Todas las Santas.
Un recorrido por la hagiotoponimia de la campiña de Jerez.


Pasado mañana, 1 de noviembre, la Iglesia católica celebra la festividad de Todos los Santos, una fecha en la que se honra a “todos los santos del cielo”, sean conocidos o desconocidos. Desde hace siglos, esta conmemoración está muy arraigada en la tradición cristiana y cuenta con numerosas manifestaciones religiosas, culturales y festivas en la devoción popular.

Como no podía ser de otra manera, los santos están también presentes en nuestros paisajes más cercanos a través de la toponimia, dando nombre a muchos lugares y rincones de nuestra campiña. Son los conocidos como “hagiotopónimos” (1), a través de los cuales podemos acercarnos también al conocimiento de la historia religiosa y devocional de nuestra ciudad. Y es que, junto a las imágenes de nuestras iglesias, capillas y ermitas rurales, o los azulejos devocionales de cortijos y casas de viña, huellas materiales de la religiosidad popular, los hagiotopónimos suponen también un patrimonio inmaterial que nos ayuda a conocer mejor algunos rasgos de nuestra historia local (2).



Como sucede con las construcciones o los paisajes, los nombres de lugar también se van perdiendo con el tiempo. O se cambian por otros, abandonándose ya las viejas denominaciones con las que eran conocidas algunas casas de viña, cortijos, pagos o parajes de la campiña jerezana. Por nuestra parte, hemos recopilado más de dos centenares de estos curiosos topónimos relacionados con el nombre de santos que han sido utilizados al menos en los dos últimos siglos. De ellos, aproximadamente un tercio ya han desaparecido o apenas se conocen. Buena parte de estos nombres los encontramos en las tierras que tradicionalmente se han dedicado al cultivo de la vid, o en lugares más cercanos a la ciudad y de la periferia urbana. La mayoría tienen su origen en el siglo XIX, coincidiendo con la gran expansión de la vitivinicultura jerezana.





Las razones por la que viñas y haciendas, cortijos o tierras de secano fueron bautizados o conocidos con nombres de santos son muy variadas. En algunos casos se justifica por la devoción familiar o personal de sus propietarios. En otros hay constancia de que el nombre de familiares (hijos, esposas, padres…) influía también en esa elección. En menor medida, el nombre de un santo o una santa dado a una finca estaba relacionado con su vinculación histórica a determinadas órdenes religiosas o militares, iglesias o conventos quienes habían sido sus antiguos propietarios.



En nuestro paseo de hoy, y a modo de modesta contribución para rescatar esa herencia cultural de siglos que supone la toponimia, les proponemos un recorrido por nuestro término municipal en busca de aquellos parajes y lugares que aún conservan estos hagiotopónimos. Para no hacer demasiada larga esta relación, vamos a centrarnos en esta ocasión en los referidos a nombres de santas, de los que hemos seleccionado algo más de medio centenar entre los que encontramos una treintena de nombres distintos.

Santa María, Santa Teresa, Santa Isabel.

Entre los más repetidos figuran los de Santa Teresa, con 12 referencias, Santa Isabel, con 7 y Santa María con 6. Santa María, en su advocación de la Defensión, da nombre a nuestra célebre Cartuja, levantada en el paraje de El Sotillo a orillas del Guadalete, lugar en el que según la leyenda su intercesión fue decisiva en una batalla contra los musulmanes y donde se levantó una ermita a su nombre en el siglo XIV. Santa María da también nombre a un paraje, casas, cortijo, vega y cerro –Cabeza de Santa María- situado a medio camino entre Torrecera y Paterna, a orillas del arroyo Salado de Paterna y de la carretera que une ambas poblaciones. El Rancho Santa María, y el haza del mismo nombre se emplazan en el cruce de las carreteras de Sanlúcar y Rota junto a la conocida Venta Antonio. Santa María del Pino es también el nombre de una finca situada entre el Camino de Espera, la Cañada Ancha y la carretera de Sevilla, ocupada en parte en la actualidad por el barrio del mismo nombre de la pedanía de Guadalcacín, si bien en tiempos pasados albergó viñedos pertenecientes al pago de Lima. De la antigua Viña Santa María, situada en la confluencia de las Hijuelas de Pinosolete y Geraldino, apenas queda ya uno de los pilares de su puerta de acceso.

