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Por los paisajes de la Lacca romana.
Tras las pistas del manantial de aguas sulfurosas de Casablanca.




En nuestro paseo de hoy les proponemos visitar los alrededores de la Junta de los Ríos y del Cortijo de Casablanca, en cuyas cercanías sitúan los historiadores la antigua ciudad romana de Lacca que dio su nombre originario al río Guadalete y que, según las fuentes clásicas, contaba con fuentes termales. Un manantial de aguas sulfurosas persiste aún en estos parajes, hasta el que nos hemos acercado para reencontrarnos con viejas historias.

Aguas medicinales.

Como es sabido, la provincia de Cádiz cuenta con numerosos manantiales, muchos de los cuales poseen en sus aguas propiedades medicinales. En la actualidad, sólo el balneario chiclanero de Fuente Amarga dispone de instalaciones para el aprovechamiento de sus aguas sulfurosas en distintos tratamientos termales indicados para afecciones respiratorias, reumáticas y dermatológicas. Sin embargo, hubo un tiempo en el que muchas de estas pequeñas fuentes eran muy utilizadas y apreciadas, llegando a gozar algunas de ellas de gran fama por el efecto terapéutico de sus aguas. Célebres fueron los baños de Gigonza, los de Paterna, los de Pozo Amargo o los de La Esparragosilla y El Cerillar, por citar sólo algunos. En la ciudad de Jerez tuvieron días de gloria los balnearios de San Telmo y La Rosa Celeste, muy visitados gracias al auge que la hidroterapia y el termalismo experimentaron a partir de la segunda mitad del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX.

Junto a los más conocidos, repartidos por las campiñas y sierras de nuestro entorno, otros muchos manantiales de aguas “gruesas” o “finas”, “herrumbrosos” o ferruginosos, sulfurosos o “hediondos”, salinos, “acídulos”… recibían no pocas visitas de lugareños y foráneos que, atraídos por sus virtudes curativas, querían beneficiarse del poder curativo de sus aguas. De estas pequeñas surgencias a cuyas aguas se les atribuyen desde antaño propiedades medicinales, llegaron a contarse casi un centenar sólo en las poblaciones cercanas, entre las que destacamos las de Torrecera, Pasada Blanca, Gibalbín, El Guijo, La Mina, La Garrapata, Fuencaliente, La Sarna… Hoy vamos a ocuparnos de uno de esos modestos manantiales, perdidos ya hasta en la memoria de los lugareños y que, nos tememos, corre el riesgo de desaparecer: el de Casablanca.

Por el cortijo de Casablanca.

El manantial se encuentra ubicado en las tierras del cortijo de Casablanca, muy cerca de la carretera que conduce a la conocida barriada arcense de la Junta de Los Ríos. Sus aguas afloran en la ladera derecha de una pequeña cárcava excavada por un arroyuelo que corre entre prados hacia el Llano de la Liebre, por donde busca el Guadalete en las cercanías de las tierras de Casinas.

El cortijo de Casablanca, preside este rincón de la campiña, ocupando la zona más elevada de las lomas margosas del Mioceno sobre las que crecen sembrados de cereal y en las que es fácil ver pastando en los prados la yeguada y la torada de la finca.



El cortijo llama la atención por su privilegiada posición, desde la que se domina una amplia perspectiva, y por la solidez de su caserío, en el que sobresale una gran nave, con tejado a dos aguas que sirve de pajar y granero y en la que destacan singulares y robustos contrafuertes cónicos en sus ángulos.

Igualmente notable es el patio interior, en torno al que se organizan el resto de las estancias, al que se accede por un gran portón y que cuenta en uno de sus rincones con un viejo pozo.

Muy cerca del manantial (que se sitúa a unos 500 m. al este de Casablanca) se encuentra también el cortijo de Doñana, junto al que se ha construido una pantaneta que corta el curso del arroyo principal al que vierte sus aguas el que proviene del citado manantial de aguas sulfurosas.

