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De colores.
Un recorrido por los colores y la toponimia de la campiña (y 2).




La semana pasada iniciamos un recorrido en el que proponíamos a los lectores un curioso itinerario por nuestros paisajes, poniendo nuestra mirada en aquellos lugares cuyos nombres guardaban alguna vinculación con los colores. Así, nos ocupamos de todos aquellos relacionados con el blanco y el negro, muy abundantes en distintos rincones de nuestro término. Si les apetece, hoy vamos a terminar este singular periplo recordando otros muchos lugares en los que están presentes una variada gama de tonalidades.

Pardo, bermejo, colorado, rojo.

El color pardo es, a decir del Diccionario de la R.A.E., “semejante al de la tierra y que tira a marrón o a rojizo”. Siendo el color de la tierra, por excelencia, en nuestro extenso alfoz, no podían faltar referencias a las tonalidades pardas de los paisajes del entorno. En relación con él, uno de los topónimos más conocidos es el de Lomopardo, que da nombre a un cerro próximo al Monasterio de La Cartuja, y a la barriada rural que se asienta a sus pies, a orillas de la Cañada de Albadalejo. Hace unas décadas, sus laderas fueron alteradas por las labores de una cantera que extraía las margas tableadas que afloran en esta pequeña elevación desde la que se domina el valle del arroyo Salado y su confluencia con el Guadalete en el Vado de Medina. Este paraje, conocido en siglos pasados como Cerros del Real, está cargado de historia debido a su estratégica situación y debe su nombre a los tonos ocres y marrones de las lomas que se extienden hacia Estella y Salto al Cielo.



Con el nombre de Mataparda se denomina una zona de monte adehesado ubicada en las faldas occidentales de la Sierra de Gibalbin que caen hacia la Laguna de Los Tollos. Colindantes con la provincia de Sevilla, las tierras de Mataparda fueron en los pasados siglos un extenso encinar y aún hoy, sobreviven entre los sembrados numerosos ejemplares de estos hermosos árboles. Las encinas crecen aquí sobre un suelo de tonos pardos y rojizos, desarrollado sobre los glacis pleistocenos en el piedemonte de la sierra.

El color bermejo está también muy presente en la toponimia de la comarca, y ha de entenderse como rojo o rojizo, haciendo alusión a la coloración del suelo, de las rocas o de los cortes del terreno de los parajes a los que se asocia. Así, por ejemplo, el arroyo Bermejo debe su nombre a la tonalidad de las tierras que atraviesa, cuyos lodos rojizos arrastran sus aguas. Corre por las faldas de Gibalbín y Mataparda siendo retenido en el embalse del Pellejero, en el Cortijo de la Sierra, para continuar después hacia la zona de Romanina.



Muy conocido es también el arroyo de Fuente Bermeja principal curso de los que alimentan la Laguna de Medina y que tiene su origen en la dehesa y el cortijo del mismo nombre. Este topónimo alude a la naturaleza ferruginosa de las aguas del pequeño manantial que nutre al arroyo, denominado como Pocillo de Fuentebermeja en la relación de fuentes herrumbrosas y medicinales que a mediados del siglo XVIII apunta el Historiador Bartolomé Gutiérrez (1) y mencionado también por Madoz, en su Diccionario Geográfico (2).



Un bermejal es una extensión grande de terreno bermejo o una zona rocosa donde predomina o destaca este color, de ahí que Los Bermejales de nombre a las laderas de la Dehesa de la Atalaya que caen sobre el Majaceite, donde sobresalen algunas paredes rocosas de arenisca de esa tonalidad, en un paraje situado frente a la antigua zona recreativa de Los Hurones. Por la misma razón (la coloración de la tierra) se conoce también como Los Bermejales a una dehesa arcense en las proximidades de La Perdiz, situada junto a la carretera de Algar y colindante con el embalse de Guadalcacín.

Con la denominación de torcal de Cancha Bermeja es conocido un curioso roquedo calizo que se alza en las proximidades de la Sima del Republicano, en Villaluenga, donde pueden admirarse las clásicas formas geológicas del modelado kárstico y en los que los tonos rojizos tiñen las paredes rocosas de este paraje.



De similar significación que bermejo es colorado, que hace alusión al color rojizo del suelo o de determinadas edificaciones que, por presentar esta tonalidad, eran un hito de referencia en el paisaje. Ta es el caso de Viña Colorada o La Colorada, haza de tierra en Matacardillo junto a la antigua Trocha de El Puerto, así denominada por los tonos bermejos de su suelo.