Santa Teresa es el hagiotopónimo más representado en nuestra campiña y llevan su nombre más de una docena de lugares, casas de viña, fincas… Uno de los más conocidos es la conocida Granja de Santa Teresa, citada ya por Madoz a mediados del siglo XIX. Desde 1826 perteneció a la familia Domecq, que tenía en estos parajes próximos al río Guadalete, una finca de recreo. En 1995 fue adquirida por el Ayuntamiento de Jerez y en la actualidad alberga un parque periurbano y un Aula de la Naturaleza que acoge al recién creado Centro de Interpretación del Río Guadalete.



Junto a ella se ubica también la Torre de Santa Teresa, un curioso mirador visible desde La Corta, desde el que se divisa la Bahía de Cádiz y el curso del Guadalete. Con este mismo nombre existió también otra viña junto a la Hijuela de Pinosolete cuya casa está hoy arruinada, una finca de recreo en la carretera de Cartuja, que aún pervive, al igual que la Viña Santa Teresa, en el pago de Tizón, colindante con la del Dulce Nombre. También se conserva la finca Santa Teresa, entre el cruce de las carreteras de Rota y Sanlúcar y la antigua traza del ferrocarril de Bonanza.

En el Camino de Albadalejo (junto a la conocida Venta La Cuchara, ya desaparecida), frente a la Harinera de la Avenida de Europa o en el Camino de Espera, junto a las 4 Norias, Santa Teresa dio nombre a otras tantas fincas, que se han ido incorporando a la trama urbana. No han desaparecido, pero han cambiado de nombre, otras antiguas casas de viña que llevaban por nombre Santa Teresa o Santa Teresa de Jesús. Este es el caso de la que perteneció a las bodegas Valdespino y estuvo dedicada a viñedo, pero que en la actualidad se conoce como El Serrallo, al inicio de la hijuela homónima, y hoy aparece rodeada de naranjos. También el de otras dos viñas del pago de Balbaína. Una de ellas, junto a la Viña La Esperanza permutó su antigua denominación de Santa Teresa por la de La Guita. La otra, próxima a la carretera de Rota, lleva ahora por nombre Las Puentes.



Santa Isabel da también nombre a diferentes casas de viñas y viñedos, algunos de los cuales se dedican hoy a otros cultivos. Una de las más conocidas se encuentra en la carretera de Trebujena, frente al cortijo de Romanito, y que perteneció en su día a D. José de Soto. En la actualidad, aún puede leerse su nombre en los pilares de su singular puerta de entrada. Los pagos de Canaleja y Montealegre también tuvieron sendas viñas conocidas como Santa Isabel. La primera en el camino de Pedro Díaz, colindante con Montesierra, la segunda junto a la carretera de Cartuja, frente al actual depósito de aguas; ambas ya desaparecidas. En El Carrascal, frente al Corregidor, otra viña lleva el nombre de Santa Isabel, al igual que otra situada en el pago de Corchuelo, frente a Las Salinillas. La que existió hace unas décadas junto al actual polígono industrial Santa Cruz, ya ha sido absorbida por el crecimiento urbano. Los Llanos de Santa Isabel, conocidos también como de Mirabal, se extienden junto a la cañada del Carrillo en el lugar donde se unen la ronda Oeste con la carretera de El Puerto.

Santa Rosa, Santa Ana, Santa Lucía, Santa Julia, Santa Inés.