Los cerros que rodean al cortijo se asientan sobre materiales triásicos -arcillas abigarradas, areniscas y yesos- que afloran en las cotas más bajas y que confieren a las aguas que los surcan cierto carácter salobre. En el invierno, las escorrentías de este pequeño regato, que actúa también como canal de drenaje de los campos cercanos, diluyen las aguas del manantial, que pasa entonces casi desapercibido. En los meses calurosos, cuando los caudales son menguados, las aguas sulfurosas, que siguen manando con pequeños borbotones y con un hilillo que no cesa, se estancan en pequeñas pozas y charcas en el lecho del arroyo. En ellas se ven brotar burbujas de aire, presentando esa característica capa blanquinosa en la superficie del agua que, como una tenue gasa de “nata”, cubre también los cantos rodados y las matas de hierba del cauce. Es entonces cuando mejor se aprecia ese característico olor a azufre que desprenden estas aguas, que adquieren ahora un aspecto más lechoso, y que explica fácilmente el calificativo de “hediondas” con el que se conocen popularmente.

Décadas atrás, como nos cuentan los más viejos del lugar, “la gente venía y se ponía la nata blanca en la piel” o se llevaba el agua en cántaros, para tratar con ellas las afecciones cutáneas, para lavarse las zonas afectadas o simplemente, para “tener la piel fina”. Eran otros tiempos en los que los abonos, pesticidas y tratamientos fitosanitarios asociados a la agricultura no contaminaban los acuíferos, como sucede ahora en tantos lugares, y en los que la hidroterapia gozaba de gran predicamento.

Aunque en nuestros días ha caído sobre ellos el olvido, estos manantiales sulfurosos eran conocidos ya siglos atrás y diversos autores han querido vincularlos, como veremos, a la época romana. De lo que sí queda constancia es de que el paraje no pasa desapercibido para Pascual Madoz, quien a mediados del XIX, lo cita en su “Diccionario Geográfico, Estadístico Histórico”, refiriéndose a Casablanca como un lugar con “Cortijo y baños”.



Siguiendo la historiografía local, menciona también que “ocupa el sitio de Turdeto, ciudad famosa en la antigüedad que coloca Mariana entre Jerez y Arcos; si bien por las últimas observaciones de sus vestigios corresponde al sitio del cortijo Mesa de Santiago” (1). Al referirse a las fuentes que afloran en las cercanías del cortijo, este mismo autor las describe como “manantiales de aguas termales”, indicando también que “sirven para curar todo humor cutáneo y úlceras de la periferia, aunque sean envejecidas, precediendo para ello una preparación médica” (2).

Tras las huellas de la ciudad romana de Lacca y su fuente termal.



Diferentes historiadores han vinculado estos parajes situados entre las tierras de Casablanca, Casinas y El Cacique con la ciudad romana de Lacca, si bien su emplazamiento es todavía discutido. En el origen de esta hipótesis pueden estar las referencias que aporta Al Himyari, geógrafo e historiador musulmán, nacido en Ceuta en el siglo XIV, quien basándose en testimonios de otros autores anteriores da cuenta de una ciudad llamada Lakka o Lakko. Refiriéndose a ella aporta unas interesantes claves y escribe que es una “Ciudad de al-Ándalus, en el territorio de Sidona. Es antigua y fue construida por el Cesar Octavio. Sus ruinas subsisten todavía. Posee una de las mejores fuentes termales de al-Ándalus. A orillas del río de ésta, el rey de al-Ándalus, Rodrigo, a la cabeza de sus tropas cristianas, se encontró con Tarik b. Zallad, acompañado de sus contingentes musulmanes, el domingo 28 ramadán del año 92 de la Hégira (19 de julio del año 711)” (3).



El profesor Genaro Chic García, siguiendo las tesis de Sánchez Albornoz apoya la idea del posible emplazamiento de Lacca en la zona del Cortijo de Casablanca (4). Aunque esta ciudad no figura en las fuentes literarias o epigráficas clásicas, conviene recordar que su nombre aparece hasta en catorce ocasiones sobre ánforas olearias. Como señalan estos autores, su ubicación habría que buscarla, por tanto, en una comarca olivarera cercana a un río que permitiera el transporte fluvial del aceite. El testimonio de Al Himyari aporta como datos relevantes que “Lakko” se encuentra junto al “Maddi Lakka”, identificado por Sánchez Albornoz como el río Guadalete. De la misma manera sitúa en el paraje la presencia de importantes ruinas, correspondientes a una ciudad antigua de origen romano. Durante siglos, como queda de manifiesto en la historiografía local arcense y en los testimonios arqueológicos recogidos, en los campos próximos a la Junta de los Ríos y a los Cortijos de Casablanca y Casinas (donde se encontraba la ciudad musulmana de Qalsana o Calsena, a la que otro día volveremos) han aparecido numerosos vestigios de lo que pudo ser una importante ciudad (5).