El Colorado, un paraje situado entre Cuartillo, el Rancho del Liberal y la cañada de las Ánimas, debe su nombre a la especial gama rojiza de las margas triásicas donde se asienta. A diferencias de los anteriores, otros topónimos, como la Casa del Colorado (junto a la Casa de Picado Alto, por donde pasa el Túnel de Las Cabras del acueducto de Los Hurones), debían hacer alusión a algún rasgo físico del propietario. Muy conocido es también el caso de la Casa Colorada o Colorá, que con sus llamativas paredes de color almagra presidía una colina situada junto a la Laguna de Medina. Ya desaparecida por los desmontes de la cantera que abastece de margas a la fábrica de cementos, era un hito en el paisaje y todavía en la actualidad, este paraje situado en el acceso a la laguna se conoce como La Casa Colorá.

El rojo también está presente en nuestra toponimia de la mano de Rojitán o Rogitán. Este curioso y llamativo topónimo da nombre en la actualidad a un cortijo y a la Dehesa que lo alberga, incluida en los Montes de Propios de Jerez.



El cortijo, de fácil acceso desde el desvío que conduce al poblado del Charco de los Hurones, fue restaurado hace dos décadas y desde entonces se dedica a alojamiento rural. Desde el siglo XVI se menciona ya en documentos sobre Señalamiento de las dehesas de Montes de Propios el “Buhedo de Rusitan” (3) y un curioso plano sobre pergamino el siglo XVIII conservado en el Archivo Municipal de Jerez recoge el topónimo de “Roxitan”, con una tachadura y una posterior corrección para reubicarlo en otro lugar próximo, anotándose ya la forma de “Rojitán” (4). A mediados del XIX encontramos también la forma “Rogitán” en el Nomenclator oficial del gobierno de España de 1850. El primer Mapa Topográfico Nacional del Instituto Geográfico (1917) incluye la forma de “Rojitán”, que se mantendrá también en los mapas de la Diputación Provincial de la segunda mitad del pasado siglo y que ha perdurado hasta nuestros días. Por nuestra parte planteamos la hipótesis de que este curioso topónimo, pueda estar vinculado en su origen con la forma latina “russus” (rojo) de la que, a través de diferentes modificaciones a lo largo de más de cuatro siglos, se habría podido llegar a la denominación actual. La evolución del vocablo podría haber sido la de Rusitán (o Rusitano) > Roxitán> Rojitán/ Rogitán. La justificación del nombre inicial de estos parajes, requiere ya aventurarse en los territorios de la especulación… ¿Tal vez por el color pardo o rojizo de los roquedos de arenisca del Aljibe que constituyen estos montes? ¿Quizás por el apelativo de un antiguo propietario, “Rusitano”, que aludiese a alguna característica personal como su color de pelo o de piel? (5).



frente a Rojitán y la Jarda, como máxima altura del gran lomo rocoso de Montenegro, los mapas del I.G.N sitúan al Peñón Rosado. En esta ocasión nos tememos que no se trata de un topónimo relacionado con los colores del paisaje, ni con los de las rocas de arenisca del Aljibe presentes en este lugar. Creemos que se trata de un error cartográfico ya que el nombre de esta cumbre es la de Peñón Rodado. Lo mismo sucede con la cercana majada de Rosita, que figura también en el miso mapa y que debiera figurar como majada de Rositán o Rojitán.

Verde, amarillo y… azul.



A pesar de que junto a los del suelo y de las rocas, el verde es uno de los colores más presentes en nuestros paisajes, la toponimia no es muy pródiga en lugares en los que se haga referencia a este color. Con todo, hay algunos ejemplos muy significativos. Así, próximo al conocido Cerro de la Cuna, en Los Llanos del Valle, se encuentra el paraje conocido como Cruz Verde, perteneciente al término de Jerez pero colindante también con los de Alcalá de los Gazules y San José del Valle. Aunque desconocemos el origen de este curioso topónimo, el verde está bien presente durante casi todo el año en estos paisajes de suaves colinas, cubiertas de prados, en cuyas laderas nace el río Fraja y donde es fácil ver pastar al ganado retinto.



