24 septiembre 2017

Con Eduardo Torroja en La Barca de La Florida.
El puente atirantado del acueducto de Tempul: una singular obra de ingeniería.



Los viajeros que desde Jerez toman la carretera de Cortes y cruzan el Guadalete por el conocido como Puente de Hierro de La Barca, habrán reparado a buen seguro que por este lugar – conocido como Vado de La Florida- salvan el río otras dos grandes estructuras. La más moderna es un arco de hormigón que soporta la conducción del acueducto de los Hurones. Construido en la década de los cincuenta del siglo pasado para el abastecimiento de agua potable a la Zona Gaditana: las poblaciones de la Campiña y la Bahía de Cádiz. Algo más lejos, casi oculto entre las alamedas del río, reclama nuestra atención el puente atirantado del acueducto de Tempul, una singular obra de ingeniería, casi centenaria, que hoy les invitamos a visitar.

Su origen hay que buscarlo en la gran riada de 1917, (1) de la que nos hemos ocupado en estas páginas de “entornoajerez”. Esta descomunal avenida del 7 de marzo de 1917 se llevó por delante el puente de Villamartín, el de San Miguel en Arcos, el de la Junta de los Ríos y el puente-sifón de celosías de hierro por el que en este mismo lugar cruzaba el Guadalete la tubería del acueducto de Tempul del que se abastecía de agua potable la ciudad de Jerez. Construido por el ingeniero Ángel Mayo para la Sociedad de Aguas, constaba este antiguo puente de “tres tramos de 25 metros de luz el del centro, y de 20 cada uno de los laterales con arcos de sillería en ambas márgenes" (2) y tenía como punto débil el apoyo de dos de sus pilares en el mismo lecho del río, como el propio ingeniero había reconocido (3).



Tras su destrucción y gracias a la intervención del joven ingeniero de minas Juan Gavala Laborde, se construyó una presa de gaviones que de manera provisional pudo dar continuidad a la conducción del acueducto de Tempul, utilizando para ello las tuberías que el citado ingeniero había dispuesto en Villamartín para un sondeo petrolífero. La exitosa y brillante obra dirigida por Gavala (4), permitió a la Sociedad de Aguas de Jerez un pequeño respiro hasta encontrar una solución definitiva. Conscientes de que era preciso construir un nuevo puente sobre el Guadalete con el que sustituir al que la riada de 1917 había destruido, se encargó la obra a una de las empresas más relevantes del país: la Compañía de Construcciones Hidráulicas y Civiles. El proyecto y ejecución de este puente-acueducto sería encargado por sus responsables a un joven ingeniero: Eduardo Torroja.

Eduardo Torroja: un ingeniero innovador.

Eduardo Torroja Miret (1899, 1961) era hijo del eminente matemático Eduardo Torroja Cavallé de quien desde sus primeros años recibió una sólida educación impregnada de rigor científico. Entre 1917 y 1923 cursa los estudios de Ingeniero de Caminos con gran brillantez, gracias a lo cual su profesor, José Eugenio Ribera, que había fundado años antes la Compañía de Construcciones Hidráulicas y Civiles, le ofrece colaborar con él. En dicha empresa trabajará Torroja hasta 1927, en el que abrirá su propia oficina de proyectos. En estos primeros años de ejercicio profesional, el joven ingeniero destacará ya por las soluciones técnicas novedosas que aporta a las obras que proyecta. Entre sus primeras realizaciones, junto a la cimentación de los puentes de San Telmo en Sevilla y de Sancti Petri en San Fernando, figura el puente-acueducto de Tempul que le ha hecho figurar en la historia de la ingeniería civil española como uno de los pioneros del hormigón pretensado.



Torroja proyecta el puente-acueducto en 1925, y las obras, dirigidas sobre el terreno por el ingeniero Francisco Ruiz Martínez, se realizarán durante los dos años siguientes, dándose por terminadas en enero de 1927. El proyecto original proponía salvar la distancia de 280 m. que separan los dos extremos del perfil del valle del Guadalete con un acueducto formado por 14 tramos de cajones de 20 m de longitud apoyados sobre pilas.



Si bien la mayoría de las pilas se cimentaban sobre terrenos que sólo eran cubiertos por el río en momentos de grandes crecidas, dos de ellas debían hacerlo en el cauce, a más de 11 m. de profundidad, lo que encarecía notablemente la obra.