Por citar sólo algún ejemplo, en las cercanías de Casablanca (junto a Casinas, en la Haza de la Cada o de la Cava, como menciona Gusseme) fue encontrado un fragmento de inscripción funeraria romana en la que podía leerse: “A los dioses Manes. Mumio Hermes, de 32 años, aquí está enterrado. Sea para ti la tierra leve” (6).



De esta lápida da cuenta ya el erudito arcense Tomás Andrés de Gusseme en un discurso (sobre las ruinas de Turdeto) escrito en 1755, conservado en la Real Academia de la Historia, en el que apunta también que “… de la tierra que llaman de la Cava, se han sacado gran número de lápidas, columnas, tinajas, y otros rastros, y sucede diariamente lo mismo. De estos se han llevado muchos a las casas del cortijo de Casa Blanca” (7).

Aún hoy, cuando se pasea por estos campos, no es difícil hallar fragmentos de cerámica, de ladrillos o de tégulas que nos evocan, como señalaba hace ya más de un siglo el historiador arcense Miguel Mancheño, una tierra, “… labrada mil veces, y esparcida sobre el inmenso despoblado que comprende centenares de hectáreas, haciendo suponer que fue asiento de ciudad populosa y floreciente” (8).

Con todo, del testimonio de Al Himyari, queremos destacar una de las razones que han llevado al profesor Chic García (como ya antes lo hiciera también Sánchez Albornoz) a vincular el actual enclave de Casablanca con la ciudad romana de Lacca: la presencia en este lugar de fuentes termales que el geógrafo ceutí señala como un elemento singular de aquel enclave.



Tal vez, el modesto manantial que aún se conservan en las cercanías del cortijo de Casablanca, la pequeña fuente de aguas sulfurosas o “hediondas” que hoy contemplamos (con riesgo de aterrarse por los acarreos que la erosión arrastra de los campos cercanos hasta el arroyo donde brotan), sea un testimonio que nos permita tirar del “hilo de la historia”.



Ese hilo que relaciona estos parajes con aquella ciudad de Lakka en la que Al Himyari nos recuerda que se encontraba “una de las mejores fuentes termales de al-Ándalus”. Ese mismo lugar en el que Madoz, hace apenas un siglo y medio, menciona también los “baños” de Casablanca y que nosotros, modestamente, hemos querido rescatar del olvido.

Para saber más:
(1) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Ed. facsímil. Ámbito,Salamanca, 1986. Pg. 191.
(2) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ, Pg. 49.
(3) ABELLÁN PÉREZ, J.: El Cádiz islámico a través de sus textos, Cádiz, 1996, pg. 80
(4) CHIC GARCÍA, G.: “Lacca”. Habis, 10-11, 1979-1980, pp. 255-276.
(5) BORREGO SOTO, M.A.: La capital itinerante: Sidonia ente los siglos VIII y X. Presea ediciones, Jerez, 2013
(6) GONZÁLEZ, J.: Inscripciones romanas de la provincia de Cádiz. Diputación Prov. de Cádiz, 1982, p. 281. Pgs. 286-287
(7) MANCHEÑO OLIVARES, M.: Antigüedades del partido judicial de Arcos de la Frontera. Arcos de la frontera. Imprenta de “El Arcobricense”. 1901, pg. 84.
(8) MANCHEÑO OLIVARES, M.: Antigüedades… pg. 89


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Otras entradas relacionadas con ésta: Fuentes, manantiales y pozos, En torno a Arcos y Paisajes con historia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 21/06/2015

Tras las huellas de Roma por la campiña.
Topónimos latinos en torno a Jerez




Escribe J. M. Albaiges en el prólogo de la obra “Enciclopedia de los topónimos españoles” (Planeta, 1998): “Hay algo más duradero que la piedra, que un cuadro, que un libro, incluso que la memoria humana misma. Es el nombre de una cosa… El nombre, que saltando de generación en generación vive en sus hablantes, preservando del olvido ese mágico instante en que la cosa obtuvo verdadero ser. Y dentro de la palabra ocupa un lugar especial el topónimo,


que inicialmente emanado del común para ser aplicado a un lugar concreto, va siendo trabajado a su >modo por cada generación, que lo transformará, pulirá y construirá su propia versión para uso de la siguiente. Pueblos que pasan a habitar los mismos lugares recogen el nombre de éstos, y con el paso de los siglos, extinguido su significado primigenio, transmiten fascinantes mensajes desde generaciones traspapeladas de la memoria actual, en lenguas ya incluso desaparecidas, permaneciendo a menudo como un orgulloso misterio que hay que saber descifrar
".