Un topónimo histórico relacionado con el color verde, resulta hoy de difícil localización al no haber llegado hasta nuestros días dando nombre a un lugar concreto. Sabemos de él porque figuran en el documento de deslinde de términos entre Jerez y Arcos, aprobado por Alfonso X en 1274 donde, entre otros machares o cortijos árabes, se menciona el de Machar Haní (“lugar verdeante, o de color verde intenso”) cercano a los límites del término de Arcos y ubicado en las cercanías de Jédula y del actual Cortijo de Vicos (9) donde abundaban las zonas de prados y dehesas. Aunque no pertenece a nuestro término, no podemos dejar de mencionar un lugar conocido por muchos lectores: la Garganta Verde, un impresionante y estrecho cañón tallado por las aguas del río Bocaleones en las paredes calizas del monte de Las Cambroneras. Se trata de un hermoso paraje cercano a Zahara e incluido en el Parque Natural de la Sierra de Grazalema, cuyo nombre se debe a la densa vegetación que por muchos rincones cubre las paredes de esta garganta (7).

Por extraño que parezca, también hay referencias en algunos rincones de nuestras campiñas a colores poco frecuentes en la toponimia, como el amarillo o el azul.

En las cercanías de la Presa de Guadalcacín, formando parte de las estribaciones de Sierra Valleja, encontramos el Peñón Amarillo, un abrupto lomo rocoso en el que desde antiguo han existido canteras de las que se extraen grandes bloques de caliza que presentan unas curiosas tonalidades ocres y amarillentas. En sus proximidades se encuentra la conocida Cueva del Higueral y a sus pies se extiende la gran lámina de agua del embalse de Guadalcacín.



La cantera, que muestra una gran actividad, ha dejado al descubierto grandes cantiles verticales donde se muestran a los ojos del visitante la singular coloración amarillenta de su roquedo. Este lugar se encuentra en el término municipal de Arcos de la Frontera. En el pago de Montealegre existió la Viña Amarillo que, en este caso, aludía al apellido de los propietarios.



Para terminar, el azul nos deja también un par de curiosas referencias. La primera es la de la Hacienda de la Rosa Celeste, donde estuvo ubicado el Balneario del mismo nombre. Este paraje situado en las cercanías de la ciudad, estuvo dedicado a campos de labor y se encontraba ubicado en los terrenos que en la actualidad ocupan la barriada de la Vid y el Campus Universitario, junto a la avenida de las Delicias. Hoy día, aún se conserva el topónimo que da nombre a una farmacia y a un edificio. Como relata Antonio Mariscal, a mediados del siglo XIX, mientras se excavaba un pozo para riego, afloró un manantial de aguas sulfurosas. Las tierras fueron adquiridas años después por D- Manuel Ponce de León, quien llego a construir en esta finca el que sería conocido como Balneario de la Rosa Celeste, del que se tiene noticia hasta el segundo tercio del siglo XIX (8).
Menos conocido es el topónimo de Arroyo de Ojos Azules, un pequeño curso de agua, tributario del Majaceite, que desagua en la actualidad en el embalse de Guadalcacín, en las cercanías del cortijo de las Vegas de Elvira. Cuando hace ciento cincuenta años se construyó el acueducto de Tempul, que en 1869 traería a Jerez las aguas del famoso manantial, fue preciso salvar el cauce de este arroyo con un puente. Junto al Puente del Bollo, en la garganta del mismo nombre, el Puente de Ojos Azules, es el mayor de esta gran obra de ingeniería, constando de cuatro arcos con 6 metros de luz cada uno. El viajero que discurre por la carretera de Cortes, puede aún ver este puente, que se vislumbra entre la vegetación del arroyo entre las Vegas de Elvira y los Romerales, mirando hacia el embalse (9).

De Colores.

Para terminar con este recorrido por los colores en la toponimia de nuestros paisajes hemos dejado para el final el más singular de todos: Rancho de Colores, también conocido como Rancho Colores o de los Colores. Con este nombre se conoce una finca y un cerro en el que desde la década de los 80 del siglo pasado se ubica el Colegio de Sordos de Jerez. Visible desde la Autovía de El Puerto en una colina próxima a las Bodegas de Williams Humberto, frente al campo de Golf, este curioso topónimo no debe su nombre a la especial policromía del paraje donde se encuentra, sino al apellido de una ilustre familia jerezana que fue en su día propietaria del mismo. Tenemos noticia del apellido Colores, al menos desde mediados del siglo XVII. Sebastián Marocho, en sus Cosas Notables ocurridas en Xerez de la Frontera desde 1647 a 1729, da noticias de los caballeros residentes en la ciudad entre los que menciona a Fernando Colores, residente en la calle Liebre, quien a decir de Marocho, al igual que otros caballeros de Jerez, tenían “en la sala principal de sus casas, en vez de cuadros y láminas, colgadas de las paredes, lanzas, adargas, petos y morriones y brazaletes” (10).