Los estudios geotécnicos aconsejaron evitar la construcción de estos pilares, por lo que Torroja hubo de modificar el proyecto buscando una solución ingeniosa. Pero dejemos que él mismo nos lo relate, tal como lo hacía en un artículo que ese mismo año escribió para la Revista de Obras Públicas (5):



El puente está formado por once luces rectas de 20 m. y una tipo “Cantilever” de 57 m. La sección transversal es una caja constituida por dos paredes o cuchillos de 1,50 m. de alto y 0,15 de espesor unidos por dos losas del mismo grueso. Sobre la inferior apoya la tubería de fundición por intermedio de camas de hormigón, y la losa superior sirve al mismo tiempo de pasadera y de cabeza de compresión del tramo. La tubería de fundición, de 42 cm, queda así abrigada de la intemperie, es cómodamente inspeccionable, y para facilitar la reposición de sus tubos se han dispuesto aberturas cada 20 m en la losa superior, tapadas normalmente con losas de hormigón… La particularidad de la obra está en la luz principal formada por dos ménsulas de 20 m de voladizo y un tramo central de 17 m. apoyado en ellas.

Cada “cantiléver” o ménsula está constituido por dos tramos de 20 m, análogos a los descritos, unidos por tirantes de cable hormigonado que apoyan sobre la pila a una altura de 5,80 m. sobre el tramo.


Torroja se detiene en los datos técnicos y, en especial, en las tensiones soportadas por los cables que sujetan las ménsulas o tramos voladizos, superiores a 200 t., que se resisten con “…cuatro cables de acero de 63 mm de diámetro, formados por siete cordones de 37 alambres cada uno…”. Estos tirantes, que después se recubrirían de hormigón, eran uno de los elementos más relevantes de la obra, de ahí que el ingeniero se detenga en su descripción: “están formados por un cordón central de 37 hilos de acero dulce y otros seis cordones análogos en hélice de acero alto en carbono, y han sido suministrados por la Sociedad José María Quijano, Forjas de Buelna”.


El puente atirantado: una solución ingeniosa.

Pero ¿dónde radica la innovación de la solución adoptada por el ingeniero? Como el propio Torroja señala, “la dificultad principal de construcción está, al parecer, en tensar el cable para que al entrar en trabajo no ceda excesivamente. Pero esto se resolvió con toda facilidad por el siguiente procedimiento: la cabeza o parte superior de la pila se hormigonó separada del resto de tal modo que pudiera desplazarse verticalmente, para lo cual las armaduras verticales quedaron libres en tubos preparados al efecto y los cables apoyaban sobre camas de palastro empotradas sobre la cabeza de la pila.



Pasado el mes de fraguado de los tramos se levantaron las cabezas de las pilas con gatos hidráulicos tensando con ello los cables hasta hacer despegar los tramos de la cimbra, y se enclavó la obra terminando de hormigonar las pilas y haciendo el revestimiento de los cables.
” El ingeniero se extiende en detalles técnicos y así, explica que se utilizaron dos gatos hidráulicos capaces de levantar 60 t. cada uno, alojados en cajas preparadas al efecto. Poco a poco se fueron elevando las cabezas de las pilas para que los cables ganaran tensión, llegando a levantarlas hasta 40 cm, mientras que la punta del tramo-ménsula lo hacía sólo 5 cm., despegándose así de la cimbra construida en el lecho del río, que a modo de potente andamiaje, sujetaba la caja central hasta que los cables, al ser tensados, pudieron soportar su peso.

Torroja alude a este momento, tan especial, y describe como “después de descimbrado y sobrecargado el tramo se retiró la cimbra y se esperó veinte días, observando durante este periodo las deformaciones plásticas de los cables, que se amortiguaron completamente en diez días.” Posteriormente se procedió a hormigonar los huecos que quedaban entre las pilas y sus cabezas, retirando los gatos hidráulicos utilizados para elevarlas al tensar los cables y vertiendo una lechada de hormigón por los pozos en que quedaban alojadas las barras verticales de la armadura. El paso siguiente fue hormigonar los cables ya “pretensados”.

El ingeniero ofrece también otros detalles de interés y así, por ejemplo, informa que “la cimentación de las pilas es directa a 4 m. de profundidad, excepto en la dos pilas de la luz principal, cimentadas con ocho pilotes de hormigón cada una, de 8 m. de largo”.



