Mostrando entradas con la etiqueta Fray Esteban Rallón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fray Esteban Rallón. Mostrar todas las entradas

Jerez, sus gentes y sus caballos.
Una curiosa estampa de “jerezanismo” en el s. XVII.




Que el territorio, sus recursos y sus paisajes influyen sobremanera en la vida de quienes lo habitan y pueden llegar a condicionar sus relaciones con el medio y con sus vecinos, es una idea asentada desde antiguo. Que ello determine además su carácter, a modo de “impronta”, o que el hecho de ser de un determinado lugar deje en sus nativos una “huella” o “marca” especial, es ya otra cuestión bastante más discutible.

“La viña y el potro los criamos nosotros”.

Aunque se ha escrito mucho del “chauvinismo jerezano”, de las “esencias del jerezano de pro”, de esa desmesurada exaltación de todo “lo nuestro” frente a lo que puede venir de fuera… aún está por hacer ese estudio sociológico amplio y riguroso que profundice en el significado de lo que algunos han denominado “jerezanismo”, un territorio poblado de tópicos.

En su libro “Teoría sobre los jerezanos y sus duendes”, publicado en 2007 por Almuzara, el escritor jerezano Carlos Jurado Caballero realiza un valiente recorrido, cargado de fina ironía, por ese auténtico “campo minado” que son los mitos y tópicos jerezanos (1).



Tras su lectura, descubrimos no obstante, que algunos de ellos están tremendamente arraigados en el “imaginario colectivo” de la ciudad y de muchos de sus pobladores. Entre los elementos simbólicos de identificación que forman ya parte del ADN local se encuentran, sin lugar a dudas y con todo fundamento, el vino, la viña y el caballo.

Aquel hiriente dicho de “en Jerez no se puede ser más que señorito o caballo” ponía el acento en nuestras desigualdades sociales y apuntaba también al caballo (y al “señorito”) como elemento definitorio de un territorio. De manera más gráfica aún, los hermanos De las Cuevas en su novela “Historia de una finca”, resaltan esta vinculación de una ciudad con sus principales recursos y su entorno, con aquella afirmación que da la vuelta a un antiguo refrán –“la viña y el potro que los críe otro”- y que supone toda una declaración de identidad jerezana: “la viña y el potro, los criamos nosotros”.



Xerez es la Montaña de Andalucía.

Este confuso espacio de los tópicos, las identidades locales y de los símbolos propios de la ciudad -que dejamos para los sociólogos- pueden descubrirse ya, siglos atrás, en algunas de las obras de nuestra historiografía clásica. Como ejemplo traemos hoy la estampa que de ello nos brinda Fray Esteban Rallón en su “Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación”.

En el Capítulo XVII de esta obra, titulado “Vecindad de esta ciudad y lo que su clima naturalmente inclina a los que nacen en ella”, Rallón hace un apunte de la sociedad jerezana de la época y echa mano después de algunos de los tópicos ya clásicos, al exaltar el carácter de sus habitantes y su estrecha vinculación con el caballo. Se trata de una notable muestra de exaltación de estos valores locales, escrita a mediados del s. XVII, que bien puede ya inscribirse entre las más antiguas manifestaciones de “jerezanismo”. Lean, lean: (las negritas son nuestras)



Aunque en principio no fue esta ciudad poblada de más de dos mil vecinos, que en poco más o menos se contienen todas las partidas del repartimiento, tiene hoy habitación para más de catorce mil, por lo mucho que se han alargado sus arrabales y porque dentro de la ciudad se han partido muchas de las casas. Al principio se distinguían con facilidad las familias de los hijosdalgos y la de los peones, y hoy es muy dificultoso de hacer porque, habiendo aquellos partido entre sí las heredades de sus padres que no vincularon a dos generaciones, vinieron a hallarse en tan mediano estado de hacienda que tuvieron que casar sus hijos e hijas con hijos e hijas de aquellos; así por haber muchos más bien acomodados de hacienda que ellos, como por ser de aquellos primeros en quien el rancio de la sangre cristiana, heredada de sus padres, conservó el pundonor castellano, a quien llamaban patricios, y son los primeros después de los hidalgos, y a quienes llamamos cristianos viejos, ranciosos, y gozan del estado más alto de la plebe.