Como pueden ver, nuestras sierras y campiñas son más “coloristas” de lo que imaginábamos y los lectores curiosos, no tienen ya escusas para darse un paseo y disfrutar de los colores que nos ofrece en torno a Jerez.

Para saber más:
(1) Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, (Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. IV, p. 319.
(2) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986, p. 246.
(3) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004, pg. 258-259.
(4) Fragmentos de un mapa de las sierras del término de ciudad de Jerez. Anónimo en pergamino. S. XVIII, AMJF. C.12, nº 4 Bis.
(5) A. y J. García Lázaro: Por las tierras de Rojitán: un curioso topónimo y un alcornoque monumental. Diario de Jerez, 25 de Enero de 2015.
(6) Martín Gutiérrez, E.:Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, HID, 30 (2003), 278-7; Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004, P.77; Martínez Ruiz, Juan: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII. Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, p. 119.
(7) A. y J. García Lázaro: Por la Garganta Verde. Un sorprendente cañón tallado por el Bocaleones. Diario de Jerez, 29 de Noviembre de 2015.
(8) Mariscal Trujillo, A.: La sanidad jerezana 1800-1975. Apuntes Históricos. EJE, 2001, pp. 35-38.
(9) Ángel Mayo.: memoria relativa a las obras del acueducto de Tempul para el abastecimiento de aguas a Jerez de la Frontera. Anales de Obras Públicas, nº 3, 1877, pp. 58 y 64
(10) Marocho, S.: Cosas notables ocurridas en Xerez de la Frontera desde 1647 a 1729, Publicaciones de la Sociedad de Estudios Históricos Jerezanos, Primera serie, numero 3, 1939, p. 41. Transcripción y notas de José Soto Molina.


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Aquí puedes ver otros artículos sobre Toponimia, Paisajes con Historia, Miscelánea, De colores. Un recorrido por los colores y la toponimia de la campiña (1).

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 29/01/2017

Cicatrices en el paisaje.
Un recorrido por las explotaciones mineras.




A diferencia de otras provincias andaluzas, la de Cádiz no destaca por poseer en su territorio grandes explotaciones mineras, que asociamos tradicionalmente y en la mayoría de los casos a los yacimientos, “minas”, de los que se extraen minerales metálicos. La razón básica de que esto suceda se debe a la especial naturaleza geológica de los materiales que afloran en nuestro entorno, en su inmensa mayoría de carácter sedimentario. Este es el motivo fundamental por el cual las actividades mineras en la zona se limitan, en una gran mayoría de los casos, a la extracción de rocas industriales y minerales no metálicos.

En nuestro recorrido por el litoral, las campiñas y las serranías gaditanas nos han llamado poderosamente la atención estas explotaciones, las más de las veces por la gravedad de los impactos ambientales que causan y por las huellas irreparables que ocasionan en el paisaje. En las últimas décadas, la actividad minera trae ya
de la mano planes de restauración y reforestación del terreno que obligan a que, tras el cese de las concesiones autorizadas, se lleve a cabo una regeneración del paisaje que resultó alterado por la extracción de rocas y minerales. Ello obliga a la progresiva naturalización de escarpes y cantiles en las canteras de material rocoso o al relleno total o parcial de huecos y fosos que, en algunos casos, pueden llegar a convertirse en pequeñas lagunas. Sin embargo, estos planes de restauración ambiental no siempre se ejecutan correctamente quedando ya, inevitablemente, “cicatrices en el paisaje”.



Los procedimientos de extracción y sistemas de laboreo más usuales en nuestro entorno son los habituales en la minería “a cielo abierto” y condicionan también, en función de su correcta ejecución, las posibles huellas en el paisaje. Veamos los más extendidos.

Canteras.



Las canteras son uno de los métodos de explotación más utilizados para la obtención de rocas industriales y ornamentales. Para ello se suelen realizar grandes desmontes en el terreno mediante banqueo, es decir, formando grandes planos escalonados a medida que se extrae el material.