Santa Ana, además de en la toponimia urbana, está presente en nuestro entorno rural con varias referencias, algunas de ellas ya olvidadas. En el pago de viñas de Valdepajuela, hoy integrado en la ciudad, la finca Santa Ana estuvo situada junto a la Cañada del Hato de la Carne (actual avenida de Europa) que unía el González Hontoria con Caulina, y ocupó una parte de los terrenos del actual centro comercial Carrefour Norte. En el mismo pago, corrió idéntica suerte la viña Santa Ana, ubicada junto a la carretera de Arcos en cuyas tierras, pasado el tiempo, se levantaría la barriada de Torresblancas. Otra pequeña viña del pago de Montealegre, situada junto al último tramo de la hijuela del Serrallo, frente a la actual finca San Joaquín, llevó también este nombre. En nuestros días aún mantiene la denominación de Viña Santa Ana, la ubicada en la barriada rural de Polila, a los pies de Cerro Obregón, justo al inicio de la Cañada de Cantarranas.



Más alejadas de la ciudad estuvieron las tierras del Olivar de Santa Ana, situado entre las del Cortijo del Sotillo Nuevo y las de la Dehesa de Malduerme, junto al cruce de la carretera de Cortes con la cañada de la Pasada del Rayo. En la actualidad forman parte de la Dehesa de Giles, un hermoso rincón de la campiña donde prospera un magnífico alcornocal.

Con menor número de referencias que los anteriores, también se repiten en la toponimia de la campiña los lugares con el nombre de Santa Rosa. El más conocido es el de la barriada rural Mesas de Santa Rosa, situada al norte de la ciudad, entre el Camino de Ducha y la carretera de Sevilla, apenas a un km del parque empresarial.

El  enclave pudo tomar su nombre de la antigua Haza de Doña Rosa, perteneciente al cortijo de Carrizosa y colindante, junto con el cortijo de La Norieta de estos parajes de Las Mesas. Así mismo, hubo sendas viñas con el nombre de Santa Rosa, ya integradas en el núcleo urbano y que estuvieron situadas tras la Huerta de las Oblatas y en el actual espacio del “botellódromo”, respectivamente. También en la Hijuela de Pozo Nuevo, que une la Laguna de Torrox con la Cañada del Carrillo, encontramos la viña Santa Rosa.



En las proximidades de la laguna de Los Tollos y separada de las tierras de Romanina por la autopista Sevilla Cádiz, la Viña Santa Lucía alberga hoy uno de los mayores viñedos del marco pertenecientes a las bodegas sanluqueñas de Barbadillo. Visibles desde la carretera, llama la atención del viajero el camino de acceso al caserío, escoltado de grandes adelfas que recorre las lomas entre las vides. Santa Lucía da también nombre a una antigua viña del pago de la Carrahola, situada junto a la Cañada de las Huertas cuyo caserío aún se conserva, si bien las tierras se dedican a cultivos de cereal. En el pago de San Julián, en las proximidades de la barriada rural de Polila encontramos la viña Santa Julia, que mantiene este nombre desde hace más de un siglo, colindante con los de la conocida viña Las Conchas. Frente al Cuco, y colindante con la Huerta de las Oblatas, en la actual avenida del Duque de Abrantes, existió en tiempos pasados otra viña con el nombre de Santa Julia, frente al Recreo de Rivero, tierras todas que fueron absorbidas por el núcleo urbano en la década de los 60 del pasado siglo. Un caso curioso es también el de Santa Inés, que da nombre a un antiguo molino, ya semiderruido, a orillas del arroyo Zumajo, cerca de La Barca de la Florida. De la misma manera bautiza también a un camino y a un barrio construido en sus cercanías, por la antigua Hijuela de Geraldino.

Todas las Santas.