De este modo se interpretaron unos con otros, de modo que hoy es raro el que por un lado no alcanza uno o dos costados de sangre noble y muchos de los que hoy se hallan sin bienes ni fortuna los tiene todos los cuatro, porque muchos de ellos, conocen por nobles. De estos hay tantos que, con toda seguridad, se puede tener por hidalgo el que es originario de Xerez, y es sumamente desgraciado el que no alcanza parte de sangre noble, y como ya dijimos en otra parte, se puede con mucha razón decir que Xerez es la Montaña de Andalucía
” (2).

Con esta curiosa imagen de “la Montaña de Andalucía”, se está haciendo alusión a las tierras de Santander, conocidas también como "La Montaña", que pasaban por ser la cuna de la "hidalguía" española por antonomasia, como bien nos recuerda Jesús González de la Peña . Pero no quedan aquí los piropos que Fray Esteban Rallón dedica a Jerez y al describir a sus pobladores, subraya también su vinculación con las tareas de la milicia y con el campo, bien justificadas sin duda por los tres siglos largos en los que nuestro territorio lo fue de frontera con los musulmanes, así como por la gran extensión de su alfoz: “…A estos y a los demás que nacen en esta ciudad, inclina naturalmente su constelación a la milicia y a la agricultura, antes que a las letras y a la mercancía; y generalmente vemos que Palas y Ceres se llevan, tras de sí, la mayor parte de la ciudad antes que Minerva y Mercurio”. Curiosamente en 1606, medio siglo antes que Rallón, Gonzalo de Padilla escribe en su Historia de Xerez de la Frontera sobre esta misma cuestión, si bien su “jerezanismo” extiende las cualidades excelentes de sus habitantes a todos los terrenos: “Son en general los naturales de esta ciudad de buenos ingenios y acuden a las facultades a que se inclinan con aprovechamiento, el que se aplica a las armas bueno y práctico soldado, y el que a las letras curioso y docto”. (3)

Una identidad ligada al caballo desde antiguo.



En lo que sí parecen ponerse de acuerdo ambos historiadores a la hora de resaltar las glorias de nuestra ciudad, es en la calidad de nuestros caballos y en las habilidades de los jerezanos en su manejo. Así, Gonzalo de Padilla afirma que “…Sobre todo tiene Xerez la primacía en criar cavallos por el cuidado grande que pone en examinar los que se han de hechar las yeguas que sin eceptuar persona va siempre por sus cavales el examen de ellos e graves penas a los quebrantadores de las ordenanzas que ay, y su magestad también las tiene en mandar por sus cédulas que se tengan gran cuenta en ello, assi los cavallos de Xerez son nombrados e tenidos en mucho en todas partes” (4).

Por su parte, Fray Esteban Rallón abunda en esta cualidad y apunta a la destreza natural del jerezano con los equinos, por lo que no nos debe extrañar que aún hoy en día (si bien con menos exageración), la nuestra sea la “Ciudad del Caballo”, dejando claro que es un asunto que viene de lejos: “…La mucha abundancia de caballos que se crían en sus fértiles campiñas, y la comodidad de sustentarlos, es causa de que el servicio común de ella se componga de este género de animales, y de que no se críe ningún hombre en ella que desde muchacho no se sepa poner a caballo, aunque sea de la gente más ordinaria, porque la necesidad les hace que aprendan a tenerse en él” (4). Ahí queda eso…

Que disfruten ustedes de la Feria del Caballo.

Para saber más:
- Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. IV, pp. 181-182.
- Jurado Caballero, C. : Teoría sobre los jerezanos y sus duendes. Almuzara, 2007.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar El paisaje y su gente, Miscelánea

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 02/05/2016

La “Torre de Cera”.
Una torre vigía del Jerez andalusí (I).




Dominando las tierras del bajo Guadalete desde Arcos hasta los Llanos de la Ina, el Cerro del Castillo, en Torrecera, es un hito paisajístico de primer orden presidido en su cima por una torre almenara de época islámica, cuyos viejos muros de tapial son visibles desde la lejanía.