Entre otros datos curiosos, valora la gran calidad del cemento empleado, de la marca ”Sansón”, la valiosa colaboración del ingeniero jerezano Francisco Ruiz Martínez, director de la obra, o del perito mecánico Ricardo Barredo. De la misma manera aporta información sobre el coste del proyecto: “la obra se contrató por 240.720 pesetas, o sea 1350 pesetas por metro lineal; los trabajos se comenzaron en otoño (de 1925), construyendo a una marcha moderada toda la parte que quedaba fuera de avenidas ordinarias y reservando para el verano la parte del río, o sea los 100 m que comprende la estructura de la luz principal; el 10 de mayo (de 1926) considerando pasado el peligro de avenidas, se empezó a cimentar esta parte; el 18 de junio se comenzó la hinca de pilotes para poyo de la cimbra; el 24 de julio el hormigonado del primer tramo y el 26 de septiembre se terminó de hormigonar el último. El 28 de octubre, ante el peligro de una avenida, se tensaron los cales dejando el puente virtualmente descimbrado y en condiciones de utilización; el 19 de noviembre, pasado el temporal de lluvias, se terminó el descimbramiento y nivelación; el 12 de diciembre se enclavaron las pilas, y el 15 de enero las juntas del hormigonado de los cables, dejando la obra completamente terminada y repasada, aunque el plazo de ejecución no termina hasta octubre próximo”…



Una obra a prueba de avenidas.

La puesta en servicio, ese mismo año de 1927, permitió prescindir de aquella obra de emergencia que Juan Gavala realizara 10 años antes. La solidez del nuevo puente-acueducto, bautizado con el nombre de San Patricio (en honor a Patricio Garvey, benefactor del proyecto) fue puesta a prueba en las grandes avenidas de junio de 1930. En aquella ocasión, la estación de aforo del Pantano de Guadalcacín registró un caudal para el Majaceite de 915 m3/s. y en la cerrada de Bornos se evaluó en 1.100 m3/s.



Aguas abajo, en la vega del Guadalete el caudal superó los 2000 m3/s, ocasionando, la rotura del estribo del Puente de Hierro de la Florida como recogía, en una noticia sobre las inundaciones, el Diario de Jerez del 7 de junio de 1930. El acueducto de Torroja, como vemos en las imágenes de aquellos días, resistió aquella avenida dando muestras de la solidez de su estructura.



En 1956, en un artículo titulado “Cincuenta años de hormigón armado en España”, el acueducto de Tempul ya era considerado como una de las obras pioneras en esta materia (6) y lo ha seguido siendo en numerosas publicaciones de ingeniería. En diciembre de 1961, el año de su muerte, la Revista de Obras Públicas rindió homenaje a Eduardo Torroja, reconociéndolo como “insigne maestro” y uno de los más notables ingenieros del siglo XX (7). En la selección de las obras más relevantes que ilustran este amplio reportaje figura, en primer lugar, el Acueducto de Tempul del que se afirma: “Si se considera la época en que fue realizada la obra, se nos muestra con toda claridad el autor del proyecto como un auténtico precursor del hormigón pretensado”.

El puente atirantado: “Patrimonio Hidráulico de Andalucía”.



En 2006, el puente–acueducto de Torroja, que forma ya parte del paisaje fluvial, fue incluida en el catálogo del Patrimonio Hidráulico de Andalucía (8) por sus sobresalientes valores, describiéndolo como “una obra equilibrada de gran belleza formal, un ejemplo significativo de las estructuras de hormigón armado próximo al ideario funcionalista tradicional en los ingenieros de caminos de las primeras décadas del siglo XX”.



En el año 2008, siendo ya una obra “octogenaria”, le llegó el momento de su restauración integral tras décadas de progresivo deterioro. La empresa municipal Aguas de Jerez acometió obras de reparación y adecentamiento al término de las cuales el acueducto ofreció una imagen renovada que consiguió revitalizar esta obra, considerada ya como “clásica” en la ingeniería civil española.


Lástima que durase poco tiempo ya que, lamentablemente, el vandalismo, en forma de grafitis y pintadas, se ha cebado con las pilas y cajones de esta casi centenaria obra, que merecería mayor protección. Confiamos que, en futuras obras de restauración de ribera en este paraje del Guadalete, el puente-acueducto de Tempul, pueda lucir de nuevo, junto a sus “vecinos”, el puente de hierro de La Florida y el del acueducto de los Hurones, como se merece una obra señera de la ingeniería civil española del siglo XX.