Como puede verse, la relación de hagiotopónimos relacionados con santas que dan aún nombre a muchos rincones de la campiña es muy extensa. Para no cansar a los lectores terminaremos señalando algunos otros que, en menor proporción que los anteriores, encontramos también repartidos en los alrededores de la ciudad o diseminados por el término. El genérico de La Santa, da nombre a una pequeña viña ubicada en el cruce de las carreteras de Sanlúcar y Rota, junto a la vía de Servicio. En la carretera de Cartuja, donde desde el siglo XIX se construyeron casas de recreo en estas fincas enclavadas en el pago de Montealegre, aún permanecen los nombres de Santa Bibiana, Santa Genoveva, Santa Teresa o Santa Amalia, esta última muy cerca del monasterio.

Santa Bárbara es una conocida viña que encontramos en la carretera del Calvario, situada en el Cerro de Orbaneja, cuyo caserío puede verse desde la carretera al pasar el puertecillo de los Olivos. El Haza de Santa Bárbara, perteneciente al cortijo de Tabajete, guarda también el recuerdo de esta santa. En la hijuela de las Anaferas, frente al actual campo de golf estuvo la viña de Santa Basilia, y al igual que sucede con la de Santa Matilde, junto a Ducha, sólo nos quedan de ellas los restos de su caserío.




Por el contrario, aún perviven las viñas de Santa Emilia, Santa Petronila y Santa Cecilia. Las dos primeras en el pago de Tizón, a las que llegamos por la cañada del Amarguillo, en un rincón de la campiña que tanto nos gusta. Santa Cecilia, en el pago de Balbaína, junto al parque eólico de La Rabia, perdió parte de su espléndida casa de viña, pero conserva aún sus viñedos y parte de sus dependencias.

Santa Cristina, en el Pago de San Julián, cercano a Añina; Santa Marta, en Macharnudo Bajo; Santa Rosalía, en el pago de Lima, junto a Guadalcacín; Santa Juana, en tierras de la actual Avenida de Europa, frente a Carrefour; Santa Victoria, en Torrox, junto a la Hijuela de Pozo Dulce… son algunos ejemplos de viñas que perdieron sus vides, sus casas y sus nombres.



A diferencia de las anteriores, Santa Honorata, propiedad de Sánchez Romate, con casa, viñedos y lagares, aún luce en la fachada y en la puerta de acceso, su llamativo nombre, visible desde la autovía de Sanlúcar, en el cruce de la carretera de Las Tablas. En este mismo enclave rural, la viña Santa Luisa, al pie de la carretera que conduce al cortijo del Barroso, mantiene también su antigua casa entre sus renovadas vides.

Volveremos el próximo año, por “Todos los Santos”, a pasear nuevamente por la campiña jerezana para rescatar esos curiosos hagiotopónimos, esta vez referidos a los “santos”, que forman parte del rico patrimonio inmaterial de nuestro entorno rural.

Para saber más:
(1) Albaigés Olivart, J.M.:La toponimia, ciencia del espacio”. Prólogo de la Enciclopedia de los topónimos españoles. Ed. Planeta, 1998.
(2) Molina Díaz, F.: De los hagiónimos a los hagiotopónimos: la toponimia como instrumento para la historia religiosa. Indivisa. Boletín de Estudios e Investigación, 2014, nº 14, pp. 30-43.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Cortijos, viñas y haciendas, Toponimia, Paisajes con historia, Patrimonio en el mundo rural.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 30/10/2016

La Esperanza.
Un paseo por los viñedos de Balbaína.




En estos días de octubre, cuando ya las hojas de las vides empiezan a pintarse poco a poco de los colores del otoño, limpio ya el cielo tras las primeras lluvias y libres ya del calor del verano, son los que elegimos siempre para pasear por los senderos y carriles que se trazan entre los viñedos de la campiña. En nuestro paseo de hoy hemos salido por los caminos de Balbaína, entre las carreteras de Rota y Sanlúcar, y buscando un otero para ganar altura, hemos llegado hasta la Casa de La Esperanza.