La torre formaba parte del sistema defensivo en torno al Jerez andalusí y su origen hay que buscarlo, tal vez, en la expansión demográfica que, como ha señalado Laureano Aguilar, experimenta la región a partir del siglo XII. Como consecuencia d ello se consolidan un buen número de aldeas y alquerías, algunas de ellas fortificadas, repartidas por el extenso alfoz de nuestra ciudad (1). Aunque se desconoce cuándo fue levantada, se atribuye su construcción a las primeras décadas del XIII. De lo que no cabe duda es del papel destacado que debió jugar en la defensa del territorio por el dominio visual que desde ella se tiene del curso medio del Guadalete y de sus vegas y campiñas circundantes.

El emplazamiento estratégico de esta torre vigía estuvo vinculado también al control de una importante vía de comunicación de gran importancia hasta los siglos medievales. Se trata de la ruta que ponía en conexión las campiñas sevillanas y las riberas del Guadalquivir con el Campo de Gibraltar a través de la Sierra de Gibalbín y la vega Baja del Guadalete. En este sector, la mencionada vía, cruzaba el río por el Vado de Sera, a los pies de la torre, para continuar a través del valle del Salado de Paterna en dirección a Alcalá de los Gazules y Medina Sidonia siguiendo en parte el trazado de la actual Cañada de Los Arquillos.

Tras los rastros de Xera y Ceret en la historiografía clásica.

Desde antiguo, tanto las ruinas del torreón como los topónimos vinculados a ellas (“Cera” o “Torre de Cera”), reclamaron la atención de la historiografía tradicional y desataron las especulaciones de los historiadores locales, queriendo ver en este emplazamiento el de antiguas ciudades relacionadas con nuestro pasado remoto.

Así, por citar sólo algunos ejemplos, Fray Esteban Rallón, vincula este lugar a la Xera mencionada por Estéfano de Bizancio geógrafo del s. V d. C., que recoge a su vez los testimonios de Teopompo, historiador griego del s. IV a. C. El texto de éste último (Xēra, polis peri tas Herakleious stelas), muy discutido, alude a una ciudad, Xera, cercana a las columnas de Hércules.



A diferencia de los eruditos locales, que quisieron ver en ella la más remota referencia histórica al emplazamiento de la actual Jerez, el padre Rallón descarta ya a mediados del XVII estas teorías y para ello, acude a una argucia no menos disparatada: buscarle a esa posible ciudad de Xera otra ubicación.



El lugar mencionado por Estéfano Bizantino, escribe, “… no es nuestra ciudad, sino un sitio despoblado, que hoy conserva el mismo nombre, y se llama la Torre de Cera, donde se descubren ruinas de edificios antiguos, y en quien concurre mejor que con nuestro Xerez” (2).

El historiador Bartolomé Gutiérrez (1787), al ocuparse de las torres y fortalezas repartidas por el término de Jerez menciona la de Cera, recordando que otros autores asocian este topónimo al de Ceret: “Más al occidente en otro alto cero está la torre de Cera ó del Serrallo,… es también fuerte más no tanto como la de Jigonza, en este sitio nos apropian el de la antigua Ceret, por estar en tierras de labor y la moneda de este nombre gravar las dos espigas, como símbolo de la feracidad del terreno…” (3).

Xera y Ceret, nada menos, fueron situadas en estas ruinas por algunos de aquellos historiadores locales que, a buen seguro, nunca visitaron el lugar, ya que hubiese bastado observar sus muros para ver en ellos similitudes claras con la cerca islámica de la ciudad de Jerez, que todos identificaban como “obra de moros”.