Se han explotado o explotan así las grandes rocas calizas en la Sierra del Valle (San José del Valle), en la Sierra de Aznar (entre Arcos y Algar) o en Peñón Amarillo (Sierra Valleja, Arcos). En las proximidades de Gigonza, se explota también la cantera de Las Salinillas, a los pies del Puntal del Valle. En Las fuentes documentales de los siglos medievales se citan ya las “pedreras” cercanas al Castillo de Gigonza o las de la Sierra de Gibalbín. Todas estas canteras proporcionan rocas de grandes dimensiones, además de piedras calizas de diferentes tamaños con las que se han realizado las grandes obras de infraestructuras portuarias, diques y espigones de nuestro litoral. La ampliación del puerto de Cádiz o la construcción de la Base de Rota reclamaron en su día gran cantidad de materiales como lo harían después las autovías y autopistas.



Algunas de estas canteras, como la del Monte de la Cruz, en la Sierra del Valle, dejaron de explotarse hace décadas pero han marcado ya para siempre su actividad con una huella imborrable en la ladera de la montaña, visible desde la Bahía de Cádiz, a más de 40 km. de distancia en línea recta.



Como materia prima para la industria cementera se han explotado desde hace más de cuatro décadas las colinas margosas próximas a la Laguna de Medina por su cercanía a la fábrica. Así, la extracción de margas en Lomopardo dejó también, tras su abandono, grandes escalones sin restaurar en la ladera de estos parajes conocidos como Cerros del Real, tan vinculados a la historia de Jerez. En la actualidad, se siguen extrayendo margas en las proximidades de Las Pachecas, si bien se están restaurando parcialmente las pendientes y fosos originados. Muy activas son también las canteras de este mismo material en el Cerro del Viento, junto a la Laguna de Medina, en cuyas cumbres se tiene constancia de la existencia de un asentamiento turdetano, del que desconocemos si ha sido puesto a salvo ante el intenso trabajo de desmonte y extracciones masivas que se llevan a cabo en la actualidad.



Para la fabricación de cal y yeso fueron explotadas en las centurias pasadas pequeñas canteras en Torremelgarejo, Las Aguilillas, Salto al Cielo, El Mojo… de las que nos han quedado también huellas en el paisaje, que nos recuerdan estas actividades. De mayor impacto son las producidas por la última de las explotaciones de yeso en nuestro entorno en el conocido como Cerro de la Batida o de los Yesos, en las proximidades de Torrecera, donde se muestran en sus faldas grandes escalones y montones de roca que nunca llegó a ser tratada en la fábrica –hoy semidestruída- que se construyó a sus pies. El cerro, ubicado en un paraje junto al Guadalete de



gran valor ecológico e histórico, fue profundamente alterado por la actividad de la cantera y aún aguarda la restauración ambiental que se le debe.

Junto a las rocas anteriormente mencionadas, también fueron objeto de explotación en nuestro territorio las ofitas. Las ofitas son rocas ígneas subvolcánicas y sus afloramientos en la campiña son bastante frecuentes, estando asociados a materiales triásicos. Utilizadas como áridos para base de las carreteras y del ferrocarril, se usan también en la fabricación de adoquines. Canteras de ofitas hubo en el Puerto de las Palomas, en las cercanías de Paterna, junto a Peña Arpada, en La Nava, en el Cortijo de la Sierra, a los pies de Gibalbín, y en otros puntos en los alrededores de este enclave rural.

Cortas y graveras.



Las cortas son el sistema más frecuente en la minería metálica ocasionando grandes impactos ambientales en el paisaje. Son muy conocidos, por sus extraordinarias dimensiones, los ejemplos de las minas de Río Tinto o Las Cruces. A través de ellas se avanza de manera descendente en el terreno del que se extraen los minerales mediante bancos en espiral. En nuestro entorno se emplea este sistema para la extracción de arenisca cuando la roca forma estratos de gran potencia o profundidad, como en el caso de la Sierra de San Cristóbal, donde también se ha extraído material por el sistema tradicional de canteras a través de planos escalonados en las laderas de los montes.



En este mismo paraje aún se conservan las canteras subterráneas de las que se extrajeron, ya desde el siglo XV los sillares con los que se construyeron las catedrales de Sevilla y, posteriormente, la de Jerez. También existen en superficie numerosos fosos de las extracciones llevadas a cabo en los siglos XIX y XX.