Para saber más:
(1) José y A. García Lázaro: La Gran riada de 1917. Serie de cuatro artículos publicados en Diario de Jerez en 12/03/2017, 19/03/2017, 26/03/2017 y 02/04/2017. Puede también consultarse y descargarse la siguiente publicación La gran riada de 1917
(2) Memoria relativa a las obras del Acueducto de Tempul para el abastecimiento de aguas a Jerez de la Frontera, por D. Ángel Mayo. Anales de Obras Públicas, nº 3, 1877. Pg. 59.
(3) Memoria… Pg. 97-98
(4) José y A. García Lázaro: La Gran riada de 1917, Diario de Jerez, 26/03/2017
(5) Torroja Miret, Eduardo.: Acueducto-sifón sobre el río Guadalete, en Revista de Obras Públicas. Año LXXV. Núm. 2477. 15 de Mayo de 1927. Págs. 193-195
(6) Páez Balaca, Alfredo.: Cincuenta años de hormigón armado en España. en Revista de Obras Públicas. Abril de 1956. Págs. 201-209.
(7) Algunas obras de Eduardo Torroja. Revista de Obras Públicas. Diciembre de 1961. Tomo I. 2960. Pg. 864-881
(8) Bestué Cardiel, I. y González Tascón, I.: Breve Guía del Patrimonio Hidráulico de Andalucía. Agencia Andaluza del Agua. Consejería de Medio Ambiente. Sevilla, 2006 pp. 82-83.

Nota: Las fotografías en blanco y negro que ilustran este reportaje han sido tomadas de Agencia de la Obra Pública de Andalucía. Consejería de Obras Públicas y Vivienda. Los croquis, han sido tomados de los números citados de la Revista de Obras Públicas.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Puentes y Obras Públicas, Patrimonio en el medio rural, Río Guadalete, Paisajes con Historia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 24/09/2017

17 septiembre 2017


S.O.S.: patrimonio amenazado en torno a Jerez.




Como hemos comentado otras veces en estas páginas, cuando por regla general nos referimos al patrimonio histórico o monumental de Jerez, tendemos a pensar en clave urbana, limitando así los elementos que integran nuestro rico legado a aquellos edificios, iglesias, monumentos, o jardines históricos que podemos admirar en la ciudad. Junto a ellos, conviene recordar que entre los Bienes Catalogados de nuestro municipio y de los de las localidades vecinas, aparecen otros muchos que se encuentran dispersos en distintos rincones de las campiñas y sierras cercanas. Una parte de ellos están amparados bajo el régimen de protección de Bien de Interés Cultural (B.I.C.), constituyendo en muchos casos un referente de primer orden en el paisaje en el que se enclavan y al que se encuentran vinculados por razones históricas y culturales. Así, a modo de ejemplo, no se conciben ya lo sotos y riberas del Vado de Medina sin los perfiles del Monasterio y del viejo Puente de Cartuja.

Sin lugar a dudas, el más conocido de estos elementos relevantes de nuestro patrimonio es el Monasterio de La Cartuja, que fue ya declarado Monumento Nacional en 1856, el primero de nuestra provincia en gozar de esta calificación. En la actualidad se realizan obras en una parte de sus dependencias para la rehabilitación de celdas en el ala norte del claustro grande, así como en las antiguas cuadras, donde se están construyendo media docena de celdas destinadas a una pequeña hospedería, lo que permitirá abrir, al menos, una parte del monasterio a nuevos usos turísticos. Con todo, no son pocos los



colectivos ciudadanos que reclaman un incremento de la inversión en la rehabilitación y conservación del monasterio y una mayor apertura a las visitas, como sucede en otras ciudades que cuentan con cartujas en los que respetando un espacio reservado para la clausura, puede accederse a buena parte de las dependencias, cosa que no sucede en Jerez.

El anunciado proyecto de realización de un sendero fluvial entre Jerez y El Puerto, que pasaría junto al monasterio, podría ser otra oportunidad para que su entorno fuera objeto de una intervención de mejora paisajística y para hacer de este monumento jerezano un elemento de dinamización del medio rural.

De monumentos… y ruinas.



Con más pena que gloria contemplamos las torres, atalayas y castillos repartidos por la campiña, incluidos todos ellos en la categoría de “Monumento” y que, salvo meritorias excepciones, se encuentran seriamente amenazados por su deficiente estado de conservación, cuando no están prácticamente arruinados.

En los últimos años se han venido realizando en distintos rincones de la provincia, tanto por la iniciativa pública como por parte de propietarios privados, obras de consolidación y de restauración de castillos, lienzos o torres. De la misma manera, se han potenciado o facilitado las visitas a las personas interesadas… Recordemos a modo de ejemplo los casos de Zahara, Olvera, la apertura del castillo de Arcos a visitas concertadas o el más conocido de la Torre de Matrera en Villamartín cuya restauración, no exenta de polémica, recibió numerosos premios internacionales.