No es fácil, sin embargo, descubrir ese “misterio” que muchas veces se esconde detrás de algunos topónimos, ese mensaje histórico y cultural que atesoran. Ello requiere, como señala acertadamente el profesor J. Martínez Ruiz, “el trabajo en equipo de historiadores, arqueólogos,



lingüistas, etnólogos…” Apoyándonos en algunas de estas investigaciones, les proponemos aventurarnos por los paisajes de nuestro entorno rastreando las huellas de la presencia romana a través de algunos de estos topónimos de raíces latinas que han llegado hasta nuestros días.

Desde hace décadas, los trabajos arqueológicos que se vienen realizando en distintos rincones de la campiña en torno a Jerez, confirman la existencia de enclaves de carácter rural, villae o vici, en época romana, en muchos de los cuales se asientan en la actualidad cortijos y viñas que conservan en su nombre actual el recuerdo de su remoto origen. Como señalan los profesores e investigadores E. Vega Geán y F.A. García Romero en su interesante trabajo “Ceret revisitado”, el nombre de muchas de estas antiguas villae deriva de los gentilicios o cognomina de sus propietarios. Junto a estos autores, otros como M. A. Borrego Soto, J. Martínez Ruiz, J. M. Pabón, A. Padilla Monge, J. Abellán Pérez o E. Martín Gutiérrez, apuntan también el posible origen de algunos de estos topónimos latinos.

Por las tierras de Balbaina, con Lucio Cornelio Balbo.

Una zona de la campiña en la que abundan estos curiosos nombres es la correspondiente a los actuales pagos de viñas. Así, Balbaina, debería su denominación a Balbus, el conocido militar y político gaditano romano Lucio Cornelio Balbo el Menor. La variante Barbaina, muy frecuente también en las fuentes medievales y modernas, hace apuntar a algunos autores su posible derivación de algún romano de nombre Barbatus.

El pago de Grañina, cercano al anterior, entre la Laguna del Gallo y la carretera de Sanlúcar, está relacionado con Granius, nombre presente en la epigrafía gaditana.

Con este mismo topónimo se designaba también una aldea medieval, hoy desaparecida, a los pies de la Sierra de Gibalbín, que ha sido estudiada por el profesor E. Martín. Junto a la barriada rural de las Tablas y Polila, y bautizando desde hace siglos a un rincón de la campiña donde tradicionalmente se han cultivado viñas, permanece vivo el topónimo de Añina, donde tal vez pudieron ubicarse ser las tierras de un romano llamado Annius (o Anius), nombre que consta en la epigrafía gaditana.

Este territorio entre el antiguo Portus Gaditanus (El Puerto de Santa María), Asta Regia (Mesas de Asta) y Gibalbín, fue una zona de la campiña intensamente romanizada. Entre estos dos últimos enclaves y en conexión con la antigua vía romana que unía Asta con Ugía (actual Torres de Alocaz), hallamos la loma y el cortijo de Espartinas, en la carretera de Morabita, cuyo nombre derivaría posiblemente de un antiguo propietario: Spartus o Spartarius. En tierras del cortijo de Espartinas se encontró una estela funeraria de Baebius Hilarus, al que Cesar Pemán identifica con un rico labrador al que hace referencia Marcial en sus Epigramas. En este sector, más cercano a la Sierra de Gibalbín, junto al antiguo camino de Sevilla, encontramos hoy el cortijo de Romanina (Alta y Baja), cuyo nombre derivaría de Romanus, antropónimo presente en la epigrafía latina de la provincia. En Romamina la Baja, apareció una estatuilla del dios Baco que se expone en el Museo Arqueológico de Jerez.