En los últimos cincuenta años, las calcarenitas (arenisca calcárea) de la Sierra de San Cristóbal han proporcionado el material que se ha usado como subbase para la construcción de carreteras. El gran foso que dejaron las más cercanas a Jerez está siendo utilizado desde hace dos décadas como veredero de residuos de obra.



Las más cercanas a El Puerto de Santa María, frente al complejo del Madrugador, están todavía en activo y han dejado en este paraje –conocido desde antiguo como Buenavista- una huella imposible ya de restaurar, como sucede con otra de las grandes explotaciones de arenisca de la provincia ubicada en la Sierra del Calvario, entre Arcos y Bornos que ha dejado también grandes cicatrices en el paisaje.



El procedimiento minero más utilizado en la Vega del Guadalete es el de graveras. Se conocen con este nombre las explotaciones de materiales detríticos (arenas, gravas…) depositados en grandes bancos horizontales por procesos sedimentarios ligados a los ríos o a la acción del viento. Normalmente, los materiales se encuentran a una profundidad en torno a los 10 o 15 m y se van extrayendo a medida que se excava. Posteriormente se va rellenando el hueco creado con materiales estériles que deben recubrirse con una capa de tierra vegetal para restaurar así el suelo y el paisaje.

Es el método usado para extraer arenas, gravas y cantos rodados en las numerosas graveras a lo largo del río Guadalete (que tanto impacto han causado), que después se utilizarán como materiales de construcción.



También es el sistema empleado para explotar los grandes bancos de arenas silíceas, utilizadas en la fabricación de vidrio, que pueden verse en los Llanos del Sotillo, en Las Arenosas (San José del Valle) en Peñas del Cuervo o en las cercanías del embalse de Arcos, a los pies de la Sierra de Barrancos, por citar sólo algunas de las concesiones más cercanas.

Barreros y salinas.



La minería de transferencia es el procedimiento de extracción empleado en el caso de yacimientos que se disponen de manera horizontal, como el que se utilizaba en las explotaciones de la Laguna de los Tollos, donde se obtenían arcillas de características especiales (sepiolita y, sobre todo, attapulgita).

El caso de las actividades mineras en esta laguna es un claro ejemplo de destrucción de una zona natural con graves impactos ambientales y el de su posterior recuperación gracias a las complejas tareas de restauración y regeneración que están a punto de concluir felizmente.



Este tipo de minería de transferencia es el que se ha venido utilizando también en otras zonas de la campiña donde se extraen margas y arcillas para la fabricación de ladrillos, tejas y materiales cerámicos, si bien, con la crisis de la construcción, estas actividades se han frenado drásticamente. Este sistema rellena simultáneamente los huecos generados al retirar el material a extraer con los estériles y recubrimientos sobrantes de fases anteriores, de manera parecida a lo que se hace en algunas graveras. Esto es al menos lo que debería realizarse “en teoría”, ya que en la práctica, encontramos numerosos rincones repartidos por toda la geografía de la campiña, donde las extracciones de arcillas y margas han dejado su huella en el paisaje en forma de profundas cárcavas y laderas erosionadas por las torrenteras que forman en ellas las aguas llovedizas. Son los clásicos “barreros” que vemos en algunos puntos de los alrededores de la ciudad, como las cercanías de la Laguna de Torrox, la Hijuela de las Coles, el pago de Anaferas, las cercanías del Balneario, o el pago de Parpalana, donde se establecieron tradicionalmente los tejares y ladrilleras.



A todas estas actividades mineras hay que sumar una muy peculiar: el sistema utilizado tradicionalmente en las salinas, en nada parecido a los anteriores, ya que no hay que olvidar que el cloruro sódico, la sal, es quizás el mineral más representativo de la provincia. A diferencia de los anteriores sistemas de extracción, las explotaciones salineras han causado un menor impacto ambiental y han contribuido a la formación de un paisaje cultural de gran valor.

De rocas y minerales, de canteras y explotaciones mineras de nuestro entorno, de sus impactos, restauración y aprovechamiento, nos iremos ocupando en próximos recorridos “entornoajerez”.

Para saber más:
(1) Estudio general de las actividades extractivas en la provincia de Cádiz. Consultora G-3. Sevilla. 1991
(2) Gutiérrez Mas, J.J. et alt.: Int. la Geología de la provincia de Cádiz. Universidad de Cádiz. 1991


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con : Geología y Paisajes.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 10/05/2015

 
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