Habrá que esperar al siglo XIX para que otros estudiosos como Parada y Barreto (1876) tiren por tierra estas tesis de la historiografía tradicional: “La suposición de que Cerét debía corresponder al sitio que ocupa la torre de Cera; que ha sido la opinión más generalmente admitida en razón de la analogía de ambas palabras, es a nuestro modo de ver inadmisible. El nombre de Torre de Cera no se encuentra mencionado sino posteriormente a la conquista del territorio jerezano y pudo haber tomado tal nombre del apellido de algún caballero de los que acompañaban a Alonso el Sabio, a quien acaso le fue dada por el Rey o tuviera ocasión de dejar por cualquier hecho, recordando su nombre en tal castillo” (4).

Con Alfonso XI en el Vado de Sera.

Sea como fuere, el enclave de la Torre de Cera jugó durante los siglos medievales un importante papel defensivo y de control del territorio, primero para los musulmanes y después, tras la conquista de Jerez por Alfonso X el Sabio, para los nuevos pobladores cristianos.

Conviene recordar que la vía de comunicación ya mencionada y que discurre paralela al curso del Salado de Paterna, a los pies de la torre, ha sido utilizada como paso natural entre estas tierras desde la más remota antigüedad.



En las cercanías se ubicaba una de las obras más notables del acueducto romano de Tempul a Gades, el sifón de Los arquillos, algunos de cuyos vestigios aún son visibles hoy día, habiendo sido objeto de recientes estudios por parte de los investigadores del proyecto AQUADUCTA. No hay que olvidar que desde la torre de Torrecera existe también conexión visual con las torres de entrada y salida del sifón del acueducto que se alzan en sendas lomas en los cercanos cortijos de Los Isletes y Los Arquillos.

En el Medievo este camino pudo ser, a juicio del profesor F. Hernández, la ruta seguida por Musa b. Nusayr en sus primera incursión, tras la victoria de Tarik en 711, quien según este autor, cruzaría el Guadalete por el Vado de Sera en su avance hacia las campiñas sevillanas, una vez conquistada Medina Sidonia (5). Como señala el profesor Juan Abellán, este mismo lugar fue paso obligado en el Jerez andalusí para las rutas que se dirigían a Vejer y Medina (por el camino de Algeciras descrito ya por al-Idrisi) y, especialmente, a Alcalá de los Gazules, pasando por Los Arquillos (6).



En algunas fuentes medievales cristianas como la Crónica de Alfonso XI, se subraya de nuevo la importancia de este lugar. Así, por ejemplo, en su camino hacia Alcalá de los Gazules, en el marco de una operación militar para liberar a la fortaleza de Gibraltar del cerco al que le había sometido el infante Abu-Malik, Alfonso XI acampará con sus tropas a orillas del Guadalete el 23 de junio de 1333. Habían cruzado por el Vado de Sera, como refleja la Crónica, para continuar al día siguiente en paralelo al Salado de Paterna, tomando la dirección de Alcalá. (7 y 8).

En estos siglos en los que el valle del Guadalete fue tierra de frontera, la Torre de Sera o de Cera, como se la llamará a partir de la dominación cristiana, formará parte del cinturón de torres vigía, atalayas o almenaras distribuidas por la campiña, con muchas de las cuales mantenía una buena conexión visual. Así, entre las torres, fortalezas o castillos que quedaban en su campo de visión, citamos las de Gigonza (a 12 km, al este), el castillo de Medina Sidonia (a 15 km al sur) o el de Torre Estrella (a 19 km al SE). Algo más lejos se divisa el castillo de Arcos (21 km NE), Jerez (19 km al O) o la Sierra de San Cristóbal (18 km al O) en cuya cumbre existió otra torre almenara. En el horizonte, hacia el Norte, se divisa también la Sierra de Gibalbín, a 25 km, que contaba con una de las torres vigías de mayor importancia estratégica en la época medieval, cuyos restos aún se conservan.