El Caballo, Santa Cruz, Santa Cecilia, La Rabia…, son otros tantos viñedos junto a los que pasamos, una vez que hemos dejado atrás la carretera de Rota, después de haber tomado la Cañada de Los Huertos donde hemos ido parando en cada recodo de estos carriles para disfrutar del paisaje. A medida que caminamos por entre las lomas en las que hoy irrumpen los molinos de viento del parque eólico de “La Rabia”, reclaman nuestra atención algunas de las antiguas casas de viñas que han llegado hasta nuestros días y que antaño poblaban todos los rincones de estos pagos.



Conviene recordar que las tierras de Balbaína, a caballo entre las campiñas portuense y jerezana, han gozado siempre de merecida fama por la excelencia de sus suelos de albarizas, habiendo destacado desde muy antiguo por la calidad de sus viñas. Diferentes autores se han referido a este rincón del Marco de Jerez como al heredero de los milenarios viñedos que las fuentes latinas sitúan en nuestro territorio. “Seguramente aquí estaban las propiedades agrícolas de los Balbo. No existe documentación histórica ni arqueológica que lo constate, pero la propia existencia del topónimo parece testimoniarlo”. Así lo defienden Juan José López Amador y Enríquez Pérez Fernández (1), quienes sitúan también en estas campiñas la hacienda de Marco Columela, a la que se refiere en sus escritos agronómicos (De rustica) el ilustre Lucio Junio Moderato Columela donde alaba la fertilidad de las viñas ceretanas.

La casa de viña de La Esperanza.



Preside la casa de viña de La Esperanza una suave loma abierta al horizonte, que despunta en estos dilatados paisajes del pago de Balbaína. Por sus cercanías discurría el antiguo ferrocarril de Jerez a Bonanza y aún se ven desde aquí la carretera de Sanlúcar, el camino de Jerez al Santuario de Regla, la trocha de Rota… ¿Podía haber algún rincón mejor comunicado y con mejores vistas?



Eso mismo es lo que debieron pensar los propietarios del viñedo cuando en 1840 construyeron una hermosa casa que pronto destacaría por su privilegiado emplazamiento. Son tiempos en los que el negocio del vino de Jerez vive momentos de esplendor de la mano de la explosión de las exportaciones que tiene lugar en las décadas centrales del siglo XIX, lo que multiplicó el cultivo de la vid y la extensión del viñedo, así como la construcción de numerosas casas de viña, como la de La Esperanza.

Llegamos hasta la casa tras cruzar una gran puerta en la que destacan dos grandes pilastras en las que se puede leer “Año 1935”, la fecha de su construcción y en la que se llevó también a cabo una profunda renovación y ampliación del caserío de la viña.

El núcleo original de la casa de La Esperanza, de planta rectangular, responde a los modelos tradicionales, destacando ya desde la lejanía, cuando el viajero la divisa desde la carretera de Sanlúcar, su gran cubierta a dos aguas con la típica teja árabe propia de estas construcciones.



Ocho grandes pilares conforman su magnífico portal adintelado sobre el que descansa el alero de la cubierta. “La planta sigue la disposición habitual de crujías longitudinales en la que el lagar de pisa ocupa el espacio central desde el que se accede a las demás dependencias” (2). La distribución original se transformó posteriormente para albergar la vivienda de los propietarios, añadiéndose en el costado de la casa un pequeño porche acristalado por el que se accedía al interior, que hoy se muestra semiderruido.

Como ha señalado J. Manuel Aladro, a diferencia de los cortijos y haciendas, las casas de viña ocupan lugares preferenciales en el paisaje, destacando en las lomas y oteros más elevados donde "se abren al paisaje a través de la galería de portales construyendo auténticas fachadas de acceso orientadas hacia los caminos de llegada" (3), idea que queda patente con claridad en La Esperanza.