Más cerca de la ciudad, los actuales Llanos de Caulina nos hablan de un posible propietario de nombre Caulius o tal vez de Catullus (como apunta J.M. Pabón). Más discutidos son los topónimos de Abadín (donde estuvo la aldea medieval de Xabadin o Labadín y que pudiera derivar de Sabinus) o de Martelilla, en cuyas tierras, en el camino de Medina, han aparecido restos romanos. Algunos autores hacen derivar este nombre del antropónimo Marcelus o Martialis, mientras otros ven un origen castellano como diminutivo femenino de Martel.



Otro topónimo de posible origen romano es el de Calcena (en el actual cortijo de Casinas, en la Junta de los Ríos), que en las fuentes medievales árabes y cristianas figura como Calsena y que
a juicio de J.M. Pabón podría derivar de un propietario de tierras de nombre Calcius, Caltius o Calicius. Crespellina, antiguo cortijo próximo a Trebujena, junto a los de Bonanza y Los Algarves, hace alusión a otro nomen possessoris, tal vez Crispillus, Crispulus o Crispus que pudo ser un terrateniente afincado en estos parajes. Próximas también a Trebujena, junto a La Ventosilla, se encuentran las tierras de Burujena, colindantes con el antiguo estuario del Guadalquivir, y próximas a un enclave de gran importancia histórica, Ebora, con presencia turdetana y romana. Este topónimo podría tener su origen en el cognomen Burilius o Burulius.



De gran interés es también el nombre de Sarana, derivado del cognomen Serus o Serius, que autores como J. Abellán asocian al actual enclave del Barrio Jarana, cerca de Puerto Real, donde se encontraron restos de una importante villa romana. Otros autores lo vinculan con el cortijo



de Arana
(más conocido hoy como cortijo de Capita), en el antiguo Camino de Lebrija, donde pudo ubicarse la alquería musulmana de Šarāna. Hübner y Tovar lo relacionan con el fundus Sacranenesis de algunas inscripciones latinas.

Tras las huellas de Roma por la campiña.

Junto a los topónimos de origen latino que pudieran derivar de los nombres de antiguos propietarios de tierras, ya comentados, nos ocuparemos de otros más discutidos, que pudieran estar también relacionados con la presencia de Roma en nuestra zona.

Así, Alventus (Alventos o Alventu), cortijo de Trebujena que dio nombre a un embarcadero en el Guadalquivir, podría derivar de Adventus, -lugar de llegada-, como propone el profesor E. Martín, en relación con un posible puerto fluvial del que se tiene constancia desde hace siglos. Capita (cabezas en latín) es el nombre de un cerro y un cortijo (del que ya hemos mencionado



su antiguo nombre de Arana) en el camino de Lebrija, próximo a las marismas de Casablanca y en el que algunos han querido ver también resonancias latinas, como en Torrox. Este topónimo (existente también en otras provincias de Andalucía) que bautiza el pago de viñas localizado entre la ciudad y la Sierra de San Cristóbal, así como el paraje donde tradicionalmente se formaba una gran laguna, apunta a la posible existencia de una antigua torre o enclave rural fortificado. Más “transparente” es el topónimo Vicos, que da nombre a un arroyo, una cañada, un cortijo, un pago, un encinar… Deriva del sustantivo latino vicus, con el significado de aldea o enclave rural y resulta creíble suponer que en este lugar, donde hoy se asienta la Yeguada Militar, y en el que hubo una aldea medieval, pudiera existir también una asentamiento romano.

Otros nombres de lugares requerirán detenidos estudios para aclarar su verdadera significación, aunque apunten a un posible origen latino. Es el caso de Bonaina, antiguo pago de viñas en el quse asentó una alquería medieval, junto a la Sierra de San Cristóbal y Sidueña, así como elde  Frontino (posible antropónimo y hoy nombre de un puerto y un arroyo entre Alcalá de los Gazules y Jerez), o los ya desaparecidos de Cambilax, Fontanina, Poblanina, Baina (cortijo de Vaina) en El Puerto de santa María), Illena (Arcos) o Barja, Frías, y tal vez, Montana, en Jerez…. Traemos también aquí el llamativo y conocido nombre de Fuenteimbro (o Fuente Ymbro), cortijo que alberga una afamada ganadería de bravo al pie de la sierra de Dos Hermanas. Por este lugar atravesaba el acueducto romano de Tempul del que aún se conservan aquí algunas galerías. Su nombre pudiera estar relacionado con fontes imbrus/imbricus, “la fuente de la tormenta o de agua de tormenta”, aludiendo tal vez a un manantial que brotaría después de intensas lluvias. Casualmente, en las laderas de Dos Hermanas se encuentra el Arroyo del Infierno y los manantiales del mismo nombre que afloran por diversos puntos cuando se satura el acuífero de la Sierra de Las Cabras cuya fuente más conocida es la de Tempul.