(Continuará en la próxima entrada)
Para saber más:
(1) Aguilar Moya, L.: “Jerez islámico”, en D. Caro Cancela (coord.), Historia de Jerez de la Frontera I. De los orígenes a la época medieval, Cádiz, 1999, pg. 243-244.
(2) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pg. 13.
(3) Gutiérrez, B.: Historia y Anales de la muy noble y muy leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. Tomo II. BUC. Jerez, 1989, vol I, pg. 35.
(4) Parada y Barreto D. I.: Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera . Edición facsímil. Extramuros, Sevilla, 2007.Pg. 11.
(5) López Fernández, M.: De Sevilla al Campo de Gibraltar. Los itinerarios de Alfonso XI en sus campañas del Estrecho. Historia Instituciones y Documentos, 33, (2006) p. 317.
(6) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. Pg. 41
(7) Catalán Menéndez-Pidal, D.: Gran crónica de Alfonso XI. Edición crítica y estudio. Madrid: Seminario Menéndez Pidal. Ed. Gredos, Madrid, 1976. Vol 2 Pg.43
(8) López Fernández, M.: El itinerario del ejército castellano para descercar Gibraltar en 1333.
Espacio, tiempo y forma. Serie III. Historia medieval, nº 18, 2002. Pg. 185-208


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con :

- Un recorrido por las torres y castillos en torno a Jerez
- El Castillo de Berroquejo. Un sobreviviente de las luchas de frontera.
- Por La Torre de Pedro Díaz. Paisajes fronterizos en torno a Jerez.
- Patrimonio en el medio rural
- En la Torre de Melgarejo con Fernán Caballero.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 31/05/2015

Paisaje con montañas al fondo.
En homenaje a Manuel Gil Monreal, montañero.





Durante los años que vivimos en el barrio de la Azucarera de Jédula, entre 1972 y 1980, lo primero que veíamos cada mañana al levantarnos era la silueta inconfundible de la Sierra de Grazalema. Orientada al este, nuestra ventana nos ofrecía un día sí y otro también el juego del sol, siempre cambiante, asomándose entre los perfiles de aquellos montes, sin nombre para nosotros todavía.

Unos años después, a finales de los 70, cayó en nuestras manos en la Biblioteca del Instituto de Estudios Gaditanos un libro recién publicado que nos abrió de par en par las puertas de la sierra, mostrándonos los caminos poco transitados que empezaban a trazarse por aquellas montañas que, por la razones comentadas nos resultaban tan familiares. Aquel trabajo llevaba por título “La Serranía de Grazalema. Guía excursionista y montañera” (1), siendo pionero en su género, considerado hoy todo un clásico. Su autor, el profesor y montañero Manuel Gil Monreal, a quien conocimos después y de cuyas descripciones aprendimos los primeros pasos por estos montes, le “ponía” por fin nombre a aquellos omnipresentes perfiles que desde la campiña de Jerez o la Bahía de Cádiz son el telón de fondo de la provincia.

En 1984, Gil Monreal, junto a otros compañeros, publicará también el primer mapa de cordales de la Sierra de Grazalema donde aparece uno de sus precisos dibujos, que aquí presentamos como homenaje a este montañero y amigo.



En él se esquematizan los relieves más sobresalientes de la Sierra de Cádiz, tal como los vemos desde las tierras situadas al oeste, la campiña de Jerez y la Bahía de Cádiz. (2)

Cuatro siglos atrás: la Serranía de Grazalema en una carta náutica del XVI



Sirva esta introducción para proponerle al lector una mirada. Sitúese en un lugar abierto y despejado, oriéntese hacia el este – mejor si es al amanecer- y, si puede, elija un punto con algo de altura que le permita otear el paisaje sin obstáculos ante su vista. A poco que lo intente descubrirá a lo lejos, cerrando el horizonte, los perfiles de la Sierra de Cádiz presididos por la mole del Torreón, el pico más alto de la Sierra del Pinar que los antiguos conocían también como San Cristóbal. Esos mismos perfiles que minuciosa y precisamente se dibujan por primera vez, hace casi 40 años, por Manuel Gil Monreal.



Curiosamente, son los mismos que cuatro siglos atrás reflejó el holandés Ioannes Doetecum -pintor, grabador y cartógrafo- en su “Andaluzia ora marítima…”, una singular carta para navegantes donde se representa la fachada atlántica andaluza. La carta forma parte de uno de los atlas náuticos más famosos de su época, siendo tal vez el primero que alcanzó una gran difusión: Spieghel der Zeevaert. Este Espejo del Navegante, obra del cartógrafo alemán Lucas Jans Waghenaer, fue editado por primera vez en Leyden en 1584.