En 1935, su propietario José de Soto Abad, amplió el edificio original de La Esperanza con otras naves para albergar la bodega y los nuevos lagares hidráulicos. Estas dependencias rompieron la estética y el equilibrio formal de la casa tradicional, pese a que se trató de mantener cierta unidad enrasando la fachada exterior de estas nuevas construcciones con la del portal de la vieja casa de viña.



La entrada a la antigua casa de viña está presidida por un azulejo devocional de Nuestra Señora de la Esperanza. A ambos lados de la puerta aún se conservan los soportes donde se apoyaban los cántaros. En el almijar, llama la atención un pozo con brocal de mármol.

Sobre el tejado, despunta también una llamativa chimenea, reforzada con elementos metálicos y una curiosa veleta con motivos taurinos, que nos muestra un torero a punto de entrar a matar.



Las palmeras que acompañaban el camino de entrada se han visto afectadas, como tantas otras de la ciudad, por el picudo rojo, pero en la parte trasera de la casa aún se conservan algunos árboles frutales (ciruelos, membrillos…) como era tradicional en las casas de viña.



Pero sin duda, los elementos más sobresalientes de la casa los encontramos en el portal, donde destacan tres grandes bancos adosados la pared, revestidos con azulejos trianeros de la casa Mensaque y Rodríguez realizados en 1935 cuando La Esperanza fue renovada y ampliada. En ellos se muestran escenas tradicionales relacionadas con la vid y la viña, el vino, la bodega y el campo en general.






En uno de los azulejos aparece la casa de la Viña de Cerro Viejo, que pertenecía al mismo propietario y que en la actualidad es aún la sede de Vinícola Soto. En el banco que ocupa a posición central puede leerse en grandes letras azules, “Viña La Esperanza”. En los laterales figuran las leyendas “Se edificó en 1840” y “Renovada en 1935” respectivamente.


Hacemos aquí un paréntesis en el relato para apuntar unos datos sobre José de Soto Abad, el propietario que renovó la casa de La Esperanza y con quien alcanzó su máximo esplendor. José de Soto, miembro de una larga dinastía vinatera que se remonta a 1771 cuando el montañés Francisco de Soto se establece en Jerez, fue un conocido industrial y bodeguero jerezano que impulsó especialmente la plantación de nuevos viñedos en el marco. Fallecido en 1961, fue presidente de la Cámara de Comercio desde 1934 hasta 1949, siendo nombrado Hijo Predilecto de la ciudad en 1950. Cabe destacar que fue también académico de la de Bellas Artes de Cádiz, lo que le permitió relacionarse con personas relevantes del ambiente artístico y cultural de la época.

Un panel cerámico excepcional… gravemente amenazado.

Pero volvamos al portal de la Esperanza donde el visitante se habrá quedado sorprendido por el gran panel cerámico que cubre una de sus paredes laterales. Compuesto por 403 piezas (31 x 13), es sin duda el más relevante de cuantos pueden encontrarse en las casas de viña de la campiña de Jerez. Una gran orla de hojas de vid enmarca una escena típica en la que se ve un lagar con pisadores y una prensa en la que se los trabajadores se afana para obtener el mosto. Este trabajo, realizado por la conocida fábrica de cerámica Navia, de Triana, es sin duda una obra maestra. El escultor y ceramista extremeño afincado en Sevilla, Pedro Navia, impulsó un célebre taller en el 21 de la trianera calle Ruiseñor 21, datos que figuran en el panel de La Esperanza. Su fábrica colaboró activamente en el suministro de piezas decorativas para la Exposición Iberoamericana de 1929, especialmente las modeladas, como remates, balaustradas, ranas para fuentes y murales (4).