Para terminar este recorrido por la toponimia latina, dejaremos también constancia de otros nombres de lugares que aunque de origen castellano, guardan estrecha relación con la presencia de Roma en estas tierras. En relación con Montegil, el profesor Pascual Barea, sugiere la posible relación de este orónimo con “montecellu”, (vocablo del latín tardío) que derivaría de “monte (mons, montis) y el sufijo -cellu, del que procede el sufijo castellano -cillo. “Montegil equivale por tanto al castellano ‘montecillo “. De origen medieval, el nombre de El Portal, que fue el puerto fluvial de Jerez y que actualmente bautiza a una barriada rural, pudiera estar relacionado con Ad Portum (posible estación aduanera próxima a Portus Gaditanus), o con Portus.

Otros muchos topónimos, de origen más reciente (medieval o moderno), contribuyen a conservar viva en el paisaje aquella presencia de siglos que los romanos mantuvieron en la campiña. Algunos de los más explícitos como el “Camino de los romanos”, bautiza a una antigua cañada (y vía romana) que, partiendo de la zona de El Puerto de Santa María se dirigía a Asta Regia. Este camino, con este mismo nombre, se conserva todavía en las proximidades de las lagunas de El Puerto. Los ya señalados de Romanina (alta y baja) bautizan hoy en día a cortijos, cañadas, arroyos…. En la zona de la carretera de Morabita, se mantienen otros curiosos topónimos que no deben confundirnos, al estar relacionados con el apellido de sus antiguos propietarios, la familia Romano, o con nombres actuales que no guardan vinculación con la presencia romana en la zona. Son los de Viña Romano (que fuera propiedad en el s. XIX de Francisco Romano de Mendoza) El Denario, La Gente Romana (junto a Espartinas y Berango), Los Romanos (también en las proximidades de la Loma de Espartinas)… En las cercanías de Mesas de Asta está el cortijo de Romanito y junto a la Dehesa de Angulo, en las proximidades del actual núcleo de Guadalcacín, existió también el Hato de Romanito, como se refleja en los mapas de hace un siglo y que deben su nombre al apelativo con el que era conocido Antonio Abad romano de Mendoza, hijo del mencionado Francisco Romano, quien fuera su propietario. Junto a La Barca, las tierras que encierra un amplio meandro del Guadalete se conocen como Vega Romana (en alusión, en este caso al citado apellido) y con el nombre de Pozo Romano se denomina también otro paraje de la campiña…

La Bética romana presente aún, gracias a la toponimia, en tantos lugares en nuestra tierra.


Para saber más:
- Caro Cancela, D. Coord.: Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval. Tomo 1.Diputación de Cádiz, 1999.
- García Romero F.A. y Vega Geán E.J.: “Ceret revisitado”. Puede consultarse el texto en:
http://www.cehj.org/articulos/historia.htm
- Martín Gutiérrez, E.: Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del doblamiento. El Alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media. En Historia Instituciones y Documentos, nº 30. Universidad de Sevilla, 2003.
- Martín Gutiérrez, E.: Aproximación al repartimiento rural en Jerez de la Frontera: la aldea de Grañina. En la España medieval, 1999, nº 22.
- Martínez Ruiz, J.: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII, Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pg. 107 y 119.
- Pabón, J. M.: Sobre los nombres de la villa romana en Andalucía. En Estudios dedicados a Menéndez Pidal. Madrid: [S. Aguirre], 1950-53, t. IV, pp. 87-165
-Padilla Monge, A.: “La transferencia de poder de Gades a Asido. Su estudio a través de la perspectiva social”, en Habis, 21 (1990). 241-258

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 2/11/2013

La capital itinerante.
Sidonia entre los siglos VIII y X.