Durante toda la segunda mitad del siglo XVI Ioannes Doetecum y su hermano Lucas, con quien firma mucha de sus obras, realizan numerosos trabajos (acuarelas, cuadros, estampas, cartas náuticas, mapas y vistas de ciudades…). Uno de estos trabajos como grabadores es la carta dedicada a la costa andaluza a la que hacemos referencia y, aunque desconocemos la fecha exacta de su elaboración, debió ser realizada entre 1580 y 1584, fechas en las que fueron trazadas otras de las hojas de este atlas.

Junto a otros avances técnicos en la elaboración de mapas, el Espejo del Navegante supone para los marinos de la época el primer atlas que compendia un completo conjunto de cartas náuticas, derroteros, datos de distancias y sondas, así como consejos prácticos de navegación por las costas de las que se ocupa.



Uno de estos elementos que aporta la carta de Ioannes Doetecum es la de los perfiles de las montañas observables desde la costa, dato que supone para los pilotos una importante ayuda para la navegación.



Como reza la leyenda (“Andaluzia ora marítima…”) esta singular carta náutica refleja el espacio costero comprendido entre la desembocadura del Guadiana y la costa gaditana. Este hermoso y colorista mapa, donde se dan la mano el latín, el holandés, el alemán y el castellano, aporta interesantes datos sobre las poblaciones del litoral, los estuarios fluviales, los puertos… pero lo traemos aquí porque es tal vez el primero en el que aparecen reflejados con nitidez y precisión los perfiles de la Sierra de Cádiz, así como los del Peñón de Gibraltar. Y ello por una razón práctica de primer orden ya que estos relieves, divisables desde grandes distancias, constituyen referencias visuales y seguras para los navegantes.

Si bien es verdad que en la década anterior, Joris Hoefnagel había realizado las primeras estampas en las que aparecían –y se reconocían con cierta fidelidad- las montañas de los alrededores de Zahara y Bornos, esta primera representación gráfica de toda la serranía que nos aporta Ioannes Doetecum apunta con gran acierto los elementos más relevantes del conjunto montañoso. La leyenda de la carta se refiere a la Serranía como “Montañas de Granada”, pero en sus perfiles se reconoce con claridad, de izquierda a derecha Sierra Margarita, Loma Becerra o Zafalgar, la mole de la Sierra del Pinar que destaca en el horizonte, tal vez la sierra de Albarracín, delante de aquella…



Igualmente definidas se presentan las cumbres del Endrinal, apuntándose también, de manera menos clara El Caillo, Los Pinos… Habría que esperar más de cuatro siglos para que los dibujos de Manuel Gil Monreal trazaran una imagen más precisa de los perfiles de la Sierra.



La Sierra del Pinar: faro de los navegantes.



La carta de I. Doetecum, al reflejar la silueta de nuestras montañas no hizo sino utilizar de manera práctica algo que los navegantes ya venían haciendo desde la antigüedad: orientarse por esa referencia visual que cierra al este el horizonte de las tierras gaditanas, ese “faro pétreo” e imponente que la mole rocosa del Torreón o Pinar, con sus 1654 m. de altitud, supone para quienes se acercan a nuestras costas.



Ya en el siglo XVII, el historiador Fray Esteban Rallón, al referirse al nacimiento del río Guadalete, menciona esta sierra, incluyéndola en la cordillera de montañas de la que forman parte las sierras granadinas, como se especifica también en la carta náutica ya mencionada. Dice Rallón que “constante cosa es que el Guadalete nace al pie de la que hoy llamamos sierra de Ronda o de el Pinar que es la parte más prominente de los montes Orospedas (así los llama Florián de Ocampo) y comienzan en el Estrecho de Gibraltar desde donde se dilatan hasta Granada, llamándola hoy en su principio la Serranía de Ronda, y en su fin las Alpujarras…; de modo que todo Guadalete nace en las faldas de esta sierra a quien el moro llamaba Montebur porque en su tiempo tenía aquel nombre…" (3).