El mural aún guarda otra sorpresa relevante, dado que el dibujo y el diseño de la escena es obra del conocido pintor gaditano Francisco Hohenleiter (1899-1968) quien, tal como figura en uno de los azulejos, lo realiza en 1937. Este reputado artista, amigo del propietario, diseñó también para las bodegas de José de Soto etiquetas para varios de sus vinos (Juncal, La Espuela) y para el brandy Ilustrísimo, como nos recuerda el investigador J. Luis Jiménez (5). A título anecdótico señalaremos que Hohenleiter, formado en la Escuela de Artes y Oficios de Cádiz, fue un reconocido pintor de temáticas costumbristas ganando también justa fama como muralista, decorador, ilustrador de revistas y cartelista. Entre otras cosas, fue el autor del primer diseño del escudo de Andalucía, publicado en un cartel que realizó para las Fiestas Primaverales de 1934 de Sevilla. De su mano es también un dibujo del Cristo de la Expiración, datado entre 1915-1925, estudiado por el investigador Antonio de la Rosa Mateos (6). El panel cerámico de La Esperanza, se completa con un poema de M. del Prado donde se cantan las excelencias de “La Esperanza” y de sus inigualables vistas sobre la campiña.

Pero si bien hemos destacado el excepcional valor de este panel cerámico, no podemos sino lamentarnos por el deterioro que el mismo ha venido sufriendo en los últimos años. Cuando lo visitamos por primera vez en abril de 2013, se mostraba casi completo y sólo faltaban 5 piezas de su orla, como puede verse en la fotografía que publicamos entonces. Lamentablemente, algunos desaprensivos han ido arrancado más losas (ya faltan 19), tal como se observa en el borde superior de este gran mural, y han destruido algunos azulejos cuyos restos se aprecian a los pies de la pared que lo alberga. Desde estas líneas hacemos un llamamiento a la protección de esta singular pieza del patrimonio cultural de la campiña, para evitar su progresiva destrucción.



Y es que, por muchos otros motivos, La Esperanza es un enclave privilegiado. Desde la amplia explanada del almijar, limitada por un pequeño murete a modo de balcón, podremos obtener una excepcional perspectiva sobre los viñedos del Marco de Jerez y unas magníficas vistas de la ciudad que, como telón de fondo en los días claros, tiene desde aquí los inconfundibles perfiles de la Sierra de Grazalema.



Volveremos otro día por los caminos de Balbaína al encuentro del singular patrimonio de sus casas de viñas, de sus pozos centenarios, de sus dilatados horizontes, de los paisajes de viñedos más hermosos que pueden contemplarse en nuestras campiñas.

Para saber más:
(1) López Amador J.J. y Pérez Fernández E.: El Puerto Gaditano de Balbo. El Puerto de Santa María. Cádiz. Ediciones El Boletín. 2013, págs. 175-176.
(2) VV.AA.: Cortijos, haciendas y lagares. Arquitectura de las grandes explotaciones agrarias en Andalucía. Provincia de Cádiz. Junta de Andalucía. Consejería de Obras Públicas y Transportes. 2002, págs. 136-137. En la pg.65 de esta misma obra se muestra una magnífica reproducción del panel cerámico al que se alude.
(3) Aladro Prieto J. Manuel: Algunas claves para la comprensión del paisaje rural del viñedo del marco de Jerez. Revista de Historia y Teoría de la Arquitectura. Número 2-3. Departamento de Historia, Teoría y Composición Arquitectónica de la ETS de Arquitectura de la Universidad de Sevilla, 2002, páginas: 260 – 273.
(4) Para más información sobre el ceramista Pedro Navia puede consultarse: http://www.retabloceramico.net/bio_naviacampospedro.htm
(5) Para más referencias sobre este artista puede consultarse: Jiménez García J-L.:
http://www.jerezsiempre.com/index.php/Francisco_Hohenleiter_de_Castro. Del archivo de esta autor hemos tomado las imágenes de José de Soto y Hohenleiter.
(6) De la Rosa Mateos, A.: Una ilustración del Cristo obra de Hohenleiter. Diario de Jerez, 30-11-2010.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Cortijos, viñas y haciendas, Rutas e itinerarios, El paisaje y su gente

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 23/10/2016

 
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