En el siglo XII,  Šarīš –nuestra actual Jerez- es una ciudad andalusí de reputada fama, una de las más notables de la “provincia” o cora de Sidonia (kūrat Šidūna), de la que en los siglos anteriores fue también su capital. La riqueza y la fertilidad de este rincón de al-Andalus y la belleza de sus paisajes ya era exaltada por poetas como Ibn Giyāt  o  Ibn Lubbāl al-Šarīšī. A este último (m. 1187-8), debemos estas palabras:

Cuando el que está afligido contempla el bello rostro
de la tierra de Sidonia, olvida su pena.
Parece que la mano de la lluvia hubiera cubierto
de verdes brocados sus valles y majadas.
Como un aladar por las mejillas del hermoso,
Discurren los arroyos por sus marjales.

Con estos hermosos versos arranca “La capital itinerante. Sidonia entre los siglos VIII y X” el último libro de Miguel Ángel Borrego Soto, arabista jerezano a quien debemos los más notables trabajos de investigación sobre nuestro pasado andalusí.

En esta obra, mantiene la tesis de que la Cora de Sidonia (la circunscripción o entidad administrativa y fiscal que surgió tras la ocupación árabe de nuestro territorio y que se extendía por buena parte de la actual provincia de Cádiz) tuvo en los primeros siglos de su existencia, distintas ciudades que asumieron sucesivamente su capitalidad. Esta “itinerancia” entre Madīnat Šidūna (Sidueña, Castillo de Doña Blanca), Qalsāna (Calsena. Cortijo de Casinas, Junta de los Ríos), Madīnat Ibn al-Salīm (Medina Sidonia) y Šarīš Šidūna (Jerez) es estudiada por el autor, aportando novedosos datos que apoyan su propuesta.

Como se señala en el libro “la identificación y localización de la capital o capitales político-administrativas de la cora de Sidonia (o Sidueña, kūrat Šidūna) entre los siglos VIII al X no es tarea fácil debido a la escasa y confusa información que aportan las fuentes árabes. No obstante, y gracias a los datos extraídos de algunos autores, es posible conocer el nombre de los enclaves que ostentaron el papel vertebrador de la región en algún momento de las centurias referidas.

Hasta mediados del siglo IX, Šidūna era aún la ciudad preponderante de la cora, condición que heredaba de Assidona, enclave que a finales del siglo VI, tras la crisis del Bajo Imperio Romano y el declive de Gades (Cádiz), se convirtió, con la monarquía visigoda bien asentada ya en la Península, en el centro administrativo y espiritual de la comarca. Pero a partir de las incursiones normandas del año 844, Šidūna inicia un declive paralelo al ascenso de otros núcleos urbanos como Qalsāna y Šarīš (Jerez), sucesivas capitales que al tiempo se convirtieron en centros intelectuales de cierta importancia, coincidiendo con el período de bonanza económica que la cora experimentaba en tiempos de al-Hakam II (m. 976)”.

Uno de los capítulos más sugerentes del libro es sin duda el dedicado a Madīnat Šidūna ya que en él se aborda la identificación de este enclave con el de la fenicia Asido y que sitúa en Sidueña, el actual Castillo de Doña Blanca, frente a la tesis tradicional que la asociaba a Medina Sidonia. El autor, que ya había avanzado el resultado de sus estudios en anteriores trabajos, apunta aquí de manera clara los datos básicos que le han llevado a reinterpretar las fuentes epigráficas y numismáticas, los testimonios aportados por los textos grecolatinos y las por las fuentes árabes para sostener una fundamentada propuesta que, a buen seguro, abrirá nuevas vías de investigación y no dejará indiferente al lector curioso.

“La capital itinerante. Sidonia entre los siglos VIII y X” ha sido publicado por Ediciones Presea que inicia con este título la colección A DE AL-ANDALUS, puesta en marcha para ofrecer al lector la posibilidad de adentrarse en la realidad de al-Andalus desde distintas disciplinas del conocimiento. La colección está dirigida, precisamente, por M.A. Borrego Soto, autor de este primer título, y cuenta con el respaldo de un comité de expertos integrado por Maribel Fierro, Miguel Ángel Manzano, Virgilio Martínez Enamorado, José María Gutiérrez López, José Miguel Puerta Vilchez y Fernando Nicolás Velázquez Basanta.



La capital itinerante es, además de una esmerada síntesis de los trabajos de investigación que ha llevado a cabo su autor sobre este periodo de nuestro pasado andalusí, un libro de atractiva lectura. M.A. Borrego apunta en él novedosos planteamientos que desde el primer momento invitan al lector a conocer la historia y los paisajes de la “tierra de Sidonia”. Todo un acierto.

 
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