En nuestro entorno, sin embargo, se caen literalmente a pedazos buena parte de las torres y castillos ante la pasividad de todos, ignorando que algunos de esos elementos pueden ser un atractivo turístico y cultural y un complemento a otras iniciativas de desarrollo rural. Así, nadie se ocupa de que la vegetación no termine por arruinar el viejo castillo de Berroquejo, levantado en el reinado de Alfonso X, como el de Torrestrella o el de Peña arpada, para el control de la frontera, al que las higueras y acebuches que crecen entre sus muros acabaran por destruir. El torreón del Cerro del Castillo, en Torrecera, muestra ya desplomado uno de sus lienzos sin que lleguen nunca las obras de consolidación o rehabilitación que reclama a gritos. Enclavado en la finca Torrecera, que recibe numerosas visitas a su magnífica bodega donde se elaboran los afamados vinos Entrechuelos o Alhocén, podría ser un complemento cultural e histórico extraordinario (¡ya quisieran muchas bodegas tener un castillo en sus viñedos!) que debieran sopesar sus propietarios, para intentar salvar así lo que queda de esta torre vigía almohade, antes de que desaparezca definitivamente.



Una suerte parecida corre la conocida Torre de Melgarejo, tan cercana a la ciudad, cuyo interior tiene también muestras claras de ruina. Su proximidad al Circuito de Velocidad y a importantes vías de comunicación y establecimientos hosteleros le permitiría integrarse en distintas iniciativas de desarrollo rural como un elemento histórico de gran interés… si estuviese consolidada y restaurada.



Así lo han entendido, por ejemplo, los propietarios del castillo de Gigonza que desde hace ya un tiempo vienen organizando visitas concertadas a esta antigua fortaleza que fue también notable casa de baños en los pasados siglos y que, poco a poco, están mejorando para poner en valor ese importante elemento patrimonial de la campiña que, no en balde, pasa por ser uno de los castillos mejor conservados y de mayor interés de nuestro territorio. O las bodegas Fundador, que han incluido la visita a la Torre de Macharnudo en una singular propuesta turística que combina el disfrutar de los mejores paisajes de viñedo del marco de Jerez, la degustación de los excelentes caldos de su bodega y los atractivos históricos de este enclave de la campiña.



El Tempul: un lugar con grandes potencialidades.

Peor lo tiene el antiguo castillo de Tempul, cuyas ruinas presiden aún el entorno del hermoso paraje donde se encuentra el manantial y la conocida venta del mismo nombre.



La que fuera en los siglos medievales una importante fortaleza, aún mantiene en pie algunos de sus lienzos y los restos de una torre, aupada sobre un mogote ofítico que por lo abrupto de sus paredes, hizo de ella un bastión casi inexpugnable.

Hace unos años, al calor de la buena acogida que tuvieron las instalaciones turísticas del Tajo del Águila, situadas justo enfrente de Tempul en la cercana población de Algar, se plantearon proyectos por parte de los ayuntamientos de San José del Valle, para consolidar sus restos. Se pretendía con ello integrarlo en una iniciativa que proponía instalar en la orilla del embalse de Guadalcacín que baña los pies del castillo, un complejo de turismo rural.

De aquel proyecto nunca más se supo, como del de la rehabilitación de la conocida Casa de las Aguas del manantial de Tempul. Se trata de una hermosa construcción del último tercio del XIX, arruinada en parte, que por hallarse en un privilegiado entorno donde abunda el agua y la vegetación, podría ser un elemento patrimonial de primer orden para la puesta en marcha de iniciativas de desarrollo rural en este inigualable rincón de la sierra. Años atrás, cuando se planteó instalar una planta embotelladora que aprovechase parte del caudal del manantial, parecía haber llegado la hora para la restauración de esta casa, aunque ambas iniciativas quedaron finalmente en el olvido. Muy cerca en el tiempo, hace tan sólo un par de años, de la mano del proyecto ACUADUCTA, se realizaron excavaciones en este mismo lugar que dieron como resultado el descubrimiento de algunos restos materiales del acueducto romano de Tempul a Gades.



No cabe duda de que este conjunto de elementos de interés en el entorno del manantial y sus propias instalaciones que datan de la década de los sesenta del siglo XIX, están pidiendo a gritos una “puesta en valor” que no acaba de llegar.

Zonas Arqueológicas… que duermen un sueño de siglos.



