más extensa de lo que en principio se creía, tal como señala un completo estudio del Departamento de Ingeniería Forestal de la Universidad de Córdoba en el que, por cierto, se incluyen estos ejemplares (3). Llegamos así al collado, donde se separan los términos de El Bosque y Grazalema, encontrándonos con una valla que lo divide en sentido longitudinal y que presenta algunas angarillas por las que podemos cruzar al otro lado, hacia la vertiente occidental de la sierra que desciende hacia El Bosque.

La mejor opción es caminar en paralelo a esta alambrada, llegando así hasta la base de la cumbre a la que accederemos fácilmente trepando entre bloques de caliza. El vértice geodésico, que vemos a lo lejos, tumbado por la corrosión de su estructura, nos servirá de orientación.



En la cumbre del Albarracín: un sorprendente paisaje.

Una vez arriba aprovecharemos para descansar. Un buen rato de reposo nos permitirá disfrutar de las magníficas vistas panorámicas que nos aguardan. Para ello, lo mejor es sentarnos junto al caído vértice, el punto más elevado de este monte, y contemplar sin prisas el soberbio espectáculo que se nos brinda hacia los cuatro puntos cardinales.



Siguiendo el sentido de las agujas del reloj, al norte se divisan en la lejanía los relieves de la Sierra de San Pablo, en Montellano, con el pueblo a su izquierda y de la Sierra de Esparteros, en Morón. Más cerca de nosotros, en esta misma dirección, destacan los de la sierras de El Labradillo, Margarita y Zafalgar.



Hacia el este, el horizonte lo cierran las cumbres de El Torreón, en la Sierra del Pinar, que desde aquí se nos antoja más abrupta que nunca, flanqueada a sus lados por los puertos del Pinar y del Boyar. El Reloj y el Simancón, máximas alturas de la sierra del Endrinal, son también visibles en dirección este, seguidas por la Sierra del Caíllo y las de Las Viñas y Ubrique, que junto a la de Los Pinos, en Cortes, cierran este murallón montañoso. El caserío de Benaocaz parece desde aquí camuflado entre el roquedo calizo de estas sierras.

Algo más al sur, la vista se nos pierde hacia las tierras del Parque Natural de los Alcornocales, donde sobresale a lo lejos el pico del Aljibe. Más cerca de nosotros, descubrimos las inconfundibles cimas de La Silla y, por todas partes, las colas del embalse de Los Hurones que rodean la base de algunos cerros (Cabeza de Santa María, Pendones, La Caldera) como si fueran islotes. El caserío de Ubrique también se nos muestra, en parte, en dirección sureste.

Siguiendo nuestro recorrido visual, veremos al suroeste la cumbre horizontal y alargada de la Sierra de Las Cabras, los Montes de Jerez, San José del Valle, escoltado por el mogote alargado de la Sierra del Valle, los parques eólicos de Paterna, Medina, Jerez… En esta misma dirección, llama también la atención la lámina de agua del embalse de Guadalcacín, o los relieves de Sierra de Aznar y Sierra Valleja, con las cicatrices de sus canteras. En el horizonte se adivinan las lomas de la campiña y tras ellas, como difuminada, la ciudad de Jerez.





Hacia el este, descubrimos también el embalse de Bornos y un buen número de pueblos del curso medio del Guadalete. Arcos sobresale en su escarpe rocoso, Bornos a los pies de la sierra del Calvario, sobre la lámina del pantano, Espera, encaramada en el cerro de Fatetar, el Coto de Bornos, o Villamartín (donde se aprecia la trama ortogonal en la que se dispone su caserío), son algunas de las muchas poblaciones que se divisan desde la cumbre del Albarracín. Más cerca de nosotros, apenas se aprecian algunas casas de Prado del Rey, oculto tras Cerro Verdugo, pero se identifica muy bien el cerro de Cabeza de Hortales, donde se conservan las ruinas de la antigua Iptuci. Y a nuestros pies, protegidas sus espaldas por el Albarracín, el caserío de El Bosque se nos muestra, a vista de pájaro, como la mejor de las estampas. Cuanto más lo contemplamos, más nos sorprende este paisaje…



Estas vertientes occidentales del Albarracín, albergan un frondoso pinar. A partir de 1957 se emprendieron tareas de repoblación ya que, en estas laderas más cercanas y accesibles a la población de El Bosque, se había perdido buena parte de la cobertura vegetal de la mano del hacha, el carboneo y el pastoreo. Más de 600.000 pinos (en especial Pinus halepensis y en menor medida manchas de Pinus pinea) se plantaron entonces (4). En la actualidad, las tareas forestales van orientadas a la progresiva sustitución de estos árboles por la vegetación natural que, poco a poco se ha ido regenerando con vigor. Desde el vértice del Albarracín, se divisa la pista forestal que, desde la carretera de EL Bosque a Benamahoma, asciende por el pinar hasta las pistas de lanzamiento de ala delta y parapente que quedan a unos cientos de metros la cumbre. Este camino, a través de la pista, es utilizado también por mucho senderistas para llegar hasta aquí. Otros prefieren hacer la travesía completa, desde Benamahoma a El Bosque, en la que se invierten entre 5 y 6 horas.

Una sorpresa en la cumbre con vistas a la historia.