Una de las muchas referencias a la Sierra del Pinar como hito visual para los marinos la aporta Madoz (1850): “El punto más culminante de todas las sierras de la provincia es la llamada de San Cristóbal, que nace o se levanta desde otras sierras bien elevadas, sobre la v. de Grazalema, y va a morir en la del Pinar: es la primera que distinguen los navegantes cuando regresan de América, y desde su cúspide, con el auxilio de un buen telescopio, se distinguen, el cabo de San Vicente y las ciudades de Cádiz, Sevilla, Córdoba, Granada, Málaga y Gibraltar. (4). En esta descripción aparece nombrada como San Cristóbal, denominación con la que también se conocía a las cumbres del Pinar.



El insigne geólogo José Mac-Pherson, apunta también unas décadas más tarde, al escribir su “Bosquejo geológico de la provincia de Cádiz”, esta misma idea: “La Sierra del Pinar está formada de dos trozos distintos separados por la depresión que forma el Puerto del Pinar… El primero y más importante es el trozo del que forma parte el mencionado Cerro del Pinar, atalaya de los navegantes y conocido por ellos con el nombre de Cerro de San Cristóbal. Este era el primer punto de la Península Ibérica que se divisaba cuando los antiguos galeones venían de retorno del Nuevo Mundo”. (5)



Unos años después, F. de Asís Vera y Chilier, quien se apoyará para sus trabajos en gran medida en la obra de Mac-Pherson, vincula otra vez el San Cristóbal (o Pinar) a los navegantes, atribuyéndole incluso a estos el nombre con el que se conoce al monte: “Frente á la sierra del Endrinal y formando el otro lado del puerto, se levanta el áspero e imponente picacho de la Cruz de San Cristóbal a 1.562 m. sobre el nivel del mar, enclavado en la masa del cerro del Pinar, punto culminante de toda la provincia.



Este cerro es parte de la sierra del Pinar comprendido entre los puertos de Royal y del Algamazón y que con sus dos contrafuertes las sierras de la Silla y Albarracín, es uno de los lugares más amenos. Su arbolado es muy corpulento. La sierra del Pinar está formada de dos trozos distintos, separados por la depresión que forma el puerto del Pinar, de los cuales el más importante es el llamado cerro del Pinar, nombrado por los navegantes cerro de San Cristóbal
”. (6)



De lo que no cabe duda es que, los inconfundibles perfiles de la Sierra de Grazalema han sido desde antiguo una referencia en el paisaje, para quienes navegan por la fachada atlántica gaditana, y para los que desde la campiña, o la sierra, “navegamos por los mares interiores” de esta provincia donde hay un “faro” con el que orientarse: la Sierra del Pinar.



Esa que hace más de cuatro siglos, Ioannes Doetecum dejó reflejado en sus cartas. La misma que desde hace cuatro décadas comenzó a ser conocida para todos los aficionados a la naturaleza y al senderismo de la mano de los trabajos y publicaciones de un pionero de nuestras montañas, Manuel Gil Monreal,  socio fundador del Club Montañero Sierra del Pinar, al que en estos días sus compañeros le rinden un merecido homenaje.



Para saber más:
(1) Gil Monreal, M.:La Serranía de Grazalema. Guía excursionista y montañera”. Instituto de Estudios Gaditanos-Diputación Provincial. Cádiz. 1977.
(2) González J.M., Gil M., Ceballos J.J., Lebrero F., Rodríguez F., Barcell M.: La Sierra de Cádiz. Información general y mapas. Gráficas Orla. Jerez, 1984.
(3) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pg. 4
(4) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986. Pg. 67.
(5) Mac-Pherson, J.: Bosquejo geológico de la provincia de Cádiz. 1873. pg. 47.
(6) Vera y Chilier, F. de Asís.: Memoria sobre la formación de las rocas de la provincia de Cádiz, 1897Anales de la Sociedad Española de Historia Natural. Seri II, Tomo octavo XXVIII) Madrid 1899, pg. 309.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con : Cartografía histórica y grabados, Paisajes con Historia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 26/04/2015



 
Subir a Inicio