Los yacimientos arqueológicos de nuestro entorno corren también una suerte desigual en lo que a conservación se refiere. La base de datos del patrimonio inmueble del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, incluye un buen número de yacimientos en los alrededores de Jerez y otras localidades cercanas, entre los que figuran asentamientos, construcciones funerarias, edificios agropecuarios e industriales, infraestructuras hidráulicas, sitios con útiles líticos… pertenecientes a diferentes épocas históricas desde el Paleolítico a la Edad Media pasando por la Edad del Cobre, la Época romana o la andalusí.



Entre todos ellos merecen subrayarse Zonas Arqueológicas como la de Mesas de Asta, el Poblado de las Cumbres (en la Sierra de San Cristóbal), o el Castillo de Doña Blanca. Estas dos últimas, aunque se encuentran muy cercanas a la ciudad, se enclavan en el término municipal de El Puerto de Santa María.

El yacimiento de Asta Regia, ubicado en la barriada rural de Mesas de Asta, ha dormido el sueño de los justos desde 1956, año en el que D. Manuel Esteve llevara a cabo la última campaña de excavaciones y desde que en 1992 el Museo Arqueológico de Jerez estudiase parte de la necrópolis destruida parcialmente por el arado. Con presencia ininterrumpida desde el neolítico hasta el periodo califal de la época islámica, Mesas de Asta es un enclave de primer orden para conocer nuestra propia historia, como ya dejó claro el Foro Asta Regia, constituido en 2005 para impulsar los trabajos en este yacimiento que a decir de Esperanza Mata, puede ser uno de los más importantes de Andalucía. Tantas veces traído a los programas electorales y al que todos los grupos políticos quieren “poner en valor” (como gusta decir ahora), este yacimiento ha sido objeto en el último medio siglo de numerosas expoliaciones y un auténtico filón para los “piteros” que con sus detectores de metales han saqueado todos los rincones del enclave arrasando valiosos restos de gran valor histórico y científico. Las investigaciones que recientemente está llevando a cabo un equipo de la UCA bajo la dirección de Lázaro Lagóstena, con la utilización de un georradar, hacen albergar alguna esperanza de que en un futuro cercano puedan reiniciarse las excavaciones en los puntos de mayor interés: un sueño que dura ya demasiadas décadas.



Por la dificultad de los accesos, más difícil lo tiene el yacimiento arqueológico de Gibalbín así como las ruinas de la torre medieval, de la cerca almohade que la rodea y de los restos monumentales que se conservan en el cortijo de La Mazmorra. Una visita a Gibalbín deja clara la importancia histórica de este lugar en el que sólo un estudio arqueológico -que no acaba de llegar nunca- pondrá luz. Como diversos colectivos ciudadanos y culturales de la vecina población de El Cuervo vienen solicitando en los últimos años, sería necesaria una pronta intervención en Gibalbín… antes de que acaben de desplomarse las ruinas que aún se mantienen en pie o de que terminen por ser expoliadas (aún más) por los “buscadores de tesoros” –auténticos piratas de vestigios arqueológicos- que al igual que en Mesas de Asta, llevan décadas saqueando y destruyendo lo mejor de nuestro patrimonio rural.



Es ya un clamor que estos yacimientos merecerían ser investigados, conocidos y puestos en valor para que, como ya sucede en otros lugares de nuestro país, contribuyeran también al desarrollo de los núcleos rurales y el territorio donde se ubican.



Como un ejemplo positivo y esperanzador de intervención en nuestro entorno rural hay que subrayar el proyecto AQVA DUCTA, para la valorización patrimonial, económica y social del acueducto romano de Tempul a Gades. De la que fuera una de las más notables obras de ingeniería de la Hispania romana, con más de 75 km de recorrido entre la sierra y la costa, aún se conservan en algunos parajes de nuestras sierras y campiñas importantes vestigios que nos ayudan a vislumbrar lo que fue esta gran obra pública de la antigüedad. Algunos de ellos han salido a la luz con las intervenciones del equipo de profesionales de Aqua Ducta, y los elementos más notables, por su gran valor histórico y patrimonial, servirán de soporte a futuras acciones de carácter cultural, turístico y de desarrollo rural.



Un ejemplo, un buen ejemplo de que con proyectos serios y con apoyos de las administraciones y los particulares, que consideran estas iniciativas como una inversión a futuro, aún es posible salvar lo que queda de nuestro rico patrimonio en torno a Jerez.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Paisajes con historia, Patrimonio en el mundo rural

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 17/09/2017