Antes de tomar el camino de regreso aún nos aguarda una última sorpresa. De la mano de una curiosa inscripción grabada de la piedra, junto al vértice geodésico, nos asomamos también a los paisajes de la historia. Mientras descansamos a los pies del monolito, hoy semidestruido y casi caído, que indica la altura del monte (977 m), llama nuestra atención lo que parece ser una cruz (que por su forma nos recuerda a las cruces de Malta), grabada en la roca, junto la que pueden leerse unas cifras: 156?. A nuestro juicio se trata de un hito de los que en el siglo XIX se colocaron en muchos lugares para marcar la divisoria de los términos municipales y aún de las fincas situadas en el monte. Nuestro amigo Pedro Sánchez Gil localizó en su día uno similar en otro cerro cercano.

No tenemos respuesta cierta a estas suposiciones, aunque no creemos que guarde relación con la fundación de El Bosque. Pese a todo, siempre que subimos al Albarracín y divisamos a vista de pájaro su caserío, nos gusta recordar la historia de este pueblo serrano y, en especial, sus orígenes. Aquellos años del primer tercio del siglo XVI en los que residían temporalmente aquí los Duques de Arcos, en una casa de campo que utilizaban como base de sus cacerías en “El Bosque de Benamahoma”. Conocido inicialmente como Marchenilla y posteriormente como Santa María de Guadalupe, este enclave rústico daría lugar en el s. XIX al actual pueblo de El Bosque. Los hermanos De las Cuevas, atribuyen la creación de este lugar al tercer Duque de Arcos, D. Luis Cristóbal Ponce de León, muerto en 1573.



En estrecha relación con esta noble familia está también el nombre de otra de las cumbres que corona la sierra de Albarracín, el cercano Cerro Ponce (957 m), al que llegamos atravesando el collado. El historiador arcense, Miguel Mancheño y Olivares cuenta en su obra Apuntes para una Historia de Arcos (1896) que, en 1445, siendo conocedor Pedro Ponce de León que Mohamad aben Ozmin, rey de Granada, amenazaba la serranía, “salió con los vecinos de Arcos contra el enemigo, cuya retaguardia alcanzó entre Cardela y Garciago, villas de los moros próximas a Ubrique, y le causó grandes pérdidas, recuperando muchos cautivos y multitud de ganados. El sitio en que alcanzó y derrotó a los moros se llamó desde entonces Lomo de D. Pedro Ponce, que aún se conserva”. Aunque nosotros pensamos que este lugar habría que localizarlo más al sureste, en las cercanías de Benajú y La Fantasía, otros autores creen que pudiera corresponderse con la falda sur Monte Albarracín que miran hacia el río Tavizna, donde se alza el Cerro Ponce, en las proximidades del que fue enclave musulmán de Aznalmara y no lejos de la fortaleza de Cardela (5).

Mayores dificultades entraña conocer el origen del topónimo Albarracín. Los hermanos De las Cuevas, en su libro sobre El Bosque (1979) se preguntan “¿Y por qué el denominarlo Albarracín? ¿Y Albarracinejo la otra cara, la del Campo de las Encinas, la de Grazalema? No lo sabemos”. Eso mismo afirmamos nosotros, que como muchos lectores conocemos la existencia de este topónimo en otras provincias como Almería y Jaén. Al parecer del arabista Elías Terés, todos ellos tienen su origen en el Albarracín turolense que debe su nombre al apellido de uno de sus gobernadores, Al Banū Razīn (6). En una reciente publicación, el arqueólogo e historiador Luis Iglesias García plantea la posible vinculación del topónimo Arrecines, un cortijo situado entre Montecorto, Los Villalones y Acinipo con el linaje beréber de los Banū Razīn “… que aparecen también entre El Bosque y Aznalmara” (7). ¿Deberá a ellos también su nombre nuestro monte Albarracín? Nos hacemos estas preguntas mientras regresamos, camino de Benamahoma, pensando sobre todo en que cualquier paraje de esta serranía guarda hermosos rincones que visitar para disfrutar de la naturaleza y de la historia.

Para saber más:
(1) Bel Ortega, Carlos y García Lázaro, Agustín (1990): La Sierra Norte. Guías naturalistas de la Provincia de Cádiz. Diputación Provincial de Cádiz. Pgs.328-331.
(2) Gavala y Laborde, Juan: Descripción geográfica y geológica de la Serranía de Grazalema. (del Boletín del Instituto Geológico de España, tomo XIX, 2ª serie). Madrid, 1918, pp. 16, 39 y 79. Incluye un interesante corte geológico entre el Río del Bosque y el Albarracín en la pg. 79.
(3) VV.AA.: Aproximación a la definición del hábitat fisiográfico del Abies pinsapo Boiss. en Andalucía. Descargar PDF, p. 147.
(4) De las Cuevas, José y Jesús (1979): El Bosque. Instituto de Estudios Gaditanos. Diputación Provincial de Cádiz.
(5) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes para una Historia de Arcos de la Frontera. Edición de María José Richarte García. Servicio de Publicaciones de la UCA y Excmo. Ayto. de Arcos. 2002. Vol. I. Pg. 91
(6) Terés, Elías (1978), «al-ʿAqaba. Notas de toponimia hispanoárabe», Al-Andalus, 43, 1978, pp. 374.
(7) Iglesias García, Luis: Las Villas perdidas, Ediciones del Genal, 2017, p.62


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otras entradas relacionadas: Parajes naturales, Mapas, Paisajes con Historia, Rutas e Itinerarios.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 18/06/2017

 
Subir a Inicio